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Archive for 27 enero 2012

IV Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 Este Domingo el evangelista san Marcos nos ayuda a dar un paso en nuestra experiencia de Jesús. 

No como los escribas. Jesús acude a la Sinagoga y de acuerdo a la costumbre, participa comentando las Escrituras. La forma como lo hace deja sorprendidos a todos ˝pues enseñaba como quien tiene autoridad, no como los escribas.”

Los asistentes hacen una comparación entre Jesús y los rabinos. Los estudiosos de la Biblia nos explican que en aquel tiempo se llegaba a la categoría de rabino después de largos años de aprendizaje.  Su enseñanza versaba sobre leyes y costumbres. Repetían las enseñanzas de otros rabinos y terminaban por hacer muy difícil la fidelidad a Dios por el sinnúmero de prescripciones que hacían insufrible la religión.

Por contraste, Jesús no tenía esos estudios, no se le reconocía como Rabino, pero enseñaba de una manera singular y sorprendente, tocando el corazón de quienes lo escuchaban, haciéndoles sentir la cercanía y la misericordia de Dios.

Pero no se trataba sólo de la palabra, del tono o el gesto, sino también del estilo de vida. Lo podemos entender si recordamos lo que el mismo Jesús dice a sus discípulos al advertirles “cuídense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas con pretexto de largas oraciones…” (Mc 12, 38-40).

Enseñaba con autoridad. ¿Cuál fue el motivo de la sorpresa? En definitiva uno: «hasta a los espíritus inmundos les manda y lo obedecen»

Su palabra es eficaz y ante ella los espíritus inmundos no pueden más deshumanizar la vida de las personas haciéndolas perder el control sobre sus vidas, aislándolas de la comunidad, postrándolas en la enfermedad, provocándoles la sensación del olvido de Dios. Su palabra tiene eficacia en la vida, genera en quien la recibe otra manera de entenderse a si mismo, de comprender la existencia.

A diferencia de los rabinos Jesús no adoctrinaba imponiendo sobre las personas la carga pesada de incontables normas y preceptos. Con su vida y su palabra quiere animar a sus oyentes a tomar conciencia de la cercanía de Dios y de su amor misericordioso.

Llamados a ser testigos y profetas. Para Marcos, Jesús enseña con su vida y sus gestos a favor de los hombres y mujeres de su tiempo. Hoy como ayer, esta presentación de Jesús nos invita a asumir la responsabilidad de ser testigos creíbles, con la palabra y la vida, en medio de nuestro mundo.

El creyente debe tener confianza en que su vida es trasformadora. Y esa es una fuente también de realización personal a la vez que un preciado servicio a los hombres y mujeres que le rodean.

Como discípulos nuestra meta es identificarnos con Jesús. Por ello al contemplarlo revelándose como profeta entre la gente de su pueblo preguntémonos a que nos llama la Palabra este Domingo.

Sugiero tres ideas:

Nos llama a ser profetas, hombres y mujeres transformados por Dios, con la capacidad de hacer cercana su presencia y su amor misericordioso con las palabras y gestos de nuestra vida de cada día.

Nos llama a enfrentar, con la confianza puesta en Dios, la fuerza deshumanizadora del mal, del pecado, de la enfermedad y de la muerte. Así lo corrobora el evangelio en la escena del envío: “Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios…”.  (Mc 16,17)

Nos llama a revisar la consistencia de nuestra vida, la fuerza de nuestra palabra. Que terrible experiencia la de no tener credibilidad porque lo que decimos con los labios se desacredita con nuestra vida. Entre familias, amigos y comunidades es muy importante la autoridad moral, referencia silenciosa a la obra de Dios en la vida de quienes son sus testigos.

Terminemos recordando lo que constataba Pablo VI  hace casi 40 años en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: El hombre de nuestro tiempo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan; el mundo necesita testigos más que maestros.

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III Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

Este domingo iniciamos la lectura continúa del evangelio según san Marcos, el evangelista que nos acompañará a lo largo de este año litúrgico. La sección en la que se inserta el texto que leemos hoy no tiene como finalidad narrar los primeros episodios de la vida de Jesús. Quiere ofrecernos las perspectivas generales para leer este evangelio que responde a la pregunta ¿Quién es Jesús?

No olvidemos que el evangelista al informarnos sobre Jesús, quiere formar en nosotros a Jesús. Esta es la finalidad, que cada lector del evangelio se vuelva discípulo, confiese a Jesús como Hijo de Dios y también se descubra como tal.

Detengámonos en 4 elementos significativos de este pasaje evangélico que nos ayuden a apropiarnos con provecho este sencillo pregón y gesto con el que Jesús inicia su ministerio.

1. Desde un lugar: Galilea: La historia comienza en Galilea, no en Jerusalén, lejos de las estructuras y de los compromisos, en un ambiente universal, habitado por judíos y no judíos. Desde allí se hace, para todos, el anuncio de la Buena Nueva que anuncia la intervención decisiva de Dios en la historia del hombre y que viene a cambiar y transformar todas las expectativas en una realidad. Galilea es entrañable para los discípulos. Es el ambiente del amor primero, donde Jesús comparte con ellos profundas experiencias de la cercanía de Dios. Ahí los llama, los forma y los envía; una vez resucitado los precede en Galilea y los reúne (cf. 14,28; 16,7), para comenzar una nueva historia.

2. Un anuncio: El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. No se trata del «cronos», tiempo cronológico. Es «kairós», tiempo oportuno. Ha llegado el momento, la hora de la verdad, el momento de la cercanía de Dios para todos. Si los hombres y las mujeres están dispuestos a colaborar, todo lo bueno de Dios se hará presente.  En eso consiste la Buena noticia, en notificar que ha llegado el momento en que todo lo bueno que podemos imaginar y necesitamos para vivir como hijos de Dios y como hermanos, está cerca, a nuestro alcance.

3. Con una exigencia: convertirse, hacerse discípulos: La buena noticia exige conversión, cambio de rumbo, disponibilidad para pensar y actuar de mejor manera. No depende todo de Dios, es necesaria la colaboración de los discípulos. La conversión en el evangelio es la respuesta ante un acontecimiento. Si el acontecimiento es Dios el que se acerca, la respuesta que se espera es aceptación, confianza, disposición, cambio de perspectiva, nueva mentalidad, una manera distinta de ver las cosas.

La llamada – respuesta de los primeros discípulos ejemplifica qué es la conversión. Jesús tiene la iniciativa, los mira, los llama, los invita, los incluye, a ellos les toca la ruptura, dejar barcas y redes; la separación, dejar padre y compañeros de trabajo; la decisión de seguirlo y de ponerse con Él en camino. Convertirse pues, no significa hacer propósitos para mejorar algún aspecto de la vida o superar un defecto; por el contrario, significa la firme decisión de cambiar, de ir hacia delante, de orientar la totalidad de la vida de acuerdo a la voluntad de Dios; de situarse en otra perspectiva para ver las cosas desde otra manera, verlas desde Dios que se manifiesta en la historia, en el hombre, en el hermano, en el forastero, en el pobre, en el enfermo y en el pecador.

4. Y una misión: ser pescadores de hombres. El tema central de los dos relatos de vocación que nos presenta el evangelio este domingo es el discipulado. Este se forma a partir de gente que conoce a la perfección su propio oficio, en este caso, el de pescador. El llamado y la pedagogía de Jesús transforman el oficio propio del elegido en un signo de cómo servir al Reino que el Mesías anuncia e inaugura (1,15). Si para sus familias y sociedad estas dos parejas de hermanos son “pescadores de peces”, Jesús los hace ahora sus discípulos para que “pesquen hombres” para el Reino (1,17).

El simbolismo es profundo. Por un lado, Jesús exige a quien quiera ser su discípulo una respuesta radical, sin condiciones ni componendas que terminen desvirtuando la entrega generosa a la misión (Lc 9,57-62; Mc 8,34-38). Por otro lado, Jesús recurre a gente que ya tiene un proyecto de vida afianzado. A Jesús no se le sigue porque se haya fracasado en otros proyectos y tareas.

El auténtico discípulo es quien continuamente está abandonando sus proyectos para poner su vida en la voluntad de Jesús hasta apropiarse la misión del Padre a su Hijo primogénito; este “paso” o “pascua” no se vive sin rupturas y abandonos radicales, entre otras razones, porque el discípulo, que no es un fracasado, ni un persona sin quehacer, sabe que tiene recursos para ocuparse de sus propios asuntos.

La metáfora de la pesca no es de fácil comprensión. Pescar es una acción violenta de conquista, pues consiste en sacar al pez del agua, su medio natural, para hacerlo morir, aprovechándolo como alimento.

Este es el sentido de la metáfora de la pesca como la encontramos en algunos oráculos de condenación del Antiguo Testamento (cf. Jr 16,16-17; Am 4,2; Jr 16,16; Ez 12,13; 29,4-5; Hab 1,14-17): los pescadores o enemigos que Dios envíe contra Israel a causa de sus pecados, los pescarán o sacarán a los israelitas de sus casas y de sus escondites y los conducirán a lugares que no conocen, donde servirán a sus opresores, para luego morir lejos de la tierra de la promesa.

Sin embargo, en el AT hay un texto donde la pesca no tiene esta connotación negativa de violenta conquista militar. Según la visión de Ezequiel (Ez 47,1-12), después que la gloria de Yahveh llene el templo, un torrente purísimo y abundante de agua saldrá de él y «por donde el torrente pase todo ser viviente que en él se mueva vivirá» (47,9). El agua del templo renovará, pues, la vida vegetal y saneará incluso las aguas del Mar Muerto. Gracias a la pureza y vitalidad de las aguas que manan del templo, se transformarán las orillas del mar Muerto en lugar privilegiado de peces y de árboles que darán toda clase de frutos.

Según algunos estudiosos desde esta visión paradisíaca del profeta Ezequiel puede interpretarse la metáfora de la pesca utilizada por Jesús. Para él, su intención de «pescar hombres» (Mc 1,17) indica la misión del discípulo de sacarlos del “mar” o de las aguas caudalosas de la muerte (Sal 18,17; 144,7), lugar de monstruos, espíritus impuros y demonios en la mentalidad semita, para hacerlos partícipes de la vida del Reino y de la libertad de los hijos de Dios.

«Pescar hombres» caracteriza la misión de Jesús que él extiende y encomienda a quienes lo siguen. «Pescar hombres» se refiere a lo que en su vida ordinaria hace cualquier discípulo que con su vida y palabras anuncia y hace presente el Reino de Dios como acontecimiento liberador que tiene su fuente en Jesús, Hijo de Dios y Mesías.

En los evangelios sinópticos, y para Marcos en particular, «pescar hombres» es rescatarlos de las ataduras de la falsa interpretación de la Ley, del templo y sus sacrificios; es sustraerlos del Israel de la antigua alianza que los declara pecadores pero que no los perdona, que exige pureza ritual pero que no los santifica. «Pescar hombres» es hacerlos vivir en comunión con Jesús que sí perdona y santifica, porque él mismo es manifestación del Dios cercano que lo envía. «Pescar hombres» en pocas palabras es hacer discípulos del Señor.

Dejemos que este texto del evangelio ilumine nuestra vida. Todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos y a ser pescadores de hombres. Esto supone responder al llamado que Jesús nos hace, no un día de nuestra vida, sino toda nuestra vida. Hay que responder cada día y descubrir qué es lo que nos estorba para seguir a Jesús. Recordemos, el Señor no busca gente frustrada, ni tampoco gente a la que le sobra tiempo o gente sin quehacer, Jesús busca a quienes están dispuestos a acoger su llamado y a  ver su vida de otra manera, con la perspectiva de Dios, y se deciden a dejarse formar por Jesús como discípulos y aceptan ser enviados como pescadores de hombres.

No olvidemos, como me dijo un joven sacerdote y buen amigo, que el pescador que conoce el oficio, sabe cuál es la mejor hora; echa las redes sin saber si conseguirá algo y sabe que las redes pueden desgastarse o romperse y hay que remendarlas. Lo mismo vale para las y los discípulos de Jesús.

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discipuladoLos textos bíblicos de este Domingo tienen densidad vocacional. Nos ayudan a detenernos un poco a reflexionar en quién somos para el Señor y a qué nos llama.

Iniciamos con la vocación de Samuel. Dios siempre que proyecta alguna obra importante para la salvación de su pueblo elige al intermediario que la ha de llevar adelante en su nombre y le acompaña en múltiples experiencias que le dan una capacidad habitual de discernimiento para saber distinguir lo que viene de Dios.

Samuel responde al llamado gracias a la mediación de Elí, responde con total disponibilidad. Su respuesta es hoy la respuesta vocacional por excelencia: “Habla Señor, que tu siervo escucha….” Hoy también Dios llama colaboradores que quieran llevar adelante su proyecto de salvación sobre la humanidad y sigue siendo necesaria la mediación creíble de hombres y mujeres que enseñen a los más jóvenes a distinguir la voz de Dios.

Dios no llama en situaciones ideales, sino en contextos concretos, llenos de contradicciones y de dificultades en los que quiere hacer sentir su cercanía y su amor misericordioso a través de la respuesta fiel de las personas a las que llama.

Así lo vemos en la segunda lectura, en la exhortación de San Pablo a los Corintios: ¡Glorifiquen a Dios con sus cuerpos! Esta exhortación nos resulta más comprensible si situamos el mensaje de San Pablo en su contexto. En Corinto, ciudad portuaria, con un gran movimiento comercial, profusa movilidad humana y permisividad moral, comienzan a darse, en la comunidad cristiana, divisiones alarmantes, escándalos sumamente graves, ruptura del sentido comunitario, falta de solidaridad entre los hermanos y graves dudas sobre cuestiones fundamentales para la fe.

Una lectura, fuera de contexto, de este mensaje paulino encontraría en él la base para un moralismo rancio que a su vez justificaría a quienes sin más afirman que el cristianismo condenó la dimensión erótica del amor humano, por lo que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, convierte en amargo lo más hermoso de la vida.

En su encíclica Deus Caritas est,el Papa Benedicto XVI, nos invita a detenernos a reflexionar en la verdad del amor humano y del amor divino y nos ayuda, con la claridad de su pensamiento, a entender correctamente la dimensión erótica del amor humano. El cuerpo humano es constitutivo e inseparable de la persona humana integral. El amor erótico, que implica cercanía, ternura, corporalidad, forma parte de la humanidad querida por Dios, pero no lo es todo, cuando se le absolutiza, se erige en divinidad despiadada que esclaviza a las personas. Por ello debemos llevar la Buena Noticia de Jesús a todas las dimensiones de la vida. La redención de Cristo alcanza todos los rincones de la existencia, incluso aquellos que, por deformación de la conciencia o por conveniencia, solemos disociar de la vocación cristiana, como son los deseos y necesidades de nuestro cuerpo y la vivencia de la propia sexualidad.

El pasaje que hoy leemos en el evangelio es el de la llamada de los primeros discípulos. El evangelista ha puesto especial cuidado en presentarnos la lógica de la dinámica vocacional como una dinámica de encuentro vivo y profundo con Jesús y de proclamación de este encuentro a otros.

Dos discípulos, después de que han escuchado a su maestro Juan el Bautista referirse a Jesús con el mismo término que Isaías se refería al Mesías, se pusieron a seguirlo. Jesús al darse cuenta se vuelve hacia ellos y les pregunta ¿Qué buscan? Los discípulos de Juan no le preguntan por la casa donde vive sino por la realidad que ofrece a los hombres. Es como si le dijeran: ¿Cuál es tu mundo? ¿En qué universo te mueves? ¿qué pasa contigo?

La respuesta de Jesús es sencilla: vengan y experiméntenlo ustedes mismos. Así se puede entender el  verbo «ver». Los discípulos se pusieron en marcha para experimentar, observar y abrirse plenamente a Jesús. Fueron y se quedaron con Él aquel día, entraron en su mundo, compartieron su intimidad. El narrador observa que eran las cuatro de la tarde. Para los contemporáneos de Jesús un día se compone de tarde y mañana y no de mañana y tarde como para nosotros. Las mañanas del encuentro con los hombres han de ser precedidas por las tardes del encuentro con Jesús. No puede ser de otra manera para poder transmitir algo de valor a los hombres. Es necesario pasar de la experiencia personal, íntima, auténtica y transformadora al anuncio gratuito, convincente y generoso. Este es el paso que observamos en esta bella narración vocacional. Andrés anuncia discipuladoa su hermano Simón lo que ha visto y oído y lo llevó a Jesús.

El encuentro con Simón es descrito sobriamente. Jesús se le quedó mirando, lo reconoció y le cambió el nombre. El Señor nos trata de la misma forma; nos mira fijamente y con cariño porque no le somos indiferentes. Ser discípulo no es lo mismo que ser, como se dice ahora, “fans” de alguien, ni ser seguidor acrítico de un líder carismático. El camino del discipulado es el camino de una comunidad que vive y comparte con el Maestro su vida, enseñanza y misión.

El Señor nos reconoce porque somos significativos para Él, nos llama por nuestro nombre porque lo sabe, conoce nuestra historia, nuestras debilidades y nuestros miedos y aún así no duda en llamarnos y confiar en nosotros. Compartir la intimidad con Él, ver nuestra vida a la luz de la suya nos lleva a una comprensión más profunda de nosotros mismos, nos hace entender a qué nos llama Dios, es decir, nos hace tomar conciencia de nuestra vocación. Fue lo que le sucedió a Simón, su nuevo nombre lo abrió a una dimensión de su existencia que él desconocía, le hizo entender su misión en el plan de Dios para con los hombres.

Todos tenemos un nombre y una misión para la obra de Dios en el mundo, en el aquí y ahora de nuestra existencia. Descubrirlo es una de las mayores aventuras de amor que implica la vocación cristiana, que no es otra cosa que la llamada de Dios a la vida buena del evangelio, a la plenitud y gozo de todas las dimensiones de nuestra existencia.

 

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En la celebración de la Epifanía del Señor contemplamos el texto evangélico de la adoración de los magos de oriente (Mt, 2,1-12).

La Palabra ilumina nuestra vida. Una pregunta inmediata que surge en nuestro interior cuando escuchamos el evangelio es ¿qué tenemos que hacer?. Valdría la pena plantearnos una pregunta más incisiva dirigida a nuestro corazón. ¿Cómo ilumina la Palabra nuestro ser? Si contemplamos atentamente las escenas, los personajes, las palabra y los gestos que se conjuntan en el relato de la adoración de los magos de oriente, el corazón se llena de luz que ilumina nuestro ser de discípulos de Jesucristo.

Los Magos se pusieron en camino porque tenían un deseo grande que los indujo a dejarlo todo. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Somos seres trascendentes, tenemos sed de Dios. San Agustín lo decía de una manera hermosa: “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón inquieto está hasta que descanse en ti”.

Sin embargo, nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Pareciera que todo marcha igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. También, junto al olvido de Dios existe un “boom” de lo religioso. Pero, a menudo la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada, y algunos saben también sacarle provecho.

La religión buscada a la “medida de cada uno” a la hora de la verdad no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte.  Es necesario que los discípulos de Jesús hagamos el camino de los magos y ayudemos a otros a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino:  Jesucristo.

Los magos, al término de un camino no exento de equívocos y dificultades, finalmente “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron”. El discípulo es quién en su camino hacia Dios, al descubrirlo, es capaz de adorarlo “en Espíritu y en verdad”. Pero… ¿Qué es adorar?. Dejémonos enseñar por la profunda sabiduría de nuestro amado Papa Benedicto XVI:

La adoración, el culto que sólo a Dios es debido, es por decirlo de algún modo, unión con El. “Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo… La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva…. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser. (Homilía en Colonia, explanada de Marienfeld, 21 de agosto de 2005)

Adorar es darse a sí mismo a Dios y a los hombres. La verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma. Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad. (Audiencia general, 15 de junio de 2011)

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla.

Celebrar la epifanía, contemplar a Jesucristo que se ha manifiesta como Salvador de todos los hombres, nos hace profundizar en el sentido auténtico de nuestra relación con Dios: la adoración

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