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Domingo IV del Tiempo Ordinario – Ciclo B

AnuncioDespués de haber contemplado a Jesús recorriendo Galilea, llevando el anuncio de la cercanía amorosa de Dios y el llamado de los primeros discípulos, hoy nos encontramos con una interesante escena que nos permite darnos cuenta de cómo reaccionaba la gente ante el anuncio del Reino de Dios. Podríamos decir que en esta escena se condensa el evangelio. Pues la admiración de unos y el rechazo de otros será hará el contrapunto del ministerio de Jesús.

Jesús entra en la Sinagoga de Cafarnaúm uno de los pueblos más importantes de Galilea, que era un punto estratégico de comunicación con Damasco. El evangelista no se entretiene en decirnos que fue lo que Jesús enseñó, nos dice cuál fue la reacción de su auditorio: «Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas»

Los escribas eran gente preparada, no hablaban por hablar. Se formaban en el conocimiento de la Ley y de los Profetas durante muchos años. Pero su enseñanza decía poco a la gente, ya que no aportaban nada nuevo, repetían lo que habían aprendido y parecían no capaces de tener ideas propias. Jesús en cambio asombra por que hablaba con autoridad. Hablaba de Dios, no para darle gusto a la gente, sino del Dios a quien Él experimentaba como Padre amoroso, que invadía con su Espíritu su corazón para llevar a todos la alegría del Evangelio. Marcos no nos dice qué era en concreto lo que provocaba la admiración de quienes lo escuchaban. Es probable que no lo haga, para despertar la curiosidad del lector que inicia la lectura del evangelio y animarlo a seguir leyendo con interés.

Después de describir la aprobación y admiración de muchos, el evangelista nos narra el rechazo o desacuerdo de uno que escucha y reacciona protestando. Se trata de un endemoniado que reconoce a Jesús, lo llama Santo de Dios y le reclama con disgusto «¿Has venido a acabar con nosotros?». Parece claro que Jesús ha venido a imponerse sobre el poder de Satanás. Quien está leyendo el evangelio, no puede olvidar que pocos versículos antes, el evangelista presentó a Jesús salir victorioso de las tentaciones del demonio en el desierto.

Hay mucha gente de nuestro tiempo que prefiere no hablar de diablo, que duda de su existencia o que prefiere referirse a su acción perniciosa con otras palabras. Para nuestro evangelista, el anuncio del Reino, supone la batalla entre el bien y el mal. Los espíritus inmundos son descritos con dos rasgos importantes: a) se les atribuye los casos de enfermedad más complicados y que no tienen respuesta o solución conforme a la medicina de la época; b) expresan la oposición radical al plan de Dios, lo reconocen, y protestan por la actividad de Jesús.

Jesús tiene el poder de expulsar demonios y los discípulos reciben de Él este mismo poder, con la advertencia de que algunos son difíciles de enfrentar y que para vencerlos se requiere de ayuno y oración. No es difícil notar que para Marcos los enemigos más peligrosos de Jesús no son los demonios, sino los hombres que se cierran al anuncio del Reino y que son quienes terminarán crucificándolo.echa-demonios

Expulsado el demonio, liberado el endemoniado, la atención en la escena se concentra en los presentes en la sinagoga, quienes, si inicialmente no cabían en su admiración por la autoridad con la que Jesús hablaba, ahora están estupefactos al ver que además tiene poder sobre los espíritus inmundos. «¿Qué es esto ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea»

Hemos contemplado dos reacciones contrastantes ante Jesús, su palabras y hechos, una de admiración, otra rechazo. Estas actitudes las encontraremos en todo el evangelio. El lector del evangelio o quien lo escucha en este momento se encuentra ya en un dilema ¿cuál será su reacción ante Jesús? ¿de que lado se pondrá?. No se vale anticipar la respuesta. Hay que hacer el camino. Hay un momento en el que quienes inicialmente lo siguieron con entusiasmo, más tarde  «todos lo abandonaron».

Hagamos el camino del evangelio. Quedémonos en la admiración inicial, que es como la puerta de entrada para la gran aventura del discipulado, que precisamente inicia con la pregunta ¿Quién es éste? ¿Por qué sus palabras tocan mi corazón? ¿por qué habla con autoridad?. Todo el evangelio de Marcos está estructurado para que quien hace el camino vaya respondiendo a esta pregunta, hasta identificarse con el centurión romano que contemplando a Jesús colgado de la Cruz dirá «verdaderamente éste es el Hijo de Dios»

Aprendamos de Jesús cómo se proclama la Buena Nueva. También nosotros hemos de hacerlo. El beato Pablo VI lo sintetizó con maestría en las siguientes palabras de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi que conviene traer al corazón:

testimonio«La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización.» (No. 21)

Cualquier gesto de nuestro testimonio cristiano tiene el potencial de suscitar en otros la admiración por Jesús, y esta admiración es la puerta abierta para vivir la gran aventura del Evangelio.

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Bautismo del Señor – Ciclo B

bautismoEste Domingo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor y con ella concluimos el tiempo de Navidad.

Esta celebración nos hace pensar en nuestro propio bautismo. Jesús quiso recibir el bautismo que Juan predicaba y administraba. Era un bautismo de penitencia al que acudían quienes estaban dispuestos a un cambio de vida mediante la purificación de sus pecados. Jesús no necesitaba este bautismo, Su disposición a recibirlo pone de manifiesto su solidaridad con una humanidad al mismo tiempo pecadora y anhelante de la manifestación de Dios.

El evangelio de Marcos señala lo provisorio del bautismo de Juan. En efecto, el Bautista sabe que el rito que celebra es imperfecto y así lo señala diciendo: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo […] Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo.»

En la escena contemplamos la manifestación trinitaria de Dios. El Espíritu descendió sobre Jesús en forma de paloma. Es el mismo Espíritu que descendió sobre María y que ya Jesús, desde el vientre de su Madre, comunicó a Isabel que cuando fue saludada por María “quedó llena del Espíritu Santo”.

Bautizar significa sumergir. Jesús nos bautiza con su Espíritu, nos sumerge en Él para que vivamos siempre inspirados, fortalecidos, ungidos por la fuerza divina que nos transforma para que en el mundo podamos ser de verdad imagen viva de Dios.

En la escena se oye también la voz del Padre que desde el cielo dice «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Esta voz nos descubre que la vocación personal de Jesús, aquello a lo que está llamado es: ser Hijo amado.

Por ello en todo su ministerio lo vemos buscar momentos para hacer oración y estar a solas con su Padre. Por eso, cuando los discípulos le piden que los enseñe a orar, lo hace haciéndoles decir «Padre nuestro»; por eso cuando ve el entusiasmo de los pobres por su predicación y el desprecio de los sabios y poderosos exclama «Gracias Padre porque así te ha parecido bien»; por eso cuando asciende al cielo dice a sus discípulos: «voy a mi Padre que es su Padre, a mi Dios que es su Dios»

El bautismo de Jesús describe pues su identidad y también su misión. Él es el Ungido del Espíritu, es el Cristo, el Mesías esperado. Los cristianos primeros lo entendían muy bien al escuchar este texto del evangelio, pues sabían que el Mesías de Dios, el Cristo, era el Ungido de Dios, el lleno de su Espíritu. La misión de Jesús es llevar a todos el amor misericordioso de Dios. El mismo amor que lo ha envuelto, que lo llama predilecto de Dios es el contenido del Evangelio que comienza a proclamar: Dios está cerca, no como juez justiciero y vengador, sino como padre amoroso que quiere para sus hijos lo mejor.bautismo-de-Jesus

Pensemos en nuestro propio bautismo. Muchas veces creemos que es el rito de imposición de nombre. Hoy nos queda más claro que no es así, muchas personas, infantes o adultas, cuando se bautizan ya tienen un nombre. El bautismo nos incorpora a Cristo, como injertándonos en Él, nos comunica su Espíritu y nos transforma en hijos de Dios en su Hijo Jesucristo.

Por eso, por nuestro bautismo, formamos parte de la familia de Dios, nos incorporamos al cuerpo de su Hijo que es la Iglesia y recibimos de Él «gracia sobre gracia», porque el Señor nos descubre que el Padre amoroso que le ha dicho «Tú eres mi Hijo amado» nos dice también esas palabras, y nos manifiesta su amor de una y mil maneras. Nos hace saber además, que nuestra misión en la vida, lo que le da sentido a nuestra existencia es el amor, hacer el bien a los demás, dejar algo de nosotros mismos en ellos, como semilla que germina, florece y da fruto y nos hace trascender hasta la eternidad.

En virtud de nuestra fe somos llamados a vivir esta doble dimensión del bautismo que nos vincula en relación de intimidad filial con Dios nuestro Padre y en relación de amorosa y solidaria fraternidad con todos sus hijos, que lo reconocen como Padre y que por ello son nuestros hermanos.

Apreciemos nuestro bautismo. No seamos omisos en crecer en nuestra conciencia bautismal. Muchos fuimos bautizados en la inconsciencia de los primeros meses de vida, pero la pedagogía de la Iglesia nos ofrece días como este para ver nuestra propia vocación cristiana en el espejo de Jesús y además nos ofrece el tiempo de cuaresma -que este año inicia el 18 de febrero- que nos prepara para renovar en la Pascua las promesas bautismales. Que el Bautismo no sea sólo rito, que sea vida.

XVIII Domingo Ordinario – Ciclo A

 Isaías 55, 1-3

Salmo 144

Romanos 8, 35.37-39

Mateo 14, 13-21

 

18OrdAEste Domingo contemplamos el relato de la multiplicación de los panes. Es un signo que caló hondo en la conciencia de los primeros discípulos y de las primeras comunidades. El relato lo encontramos en los cuatro evangelios y en dos de ellos lo encontramos dos veces. Hoy puede calar hondo en nuestra conciencia, pues un llamado profético a salir del encierro narcisista y egoísta en el que vivimos.

En el hecho prodigioso de una multitud saciada con sólo cinco panes y dos peces, los discípulos y las primeras comunidades descubren el sentido de la entrega de Jesús, de su muerte en la Cruz y de su resurrección, misterio pascual que se actualiza cada vez que los cristianos se reúnen para celebrar la eucaristía.

Leamos atentamente el texto. Destaco algunos gestos o palabras en las que podemos detenernos en la consideración que hacemos de este relato para nuestro provecho espiritual.

Fijémonos cómo Jesús antepone las necesidades de los demás a su propia necesidad de estar sólo para orar y asimilar la muerte de Juan el Bautista. La gente lo seguía y al desembarcar con la intención de encontrar un poco de solaz Jesús vio una multitud que lo buscaba. Jesús se compadece y cura a los enfermos. Su mirada no es egoísta. Ve las necesidades ajenas, las siente como propias y hace lo que puede para aliviarlas.

La compasión no es un sentimiento de lástima por una desgracia ajena. El sentido profundo de la compasión evangélica es la conmoción de las entrañas, es dejarse afectar por el sufrimiento del otro, sentir su necesidad como propia y salir de si mismo para ser presencia oportuna, consuelo, alimento, palabra, respuesta de Dios.

Jesús y los discípulos vieron que atardecía y que la multitud tenía hambre, pero se plantearon el problema de distinta manera. Los discípulos pensaron en su precariedad, en la insuficiencia de sus recursos y propusieron al maestro la solución más pragmática: despedirlos para que cada quien viera por sus propias necesidades.

Jesús veía las cosas de otras manera y los sorprende diciéndoles «denles ustedes de comer». Azorados, le hacen saber lo poco que tienen -«No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados»- como indicando que apenas tienen para ellos. Nuevamente el Señor les enseña a anteponer las necesidades propias a las necesidades de los demás.

Puestos en común los cinco panes y los dos pescados, Jesús los toma y los bendice. Con este gesto, a simple vista irrelevante, el Señor manifiesta que los bienes –incluso los que se tienen para satisfacer las propias necesidades básicas- son un regalo de Dios, que hay que aceptar, agradecer y compartir.18OrdA 2

Este gesto de: tomar, dar gracias, partir y repartir, que se realiza ritualmente en cada Eucaristía, no sólo nos recuerda lo que Jesús hizo y dijo, sino que nos incorpora, a cuantos participamos en la cena del Señor, en la dinámica de la vida eucarística que sintetiza la vida de los discípulos de Jesús.

Vivir una espiritualidad eucarística nos mueve, despierta en nuestro interior una fina sensibilidad a las necesidades de los demás y la capacidad de verlas y de descubrirlas cuando no están a simple vista; además, nos hace compasivos, capaces de conmovernos hasta las entrañas y de sentir las necesidades de los demás como propias y nos hace capaces de salir de nosotros y de compartirnos para ser presencia y ayuda eficaz en medio de las necesidades ajenas.

No es capaz de compartirse quien piensa que lo que tiene lo tiene porque lo merece o porque con su esfuerzo lo ha conquistado. Quien así piensa olvida que nada tenemos que no hayamos recibido y siente que no tiene la necesidad de agradecer. Tampoco reconoce que Dios nos bendice con sus dones para que los compartamos y que esto vale no solo para los bienes materiales, sino también para los bienes espirituales y materiales, para los bienes tangibles e intangibles, para el tiempo y el conocimiento etc.

Cuando muchos comparten lo poco que tienen se hace un mucho que para todos alcanza y hasta sobra. El milagro de Jesús no se realizó en el canasto de los panes y los pescados sino en los corazones de quienes algo tenían para sí y fueron capaces de reconocer en ello un don, de agradecerlo y de compartirlo.

El pan que se parte y se reparte es un signo de la vida entregada de Jesús. Él, como la viuda del evangelio nos dio lo único que tenía para vivir: su propia vida, reconocida como don y presentada como ofrenda y que se transforma para nostros en alimento de vida eterna. El Señor quiere que en memoria suya, hagamos de nuestra vida un pan, que se parte y se reparte para la vida del mundo.

Compadecerse, agradecer y compartir son tres signos de nuestra una vida animada por una espiritualidad eucarística. Las tres actitudes están presentes en el relato que contemplamos y son básicas para responder al imperativo ¡denles Ustedes de comer! con el que Jesús nos interpela cuando vemos el hambre de los demás, que puede ser corporal, espiritual, emocional, intelectual etc.

El problema del hambre en el mundo no se resolverá sin nosotros. Es necesaria la solidaridad. Para superar la actual crisis de hambruna en el mundo hay que originar una reacción en cadena. Que cada quien comience viendo las necesidades de los más cercanos; reconozca los dones que ha recibido, de gracias por ellos, salga de si mismo y se comparta, como el pan que se parte y se reparte; que quien ha recibido el beneficio de la compasión evangélica a su vez haga lo mismo con los más cercanos y así sucesivamente.

Hagámoslo en memoria suya, respondamos así, como nos enseña hoy el evangelio, al imperativo ¡Denles ustedes de comer!

XVII Domingo Ordinario – Ciclo A

 

1 Reyes 3, 5-13

Salmo 118

Romanos 8, 28-30

Mateo 13, 44-52

 

17OrdAEste domingo concluimos el discurso en parábolas contenido en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo. Como se ha dicho anteriormente, Jesús utilizó el recurso pedagógico de las parábolas para desentrañar el misterio del Reino, para hacer entender a sus oyentes cómo acontece Dios en la vida de las personas. Así lo escuchamos en las parábolas del sembrador, de la levadura, del grano de mostaza y del trigo y la cizaña.

Este domingo, con las parábolas del tesoro escondido, de la perla preciosa y de la red que recoge toda clase de peces, Jesús nos enseña qué hacer cuando el Reino acontece en nuestra vida y cómo saber que está aconteciendo. Las parábolas de del tesoro escondido y de la perla preciosa resaltan la alegría de quien les encuentra y su disposición para venderlo todo y reunir los recursos necesarios con tal de poder apropiarse el tesoro o la perla.

Así sucede cuando una persona encuentra lo que considera verdaderamente valioso, se llena de alegría y hace todo tipo de sacrificios con tal de hacer de su propiedad aquel bien valioso.

Los matices de estas dos parábolas nos permiten pensar que el Reino acontece de diferente manera en la vida de las personas. El hombre del que habla la primera parábola no es un experto, encuentra el tesoro fortuitamente y la ciencia de la vida le hace saber que está ante algo verdaderamente valioso, que lo llena de alegría y lo mueve a hacer hasta lo imposible para apropiárselo.

En cambio el hombre de la segunda parábola es un experto, es mercader de perlas, conocedor de su oficio sabe distinguir las perlas y valorarlas, su conocimiento le permite al encontrar la perla valiosa reconocerla, apreciarla y vender sus bienes para apropiársela. Al primero el tesoro le sale al encuentro, el segundo, su oficio y conocimiento le hacen buscar las perlas valiosas y reconocerlas al encontrarlas.

El Reino que acontece como semilla buena que germina en tierra fértil, que crece en medio de la cizaña, que se manifiesta en gestos y signos tan pequeños como un grano de mostaza pero con la posibilidad de desplegar un gran potencial o de dar dinamismo a la historia como la levadura que fermenta la masa, es la realidad de una vida centrada en Dios.

Quien experimenta a Dios en su vida y la ve transformada, colmada, plena no puede menos que llenarse de alegría y querer apropiarse para siempre de lo que ha dado un nuevo sentido a su existencia. Aquí lo importante es la decisión. Ser capaz de elegir lo más valioso y de deshacerse incluso de lo más costoso. No hay ningún bien de consumo, que tenga precio, que pueda dar sentido y plenitud a la existencia, como lo puede hacer la fraternidad, la amistad, el respeto, la justicia, la paz, la libertad, el amor, el perdón, la misericordia etc.

El Reino de Dios acontece para todos. Quizá no todos sean capaces de reconocer su valor o porque tienen endurecido el corazón o embotada la mente y sin embargo, no quedan excluidos. Este mensaje, implícito en la parábola de la red que recoge toda clase de peces también nos da mucha esperanza. El Reino de Dios es incluyente, en él todos caben basta que quieran apropiárselo; pero el Reino a nadie se impone y quien no incorpora sus valores a su estilo de vida por si mismo se descalifica y excluye de pertenecer a esta realidad dinámica del acontecer de Dios en la historia.17OrdA 2

Quien pertenece al Reino, se parece «padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas», es decir, es capaz de abrirse a nuevos horizontes y de escribir nuevas historias sin olvidarse de lo fundamental. El Reino de Dios es dinámico no envejece, y nos permite reinterpretar una vez y otra los distintos acontecimientos de la historia y ubicarnos en ella con una actitud coherente de discípulos, abiertos a los nuevos signos de los tiempos que permiten descubrir la presencia de Dios, sin olvidar la sabiduría eterna que Dios mismo nos revela en su Palabra para que seamos capaces de discernir, de distinguir el bien del mal y de decidirnos por lo que es bueno, noble, justo y verdadero.

El Reino es un don de Dios que implica de parte de quien lo encuentra un compromiso. El hombre de la parábola que encontró fortuitamente el tesoro decidió apropiárselo, lo que implicó para él poner en curso una serie de acciones para lograrlo. El evangelio lo dice con sencillez: «va y vende cuanto tiene y compra».

Lo mismo el comerciante de perlas finas y lo mismo nosotros. El Reino de Dios acontece para nosotros pero no sin nosotros, así como la semilla para germinar y dar fruto requiere tierra buena, el Reino requiere de nuestra voluntad, de nuestra decisión y compromiso para desplegar en nosotros y a nuestro alrededor toda su potencialidad.

El Reino no es un acontecimiento puntual en nuestra historia. Esta aconteciendo constantemente por lo que de manera permanente podemos encontrarlo con toda la novedad que trae a nuestra vida, con su exigencia permanente de conversión y con su capacidad de re-significar nuestra historia. Todos los días nos podemos ver como el hombre del evangelio o como el comerciante de perlas finas.

Quienes ven las cosas de Dios como algo fuera de moda, como algo que pertenece al pasado y nada tiene que decir al presente y mucho menos al futuro, se equivoca rotundamente. No ha entendido que el Reino acontece constantemente y que la síntesis de lo ‘viejo’ y de lo ‘nuevo’ no permite que la historia se vuelva rancia por decisiones inmediatistas, miopes y de corto alcance. He aquí la sabiduría que se requiere por parte del discípulo y que es también don de Dios: la capacidad de discernir donde acontece el Reino y de permanecer en él.

Trigo y cizaña

XVI Domingo Ordinario – Ciclo A

Sabiduría 12,13.16-19

Salmo 85

Romanos 8,26-27

Mateo 13,24-43

 

 

16OrdA - 2Este domingo nos encontramos con tres parábolas de la colección que el evangelista san Mateo nos conserva en el capítulo 13 de su evangelio. Estas, junto con la del sembrador que contemplamos el domingo pasado, nos educan en el discernimiento, que es el arte espiritual para buscar, descubrir y apropiarse la voluntad de Dios.

Las tres parábolas que hoy consideramos tienen la misma finalidad. Quieren corregir las expectativas de los contemporáneos de Jesús que pensaban que el advenimiento del Reino se haría con un despliegue de poder, con uso de la fuerza y que procedería eliminando todas las cosas y todas las personas que le fueran contrarias.

Jesús nos enseña que Él no viene a instaurar el Reino con violencia ni con un despliegue de poder; nos deja ver que el viene a inaugurar un tiempo nuevo, el de la cercanía de Dios, que se vive en lo ordinario, en la vida cotidiana, pasando muchas veces inadvertido. El Reino de Dios tiene un dinamismo y un poder que le son propios, que es transformante y -como levadura en la masa- cambia la historia desde dentro. Por ello, se requiere aguda sensibilidad para descubrir donde está aconteciendo; quienes no la tienen teniendo teniendo oídos no oirán

El anuncio del Reino requería respuestas a preguntas que los contemporáneos de Jesús se hacían para aceptar la novedad de la cercanía de Dios en la historia. Una de estas preguntas, y que es de capital importancia todavía para nosotros, es la que nos hacemos al constatar la existencia del mal en el mundo y que a cualquiera hace dudar de la no sólo de la Providencia sino de la existencia misma de Dios.

La respuesta a esta pregunta es la parábola del trigo y la cizaña que escuchamos hoy. Un hombre sembró buena semilla en su campo, y su enemigo, aprovechándose de que dormía, sembró cizaña en el mismo campo. Lo primero que se destaca es la sorpresa de los trabajadores del campo que constatan la existencia de la mala hierba en un campo cultivado con buena semilla. Enseguida se señala el responsable: un enemigo, y ante el ímpetu de los trabajadores que proponen limpiar el campo de la mala hierba, sorprendentemente, el dueño del campo les pide esperar hasta que sea posible distinguir por su fruto las plantas buenas de las malas.

El mensaje es inmediato. El bien y el mal están mezclados en el mundo, no sólo fuera de nosotros, sino en nuestro mismo interior. También dentro de nosotros y en nuestro alrededor el enemigo ha sembrado semilla mala que pone en riesgo la semilla buena sembrada por Dios en el campo de nuestra vida y de la historia.

Ante la constatación del mal la reacción primera es culparse y querer eliminarlo de manera inmediata y hasta violenta. El Señor nos invita a reconocer que se trata de la obra del enemigo y nos enseña a esperar: «… no sea que, al recoger la cizaña, arranquen a la vez el trigo. Dejan que ambos crezcan juntos hasta la siega». Con ello quiere evitar el riesgo de que al querer suprimir el mal destryamos lo bueno; de al querer castigar a los malvados, perjudiquemos a los buenos.

Dios es paciente. Nos ha hecho libres y respeta nuestra libertad. Para nosotros es lo más normal. Pero, ¿qué pensamos cuando vemos que el mal se propaga en el mundo o junto a nosotros? Quisiéramos una intervención inmediata, de lo alto, del mismo Dios o de quien tuviere poder para poner en su lugar a los malos y neutralizar las consecuencias del daño que hacen.

Pero Dios no actúa así y para nosotros no es fácil aceptar este modo de proceder. Actúa como padre y su amor misericordioso, al que yerra le da oportunidad de convertirse hasta el último momento de su vida. Si en el momento del error se le hubiese destruido la oportunidad de conversión nunca hubiera llegado.16OrdA

Por otra parte, hay experiencias que en un primer momento pueden ser juzgadas como malas, negativas, erróneas y pasada la confusión se descubren como antesala de grandes beneficios, algo así como los dolores de parto que cualquier mujer quisiera evitar pero que anuncian el advenimiento de una vida nueva y se olvidan cuando la creatura descansa en los brazos de su madre.

Se impone pues el discernimiento, que requiere tiempo y paciencia. El juicio inmediato tiene una gran probabilidad de error y si bien, no hay que permanecer pasivos ante el mal, sabemos que no lo vamos a eliminar confrontándolo con sus mismas armas: violencia, mentira, engaño, sino más bien, lo vamos a neutralizar con los valores del Reino: amor misericordioso, perdón, paz, justicia y libertad. Para ello es necesario permanecer vigilantes, perseverar en el bien y resistir al mal.

El terreno donde se planta la semilla buena y la cizaña no es sólo ser exterior a nosotros. El terreno somos nosotros, nuestro corazón, sentimientos, pensamientos y emociones, en donde Dios sembró -dejando intacta nuestra libertad- semilla buena que pacientemente hay que cultivar en espera de los mejores frutos. Pero el enemigo no descansa y aprovecha cualquier descuido para sembrar la semilla mala con la intención de que al germinar, como una plaga, destruya lo mejor de nosotros mismos.

Es necesario discernir como acontece el Reino en nuestro interior, como se manifiesta la cercanía de Dios en nosotros mismos y también descubrir y hacer conscientes las insidias del enemigo. Las parábolas de este Domingo son estupendas para este discernimiento.

Es importante reconocer que en nosotros hay semilla buena sin pretender ingenuamente que en nosotros todo es bueno y vigilar activamente para que las intrigas del enemigo no se sobrepongan a nuestros buenos deseos y propósitos contaminando nuestros juicios y torciendo nuestras intenciones. ¡Qué útil el examen de conciencia! Esta práctica espiritual, que se recomienda diaria, más que recuento de pecados es un ejercicio para descubrir el paso de Dios en nuestra vida cada día y reconocer nuestra respuesta de adhesión y docilidad o de rechazo- indiferencia, a las mociones de su Espíritu.

El crecimiento del Reino de Dios dentro de nosotros y en el mundo en que vivimos ubica nuestra existencia en el acontecimiento del misterio de Dios en la historia que se realiza con lógica propia: no es prepotente ni avasalladora, se manifiesta en la sencillez y la simplicidad, despliega con humildad su potencialidad, y resiste pacientemente los embates del mal confiando en la fuerza de la verdad sobre la mentira, del amor sobre el odio, del perdón sobre el deseo de venganza. ¡Venga a nosotros tu Reino!

XV Domingo Ordinario – Ciclo A

 

Isaías 55, 10-11

Salmo 64

romanos 8, 18-23

Mateo 13, 1-23

 

15OrdAEste domingo comenzamos la lectura del capítulo 13 del evangelio según san Mateo que contiene una colección de parábolas con las que el Señor explica el misterio del Reino y que seguramente fueron dichas en contextos diversos pero el evangelista las colecciona y nos las entrega juntas.

La parábola que consideramos este Domingo es la conocida parábola del sembrador. Su lectura está preparada por un texto de Isaías referido a la acción vital del agua de la lluvia, que no vuelve al cielo hasta haber empapado y fecundado la tierra. La Palabra de Dios tiene una fuerza vital similar a la del agua: «así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión»

Jesús compara la fuerza vital de la Palabra con la que tiene una semilla. Al igual que una semilla que en si misma encierra una gran potencialidad que de nada sirve si no tiene el sustrato adecuado, la Palabra de Dios desplegará su fuerza vital en la medida que sea acogida, aceptada y se la permita germinar en el corazón de quien la escucha.

Llama la atención la distinción entre la semilla que por distintas circunstancias no germina y la que cayendo en buena tierra da fruto abundante. Implícita encontramos la sugerencia a poner nuestra mirada en la semilla que da fruto y olvidarnos de la que no da fruto. Como si el evangelista quisiera destacar la actitud de Jesús, el sembrador, que no se desanimó por las personas –escribas, fariseos, ancianos del pueblo y autoridades que no lo acogieron a Él, que es la Palabra eterna del Padre y sin embargo continuó sembrando la semilla del Reino en el corazón dispuesto de los ciegos, cojos, lisiados, leprosos, publicanos y pecadores.

Jesús describe en la parábola cuatro situaciones diferentes que ilustran la acogida o rechazo de la palabra de Dios. La primera, al referirse a la semilla que queda junto al camino, se refiere a la superficialidad. Cuando la Palabra cae en un corazón endurecido no puede penetrar en él, imposible que produzca fruto.

La segunda y la tercera describen dos casos opuestos entre si, oscilantes entre la dificultad y la facilidad. Se refiere a la Palabra que es acogida con alegría por que no tiene consecuencias profundas para la propia vida. Es semilla que germina pero no alcanza a enraizar e identifica a los cristianos que cuando llega la tribulación no so capaces de resistir, se escandalizan y reniegan de su fe.15OrdA - 1

El otro caso es el de la excesiva facilidad. Cuando todo es fácil , sin tribulaciones pero si con muchos placeres, la Palabra queda asfixiada. No puede producir fruto pues quien la recibe no quiere renunciar a lo agradable, placentero, que se juzga interesante pero carece de valor.

Por último tenemos el caso de la semilla sembrada en tierra buena. La Palabra se escucha con atención, se reflexiona y se medita para comprender y vivir sus exigencias. Es cuando la Palabra da fruto y produce el ciento, sesenta o treinta por uno.

La pregunta que se impone es ¿cómo acogemos la Palabra de Dios?

Fijémonos en el contexto, preguntándonos en qué medida las adversidades nos hacen plantearnos si vale la pena o no el anuncio del evangelio. Muchas veces lo expresamos diciendo ¿qué necesidad tengo yo de soportar esto o de sobrellevar estas dificultades?

¿Conviene o no invertir tiempo, dinero y esfuerzo en el anuncio del Evangelio?. Es la pregunta sobre la eficacia y la eficiencia en la siembra de la semilla del Reino. La eficacia tiene que ver con la capacidad de lograr los fines u objetivos que se han plantado. La eficiencia se refiere a la consecución de objetivos intermedios, no definitivos, con resultados proporcionales a los recursos disponibles.

Jesús apostó por la eficacia más que por la eficiencia. La eficiencia se fija en la relación entre asignación de recursos y resultados conseguidos. Si Jesús hubiera apostado por la eficiencia no hubiera tolerado el desperdicio de los recursos –ministerio infatigable- y los pobres resultados sintetizados en quienes no acogieron el anuncio del Reino. Una mentalidad eficientista lo hubiera desanimado ante las críticas, el rechazo, las calumnias y las amenazas de muerte hasta hacerlo desistir del anuncio del Reino.

Jesús apostó por la eficacia que tiene en cuenta la consecución de los objetivos, sin detenerse en los medios o recursos invertidos para alcanzarlos. Por ello apuesta por la entrega de la vida, día con día, y de manera definitiva en la Cruz, porque sabía que en cada testigo de la Resurrección tendría un testigo del Reino. La credibilidad del Reino requería hacer evidente el triunfo de Dios sobre el poder de la muerte. Por ello, a pesar de la semilla perdida, Jesús, el Sembrador, sigue sembrando, con la confianza puesta en la semilla que germina y da fruto abundante.15OrdA-2

Hoy vivimos en medio de una cultura eficientista. Nos interesa que lo que hacemos reditúe, que lo que invertimos nos de buenos dividendos. Por eso como dice el dicho ‘no damos brinco sin huarache’ y si a algo no le vemos provecho inmediato mejor no nos comprometemos. Nos hemos hecho calculadores. Los proyectos a largo plazo nos desaniman, por ello nos interesa poco ser eficaces, conseguir los grandes objetivos, los grandes ideales y preferimos ser eficientes para tener la satisfacción inmediata. El inmediatismo nos hace pensar que la vida funciona en automático y nos olvidamos de los procesos, de la tenacidad y la perseverancia del sembrador que incluso en los escenarios mas difíciles no pierde la esperanza y vuelve a sembrar.

Dejemos que el sembrador siembre la semilla en nuestro corazón. Nos puede ayudar la práctica de la Lectio Divina, que nos ayuda a abrirnos a la Palabra de Dios. Si leemos con atención la Escritura y después la meditamos, contemplando el pan de Dios contenido en ella, la Palabra echará raíces en nosotros, arraigará en nuestro ser y producirá fruto: una vida generosa, hermosa, entregada, alegre y en paz.

Zacarías 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8, 9.11-13
Mateo 11, 25-30

XIVTOAEste Domingo el evangelio según san Mateo nos deja conocer la intimidad de Jesús: la forma como hace oración, su profunda relación con su Padre Dios y lo que quiere y ofrece a sus amigos. Aprovechemos la oportunidad que nos da la liturgia dominical para adentrarnos en su corazón de Jesús; pidámosle nos enseña a tener sus mismos sentimientos y que nuestro corazón sea semejante al suyo.

La oración de Jesús es de alabanza, de agradecimiento. Lo que más impresiona es que la hace después de una experiencia de fracaso, circunstancia en que a muy pocos se les ocurriría dar gracias. La predicación de Jesús no ha sido acogida ni por los sabios ni por los entendidos, de quienes se esperaría, por ser conocedores de la Escritura, mayor interés por su enseñanza que descubre y profundiza el misterio del Reino de Dios. El caso es que ni los escribas y fariseos, ni los sumos sacerdotes y autoridades del pueblo judío, quisieron escuchar la predicación de Jesús.

El Señor no se desanima, en lo que todos ven un fracaso, el encuentra el designio de Dios, por ello exclama: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!». Queda claro que la revelación de Dios no es compatible con el orgullo humano con frecuencia provocado por la pretensión de saberlo todo o querer conquistarlo todo con el propio esfuerzo.

La inteligencia es un don de Dios, sin embargo cuando se la endiosa, provoca orgullo y este ciega e impide a quien se considera inteligente buscar la verdad, encontrarla, servirla y adherirse a ella.

Jesús no vacila en reconocer que el designo de Dios, es un designo de amor, de misericordia en favor de la gente pobre y sencilla, muchas veces despreciada, que que todo lo espera de Dios sin doblez de intención. Es muy difícil que un corazón endurecido sea capaz de descubrir a Dios donde Él se manifiesta.

Agradecer es una expresión de humildad. Con la gratitud se reconoce que no todo lo podemos o sabemos, que hemos recibido de otros lo que por nosotros mismos no podríamos haber hecho; que hay quienes nos han hecho el bien por puro amor, de manera desinteresada, sin pretensión alguna. La oración de agradecimiento de Jesús nos deja conocer su humildad al descubrir en medio del fracaso el designio de Dios y declarar que la relación que tiene con Él es de intimidad, -conocimiento-, que la autoridad que tiene la ha recibido de Él, pues «El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Después de dirigirse al Padre, Jesús se dirige a quien lo escucha. Hoy somos nosotros. Su mensaje esta particularmente dirigido a quienes tienen necesidad, porque están cansados o afligidos, dejándonos conocer la misericordia de su corazón: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré». Los contemporáneos de Jesús, sedientos de Dios, se sentían agobiados por la pesada carga de la ley, que con más de 600 preceptos, cuya observancia era vigilada y exigida por los escribas y los fariseos. El cumplimiento de la ley era la mediación para relacionarse con Dios y se exageraba de tal manera que el primado de la ley hacia olvidarse de Dios, o tener para con Él sentimientos de miedo o resentimiento.yugo suave

Por ello el Señor propone otro yugo: «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» Se trata de yugo del amor que redimensiona todas las cosas y que hace llevadera la carga más pesada, porque cuando las cosas se hacen por amor no pesan.

Revisemos nuestra vida. ¿Nuestra oración es de alabanza y gratitud? No olvidemos que una persona que no es agradecida difícilmente puede celebrar con toda verdad la Eucaristía, que en si misma es Acción de Gracias. Este Domingo podemos dedicar un rato a pensar en todo lo bueno que Dios nos ha dado, incluso en medio de los aparentes fracasos de nuestra vida, de los momentos difíciles o cargados de tensión y agradezcamos a Dios, alabando y bendiciendo su nombre.

Revisemos nuestro corazón ¿se parece al de Jesús?. ¿Somos mansos y humildes? La mansedumbre es lo opuesto a la violencia, al ejercicio desmedido de la fuerza que es propio de los prepotentes. La humildad es el reconocimiento de lo que somos, con toda verdad, sin añadir ni quitar. En primer lugar somos creaturas, no somos dioses. En segundo lugar no somos omnipotentes, somos seres limitados. En tercer lugar no lo sabemos todo, nuestro saber es limitado. La humildad es el antídoto del orgullo y de la dureza del corazón, por ello dispone el corazón para Dios.

Aprendamos de Jesús. Vayamos a Él, seguramente muchas de nuestras tristezas, depresiones y angustias se redimensionarán. ¿qué esperamos?