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Archive for 31 marzo 2012

Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor

Ver segmento de la Entrada a Jerusalén de la película Jesús de Nazaret de Zefirelli.

Con la celebración del Domingo de Ramos o Domingo de la Pasión del Señor nos adentramos a la Semana Santa en  la que viviremos el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico y oportunidad anual para renovar nuestra vocación bautismal contemplando, celebrando y viviendo el misterio pascual.  Este Domingo tiene dos elementos distintivos llenos de profundo significado. La procesión inicial que es precedida por la bendición de los ramos y la lectura de la Pasión del Señor.

Conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén.

La procesión inicial hace memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén permitiendo ser aclamado como Mesías por la multitud que a su paso grita ¡Hosanna!, aclamación que literalmente quiere decir ¡sálvanos! y con la que se invocaba al Mesías esperado para liberar al pueblo. Jesús también es aclamado con la expresión ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!, reservada para el rito de entronización del rey.

Con un signo muy sencillo, Jesús deja claro cómo entiende él su mesianismo. Hace su entrada a Jerusalén montado en un burrito. Recordemos que la mentalidad de su tiempo atribuía al Mesías cualidades guerreras y un signo del poderío guerrero se expresaba en el caballo. El burrito en cambio es un signo de trabajo, de humildad, abajamiento y paz. Es una entrada sin ejércitos, sin armas, sin violencias y es un gesto revelador del verdadero mesianismo: «No tengas miedo hija de Sión, mira que tu rey viene a ti montado en un burrito».

Vivimos en medio de situaciones complejas, personales, familiares, comunitarias y sociales que nos hacen sentir la urgencia de un mundo diferente. Muchas personas parecen esperar la llegada de un caudillo o mesías capaz de cambiar la historia. Ya sabemos que los mesianismos se activan cuando comienzan las luchas por conquistar el poder por el ofrecimiento mentiroso de soluciones únicas, inmediatas, mágicas a todos nuestros males.

La contemplación de la entrada de Jesús a Jerusalén nos ayuda a comprender que la esperanza en un Mesías que nos libere debe desbordar nuestro cálculos. Es necesario que lleguemos con Jesús hasta el Calvario, allí se revela Dios, nos da a conocer su amor de Dios que nos libera profunda y realmente. Las mediaciones humanas, lo que nos toca hacer, sólo entra en juego como respuesta y colaboración con Dios-Amor que es el verdaderamente libertador.

Es necesario huir y vencer todas las tentaciones de creer que la liberación y la felicidad del hombre se consigue con la violencia. Pero también es necesario entender que las cosas cambiarán sin nosotros. Se requiere nuestro compromiso. El Dios del Amor o el amor de Dios manifestado definitivamente en este Jesús, compromete enteramente al hombre en todas las facetas de su vida. Ilumina y transforma la existencia humana en todas sus manifestaciones.

El relato de la Pasión

Después de la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén la liturgia nos invita a entrar en el gran silencio contemplativo de la Pasión para descubrir allí el escenario del verdadero reinado del Señor.

El relato de la Pasión según san Marcos (capítulos 14 y 15) narra el camino de Jesús hacia la muerte e integra el ministerio de Jesús con la paradoja de la cruz. Cada uno de los episodios remarca aspectos singulares de la persona de Jesús y está impregnado en una profunda comprensión del misterio de Dios en Él manifestado.

Es difícil comentar en breve espacio este denso relato. Detengámonos brevemente en los pasos esenciales que lo conforman.

La lectura de la Pasión de Jesús según san Marcos comienza con dos cenas: la de Betania y la de la Pascua. En la primera, por el signo de la unción Jesús es reconocido como Mesías y él relaciona el signo con su muerte y su sepultura. En la cena pascual, Jesús acepta libremente su muerte como sacrificio para nuestra salvación.

Estas dos cenas las integra el evangelista con la noticia de la conspiración por parte del Sanedrín, por el soborno de Judas y el anuncio de la negación de Pedro. La animadversión, la traición y la negación ensombrecen el gesto luminoso de la entrega que Jesús hace de sí mismo. Jesús muere por nuestra salvación, no obstante los rechazos, las traiciones y los abandonos.

Jesús queda completamente solo. Todos los abandonaron. Jesús queda prisionero y abandonado de los suyos, que huyen despavoridos. Su entrega no se apoya en ningún populismo sino en la certeza de que vive este drama por ser fiel a su condición de Hijo de Dios.

Así, la pregunta sobre la verdadera identidad de Jesús, que es el hilo conductor de todo el evangelio de Marcos –“¿Quién es éste?”- comienza a tener una respuesta definitiva. En el proceso judicial y en la cruz se revelará quién es Él y será un pagano, el centurión romano, quien lo reconozca: «verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.»

Contemplemos las escenas e identifiquémonos con los protagonistas, con sus gestos y con sus palabras. Pidamos la gracia de comprender en nuestro interior este relato de la pasión, para que el signo de la cruz, en donde se expresa la grandeza del amor gratuito de Dios, adquiera relevancia existencial en nuestra vida y así nos dispongamos a renovar nuestra fidelidad a la vocación que Él nos hace a ser y vivir como hijos suyos.

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V Domingo de Cuaresma – Ciclo B

Enseguida un fragmento de una homilía del Papa Benedicto XVI, en un Domingo como este, V de Cuaresma, pero de 2009, en su visita pastoral a la Parroquia romana del Santo Rostro de Jesús en La Magliana


Queridos hermanos y hermanas:

En el pasaje evangélico de hoy, san Juan refiere un episodio que aconteció en la última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia de la Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. “Señor —le dijeron—, queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un nombre griego; y ambos “fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12, 22).

En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12, 23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz. De hecho, sólo así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y definitiva.

A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que se concluye el pasaje evangélico: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), así como el comentario del Evangelista: “Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 33). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.

Muy oportunamente la liturgia nos hace meditar este texto del evangelio de san Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se acercan los días de la Pasión del Señor, en la que nos sumergiremos espiritualmente desde el próximo domingo, llamado precisamente domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate, para ser asimismo partícipes de su victoria.

El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misión. Hablando de su muerte gloriosa ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a la vez sugestiva: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Se compara a sí mismo con un “grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto”, como dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. De hecho, no bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, el triunfo del Amor; así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte.

Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano y a cuanto hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformar en su amor. “Ahora —confiesa— mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?” (Jn 12, 27). Le asalta la tentación de pedir: “Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida”. En esta apremiante invocación percibimos una anticipación de la conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de la soledad y el miedo, implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino, porque sabe que precisamente para eso ha llegado a esta hora, y con confianza ora: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12, 28). Con esto quiere decir: “Acepto la cruz”, en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario que deberíamos seguir fundamentalmente en todas nuestras oraciones: transformar, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina.

benedicto-xvi-mexico-1Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo: “Si alguno me quiere servir, sígame”. No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar su vocación. Es la “ley” de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la “lógica” de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de hoy: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12, 25). “Odiar” la propia vida es una expresión semítica fuerte y encierra una paradoja; subraya muy bien la totalidad radical que debe caracterizar a quien sigue a Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde la vida y así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse.

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IV Domingo de Cuaresma – ciclo B

Este Domingo leemos, del evangelio de san Juan, la última parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, el maestro de la ley, fariseo y miembro del Sanedrín, que buscó de noche a Jesús, luz verdadera que ha venido para iluminar al mundo (Jn 1,9).

El marco nocturno del encuentro de Nicodemo con Jesús tiene un profundo simbolismo. El hombre maduro, conocedor de la escritura, que goza del reconocimiento de todos, en las tinieblas se acerca a la luz. Esto nos lleva a pensar en quienes en medio de dudas, temores e incertidumbres, buscan a Dios con sincero corazón.

En el dinamismo de la fe y el amor

La luz de Cristo proviene de la Cruz signo visible del amor del Padre por la humanidad. El amor de Dios nos abre sus brazos en Jesús crucificado, iluminando hasta el fondo nuestro corazones y abriendo nuestra existencia a una vida nueva cuando, por la fe, le abrimos nuestro corazón.

Jesús dice a Nicodemo que para entrar en el Reino de Dios se necesita comenzar de nuevo: «el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios… El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (3,3.5). Con ello nos hace entender que la vida es un don, que como tal hay que reconocer y acoger. La peor pretensión del hombre es pensar que él mismo puede darse la vida. La autosuficiencia es pésima consejera.

Así se entiende el significado profundo del bautismo, que no es sólo una celebración ritual sino una experiencia existencial. Por el bautismo renacemos a una vida nueva, no en virtud de nuestro esfuerzo, sino por la obra de Dios en nosotros que sólo pide de nuestra parte creer en su Hijo. La vida nueva y la fe se relacionan estrechamente: «“Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios» (1 Jn 5,1)

El don de la vida en el crucificado

El pasaje comienza recordando un episodio dramático del camino del pueblo judío por el desierto cuando fue sorprendido por una plaga de serpientes venenosas. Las dificultades del camino hacen renegar al pueblo y arrepentirse de haber emprendido el camino de liberación querido por Dios. En el fondo aparece el miedo a la muerte y el afán de asegurar y mantener la vida con el propio esfuerzo.

Cuando aparecen las serpientes venenosas el fin es inevitable. No hay nada que se pueda hacer. Entonces interviene Dios a través de Moisés que «hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y este miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida” (Ex 21,9). Fue Dios quien salvó la vida de su pueblo ante la fatalidad.

Este signo evocado por Jesús en su diálogo con Nicodemo aclara el significado de la Cruz: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna”. El crucificado no es un caído en desgracia, es el signo de Dios que se convierte en fuente de vida cuando se levanta la mirada y se le reconoce como salvador.

Jesús muere en la cruz para darnos vida. Él es nuestra vida y la vida la obtenemos creyendo en Él y reconociendo en Él el amor desmedido de Dios porque «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (3,16).

Para el que no tiene fe la cruz es un signo de sometimiento, castigo, derrota y muerte, de abandono de Dios y de crueldad humana. El que tiene fe, reconoce que Dios ha enviado a Jesús para darnos vida y así la Cruz adquiere otro significado, es símbolo de un amor sin límites que manifiesta la grandeza del amor de Dios que entrega a su Hijo y la grandeza del amor del Hijo que entrega su vida para darnos vida.

Esto nos hace entender lo que es el amor: interés por el otro, participación en su realidad, solicitud y preocupación en sus necesidades, ser y hacer todo por quien se ama; querer su bien, favorecerlo en todas las formas posibles. A quien ama, el camino y destino de la persona amada no le son indiferentes al grado de comprometer toda su existencia para que viva con gozo y plenitud.

Y esto es lo que hace Dios con nosotros. Nos ama. Esto significa que no nos abandona a nuestra suerte, que se preocupa por nosotros, quiere nuestra salvación, por ello nos envía a su Hijo, no para juzgar al mundo ni para condenarlo sino para que el mundo se salve por él (cf. 3,17).

El amor de Dios es tan grande que nos da a su Hijo, no lo reserva para si mismo; le confía la misión  de acercarnos su amor exponiéndolo a la crueldad de quienes prefieren vivir encerrados en su egoísmo o en su autosuficiencia, por lo que deciden deshacerse de Él. ¿Alguien puede tener un amor más grande? Y el amor del Hijo es tan grande como el del Padre, viene a ocuparse personalmente de nosotros, a mostrarnos el camino de la salvación, a unirnos a Él para hacernos participar de la vida divina.

La respuesta humana: vivir como hijos de la luz o de las tinieblas

Dios nos procura la salvación, pero no lo hace sin nosotros ni contra nuestra voluntad. Acoger la salvación de Dios nos pide abrirnos a su amor, tomarlo en serio y creer en su Hijo, el Crucificado.

El único signo de que aceptamos a Dios y acogemos con sinceridad el don de su amor es recibir a su Hijo Jesucristo. Así como Dios hizo depender en el desierto la salvación de un gesto voluntario de quienes eran mordidos por las serpientes: volver su mirada a la serpiente levantada por Moisés, de la misma manera, hace depender la novedad de la vida que nos ofrece de la aceptación de nuestra fe al don de su Hijo.

Sin embargo, no se excluye el rechazo. Hay quienes prefieren las tinieblas a la luz y tienen razones sencillas de entenderse. Quien hace el mal, prefiere las tinieblas y evita instintivamente la luz. En cambio, quien hace el bien, prefiere la luz, no huye de ella, no tiene nada que esconder.

La Palabra este domingo nos presenta el dilema de la coherencia para el que cree. Quien es de la luz hace el bien, quien es de las tinieblas hace el mal. Hacer el bien es hacer las cosas según Dios, escuchándolo y buscando con sinceridad hacer su voluntad. Hacer el mal es actuar siguiendo los criterios del propio egoísmo y deseo, incluso cuando estos se oponen a la voluntad de Dios. En el fondo, la disyuntiva es vivir encerrados en nosotros mismos o definir nuestra vida por el amor. Quien se busca a si mismo se cierra a Dios y a la vida. En cambio, quien se decide por Dios, amando a los demás, está siempre abierto a la luz de su amor.

En pocas palabras…

En el dinamismo de la fe, el primer paso lo da Dios dándonos la mas grande prueba de amor enviándonos a su Hijo, quien por amor aceptó la muerte en Cruz para darnos vida abundante. El segundo paso implica recibir este don de Dios. Aceptar vivir en la luz. Rechazar las tinieblas. Al hacerlo, cada persona vuelve a nacer, se sumerge  (bautiza) en la vida de Dios y este nuevo nacimiento conduce al sentido y a la plenitud del propio ser; a vivir amando, haciendo el bien y dejando sentir a todos el gran amor que Dios nos tiene; a vivir la vida que no se acaba.

Dios ya dio el primer paso. Basta contemplar al crucificado. El segundo paso es decisión nuestra. Que esta cuaresma nos sea propicia para purificar nuestra fe y aceptar de manera decidida el don del amor de Dios en nuestra vida que nos compromete a ser fuente de vida y amor para los demás.

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III Domingo de Cuaresma – ciclo B

Entramos en una nueva etapa del itinerario bíblico que nos conduce a la celebración y contemplación del Misterio Pascual. Este domingo contemplamos el relato de la purificación de Templo de Jerusalén por parte de Jesús que se revela como el definitivo santuario de la Nueva Alianza en el que se puede establecer una más perfecta comunión con Dios, que por Cristo, con Él y en Él, puede ser adorado en Espíritu y en Verdad.

Este ciclo B los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma caminaremos de la mano del evangelista san Juan. Sin embargo no olvidemos que el relato de la purificación del Templo lo encontramos en los cuatro evangelios. Este dato indica la importancia de este gesto de Jesús para la comunidad cristiana. Nos toca hoy   procurar una interpretación que no deforme lo que Jesús ha querido decirnos de si mismo con esta acción sino y que  nos permita profundizar el misterio de Dios que en Él se revela y así crecer en nuestra condición de discípulos. A ello nos ayuda lo que Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) nos dice en el segundo tomo de su obra Jesús de Nazaret.

Marcos nos presenta a Jesús, después de la entrada en Jerusalén, en el Templo, observando todo y regresando al siguiente día para echar de allí a los que vendían y compraban. «volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas» (11,15), justificando su modo de actuar con textos de la Escritura. «Mi casa se llama casa de oración para todos los pueblos. Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos». (Mc 11,17; cf. Is 56,7; Jr 7,11).

Este gesto de Jesús ha sido interpretado de distintas maneras.

1. Una corriente lo interpreta como una reacción de Jesús frente a los abusos de los mercaderes. Si bien la actividad de los comerciantes era legítima según las normas vigentes había un contraste entre ésta y el uso específico atribuido al patio de los gentiles. Jesús ataca la normativa de los dirigentes del Templo, pero no viola ni la Ley ni la enseñanza de los Profetas. Esto explica de alguna manera que ante el gesto de Jesús no se haya activado ninguna medida represiva de la guardia sino sólo la inquietud de los dirigentes que querían saber con qué autoridad había hecho lo que hizo. De acuerdo a esta línea de interpretación Jesús actuó conforme a la ley impidiendo un abuso respecto al Templo, sería así un reformador defensor de la santidad del templo. Sin embargo, su gesto iba más allá.

2. Otra corriente da al gesto de Jesús una interpretación política según la cual «Jesús habría sido un revolucionario político de carácter apocalíptico: habría sido arrestado y ejecutado por los romanos por haber provocado una insurrección en Jerusalén».

Con esta interpretación Jesús fue colocado en la línea del movimiento de los zelotes. La palabra «celo» (zélos, en griego) fue el término clave para expresar la disponibilidad para defender el derecho y la libertad de Israel mediante la violencia. Para quienes asumen esta interpretación, la muerte de Jesús en la Cruz por los romanos, bajo la acusación de decirse «rey de los judíos» demostraría su cualidad de revolucionario (zelote).

La violencia no instaura el Reino de Dios. La violencia es instrumento del enemigo. Nunca podrá  justificarse por motivos religiosos. No humaniza, sino deshumaniza. Jesús no fue un zelote, basta detenerse en su mensaje para concluirlo. La insurrección violenta en nombre de Dios no corresponde a su modo de ser. Su celo por el Reino de Dios es diferente. Nos lo da a conocer con sus gestos y con sus palabras proféticas.

3. La tercera línea de interpretación recurre a las palabras con las que Jesús mismo explica el gesto de la purificación del Templo. Ocurrido el hecho Jesús «enseñaba» diciendo «¿No está escrito: mi casa se llama casa de oración para todos los pueblos? Ustedes, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos» (11,17). Esta frase que sintetiza la enseñanza de Jesús sobre el Templo se inspira en la visión universalista del profeta Isaías para quien llegaría el día en que todos los pueblos adorarían en el Templo al Señor como único Dios. Así la intención fundamental de la expulsión de los mercaderes sería quitar todo lo que es contrario al conocimiento y a la adoración común de Dios, despejar el espacio para la adoración de todos.

La promesa universalista de Isaías se entrelaza también con aquella otra palabra de Jeremías: «Habéis hecho de mi casa una cueva de bandidos» (cf. 7,11). Jeremías lucha apasionadamente por la unidad entre el culto y una vida justa delante de Dios; lucha contra una politización de la fe, según la cual Dios debería defender en cualquier caso su templo para no perder el culto. Un templo que se ha convertido en una «cueva de bandidos» no tiene la protección de Dios.

De la misma manera, lo que Jesús combate es la convivencia entre culto y negocios. Él ve que se produce de nuevo la situación de los tiempos de Jeremías y en este sentido, tanto en su palabra como en su gesto, que son una advertencia, se podía percibir también la alusión a la destrucción de este templo; pero, como Jeremías, Jesús no es el destructor del templo. Con su pasión indica quién y qué es lo que destruirá realmente el templo.

Esta explicación de la purificación del templo resulta más clara a la luz de la palabra de Jesús que dice «Destruyan este templo y yo en tres días lo levantaré» (2,19).  Nótese que en los sinópticos uno de los testigos falsos del juicio contra Jesús lo acusa de haber dicho «yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres» (Mc 14,58). De acuerdo a san Juan no es Jesús quien destruye el templo; lo abandonan a la destrucción quienes lo convierten en una cueva de ladrones, como ocurrió en tiempos de Jeremías.

La señal que Jesús ofrece a la autoridad judía es la cruz y la resurrección, que lo legitiman como Aquel que establece y en quien se establece el culto verdadero. Con Jesús se inaugura un nuevo culto en un templo no construido por hombre. Este templo es su Cuerpo, el Resucitado que congrega a todos los pueblos y los une en el sacramento de su Cuerpo y de su sangre. Él es el nuevo templo de la humanidad. Con su resurrección comienza un nuevo modo de adorar a Dios «en espíritu y en verdad»

¿Y el celo de Jesús? San Juan nos dice que el gesto de la purificación del templo hizo recordar a los discípulos lo que dice el Salmo 69: «El celo de tu casa me devora». Este salmo es el de un orante relegado al aislamiento; la palabra se convierte para él en una fuente de sufrimiento que le causan quienes lo circundan. Los discípulos al relacionar el gesto de Jesús con la experiencia del salmista reconocen en él al justo que sufre. El celo por la casa de Dios lo lleva a la pasión, a la cruz. El celo de Jesús no se expresa mediante la violencia, sino que lo lleva al don de si mismo, es el celo del amor que se entrega.

Que el celo de Jesús sea nuestro celo

El texto que hoy contemplamos nos adentra en el misterio de la Pascua que da luz a nuestro diario vivir como cristianos. Podemos ser hombres y mujeres llenos de celo por las cosas de Dios, pero nuestro celo puede estar mal encauzado e incluso justificado con interpretaciones equivocadas de la Palabra de Dios. El Señor no nos llama a hacer múltiples cosas, tampoco a ser reformadores o defensores a ultranza de las cosas de Dios; no nos llama la violencia para someter y replegar a quienes no piensan como nosotros y se desvían de lo que consideramos puro y santo.

Dios nos llama a ser y a vivir como hijos suyos. Unidos a Cristo por nuestro bautismo formamos con él un solo cuerpo, somos piedras vivas del Templo de la nueva Alianza que es Jesucristo, en el que se realiza un nuevo culto, el culto del amor. En Cristo somos también templos vivos de Dios y por ello estamos llamados a adorar a Dios en «espíritu y verdad» ofreciéndole el único culto agradable al Padre que es nuestra obediencia, la entrega de nuestra voluntad, para que a través de nuestro amor purificado por la Gracia, el amor de Dios llegue a toda la humanidad.

 

 

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II Domingo de Cuaresma

En el camino cuaresmal nos encontramos ahora con la escena de la Transfiguración, que junto con la de las tentaciones en el desierto, cada año hacen el pórtico de entrada para que los discípulos de Jesús se adentren en la experiencia de encuentro con Dios para renovar la fidelidad a la alianza hecha con Él en el Bautismo. La Transfiguración constituye uno de los momentos culminantes de la revelación de Jesús, manifestando plenamente a sus discípulos su identidad de Hijo.

En el camino del discipulado es esencial comprender ¿Quién es Jesús?. Es la pregunta central y el propósito de los evangelios. Así lo encontramos explícitamente en san Marcos cuya evangelio leemos en el actual ciclo litúrgico.

La respuesta a la pregunta sobre la identidad de Jesús tiene un doble aspecto: por un lado ¿quién es Jesús para los hombres? La respuesta la ha dado Pedro en la confesión de Cesarea: es el Cristo (Mesías); por otro lado, ¿quién es Jesús para Dios? La respuesta la da el mismo Dios: es el Hijo amado.

La identificación con Cristo es la meta del proceso de iniciación cristiana y de la mistagogía, que es el proceso de asimilación existencial de la realidad bautismal expresada en los signos sacramentales. Ambos procesos, que de alguna manera podríamos comparar con lo que hoy llamamos formación inicial y permanente, encuentran en la Cuaresma una ocasión privilegiada para dinamizarse, ayudando a las y los discípulos a despertar de la modorra espiritual para asumir con alegría y esperanza la propia identidad cristiana.

En esta perspectiva el texto que hoy nos ocupa es fundamental en este proceso de renovación espiritual en el kairós cuaresmal. El pueblo de Dios por la efusión del Espíritu existe como comunidad de ungidos, es decir de hombres y mujeres, llenos del Espíritu y enviados por Dios al mundo para ser testigos de su obra salvadora. Al mismo tiempo, por la adopción filial en Cristo que se realiza en el Bautismo, este mismo pueblo santo está llamado a ser comunidad de hijas e hijos amados de Dios, testigos del amor divino en la vivencia de la comunión fraterna.

Detengámonos en el relato de Jesús Transfigurado y hagamos internamente el itinerario que hicieron los discípulos en esta revelación anticipadora de la Pascua.

La subida a una montaña alta

La primera parte del relato lo enmarca en una secuencia temporal, señalando que el hecho que narra sucedió “seis días después”. Esta referencia conecta con el episodio posterior a la confesión de Cesarea de Filipo, en la que Jesús anuncia su propia cruz y las consecuencias para los discípulos, con la consecuente resistencia de Pedro que todos conocemos. El relato de la transfiguración se entiende -en relación de contraste- a la luz del anuncio de la Cruz.

A pesar de la reacción negativa de Pedro ante el anuncio de la Cruz, el Señor lo lleva, junto con Santiago y Juan, a una montaña alta. La experiencia que vivirán se llevará a cabo en un clima de intimidad fraterna. La referencia que ubica la escena en una montaña crea una atmosfera espiritual que evoca la experiencia de profundo encuentro con Dios que Moisés y Elías vivieron en el Sinaí.

Jesús es trasfigurado

El centro del relato es una teofanía, es decir, la manifestación de Dios. La gloria de Dios se manifiesta en la persona de Jesús.

Los discípulos «ven» a Jesús con un nuevo aspecto y junto a él dos personajes fundamentales en la revelación de Dios al pueblo judío. El hecho es descrito con pocas palabras. Es importante señalar que literalmente el texto dice «fue transfigurado», precisión que es importante, pues Jesús no se transfiguró a si mismo, sino que fue Dios quien lo realizó en Él.

La transfiguración es descrita como un cambio de aspecto, «sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos». La indicación del color de los vestidos de Jesús en la escena que contemplamos lo vincula a la esfera de lo celestial. El hecho sucedió delante de los discípulos que aparecen así como destinatarios de  una vivencia que daría luz a la conciencia que tienen hasta ese momento de la identidad de Jesús.

La aparición de Moisés y Elías que «conversaban con Jesús» es a los discípulos. Esto indica nuevamente que ellos son los destinatarios de una experiencia que no es el resultado del esfuerzo humano. Hay que recordar que Moisés y Elías son personajes clave en el Antiguo Testamento. El primero es el amigo de Dios, que recibe de Él la Ley para el pueblo y el segundo es el profeta arrebatado al cielo en carro de fuego y cuyo regreso se relacionaba con la venida del Mesías.

Con ambos personajes el tema de la alianza aparece como fondo de todo el relato.  En el monte Sinaí Moisés recibe la Ley y sella la alianza y en ese mismo lugar Elías se refugió cuando era perseguido por la malvada reina Jezabel y recibió de Dios fuerza para ser el profeta de la fidelidad a la alianza. La misión de Jesús, con su cruz incluida, deberá ser comprendida dentro de este amplio y magnífico horizonte.

Pedro y los otros dos discípulos

Parece que el miedo no le permite a Pedro ni a los otros dos discípulos entender qué es lo que pasa. La experiencia los rebasa. No están a la altura de la revelación de Jesús como Hijo de Dios, como tampoco lo estuvieron en la experiencia de la tempestad calmada (cf.  Mc 4,41) Pedro apenas alcanza a sugerir la construcción de tres tiendas, asociando a Jesús a los otros dos grandes de la historia de Israel, no propone una sola tienda, no alcanza a descubrir en Jesús la plenitud de la revelación.

Dios revela a Jesús como su Hijo

Dios continúa facilitando a los discípulos comprender la identidad de Jesús no sólo en relación a los hombres, sino en relación a Él mismo. La transfiguración de Jesús se completa con la “audición” de la voz de Dios que se hace escuchar en medio de otro elemento teofánico que es la nube. En el libro del Éxodo, en el Sinaí, la nube fue imagen de la presencia escondida y poderosa del Dios (cf. Ex 19,6).

La nube, dice San Agustín, hizo una única tienda. No son los hombres los que construyen a Dios un lugar para que habite, sino que es Dios quien los inhabita. La voz del cielo dijo «Este es mi Hijo amado, escúchenle»”. Dios revela a Jesús como Hijo amado, una afirmación de Jesús, tal como lo presentó Marcos al iniciar su evangelio y como ya lo había dicho Dios en la escena del Bautismo. El vínculo de de Jesús con Dios es íntimo, es un vínculo de amor. El mandato: ¡Escúchenlo! indica cuál es la respuesta frente a la persona de Jesús, lo que define la manera de ser discípulo: escucha pronta, permanente y sin condiciones.

Quien responde a la pregunta que muchos se plantean acerca de Jesús es el mismo Dios Padre y es él mismo quien define la actitud fundamental del discipulado: la escucha del Maestro. Con ello queda clara la autoridad de Jesús que ha hablado sobre su pasión y muerte en cruz. En las enseñanzas de Jesús quien habla es el Hijo de Dios.

A diferencia de Moisés y Elías Jesús no recibe la revelación sino es el revelado a quienes se ha dado a conocer; en él se realiza la voluntad de Dios que todo hombre está llamado a obedecer

Jesús y los discípulos de nuevo “solos”

Al final de la experiencia de la transfiguración y de la audición de la voz de Dios los discípulos «mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos»; ahora ven al Jesús de siempre, aquel con el que “están” día a día, pero, eso sí, con un nuevo dato que completa el conocimiento que tenían de su Maestro no sólo es el Mesías, es además el Hijo de Dios.

Con ello los discípulos están siendo invitados a ver a Jesús bajo una nueva luz, a captarlo de una manera nueva.

Al descender de la montaña, es decir, al regresar a la vida cotidiana, Jesús ordena a sus discípulos silenciar el acontecimiento. Esta orden se levantará hasta que acontezca la resurrección. En el silencio y con la experiencia de la Cruz los discípulos podrán terminar de asimilar lo que vivieron en el Sinaí y que definirá en forma definitiva su fidelidad al Dios de la Alianza en el seguimiento de su Hijo Jesucristo.

Transfiguración y camino cuaresmal

La semana pasada contemplamos la escena de las tentaciones y nos descubrimos nosotros mismos confundidos por el enemigo; como Pedro que tiene certeza de que Jesús es el Mesías pero no acepta el camino de realización de esta vocación mesiánica previsto por Dios y que pasa por la Cruz.

Nos viene entonces muy bien la contemplación de la Transfiguración, que en la pedagogía cuaresmal nos hace vislumbrar la meta de esta experiencia de desierto: crecer en la conciencia de nuestra vocacional bautismal, por la que, en Cristo, somos hijos de Dios.

Con frecuencia nos acercamos a Jesús para pedirle, para presentarle nuestra necesidad, para que nos escuche, pero no lo escuchamos. Esta cuaresma tenemos la oportunidad de crecer como discípulos, ello implica ponernos a la escucha y aprender de Jesús a vivir una relación de intimidad con Dios y a obedecerlo.

Superar el escándalo de la cruz y tomar la cruz de cada día es otra de las enseñanzas del evangelio de este Domingo. Esto nos pide cambiar nuestra mentalidad triunfalista por una mentalidad y actitud más servicial y de entrega incondicional.

 

 

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