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Archive for 27 abril 2012

 IV Domingo de Pascua

Introducción

Este Domingo la pedagogía litúrgica de la Iglesia nos hace pasar de la contemplación de las apariciones de Jesús resucitado a la contemplación de imágenes con las que el Señor se identifica y que nos permiten profundizar el misterio de su pascua,  reconocerlo vivo entre sus discípulos e inspirar el propio camino vocacional de configuración con Él.

El icono que contemplamos hoy es el del Buen Pastor. Lo encontramos en el capítulo 10 del evangelio según San Juan. En el ciclo B de la liturgia, se leen los versículos 11-18.

Al leer y escuchar este pasaje es importante despojarnos del prejuicio que nos haría atribuir exclusivamente su enseñanza al ministerio ordenado, como si el pasaje se refiriera sólo a la vida sacerdotal. Es cierto que el Buen Pastor es la imagen por excelencia para inspirar el ministerio de los presbíteros y de los obispos, pero sobre todo es la imagen que debe inspirar la vida de cualquier discípulo que aspira alcanzar la madurez en la fe e identificarse plenamente con el Señor reconociéndose, en Él y con Él, como Hijo de Dios.

La imagen del Pastor en la Biblia

La imagen del pastor es una de las imágenes preferidas en la Biblia para hacer entender cómo es la relación de Dios con su pueblo. Está tomada de la vida diaria de un pueblo con cultura pastoril. La encontramos referida a Dios en el bellísimo Salmo 23(22) y aplicada a todos los que imitan la dedicación de Dios por el bienestar de su pueblo. En el profeta Ezequiel la imagen se convierte en una categoría que permite juzgar si el desempeño de los gobernantes es responsable o irresponsable (cf. cap. 34)

Un pastor bueno se distingue de uno malo por su sentido de responsabilidad. En la Palestina bíblica el pastor era totalmente responsable de la vida de las ovejas, era capaz de jugarse la vida por ellas haciendo frente a las fieras salvajes que las amenazaban.

Con esta imagen, el hombres y mujeres de la Biblia entendían lo que Dios hace con su pueblo, encontrando en la imagen de Dios-Pastor la representación de un amor responsable que les permitía confiar en Él al tener la certeza de que les acompañaba en el camino de la vida, particularmente en los momentos de prueba. Nada escapa al compromiso y al amor de Dios-Pastor que dice «Buscaré la oveja perdida, haré volver a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma» (Ez 34,16).

El Buen Pastor

Jesús se apropia la densidad pedagógica de esta imagen y sin más dice «Yo soy el Buen Pastor». Con ello, la promesa de Dios se convierte en realidad superando toda expectativa. En Jesús se realiza plenamente el ideal del pastor dispuesto a morir por su rebaño. Este es le mensaje central del texto que leemos este domingo. En él, Jesús se identifica con el pastor bueno, responsable, insistiendo en que da la vida por sus ovejas, en que las conoce y es conocido por ellas.

Bondad auténtica

Cuando Jesús dice de si que es el Pastor Bueno, el adjetivo «bueno», de acuerdo al término griego «agathós» que utiliza el evangelio, no describe su cualidad moral como cuando decimos que una persona es buena significando que en ella no hay maldad; tampoco se refiere a su eficiencia como cuando decimos que alguien es bueno para algo refiriéndonos a sus habilidades para realizar una determinada tarea. Para la acepción moral y pragmática de la palabra «bueno» el evangelio utiliza el término «kalós».

La bondad a la que se refiere el evangelio es más profunda, caracteriza la personalidad describiéndola como bella, simpática, amorosa. En nuestro texto, esta bondad referida al Pastor es una cualidad encantadora que hace de él una persona atractiva y simpática, que invita a acercarse y a parecerse a ella.

Otra cualidad del verdadero pastor es su sentido de pertenencia. El buen pastor pertenece al rebaño y el rebaño le pertenece, no como propiedad sino por el tipo de relación que le hace identificarse con sus ovejas, que le escuchan porque entre ellos hay un recíproco conocimiento. Recordemos que el verbo «conocer» en la Biblia más que una connotación intelectual tiene una connotación relacional de intimidad y cercanía.

En el texto que leemos Jesús dice «conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mi, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre.» Indicando así el tipo de relación que él establece con sus discípulos y el tipo de relación que sus discípulos pueden tener con él: una relación profunda, cercana, íntima, como la que en el misterio de Dios existe entre el Dios Padre y su Hijo Jesucristo.

Esta relación de intimidad hace del pastor alguien confiable, que perseverará en su responsabilidad cueste lo que cueste. Por eso Jesús dice «Yo doy la vida por mis ovejas» y aquí está otra clave para descubrir al verdadero Pastor. El evangelio distingue entre ser pastor y hacer lo que hacen los pastores. La diferencia está en la forma como se implica la vida y esto se conoce cuando hay peligro. El pastor verdadero enfrenta la amenaza exponiendo su vida, en cambio al que le pagan por hacer lo que hacen los pastores huye cuando siente el peligro.

Hay una gran diferencia entre quien hace las cosas sólo por interés, por el provecho o beneficio que puede obtener de su servicio y quien hace las cosas por amor, entregándose gratuitamente, sobrellevando sobre sí el peso de otros, desviviéndose para que los demás tengan vida.

Amor pastoral

El pastor  verdadero se conoce en el tipo de relación que tiene con su rebaño. Sus motivaciones, su intencionalidad y su compromiso reflejan la madurez de su amor que se manifiesta en la capacidad de amar hasta el extremo comprometiendo propia vida para que aquellos a los que se ama puedan vivir en plenitud y la capacidad de establecer relaciones profundas, de respeto, pertenencia e intimidad.

Este amor maduro, amor pastoral, se fundamenta en la experiencia de saberse amado y se basa en el conocimiento personal. Para Jesús-Pastor sus discípulos no son uno más de la lista, ni una estadística, Él conoce sus historias, dificultades defectos y cualidades; los conoce  y los ama como son y les invita a vivir estrechamente unidos a Él. Para el discípulo Jesús no puede ser sólo un nombre; es una persona con una personalidad atractiva, fascinante a quien hay que conocer conocerlo y entablar una relación de amor con Él, profunda y fiel.

El amor pastoral es una relación personal que no excluye a nadie; más aún, es un amor que congrega, que convoca, que asimila las diferencias y las unifica no las uniforma. Por ello el amor de Jesús se dirige también a «otras ovejas que no son de este redil», para convertirse Él mismo en punto de encuentro y formar con quienes lo acepten y escuchen su voz «un solo rebaño y un solo pastor». En Jesús estamos llamados a descubrirnos parte de la gran familia humana y ello nos compromete a despojarnos de todo prejuicio que impida desarrollar y vivir el sentido de fraternidad universal.

Nuestro texto termina con la contemplación del «misterio pascual».  La unidad Jesús la construye en la Cruz en donde muere «no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52).  Su entrega es libre, voluntaria, fiel y obediente y se funda en el amor del Padre, con quien Jesús se ha identificado totalmente.

Conclusión

Jesús el Buen Pastor viene a nuestro encuentro y nos conduce a los pastos abundantes, a las aguas tranquilas, nos guía por senderos rectos, busca a quienes se han descarriado, cura las heridas de quien sufren, consuela a los que lloran y nos defiende del peligro que dispersa y aniquila. Esta imagen consoladora nos invita a reconocernos parte de su rebaño y a pertenecer con fidelidad a él, pero no sólo eso, nos invita también a identificarnos con Jesús, a alcanzar la madurez cristiana y a ser capaces de amar con un amor como el suyo, un amor pastoral.

El Buen Pastor es el icono del cristiano maduro que es capaz de llevar sobre sí, gratuitamente, la carga de los demás. Las familias y comunidades cristianas tienen el desafiante compromiso de acompañar el camino de madurez en la fe de sus miembros; sólo de esa manera los papás y las mamás lo serán por vocación y no por accidente; los sacerdotes harán de su ministerio un estilo de vida y no una profesión; los gobernantes y líderes sociales serán responsables y buscarán el bien de todos antes que el bien personal y toda profesión, incluso como medio de vida, será un servicio y no un negocio.

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III Domingo de Pascua

Introducción Este domingo el evangelio nos presenta un nuevo relato de aparición de Jesús resucitado. Es el episodio que sigue a la narración de la experiencia que vivieron los discípulos de Emaús. Se pueden destacar en el relato elementos muy importantes como la incapacidad de los discípulos para comprender y asimilar lo que están viviendo; la clave de interpretación que Jesús les da a los discípulos para que entiendan y crean; la alegría de los discípulos y los signos por los que se reconoce al Señor. Nos detendremos en algunos de ellos desde la perspectiva del camino de la fe del discípulo misionero de Jesús resucitado. Temor y alegría Jesús resucitado se presenta nuevamente en medio de sus discípulos, que ya lo han visto y que comparten entre ellos lo que han vivido al encontrarse con él, pero que no acaban de creer ni de entender que es lo que ocurre. Estaban perturbados con dudas, no podían creer que Jesús estaba vivo y tenían la inteligencia cerrada. Aquí encontramos una indicación importante para nuestra vida de fe. La fe es un don, es un regalo de parte de Dios. Es el Señor el que toma la iniciativa de salir al encuentro y de hacer ver que en Él se ha cumplido la promesa de Dios. La respuesta del discípulo no es automática. Supone un proceso de asimilación, que en cada persona puede tener un ritmo diferente. Para acoger el don de la fe es necesario dejar que su luz ilumine todas las dimensiones de la existencia, esto implica un proceso gradual cuyo punto de partida puede ser para algunos el temor y para otros el entusiasmo desbordante. Temor porque no es fácil abrir el corazón a Dios. Su presencia puede ser perturbadora, sobre todo cuando no se sabe si lo que se vive viene de Él. El miedo ata, paraliza, acobarda y distorsiona la realidad. Quien se estaciona en el miedo no puede hacer el camino de la fe que también pide confianza y audacia. Dios mismo se encarga de disipar las dudas ofreciendo signos que permiten saber si lo que se intuye, se piensa o se siente viene de Él. Los discípulos «creían ver un fantasma» y Jesús mostrándoles las manos y los pies –las señales de la crucifixión- los hizo superar sus dudas con un argumento contundente: «un fantasma no tiene carne ni huesos, como ven que tengo yo». Se trata de Jesús, el crucificado que ha resucitado. Constatar la victoria de Dios sobre la muerte, en primera persona y en las personas amadas, abre la vida a la esperanza y conjura los miedos y las cobardías.n El entusiasmo desbordante también distorsiona la realidad y hace evadirla envolviendo la vida en un triunfalismo ingenuo y desencarnado. Se entiende el realismo del evangelio, a los «no acababan de creer de pura alegría» el Señor les pidió de comer y comió delante de ellos. La fe no saca de la historia, ni hace olvidar de las exigencias de la vida humana ni de sus necesidades básicas. El Señor resucitado las comparte y enseña a vivirlas en su justa dimensión. Entendimiento La fe pide también racionalidad, no se reduce a una experiencia emotiva; exige comprensión y capacidad de interpretar lo que se vive a la luz de la fidelidad de Dios y el testimonio de ello se encuentra en la Escritura. Así lo vemos en el evangelio. Una vez serenadas las emociones del encuentro, el temor y la alegría desbordante, el Señor dijo a sus discípulos «Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas  en los salmos.» La vida de fe no significa vivir inmersos en la irracionalidad, creer por creer, sin poder dar razón de por qué se cree. No se puede reducir la fe a una experiencia emocional como lo hacen las personas que lo único que buscan es ‘sentirse bien’ y se refugian en una experiencia ‘ligera’ de una fe que las ‘relaje’ pero no las comprometa. Se trata de vivir en Dios y desde Dios. De entender la propia vida y la historia a la luz de su proyecto de salvación. Jesús invita a sus discípulos a entender lo que han vivido con la luz de lo que Dios había dejado conocer de si mismo en el testimonio de Moisés, de los profetas y del pueblo orante. Esto los lleva a la certeza de que en Jesús se cumple la Escritura, de que en Él Dios es plenamente fiel a su promesa. Pero no se trata sólo de un esfuerzo humano. También es acción del Espíritu. Jesús «les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras». Testigos La experiencia de la fe no enajena, compromete; lleva a quien la vive a descubrirse a sí mismo inmerso en la historia de salvación, con la tarea de anunciar en el nombre de Jesús «la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados». Y esto, como dice el Señor, se hace con el testimonio, compartiendo la experiencia del propio camino de fe que tiene un momento culminante en la conversión, en el cambio profundo que se vive cuando se acoge a Dios y desde Él se recapitula la vida. Convertirse no consiste e sentir remordimiento por el mal que se ha hecho ni en un simple arrepentimiento que puede ser pretexto para evadir la culpa y continuar haciendo el mal. La conversión tiene como finalidad erradicar el pecado, sacar de la vida lo que daña la relación con Dios y con los hermanos; poner punto final a una historia marcada por el egoísmo decidirse a escribir una nueva historia inspirada en el amor. No se trata de sentir tranquilidad o satisfacción egoísta pensando que se está actuando bien, sino de sacar el mal de la propia vida experimentando cómo incorporados a la Pascua de Jesús se puede vivir la propia pascua y en ella la victoria de Dios sobre el poder del pecado y de la muerte.

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II Domingo de Pascua

Los textos bíblicos que la liturgia nos presenta este domingo nos ayudan situar la historia presente de nuestras comunidades volviendo la mirada a la comunidad apostólica. Encontramos en la Palabra luz que ilumina nuestra vocación cristiana y descubrimos una pedagogía que nos ayuda a ubicar nuestra propia experiencia de fe en el dinamismo de tres itinerarios pascuales.

La comunidad apostólica

La proclamación de la Palabra comienza presentando la vida ideal de la comunidad apostólica. Con pocas palabras se describe la armonía de los discípulos del Señor que «tenían un solo corazón y una sola alma» y que practicaban la comunión de bienes para que nadie pasara necesidad. En el centro de esta descripción se coloca el ministerio apostólico diciendo «con grandes muestras de poder los apóstoles daban testimonio de la Resurrección del Señor

Los estudiosos dicen que los sumarios de la vida de la comunidad primitiva que encontramos en el libro de los Hechos de los apóstoles son descripciones ideales, propuestas para inspirar la vida de las primeras comunidades. La tensión entre lo ideal y lo real no la calla la  Escritura. El cuadro ideal que describe a los primeros cristianos poniendo en común lo que poseían el mismo Lucas lo completa con dos episodios que contrastan fuertemente: El gesto de Bernabé que, vende su propiedad en Jerusalén y pone el dinero a disposición de los apóstoles y el gesto de Ananías y Safira, que hacen lo mismo que Bernabé pero, incapaces de compartirlo todo, retienen mezquinamente parte del dinero.

El evangelio nos presenta la comunidad apostólica en una interesante secuencia temporal que nos permite detenernos en el antes, en y después del encuentro con Jesús resucitado.

Esta secuencia nos ubica en el dinamismo de la experiencia cristiana que va forjando la identidad del discípulo hasta que este se descubre como hijo de Dios y enviado con la fuerza del Espíritu a ser testigo de la verdad.

… ANTES del encuentro con Jesús resucitado

La comunidad encerrada y rota. Y no era para menos. Los discípulos de  Jesús habían vivido, en carne propia y sin poder hacer nada, el sufrimiento de una persona amada. La traición del amigo, la negación del discípulo, el proceso injusto la condena mortal y su muerte violenta. Además, también estaban frustradas sus expectativas mesiánicas y con sus mentes embotadas no podían, en lo absoluto, entender nada de lo que pasaba.

Estaban encerrados porque tenían miedo y, como si se encontraran en su propia sepultura, estaban paralizados por ese sentimiento desagradable que provoca la percepción del peligro. No estaban completos, Tomás no estaba allí.  La violencia destruye la comunidad, la somete al miedo que dispersa, y activa el instinto de sobrevivencia que hace a cada quien buscar su propia seguridad.

…. EN el encuentro con Jesús resucitado

La comunidad se transforma. Jesús se hace presente, se coloca en medio de los discípulos y se identifica con el mismo saludo, el shalom de los  judíos, con el que los suyos debían saludar a las personas, a las familias y a las comunidades al acercarse a ellas. Este saludo tiene un significado muy profundo. No se refiere a la ausencia de conflictos sino a la evocación de la presencia de Dios con nosotros, es augurio y bendición, deseo de armonía, de integridad, de realización, de unidad y bienestar.

Junto al saludo un gesto. «… les mostró las manos y el costado». Con absoluta sencillez les hace llegar a la certeza de que el Crucificado ha resucitado, que el poder destructor del pecado y de la muerte no tienen la última palabra, que Dios es fiel y que su fidelidad es eterna. Jesús se presenta mostrando las huellas de su pasión dolorosa y comunicando el don de la paz. No hay en Él huella de resentimiento ni reclamo de venganza.

Al ver al Señor los discípulos se llenaron de alegría, viven su primer itinerario pascual, que tendrán que compartir cada vez que la duda, la incertidumbre, el miedo y la frustración apaguen la vida de la comunidad y la hundan en la noche oscura.

Reiterando el mismo saludo, ahora acompañado de las palabras «como el Padre me ha enviado, así también los envío yo» y con el gesto de soplar sobre ellos comunicándoles el don del Espíritu y confiriéndoles el ministerio de la reconciliación los discípulos participan de la identidad y misión del Señor.  Con la misma pedagogía Jesús da un segundo paso que es para los discípulos un segundo itinerario pascual: salir de si mismos, pasar del encierro a la misión.

Ungidos por el Espíritu, son ahora hombres nuevos y son enviados para ser testigos de la verdad, para llevar la cercanía del amor de Dios a quienes sufren y para liberar a quienes viven sometidos por el yugo del pecado y el poder del maligno.

Los discípulos realizarán el perdón de los pecados como lo hizo Jesús; desenmascarando el mal, enfrentando la fuerza deshumanizadora del enemigo que seduce y engaña a sus víctimas encerrándolas en su propio ego, convenciéndolas de que pueden prescindir de Dios y del hermano y cultivando en ellas el germen destructor de la violencia.

Por el perdón de los pecados se rescata al hermano, se le hace posible que, con la fuerza del Espíritu, reconstituya su identidad más profunda, se reencuentre a sí mismo y restablezca relaciones saludables con su entorno, con las personas y con Dios.

… DESPUÉS del encuentro con Jesús resucitado

En aquellos hombres y mujeres brillaba la luz de la esperanza; por ello no dejaron sólo a Tomás. Le compartieron la alegría que experimentaron al ver al Señor. Le contaron lo que habían vivido, pero él no estaba en condiciones de escucharles ni de creer; sus heridas estaban todavía abiertas y sus temores escondidos en su incredulidad. El primer destinatario de la misión estaba en casa.

La resistencia de Tomás tuvo correspondencia en la paciencia de la comunidad. No lo excluyeron. Ocho días después estaba con ellos y la historia cambió.

Jesús se presenta nuevamente con el saludo de paz y mostrando, ahora a Tomás, las llagas de sus manos y de su costado, lo llama a la fe diciéndole «no sigas dudando sino cree», Tomás, de rodillas, reconoce en Jesús resucitado a su Dios y Señor. En el paso de la incredulidad a la fe encontramos un tercer itinerario pascual que compromete la misión apostólica de la Iglesia.

Nuestras comunidades

Concluyamos contemplando nuestra propia comunidad en este dinamismo pascual. El ideal permanece. Vivir la unidad en la concordia, tener un solo corazón y una sola alma; sin olvidar que la comunión se hace compartiendo cada quien lo que tiene, lo que Dios le ha dado, lo que ha puesto en su corazón y superando las tensiones que  en el día a día de nuestra realidad nos alejan de la concordia.

Este ideal lo alcanzaremos acompañándonos unos a otros en nuestro itinerario pascual. Para algunos la pascua puede significar dar el paso del miedo a la alegría. Nos podemos acompañar dando y recibiendo existencialmente el saludo-bendición de la paz y compartiendo con nuestra alegría el testimonio de que en nosotros ha sido más grande el amor de Dios que el poder del pecado y de la muerte. En nuestra patria este itinerario pascual es urgente y nos compromete.

Para otros la pascua puede significar consolidación vocacional, en la propia identidad y misión, que es la misma de Jesús. El compromiso que se impone es el de la animación pastoral. Acompañarnos comunicándonos el Espíritu de la verdad y de la vida, el que todos hemos recibido en el bautismo, para que nuestras vidas inmovilizadas, nuestras estructuras caducas, nuestras instituciones esclerotizadas cobren nueva vida y se adecúen a las exigencias de la misión.

Para otros, la pascua puede significar renovar la propia experiencia de fe.  La formación positivista que hemos recibido y la dictadura del relativismo hace difícil la permanencia en la fe, que es un don que si no se cultiva se seca. La forma en que se nos han educado para acercarnos a la verdad, para conocer la realidad, nos hace desconfiados e incrédulos, como Tomás. Acompañémonos en la experiencia de la escucha de la Palabra, de la Eucaristía y de la caridad fraterna, hagamos el memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor; como ministros de reconciliación contemplemos las llagas gloriosas del crucificado que ha resucitado y que nos dice como a Tomás «…no sigas dudando, sino cree».

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