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Archive for 24 febrero 2012

 Primer domingo de cuaresma – ciclo B

La cuaresma

La cuaresma es el tiempo propicio para «progresar en el conocimiento de Cristo, abrirse a su luz para llevar una vida más cristiana». Es un camino de renovación interior que nos lleva a celebrar existencialmente la Pascua. La Iglesia, en la liturgia cuaresmal nos ayuda poniendo a nuestra contemplación  algunas de las más bellas páginas de la Biblia invitándonos a meditar en diversas etapas de la historia de la salvación en las que Dios forma, educa y hace alianza con su pueblo, alianza que se renovará de manera definitiva en Jesús de Nazaret y de la que nosotros participamos por el bautismo.

Cada año, el primer domingo de Cuaresma nos lleva a contemplar a Jesús, en el desierto, tentado por el demonio. Esta emocionante escena es el preludio de todo el ministerio de Jesús y también de los caminos que el discípulo está llamado a recorrer en el seguimiento del Maestro. Contemplando esta escena la pedagogía cuaresmal nos ubica al inicio del camino de renovación espiritual, en la lucha que se da en el corazón del discípulo de Jesús para permanecer fiel a la alianza que en el bautismo se ha hecho con Él.

… el Espíritu le empujó al desierto, 

Una vez que Jesús ha asumido el proyecto del Padre como suyo, los primeros pasos de su camino lo llevan a la consolidación de la experiencia vivida. El Espíritu lo conduce al desierto, el espacio de la maduración, de la formación, de la escucha. Curiosamente el Espíritu no lo ha conducido inmediatamente a la misión, sino a la experiencia del combate con el maligno.

Para el hombre de la biblia el desierto es una imagen ambivalente. Al mismo tiempo que evoca un lugar inhóspito, peligroso, silencioso, lugar de penurias y donde habita el mal, es también el lugar de la purificación, de la renovación de la alianza, de la experiencia del cuidado amoroso de Dios que hace sentir de manera palpable su fidelidad.

… y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás.

A diferencia de Mateo y Lucas, el relato de Marcos es muy austero. No describe con detalle la experiencia de Jesús ni nos dice en qué consisten las tentaciones pero nos hace entender que duran los 40 días y que lo que está a prueba es la fidelidad de Jesús al camino trazado por el padre. No se trata pues de momentos puntuales y aislados en la vida de Jesús, sino de una constante que también se reproducirá, como punto de partida para la misión, en la vida de sus discípulos.

Las tentaciones atraviesan la vida de Jesús y en todas ellas Jesús constantemente renueva su fidelidad al proyecto del Padre. El evangelio es elocuente al presentarnos a Jesús en la disyuntiva de elegir un camino distinto al trazado por Dios para su Mesías. Así sucede cuando los fariseos que le piden demostraciones de poder (cfr. Mc 8,11-13); cuando Simón que acaba de confesarlo como Hijo de Dios vivo intenta apartarlo del camino (Mc 8,33); cuando siente inminente su muerte y pide a Dios que aleje de él esa prueba (Mc 14,35) y cuando quienes lo crucificaron lo desafían a bajarse de la cruz (Mc 15,30).

…estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.

Llama la atención que la escena ubica a Jesús entre los animales del campo. El desierto es un lugar en el que la gente corría peligro al verse a merced de los animales salvajes. El estar entre ellos, conviviendo pacíficamente, evoca el ideal mesiánico anunciado por Isaías según el cual, cuando llegara el Mesías, animales tan diferentes como el lobo  y el cordero, la vaca y la osa, estarían juntos, simbolizando así el fin de la violencia.

Por otra parte el servicio de los ángeles evoca la protección de Dios, indicando así que Dios está junto a su Hijo en los momentos de fidelidad y de qué lado está en los conflictos de la historia. Se presenta a Jesús como un nuevo Adán, prototipo de una humanidad nueva en la que se encarna y en la que forma a sus discípulos que, al seguirlo, están llamados a identificarse con Él.

¿Cómo actúa Satanás?

El enemigo hace, en quien permite que el mal se anide en su corazón, que se olvide de que es imagen de Dios y de que tiene la dignidad de Hijo de Dios. La persona se encierra en su ego, es feliz aislándose, porque desconfía de los demás; justifica todo con tal de tener lo que considera necesario para una vida plena. Pierde la capacidad de ver en la creación la presencia de Dios; en las cosas, en las criaturas y en las personas ve objetos que puede manipular para llenar sus necesidades.

Sin embargo el mal es débil, no tiene existencia por sí mismo, sólo puede subsistir engañando y tomando prestada la existencia que le concedamos en nuestras vidas. Este es el testimonio de los santos, que vivieron como nosotros los embates del mal y nos enseñan que el mal no tiene fuerza en sí, sobrevive por la fuerza que el ser humano le proporciona.

San Ignacio en una de las reglas para el discernimiento de espíritus subraya que el enemigo es flaco por fuerza y solamente fuerte por grado, es decir, débil por naturaleza y envalentonado cuando nos apocamos. Para san Ignacio la única manera de vencerlo es darle la cara, enfrentarlo, desenmascararlo, ponerlo al descubierto, pues ante la resolución de quien ha descubierto sus trucos, el demonio no tiene poder.

El mal es descrito como un parásito que no tiene existencia real más allá de la que cada quien le adjudique con sus pensamientos, actitudes y acciones egoístas. Pero no por eso es menos peligroso: actúa conquistando la conciencia, haciéndonos creer que somos seres egoístas y crueles, haciendo que el corazón de carne con el que Dios nos creó se convierta en un corazón de piedra, insensible al hermano.

El mal se anida en los pensamientos del ser humano y se manifiesta en las actitudes que Pablo describió en sus cartas como «obras de la carne»: injusticia, perversidad, codicia, maldad, envidia, homicidio, pleitos, engaños, malicia, difamación, traición, odio de Dios, ultrajes, altanería, habilidad para hacer el mal, insensatez, etc. (Rom 1, 29).

La presencia del mal en la vida humana es bastante más compleja y sutil que sus manifestaciones más obvias. Su acción destructiva no es siempre perceptible ya que puede enmascararse de múltiples formas, hasta en los más altos ideales. Pero en cualquier caso, deja en quien lo padece una sensación de vacío interior, sinsentido, aislamiento y desánimo, más allá de las alegrías efímeras que proporcionan los satisfactores materiales o intelectuales que se procura.

Si reconocemos que el mal actúa así en nuestra vida y reconocemos que presentamos los síntomas de sus obras, ¿cómo podemos ser liberados de él? Precisamente la respuesta existencial a esta pregunta, centrada en el encuentro con Cristo, es el centro y meta de toda la mistagogía cristiana. De aquí la importancia de no sólo preparar para el bautismo, sino de formar en la perseverancia, para que los signos elocuentes de la experiencia bautismal tengan un significado existencial.

El discípulo de Jesús debe saber que pasará por las pruebas de su Maestro. La cuaresma es un tiempo propicio para confrontar la verdad de la propia vida con el proyecto de Dios, para revisar las formas sutiles en las que el maligno enemigo ha logrado engañarnos, de fortalecernos en la certeza de que Dios siempre es fiel y que con su auxilio podemos salir victoriosos del asedio de Satanás.

Hagamos la experiencia del desierto cuaresmal, a ello nos ayudan la oración, el ayuno y la penitencia. Que renovada, con la ayuda de Dios, la fidelidad a nuestra identidad fundamental podamos vivir y permanecer en la dinámica de la Pascua, de la vida que Dios nos da en su Hijo Jesucristo.

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VII Domingo del tiempo ordinario – Ciclo B

Con este relato de este Domingo, el evangelista san Marcos nos introduce en una nueva etapa del ministerio del Señor. Después de la creciente admiración que suscitan las palabras y los signos con los que inaugura el Reino se presentan episodios conflictivos que nos enseñan que la misión de Jesús encuentra resistencias, oposiciones, objeciones; a pesar de ellas, el Reino de Dios acontece mediante acciones liberadoras que restablecen la comunión de las personas con Dios y con los hermanos.

Al leer el evangelio, es importante estar atento a las condiciones en las que Jesús encuentra a las personas y los cambios que hay en ellas después de este encuentro. Este domingo la novedad es que la tragedia de las personas no tiene que ver sólo la enfermedad  o la posesión del demonio sino con el pecado que interpone obstáculos a la relación con Dios y a la comunión fraterna.

En Cafarnaúm, en una casa

Después de la curación del leproso Jesús no podía entrar a la ciudad y a pesar de ello «acudían a él de todas partes», con mayor razón, cuando entra nuevamente a Cafarnaúm, al correrse la voz son muchos los que lo buscan. Jesús se encuentra en casa, el lugar que significa el espacio propio, de la intimidad y de la convivencia con los cercanos. Está «dentro» es decir, en el espacio de la comunidad de discípulos, pero son muchos los que se han agolpado en torno al grado de no dejar sitio, ni siquiera junto a la puerta. Jesús les anunciaba la palabra.

Le trajeron un paralitico llevado entre cuatro.

Contemplamos a los cuatro hombres que haciendo gala de gran tenacidad llevan a un hombre paralítico al encuentro de Jesús y que al verse impedidos por la multitud, tienen la osadía de subir al techo, abrir un boquete y hacer descender la camilla donde yacía el paralítico.

Por su gesto podemos decir de ellos que son símbolo de la perseverancia en la fe y en la caridad. Por un lado es evidente su caridad, pues se preocupan de la suerte del paralítico y quieren ayudarle para que obtenga su curación y no vacilan en hacer todo lo posible para llevarlo a Jesús. Por otro lado, son capaces de una empresa a primera vista imposible porque tienen fe en la capacidad de Jesús de devolverle la salud al enfermo.

Veamos ahora al paralítico. Recordemos que en la antigüedad era común establecer una estrecha relación entre pecado y enfermedad. Si se estaba enfermo era porque se había cometido un pecado; entre más grave la enfermedad, más grave el pecado, por ellos, los enfermos son vistos con sospecha y excluidos por quienes consideraban a los pecadores seres despreciables. Podemos imaginarnos la situación física y moral  del paralítico, incapaz de valerse por sí mismo y estigmatizado al ser considerado por su enfermedad un gran pecador.

Jesús se maravilla al ver la fe de aquellos hombres y le dice al paralítico «Hijo, tus pecados te son perdonados». La fe es necesaria para abrir el corazón a la acción decisiva de Jesús. Si no tenemos un corazón dispuesto, Jesús, que respeta nuestra libertad, no realiza su obra en nosotros.

La objeción de los escribas

El evangelista nos dice que «estaban ahí sentados algunos escribas» que en su interior juzgan a Jesús por lo que acaba de decir. Tienen la certeza que sólo Dios puede perdonar los pecados, por ello su juicio es severo; para ellos Jesús está blasfemando y el blasfemo es reo de muerte. El Señor que conoce el corazón del hombre se percata de sus cavilaciones y los interpela preguntándoles «qué es más fácil, decir al paralítico ‘tus pecados te son perdonados’ o decirle ‘levántate, toma tu camilla y anda’»

Es evidente qué es lo más fácil. Decirle a alguien que sus pecados son perdonados es algo que nadie puede verificar, pues acontece en el interior, en el corazón de la persona; en cambio, decirle a un paralitico que se levante y camine es algo que se puede verificar. Es más fácil realizar una curación que es un hecho físico, que perdonar los pecados, que tiene que ver con la condición moral de una persona y su relación con Dios.

Respuesta de Jesús

Jesús hace evidente la eficacia de su palabra que perdona al paralítico de sus pecados con la curación de su enfermedad. «Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados –dice al paralítico-: ‘a ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’»

Vemos a Jesús preocupado por procurar el mayor bien al paralítico. La caridad de sus amigos pedía para él la curación de su enfermedad, el amor de Dios quiere para él una curación más importante, la del corazón, la del interior. El sentido de la vida depende de la situación de nuestro corazón, de nuestro espíritu. Cuando Dios vive en el corazón es posible afrontar con serenidad, paz y alegría todas las circunstancias de la vida. Esto es posible cuando no se le rechaza, es decir, cuando no hay pecado; cuando no hay comunión con Dios no sólo hay insatisfacción en lo ordinario sino desesperación en los momentos de dificultad.

Un detalle significativo. Al hombre sanado Jesús le dice «vete a tu casa», lo que nos hace entender que el perdón que reconcilia con Dios, encuentra su lugar de expresión más apropiado en la reconciliación familiar y con todos los que forman parte del núcleo más cercano, que son quienes pueden constatar la autenticidad de la reconciliación con Dios.

El paralítico curado y la admiración de todos.

La palabra eficaz de Jesús se manifiesta en la curación del paralítico que «se levantó y, tomando la camilla, salió al instante a la vista de todos, de modo que quedaron asombrados y alababan a Dios diciendo: “Jamás vimos cosa parecida”».

La última escena es diametralmente opuesta a la primera. El que era paralitico se abre paso entre la multitud y sale por sí mismo. Su vida ha cambiado. No sólo ha sanado físicamente sino también moralmente. No sólo sus piernas se han fortalecido sino también su corazón. La salvación total del hombre pasa por el perdón de los pecados que es la raíz de todas las esclavitudes

Los testigos se quedaron atónitos y daban gloria a Dios porque nunca habían visto una cosa igual. Esta es precisamente la novedad del Evangelio de Jesús: establecer una relación nueva del hombre con Dios; restablecer el primer proyecto de Dios que era de vida y de comunión pero que fue roto por el pecado. Jesús ha venido a sanar las graves heridas producidas en el corazón del hombre por su rebeldía contra Dios.

Algunas ideas para reflexionar

La contemplación de la Palabra de Dios nos invita a vernos a nosotros mismos en la escena «como si presentes nos hallásemos» cuando logramos hacerlo el provecho espiritual es muy grande, pues identificándonos con los personajes y haciendo nuestros sus gestos y sus palabras, preparamos el corazón para que el mensaje del evangelio haga eco en nuestro interior.

Podemos vernos en los cuatro camilleros que son sin duda símbolo de la comunidad cristiana que sintetiza su vida en la fe y en la caridad. La fe de aquellos hombres, que reconoce que Jesús puede hacer posible lo imposible, es decir,  hacer lo que sólo Dios puede hacer, nos anima a hacer lo mismo. Acerquemos a Jesús a los hermanos y hermanas que sufren en su cuerpo o en su espíritu, convencidos de que Él puede sanarlos; sin perder la confianza, perseverando en la fe y en la caridad, buscando soluciones pese a todas las dificultades.

Podemos vernos en el hombre postrado. Los enfermos podemos ser nosotros. En el cuerpo o en el espíritu. Cuando menos lo esperamos, por descuido podemos vernos paralizados, incapaces de ir al encuentro de los hermanos y vernos lejos de Dios. No vacilemos en pedir ayuda, en acercarnos a los hermanos y hermanas, apelando a su fe y a su caridad para que nos faciliten el encuentro con Jesús. Reconozcamos en nuestro interior los bloqueos o dificultades que hemos puesto a la relación con Dios, acojámonos a su compasión y dejemos que su perdón nos sane. Nuestra vida, como la del que era paralítico, será totalmente diferente.

Podemos vernos en los escribas. Siempre dudosos de la intencionalidad de las buenas obras de los demás. Prisioneros de nuestros prejuicios. Incapaces de aceptar la compasión de Dios que los desafía y compromete. Al final de cuentas los escribas del evangelio quedaron paralizados en su corazón, alejándose de la aceptación del Reino que es comunión con Dios y con el hermano.

Finalmente veámonos en Jesús. Somos llamados a imitarlo, a alcanzar su estatura, pues también somos hijos de Dios. La conciencia de su identidad y de su misión le hace moverse con serenidad en medio de las adversidades. No perdamos de vista que en esta escena la sombra de la cruz comienza a hacerse presente. En el juicio que los escribas hacen en el interior de su corazón por la acción de Jesús se anida también la sentencia de muerte. A pesar de ello, Jesús continuará acercando la salvación integral que Dios ofrece a quienes lo acogen con corazón dispuesto. Desistamos de querer hacernos buenos con nuestro esfuerzo. Dios nos hizo buenos desde que nos llamo a la vida. Hagamos el bien. No desistamos en ese esfuerzo. Permanezcamos en comunión con Dios, el nos dará la fuerza.

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VI Domingo del tiempo ordinario – Ciclo B

El Domingo VI del tiempo ordinario, en el ciclo B, la Palabra de Dios que se proclama en la Misa nos invita en voz de San Pablo a ser, como lo es él, imitadores de Cristo. Para imitar al Señor es necesario contemplar detenidamente los gestos y las palabras con las que el evangelista describe su anuncio del Reino.

En el relato evangélico nos encontramos con un leproso que de forma imprudente se acerca a Jesús. El relato, lleno de emociones,  nos lleva poco a poco al momento cumbre que presenta al que era marginado por su enfermedad convocando, con el testimonio de su curación, a participar del acontecimiento del Reino..

La lepra en tiempos de Jesús

Para una mejor comprensión del evangelio, detengámonos brevemente a considerar el significado de la enfermedad de la lepra en tiempos de Jesús.

En aquél tiempo toda enfermedad de la piel, que no tuviera explicación o cura era considerada lepra. Era uno de los peores males que podía ocurrirle a una persona, que considerada como un muerto viviente era triplemente marginada: de Dios, de su comunidad y de si mismo.

El leproso padecía, según la mentalidad popular, un castigo divino; era  considerado “impuro” o sea, lejos de la comunión con Dios, como lo señala la normativa del libro del Levítico. Por esta razón era apartado de su comunidad, debía mantenerse lejos de la gente; por su enfermedad perdía familia, amigos y conocidos; se le tenía asco y cuando se aproximaba a un lugar poblado tenía que advertir su presencia con una campana y advertir que estaba contaminado.

La autoestima de un leproso se encontraba en su nivel más bajo, pues además de verse como olvidado de Dios y aislado de los suyos, soportaba no sólo grandes dolores sino el deterioro de su integridad física, de su belleza; sentía su mal olor y no podía hacer nada; no sólo los cercanos sentían repugnancia de él, sino también él de sí mismo. Su dolor no podía ser mayor.

Este hombre al acercarse a Jesús rompe las reglas sociales y religiosas. También Jesús al tocarlo, toma distancia de la ley, que prohibía tener contacto físico con una persona impura so pena de quedar contaminado con la misma impureza.

«…Suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: Si quieres, puedes sanarme»

El evangelista describe la súplica del leproso, con los gestos y palabras de un orante: de rodillas,  apelando a la voluntad y reconociendo la capacidad de Jesús. El leproso suplicante se presenta convencido que es suficiente que Jesús quiera para que suceda lo que a ojos de todos es imposible: la curación de un mal terrible, considerado la antesala de la muerte. De fondo aparece la certeza bíblica que permea el evangelio: «todo es posible para Dios» (Mc 10,27)

«Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”»

La curación se describe de la misma manera en la que se hizo la súplica, con gestos y con palabras.  Jesús se implica, se emociona, compadeciéndose, se mueve por el impulso interior de quien ha hecho suya la difícil situación de su hermano. No ve de lejos la miseria del leproso, se identifica con ella y la asume.

Esto se hace palpable con el gesto. «Extendió la mano… le tocó».  La compasión lleva a la acción, se exterioriza en la mano que se extiende hasta alcanzar el contacto físico con el hombre llagado y marginado. Hay aquí un gesto de valoración y de acogida del hombre rechazado. Se toca a quien se ama. Tocando al leproso Jesús lo incluye en su universo de relaciones.

La palabra verbaliza lo expresado con el gesto «Quiero, queda limpio» Jesús afirma su voluntad, delante de quien le reconoció la capacidad de hacer posible lo imposible. Jesús confirma la idea que el enfermo tiene de él: ¡actúa con el poder de Dios!, «Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio»

 «No lo digas nada a nadie… preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio»

Jesús recomienda al hombre que ha curado guardar secreto de lo sucedido. Quiere evitar la publicidad que lo expone a la manipulación de quienes, con una idea confundida del Mesías, lo buscan por su poder, sin interés alguno en su misión ni en la verdad del Reino.

También le pide al que era leproso proceder conforme a lo prescrito por la ley de Moisés «para que les sirva de testimonio»; para demostrar y anunciar el Reino de Dios que está aconteciendo. De esta manera se atribuye la curación del leproso a la obra de Dios; se le reintegra a su comunidad de vida y de culto, a la asamblea del Pueblo de Dios, con todos sus derechos y deberes.

«Pero él… se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia»

 El hombre sanado desobedece la orden de Jesús: «Divulga la noticia». El mandato dado «severamente» no consigue reprimir el «entusiasmo» de esta persona. Ahora el marginado es Jesús, que debe quedarse fuera de los poblados, «en lugares solitarios».  Ahora es él quien está en la situación del hombre impuro afrontando así el doloroso costo del servicio

«…Acudían a él de todas partes.»

La evangelización del que era leproso es eficaz, es testimonial y consigue atraer mucha gente hacia la persona de Jesús; «acudían a él de todas partes».  El progresivo reconocimiento de Jesús por parte del pueblo, en este primer capítulo del Evangelio, llega a su punto culminante. La fama de Jesús se difunde y continúa creciendo la confianza en Él. Esto es lo que logra el primer misionero del Evangelio.

Para reflexionar

VIVIR Y CONVIVIR SIN PREJUICIOS. La Palabra este Domingo ilumina la realidad dolorosa de la estigmatización de personas y grupos. Los discípulos de Jesús aprendemos del Maestro a ubicarnos con actitud definida en una sociedad puritana y de doble moral que fácilmente estigmatiza y condena. Jesús permite que se le acerquen y se acerca, no excluye se compadece; no rehúye, toca; no calcula, se compromete.

RECONOCIMIENTO Y GRATITUD. Reconozcamos y agradezcamos a Dios el testimonio de los hermanos y hermanas que con abnegación acompañan a quienes son portadores de VIH o están enfermos de sida; de quienes se la juegan acompañando la rehabilitación de toxico-dependientes; de quienes se comprometen en llevar esperanza a los encarcelados, de quienes llevan amor del bueno a quienes se dedican a la prostitución y de… muchos más, que de manera silenciosa, imitando a Jesús se esfuerzan por integrar a quienes la sociedad excluye.

ACTUAR CON LIBERTAD INTERIOR. La Palabra de este Domingo nos pide revisar nuestra libertad interior, para hacer el bien y decir la verdad de manera oportuna. Contemplamos a Jesús como hombre de frontera, no sólo porque inicia su ministerio en la frontera de su nación, sino porque sabe ubicarse en el límite de la ley e ir más allá cuando de hacer el bien se trata. Que los prejuicios y los díceres de la gente no nos impidan acercar el amor de Dios a quienes más lo necesitan. Con el auxilio de la gracia despojémonos del miedo de que nos confundan o piensen mal de nosotros. Como Jesús, juguémonos la vida con quienes nos necesitan.

AUTENTICIDAD EN LA ORACION. A la luz de la Palabra revisemos nuestra oración. El hombre enfermo de lepra se presenta como un verdadero orante que con gesto suplicante y palabra convencida se acerca a Jesús y postrándose le hace saber que reconoce en Él la manifestación de Dios para quien no hay nada imposible, acogiéndose confiado a su voluntad. Despojemos nuestra oración de la jactancia y la presunción de quien cree merecerlo todo; que ponernos de rodillas para orar no sea una costumbre sino un gesto de auténtica humildad y de reconocimiento de que sólo ante Jesús toda rodilla se dobla.

TOCAR. Iluminados por el testimonio de Jesús veamos cómo es nuestro trato con las personas. A Jesús la gente lo llamaba «maestro» pero Él, por encima de todo rol, dejaba que se le acercaran y se acercaba como hermano. No permitamos que los roles nos asfixien y nos alejen de las personas; hagámonos cercanos, tocando, dando afecto, incluyendo en nuestro mundo a las personas que nos salen al encuentro. Hagamos que nuestras relaciones con las personas sean saludables, capaces de sanar las heridas que la soledad, la indiferencia y el prejuicio van dejando en quienes nos rodean.

ENTUSIASMO MISIONERO. Pongámonos en el lugar del hombre curado que con entusiasmo llevó a todos la noticia de lo que Dios había realizado en su vida. Dios ha hecho cosas grandes en nuestra vida, nos ha sanado, nos ha devuelto la vida, nos ha integrado en la familia de sus discípulos, nos ha hecho recuperar el sentido de la vida. Que reconocerlo nos devuelva el entusiasmo misionero para anunciar y llevar a todos la cercanía del amor misericordioso de Dios.

 

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V Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

“… se acercó y tomándola de la mano, la levantó.” (Mc 1,29-39)

Este Domingo contemplamos tres escenas que articulan una jornada ordinaria de Jesús, que con toda naturalidad, a los cercanos y a los lejanos, basta que tengan el corazón dispuesto, les acerca el amor misericordioso de Dios y con ello al mismo tiempo que se deja conocer como Hijo de Dios, enseña cuáles tendrían que ser las actitudes espontáneas de sus discípulos, llamados a identificarse con Él.

Una premisa: el sufrimiento del inocente

Para ubicar el mensaje del texto evangélico es oportuna una premisa que nos es dada por la primera lectura de este domingo que no al acaso esta tomada del libro de Job, considerado una perla de la literatura israelita y de la literatura universal, tanto por el vigor de sus recursos literarios como por la fuerza de los problemas que aborda de una forma valiente y audaz.

La pregunta de fondo a la que responde el libro sapiencial se podría plantear en estor términos: ¿Es siempre el dolor consecuencia del pecado del hombre? ¿Qué decir entonces del sufrimiento del inocente?

Para los amigos de Job sólo hay una respuesta en base a la fórmula tradicional según la cual hay una ecuación exacta entre la situación del hombre en esta vida y su conducta frente a Dios. A esta lógica Job se rebela con audacia. El sabe que su conducta es intachable, pero se ha visto alcanzado por la desgracia y la enfermedad; piensa que Dios lo ha abandonado y lo tritura con el dolor;  no espera de sus amigos teorías sobre el sufrimiento, pide que se pongan en su lugar, que le comprendan, que le escuchen, que se hagan cargo realmente de su situación.

Jesús en el evangelio se presenta para todos como verdadero amigo de la humanidad. Se acerca, con auténtica compasión y sin ningún reproche, al sufrimiento de los inocentes y lo alivia; se hace cargo de su situación, con gestos y actitudes concretas, sacando de su ensimismamiento a quienes yacen postrados, por el dolor o por la fuerza del maligno y les hace saber y sentir, contra el pensamiento común, que Dios está con ellos, que los ama con amor entrañable y quiere para ellos una vida nueva.

Otra premisa: «dentro» y «fuera» de la casa

Las escenas evangélica se desarrollan «dentro» y «fuera» de la casa de Simón y Andrés. La indicación del lugar es relevante, pues el evangelista Marcos utilizará estas locuciones preposicionales para referirse a quienes pertenecen o no a la comunidad de discípulos. El evangelista ayuda a los primeros a responderse a la pregunta ¿En qué consiste ser discípulo de Jesús? Mientras que a los segundos, los lleva de la mano para que descubran quién es Jesús.

Dentro y fuera de la casa de Simón, Jesús se encuentra con el drama humano del sufrimiento inocente, representado en la enfermedad y en los estragos que el maligno enemigo hace en las vidas humanas donde se instala. Sin embargo, lo que sucede dentro y fuera, no es lo mismo. Detengámonos a conseiderarlo.

Primera escena. Dentro de la casa: la curación de la suegra de Simón

Dentro de la casa Jesús cura a la suegra de Simón. En la escena hay gestos, ninguna palabra y en ellos se plantea un itinerario pedagógico para los discípulos llamados a hacer lo mismo que él hizo: “… se acercó y tomándola de la mano, la levantó.” Conocida la necesidad por mediación de los discípulos, toma la iniciativa y se hace cercano; por encima de la ley, que impide el contacto físico con el enfermo, toca a la mujer postrada y la levanta. Los que están dentro, los que ya hacen camino con él, deben aprender la lección: estar atentos a las necesidades de los hermanos, hacerse cargo de ellas por encima de cualquier prejuicio hasta incorporar al que por su situación física o moral va quedando relegado.

La escena concluye indicando que la mujer sanada, desaparecida la fiebre “… se puso a servirles” y con ello otra enseñanza: todo don conlleva un compromiso. La salud del discípulo se calibra en el servicio. El discípulo que vive ensimismado, atrapado en sus propios dilemas, postrado en sus angustias y enfermedades, que pierde el gusto por la vida y que es incapaz de salir de si mismo para percatarse de las necesidades de los demás y asistirlos, está enfermo; es tarea de la comunidad acercarle a Jesús, para que lo sane y para que recupere el talante natural del discípulo que es el servicio.

Segunda escena. Fuera de la casa: curó a muchos

Algo diferente ocurre fuera de la casa. Dice el evangelio que “… curo a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios”. ¿Por qué a muchos y no a todos? Nos encontramos aquí con un tema especial del evangelio de Marcos, que insiste en que no es suficiente con querer beneficiarse de Dios y que es indispensable estar dispuestos para responder desde la fe.

Esto nos ayuda a distinguir la diferencia entre religiosidad y vida de fe; podemos encontrar en el camino personas sumamente religiosas que no se cansan de presentar sus necesidades a Dios pero que no están dispuestas a darle un lugar en sus vidas con la respuesta de la fe. Parece ser que Dios no actúa sus maravillas en quienes son amantes del beneficio y enemigos del compromiso

Tercera escena: Oración, tentación, decisión

En la tercera escena contemplamos a Jesús que «de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario; y allí se puso a hacer oración»  Jesús es modelo para nosotros. Encuentra tiempo para orar en cualquier circunstancia. La oración es una necesidad del corazón. Jesús quiere estar en contacto con el Padre; por eso busca la soledad siempre que le sea posible, para invocarle, para dialogar con él, para vivir de este modo su vida filial.

Y en este gesto tan sencillo está la clave. Pareciera sencillo querer imitar a Jesús saliendo al encuentro del sufrimiento del inocente. No hay persona ni psicología que lo resista. Estar en contacto con el sufrimiento es devastador y más cuando se hace en nombre propio porque no hay palabra ni gesto que alcance a expresar o hacer sentir el consuelo. En cambio cuando se hace en nombre de Dios, porque en la oración se ha descubierto y apropiado su voluntad de hacer sentir su amor a los que sufren, entonces los gestos y las palabras cobran vida y adquieren una carga simbólica capaz de acercar la ternura de Dios.

Los discípulos, que todavía no acaban de identificarse con Jesús, se dejan entusiasmar por el aparente éxito inicial. «Simón y sus compañeros fueron en su busca. Al encontrarlo le dijeron: Todos te buscan»

Cuando se trata del anuncio del Evangelio, el halago y el aplauso fácil comprometen su eficacia. El discípulo fácilmente puede caer en la trampa de cerrarse a un pequeño grupo, que lo busca porque tiene interés en conseguir lo que desea. El evangelizador debe ser cuidadoso y estar atento medio de un mundo que sólo quiere oír lo que le agrada y esto es posible cuando se tiene la firme decisión de permanecer en las propias convicciones.

Esto fue lo que hizo Jesús que replicó a sus discípulos diciendo: «Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para eso he venido.» Tremenda lección para el discípulo que corre el riesgo de ir, fascinado por el éxito, al encuentro de quienes los buscan, olvidándose de quienes lo necesitan. La certeza de su identidad de Hijo y la firme decisión de permanecer en la misión le hace a Jesús tener como criterio orientador de su acción acercar el amor de Dios al sufrimiento de los inocentes.

Una conclusión: ¡Ay de mi si no evangelizo!

La misión evangelizadora es una fuerza incontenible. El Evangelio contiene en sí mismo una fuerza impulsora irresistible para quienes se abren a él y asumen la tarea de anunciarlo. El verdadero discípulo se distingue del que no lo es, en que no considera su vocación como fruto de su esfuerzo, sino que acepta la vocación que procede de Dios  y comprende muy bien que evangelizar no es un oficio que se elige, sino la imperiosa necesidad de quien ha visto su vida transformada por el Evangelio y que sabe que la paga por el trabajo es precisamente dar a conocer la Buena Nueva, anunciándola de balde, sin reclamar derecho alguno.

Este domingo se nos invita a acercarnos al sufrimiento de tantos inocentes que hay por el mundo; no con teorías complicadas sobre el sufrimiento sino con compasión, es decir, entrando realmente en el sufrimiento del otro, guardando un silencio profundamente respetuoso ante su situación desgarradora, asumiendo en la medida de lo posible su tragedia, con la certeza de que a la raíz de esta compasión no está el propio esfuerzo sino la fortaleza que viene de Dios cuya compasión llegó al extremo de enviarnos a su propio Hijo para asumir y liberar a la humanidad del poder deshumanizador del sufrimiento.

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