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Archive for 25 mayo 2012

Pentecostés

Este Domingo llegamos a la conclusión de la Pascua con la Solemnidad de Pentecostés. Celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre toda la Iglesia.

El Espíritu Santo es el don más grande que hemos recibido del Señor Jesús. Es el Espíritu quien hace nacer la Iglesia a partir de la aceptación y confesión de una misma fe en Jesús nuestro Señor y hace posible en ella la unidad en la diversidad de dones, carismas y ministerios.

La escena evangélica que hoy contemplamos ocurre al atardecer del día de Pascua. El anuncio de Magdalena parece no haber encontrado eco en el corazón de los discípulos que, por miedo a los judíos, siguen encerrados en un cuarto con las puertas cerradas.

Jesús Resucitado se manifiesta y colocándose en medio de ellos les hace el don inestimable de la paz. La paz es lo opuesto al miedo, al desánimo, a la frustración. Significa armonía en las relaciones con los hombres y con Dios.

El resultado de la palabra es inmediato: los discípulos se llenan de alegría. El miedo desaparece. Jesús renueva su don de la paz y lo extiende a toda la humanidad a través de la misión de los apóstoles. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos están llamados a entrar en la paz de Dios reconciliándose con Él.

Llama la atención en este relato de efusión del Espíritu en el evangelio de Juan la referencia a este “soplo” de Jesús sobre sus discípulos: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…» (20,22).

Encontramos una alusión al “soplo vital de Dios” (en hebreo: “Ruah”) que actuó en los orígenes, cuando Dios creó el mundo y al hombre (cf. Génesis 2,7): el Espíritu que Jesús Resucitado comunica es el principio de una nueva creación y de un nuevo pueblo.

La nueva creación no es posible sin la reconciliación con Dios, sin el perdón de los pecados. Y esta es la misión del nuevo pueblo de Dios: perdonar, tarea imposible si no se ha experimentado en carne propia el perdón, la respuesta amorosa de Dios que a pesar de nuestras infidelidad quiere para nosotros no la destrucción sino la plenitud de vida.

Testigos de este perdón, con la fuerza que viene de lo alto, la fuerza del Espíritu, los discípulos, en obediencia a la misión que se les confía, tienen que ir por el mundo entero para ofrecer la reconciliación con Dios, anunciando con su testimonio la necesidad de convertirse a Dios.

Cuando con el impulso del Espíritu los hombres y las mujeres se convierten a Dios reconociéndose como creaturas, cuando con sus dones vencen la tentación de reemplazar a Dios erigiéndose en ídolos de si mismos y de los demás, cuando con su luz aceptan la verdad de la naturaleza humana con todos sus límites y posibilidades, cuando con su consejo se descubren capaces de renunciar a la violencia y de sofocar en si el deseo de la venganza, entonces se renueva la faz de la tierra.

El Espíritu Santo es el amor personal del Padre y del Hijo y amor quiere decir, vida, alegría, felicidad. Es Dios mismo que se entrega a los hombres y a las mujeres y les mueve interiormente para acoger su presencia y abrirse a los hermanos. Es la fuente de la santidad de la Iglesia su obra es salvar, sanar, exhortar, fortalecer, consolar.

Actuando desde nuestro interior

  • Nos ayuda a identificarnos con Jesús, con sus palabras, gestos y acciones.
  • Abre nuestros oídos y corazones para que la Palabra cale hondo en nuestro interior.
  • Nos impulsa a ser mensajeros de la Buena Nueva.
  • Restaura en nosotros la imagen de Dios deteriorada por el pecado.
  • Hace posible que amemos y perdonemos a nuestros hermanos;
  • Nos incorpora al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia,
  • Da a nuestra existencia alegría, paz, verdad, libertad, comunión.
  • Hace fructificar nuestros esfuerzos porque nos precede en todo lo que hacemos.

Unámonos pues a toda la Iglesia y digamos incesantemente:

Ven, Dios Espíritu Santo

y envíanos desde el cielo

tu luz para iluminarnos.

 

Ven ya, Padre de los pobres

luz que penetra en las almas

dador de todos los dones.

 

Fuente de todo consuelo

amable huésped del alma,

paz en las horas de duelo.

 

Eres pausa en el trabajo

brisa en un clima de fuego

consuelo en medio del llanto.

 

Ven luz santificadora

y entra hasta el fondo del alma

de todos los que te adoran.

 

Sin tu inspiración divina

los hombres nada podemos

y el pecado nos domina.

 

Lava nuestras inmundicias

fecunda nuestros desiertos

y cura nuestras heridas.

 

Doblega nuestra soberbia

calienta nuestra frialdad

endereza nuestras sendas.

 

Concede a aquellos que pones

en ti su fe y su confianza

tus siete sagrados dones.

 

Danos virtudes y méritos

danos una buena muerte

y contigo el gozo eterno

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La Ascensión del Señor

Celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Con ella concluye la serie de apariciones de Jesús resucitado que hemos contemplado, particularmente en la primera parte del tiempo pascual. El fragmento final del evangelio que hoy escuchamos cuenta la última aparición de Jesús a los apóstoles y refiere después que Jesús ascendió al cielo.

La Ascensión del Señor hace que, por un lado, volvamos nuestra mirada al cielo donde el Señor glorioso, está sentado a la derecha del Padre y que por otro, nos veamos a nosotros mismos, pues comienza en la vida del discípulo el dinamismo misionero. Jesús resucitado y ascendido al cielo envía a sus discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, a difundir la fe en él por todo el mundo y a transformar el mundo según el designio de Dios.

El evangelio nos da razón de lo difícil que fue para los discípulos entender en qué consistía el reino de Dios. La experiencia de la Resurrección no les hizo cambiar de inmediato sus expectativas; esperaban que el Señor restaurase la soberanía de Israel, concibiendo el reino como una realidad política, como la independencia de la nación de Israel y su dominio sobre otros pueblos.

El relato de la Ascensión está ubicado en el evangelio de Marcos inmediatamente después de la misión que Jesús confía a los once; misión inmensa que supera sus fuerzas pues dilata las fronteras a todo el mundo, y es a toda la humanidad a la que debe predicarse la Buena Nueva.

Impresiona cómo Jesús confía en un pequeño grupo, en un puñado de hombres sencillos, que no se distinguen por especiales capacidades; a ellos, que tenían una esperanza mesiánica de tipo político, les confía un proyecto completamente diferente, anunciar, de la misma manera como Él lo hizo y con el testimonio de su vida, la cercanía de Dios que reina desde el corazón de las personas y es capaz de hacer nuevas todas las cosas.

El proyecto de Dios sólo se puede llevar a cabo con la fuerza que el mismo Dios concede y los signos que lo verifican son inconfundibles: «En mi nombre expulsarán demonios, hablarán lengua nuevas, agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán».

En otras palabras, el Reino se hace presente en el triunfo de la vida sobre la muerte, de la verdad sobre la mentira, de la justicia sobre la injusticia y sus testigos son quienes en nombre de Dios y con la confianza puesta en Él enfrentan el poder deshumanizador del mal, de la enfermedad, del pecado y de la muerte.

Esta misión la realizarán los discípulos después de Pentecostés. Lo que parecía imposible se realizó con el impulso del Espíritu. Y de la misma manera y con el mismo impulso debe realizarse y corresponde a cada generación de discípulos hacerlo en coherencia a la dimensión apostólica de la identidad cristiana.

Jesús nos incorpora a su misión. No podemos pensar que lo que hacemos lo realizamos en nombre propio. Es necesario entender que sólo somos colaboradores, pero que nadie suplirá la tarea que nos corresponde. Los bautizados somos injertados en Cristo y con Él hacemos un solo cuerpo. Como miembros de Cristo resucitado, estamos llamados a vivir unidos en el mismo Espíritu y poner alma, vida y corazón al servicio del Reino de Dios

Los dones que hemos recibido son para desarrollemos la tarea que se nos confía. La escucha y reflexión, personal y comunitaria, de la Palabra del Señor nos ayuda a entender nuestro lugar en la misión de la Iglesia y cuál es la razón y sentido de los dones que hemos recibido para la edificación de la Iglesia y el impulso de su tarea apostólica.

La Ascensión del Señor pone delante de nosotros un horizonte de esperanza. Por un lado participar un día de la vida plena en Cristo y por otro, contar con el Espíritu Santo que se nos ha prometido, que con sus dones y gracias nos enriquece para que realizando plenamente nuestra vocación seamos, con nuestra existencia, signo y promesa de la vida digna que Dios quiere para todos sus hijos.

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VI Domingo de Pascua

Este Domingo, el texto evangélico que escuchamos corresponde a una bellísima página del evangelio según san Juan y nos hace comprender algo sumamente importante: ser cristiano supone un estilo de vida caracterizado por el amor, por la alegría y por el servicio y esto, no es un añadido a la existencia, es la expresión constante de la obra que Dios realiza a través de su Hijo Jesucristo en la vida de quienes lo acogen con un corazón sincero.

Este amor tiene su origen en Dios Padre, se manifiesta en el amor de amigo de Jesús y es al mismo tiempo signo distintivo y misión de quienes son sus discípulos.

El texto de este día hay que leerlo tomando en cuenta el del domingo pasado, en el que contemplamos la alegoría de la vid, la fuerza vivificadora de la savia que llega de la vid al sarmiento, es ahora la fuerza del amor de Jesús que entrega su vida por los que ama. Es así como el amor del Padre llega al mundo, brotando como un torrente en cascada se comunica a través del Hijo a sus discípulos y a través de estos al mundo entero.

Este texto pertenece al conjunto del llamado “discurso de despedida” en el que ante la inminencia del cumplimiento de su misión Jesús deja conocer cómo se hará presente en adelante; la muerte no será una separación sino el comienzo de una experiencia de relación distinta, más profunda que la anterior. El discípulo recibe el flujo del amor de Dios si está unido a Jesús y lo hace llegar a los demás sosteniendo una relación profunda de amor con los hermanos. La experiencia humana para expresar la profunda riqueza de este mensaje es su experiencia de la amistad con Dios, con Jesús y con los demás discípulos.

Dios es la fuente del amor

Lo que nos hace capaces de amar es el amor que hemos recibido. Es el secreto de la vida de Jesús, de su alegría y de su impulso misionero, saberse. Él sabe que es el «Hijo amado». Este amor que viene de Dios es la fuente y el modelo del amor de Jesús por sus discípulos y al mismo tiempo el criterio de su intensidad: «así como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes».

La falta de amor tiene efectos devastadores en la vida de una persona, le impide desarrollarse plenamente y encontrar sentido a la existencia. En la carencia de amor se encuentra la razón de muchas inconsistencias en la personalidad que se manifiestan en la inconstancia, la infidelidad, la violencia, el miedo, la depresión y la inseguridad que a su vez se manifiesta como prepotencia para evitar la sensación de indignidad y rechazo. La búsqueda de culpables o responsables por el amor que no se ha recibido tiene también efectos terribles, llena el corazón de injustos odios y resentimientos en contra de quienes se esperaría recibir como derecho el amor que sólo se puede ofrecer como un don.

Si los demás, aquéllos de quienes esperaríamos, fracasaron en el intento o se mostraron insuficientes para darnos su amor con Jesús no sucede lo mismo. Ël está junto a nosotros y nos da su amor en la misma forma y con la misma intensidad con la que Dios ama. Eso significa que somos significativos para Él, que nos encuentra valiosos y que encuentra en nosotros bondad. Con su mirada Jesús nos ayuda a descubrir en nosotros mismos todo lo que Dios nos ha dado, y nos lleva de la mano al autodescubrimiento de que también somos hijos amados de Dios.

Amor con amor se paga. Para que se de el milagro del amor se requieren dos personas y entre ellas una corriente de reciprocidad. Jesús pide con insistencia a sus discípulos una respuesta pidiéndoles permanecer en su amor. Si recordamos, este término ya había aparecido el domingo pasado en la alegoría de la Vid; ahora al permanecer Jesús le agrega «en el amor» especificando así tres decisiones que el discípulo debe tomar y en las que debe sostenerse: 1) Dejarse amar, 2) Actuar según el querer de Dios, 3) Ser como Jesús.

La insistencia de Jesús de que nuestro amor se demuestra cumpliendo sus mandamientos nos hace entender que el amor el algo más que un sentimiento y que hay que demostrarlo con hechos concretos. Esto da luz a ciertas formas de amor y de amistad caracterizadas por la inconstancia y la irresponsabilidad y que dejan profundas heridas y fracturas emocionales que acompañan toda la vida. Cuando el sentimiento está por encima del compromiso se es incapaz de “responder” de hacerse responsable; se apaga el sentimiento y la otra persona deja de ser significativa y queda abandonada a si misma. Un amor como el de Jesús hace es posible establecer relaciones sólidas y estables, capaces de trascender las carencias y la inmadurez,  de ser consistentes, intensas, sólidas, constantes y satisfactorias. El verdadero amor tiene sabor a eternidad.

El amor nos lleva al gozo. Jesús nos descubre la clave. Donde hay verdadero amor se nota alegría. Y si el amor consiste en guardar sus mandamientos hacerlo no puede ser algo pesado, insoportable, que le quite luminosidad y alegría a la existencia; por el contrario, cumplir los mandamientos de Jesús es fuente de alegría, es lo que Jesús comparte con nosotros y que debe llegar a su plenitud. Es la alegría de amar y ser amado, de ver cómo se realiza la obra de Dios en la historia, de constatar la respuesta de Dios a la oración, de ir al encuentro del Padre y de ver cumplida la misión encomendada.

Esta es la manera como Jesús deja su vida a sus discípulos, les revela y les invita a participar del dinamismo de amor que hay entre él y su Padre. La comunión con Dios es comunión en el amor y en la alegría. Por ello, la alegría también debe alcanzar la plenitud, es la alegría de la salvación,  de la vida redimida, del triunfo de la vida, de la presencia de Jesús Resucitado, de la obra de Dios de que se realiza a través de la misión de los discípulos.

La alegría plena la alcanza quien centra su vida en Jesús, quien realiza su vocación, y es coherente con sus opciones. La alegría de la vida del cristiano tiene su raíz en la certeza de ser amado y en el abandono de la vida en las manos de Dios, lo que da confianza, seguridad, plenitud y fortaleza. El discípulo alcanza su madurez vocacional cuando llega a entender que la mayor alegría de la vida está en causar la alegría de los demás. Esta alegría da entusiasmo, genera creatividad, valentía y audacia, los temores se desvanecen y la vida se llena de sentido al desvivirse por los demás.

Las expresiones del amor

El mandamiento del amor subraya la necesidad y la naturaleza del amor fraterno. Después de colocar su fundamento, Jesús explica cuáles son las expresiones del amor y que son motivo de la inmensa alegría de los discípulos. El amor de Jesús nos hace redefinir el modo como comprendemos nuestras relaciones con los demás.

El mandamiento del amor se expresa así: «este es mi mandamiento: que se amen los nos a los otros como yo los he amado». La formulación comienza con el imperativo «ámense». Para el discípulo el amor no es opcional, es esencial. Como hemos dicho, el amor más que un sentimiento es una decisión. Cuando las relaciones se manejan sólo en el plano sentimental se vuelven efímeras, pues se fundamentan en emociones pasajeras, se sostienen por la simpatía y se destruyen por la antipatía. El amor es una fuerza moral, que se fundamenta en la obediencia a la voluntad de Dios, porque se sabe que sólo a través de ese camino se puede alcanzar la plenitud. Cumplir el mandamiento de Jesús supone un salto cualitativo en nuestra manera de tejer relaciones humanas.

Este mandamiento identifica a Jesús. Lo llama «mi mandamiento» indicando que es él quien lo da y que es el criterio distintivo de la vida de Jesús en el discípulo. Su contenido es el mismo amor de Jesús: «como yo los he amado». La forma como Jesús se comporta don sus discípulos define la calidad y diferencia del verdadero amor. Para poder amar cómo él es necesario ser como él. En otras palabras nuestras relaciones de amor y de amistad tienen que ser como las de Jesús que dio la vida por sus discípulos, los hizo sus amigos más que sus servidores y les confió su misión.

El amor de Jesús constituye una comunidad. El amor del discípulo también debe hacerlo. Lo que Jesús hace por sus discípulos ellos deben hacerlo por el mundo, para llegar a formar de forma verdadera y duradera la familia del Padre. Por ello la comunidad de los discípulos está llamada a ser una comunidad de amigos de Jesús edificada sobre la entrega, el servicio y la amistad y al mismo tiempo una comunidad misionera, porque son elegidos, enviados y sus obras tienen el respaldo de Dios.

El amor de Jesús construye una comunidad de amigos, que implica relaciones estables, concretas y visibles. Jesús se manifiesta como amigo tomando la iniciativa, dando calidad a la relación –de siervo a amigo- y contenido -conocer y hacer la voluntad del Padre-. La única forma de tener amigos es comenzar a serlo. Por ello Jesús toma la iniciativa, se hace amigo. Su dicho «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» se vuelve verdadero en la historia de su pasión. Hacer lo que hizo Jesús comienza con dar un valor supremo a la vida del amigo, de la persona amada, al grado que todo lo demás se vuelva relativo y esto, con la intención de «dar la vida» para que la otra persona «tenga vida plena». Se trata de hacer vivir, de promover la vida, de hacerla bella.

Jesús hace de nosotros sus discípulos amados y su amor puede ser acogido o rechazado. Acogerlo implica cumplir el deseo de Jesús «ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando» y lo que Jesús nos manda es «ámense los unos a los otros». A Jesús se le responde formando una comunidad de amigos, capaces de amarse con libertad, de alcanzar la intimidad, de un amor generoso hasta la entrega de la vida, es decir, de arriesgarse completamente por otra persona a través del respeto, la amabilidad, el servicio, la solidaridad y el perdón.

El paso de ser siervo a ser amigo está dado en el «conocer» el querer del Padre en la persona de Jesús. Esto supone el discernimiento espiritual del discípulo para conocer lo que el Padre quiere de Jesús y en él, lo que quiere del discípulo. El amigo se involucra porque conoce y comparte. El «amarse unos a otros» supone que en la comunidad todos se hacen amigos en el Señor y que al mismo tiempo que tienen con él una relación persona, entre ellos no se ignoran sino que se entregan unos a otros, al estilo de Jesús, haciéndose amigos.

Enviados

El amigo involucra al otro en su vida. Es lo que hace Jesús. Nos involucra en si misión. Él es el enviado y por ello nos envía a dar un fruto duradero. Corresponde al discípulo tomar la iniciativa en el amor, compartir lo que es y lo que tiene, y abrir el corazón para generar una verdadera comunidad. Los discípulos deben vivir y morir por los demás para continuar la misión de Jesús que es «dar vida al mundo». El amor es el fruto que se espera de los discípulos de Jesús, éste se vive en la donación. El verdadero discípulo hace comunidad donde se presenta y cuando la comunidad está bien cimentada en el amor el proyecto de Jesús tiene fuerza misionera y transforma el mundo.

El discípulo de Jesús no puede olvidar que ha sido elegido no en razón de sus méritos sino por amor. La Iglesia se construye en la acogida de todos los que han sido elegidos y esto exige tener un corazón abierto a todos por encima de las simpatía y relaciones de mayor cercanía que se establecen con facilidad con unos más que con otros. Lo esencial en la vida comunitaria es el compartir la vida que el Señor no da y aprender a compartir el proyecto del Señor, como proyecto comunitario que cada generación reformula con el aporte de todos.

La elección no es un privilegio sino una misión, no es en beneficio propio sino para ser testigo de la obra de Dios. Por ello los elegidos son enviados, son destinados a ponerse en camino y a dar fruto, capaces ubicarse en cualquier lugar y de salir de si mismos para dar vida y formar una comunidad evangelizadora capaz, a su vez, de salir de si misma para ir al encuentro del mundo.

Toda la obra de Cristo y de la Iglesia es del Padre y es Él quien respalda la obra de los discípulos y les concede lo necesario para que realicen la obra de Jesús en el mundo. Esto supone un vínculo permanente de los discípulos con el Padre mediante la oración confiada que le presenta las necesidades del mundo, sus sufrimientos y anhelos y la conciencia de que el trabajo que se realiza está en sus manos. Todo lo que comienza con el amor del Padre culmina con la fidelidad del discípulo que permaneciendo en el amor de Jesús con sus vivir en el mundo hace visible el amor divino y lleva a la presencia de Dios las necesidades del mundo entero.

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  V Domingo de Pascua

Este domingo, la liturgia, con su pedagogía pascual, nos lleva, a partir de la contemplación de la alegoría de la Vid, a profundizar nuestra relación con Jesucristo y a comprender la transformación vital que se realiza en nosotros cuando correspondemos a la obra que Dios. El punto central de esta alegoría está en «dar frutos». Esta hermosa comparación, tomada de la vida campestre, ilumina el sentido de nuestra vid, llamada a ser radiante, productiva, feliz y capaz de expresar la fuerza vital que recibe del Señor Jesús.

Jesús es la Vid verdadera

¿Cuál es la obra que Dios hace en nosotros a través de la persona de Jesús? La respuesta a esta pregunta, crucial para un discípulo del Señor, la encontramos en la primera parte de la alegoría.

Jesús se presenta diciendo «Yo soy la Vid verdadera». ¿Qué quiere decirnos el Señor con esto? Entenderlo nos pide recordar que el pueblo de Israel se representaba a si mismo como la «viña del Señor» y que la historia de infidelidades del pueblo de Israel para con Dios eran simbolizadas con las uvas amargas –los malos frutos- de la viña. En Jesús, la vid verdadera, se producen finalmente los frutos que Dios ha esperado durante siglos y quienes estén injertados a Él producirán los mismos frutos de vida plena y auténtica que Él produce con su obediencia al Padre.

El Viñador es el Padre

Después de auto-presentarse Jesús dice: «mi Padre es el viñador» comparando a Dios con un jardinero que cuida con dedicación de su viña, que está a favor de la vida y de que ésta brote, se desarrolle y madure. Con esta imagen se nos comunica una imagen amable de Dios que nos ayuda a entender el sentido de su presencia en nuestras vidas. El trabajo del viñador es vital si se quieren conseguir buenos frutos. Le corresponde escoger la planta, buscando la mejor; ocuparse de ella, revisarla día con día y librarla de todo lo que pueda amenazarla e impedir que produzca los mejores frutos. La revisión cuidadosa del viñador le hace distinguir los sarmientos que no dan fruto de los que si dan. A los que no dan fruto los corta, son improductivos, son follaje excesivo para la planta que roba la savia a las demás ramas y compromete la calidad del fruto. Los sarmientos fecundos también reciben la mano benéfica del viñador: los poda, los limpia y los recorta para que el impulso vital de la planta se concentré en la producción de uvas de buena calidad.

Viéndonos nosotros mismos como la viña del Señor podemos decir que esta función purificadora la realiza la Palabra de Dios que nos hace entender en qué aspectos de nuestra vida tenemos que trabajar para realizar plenamente nuestra vocación y comprender cómo Dios trabaja en nuestras debilidades, particularmente en las que detienen nuestro crecimiento porque absorben nuestra vida. Dios nos purifica misteriosamente con la Cruz de su Hijo  y nos colma con la fuerza de su amor para que podamos “dar fruto”

La Palabra nos purifica en el amor y nos da la capacidad de limar las asperezas de las malas relaciones, de sanar las relaciones fracasadas, de acortar las distancias; nos sumerge siempre en una comunión profunda con Dios que se irradia en las relaciones que tenemos con las personas con las que día a día compartimos la existencia. ¿Quién no ha experimentado en medio de la desolación, la tristeza, del sentimiento de fracaso o de debilidad que la fuerza de la Palabra hace brotar desde dentro una vitalidad renovada que se manifiesta como amor, paz y gozo?

El fruto que Dios espera y por el que se esmera realizando su obra en nosotros es nuestra identificación con Cristo, vid verdadera a la que somos injertados en el bautismo para que en nosotros resurja la fuerza de la vida de Jesús, y así nuestra existencia tenga el calor, la felicidad, la integridad, la paz, la belleza de su vida y ésta se refleje en nuestro rostro.

Nuestra responsabilidad: permancer

La segunda parte de la alegoría nos deja entender que algo nos toca a nosotros. La obra de Dios requiere de nuestro compromiso, del esfuerzo de permanecer incorporados a Jesús.  Por eso Jesús pide una sola cosa: «permanezcan en mi». El verbo permanecer indica estar con él, habitar en él, cimentarse en él y hacerlo con constancia y con fidelidad. Seguir a Jesús es permanecer en Él en todas las circunstancias de la vida y de la historia, acogiendo y expresando siempre su Vida.

Si la obra del Padre-viñador en nosotros es para que demos el mismo fruto de su Hijo que es la vid verdadera, permanecer en Jesús indica que nuestra tarea es encarnar su dinamismo vital, hasta poder decir con Pablo «vivo, pero ya no soy yo, es Cristo que vive en mi» (Gal 2,20). Así como el sarmiento está unido a la vid y recibe de ésta la savia benéfica que le permitirá dar buen fruto, así también Jesús permanece en nosotros y de él recibimos el impulso del Espíritu para transformarnos en Él. Por ello en nuestra vida espiritual no podemos ser ni autosuficientes ni conformistas, la tarea de nuestra santificación es tarea compartida, es obra de Dios y es obra nuestra.

Los frutos en la alegoría de la vid se refieren a la fecundidad espiritual y apostólica del discípulo. Así como no hay frutos si el sarmiento no está unido a la vid, tampoco el discípulo puede hacer nada si no tiene con Jesús una relación dinámica, radical y constante. La clave para el éxito de la misión que se confía al discípulo es la construcción progresiva, cada vez más honda y fuerte, de la «comunión» con el Señor. Cualquier intento de lograr algún resultado prescindiendo de Jesús está destinado al fracaso. Sin Jesús un discípulo no puede hacer nada, está perdido en el mundo, no tiene identidad, ni misión, ni ruta,  vive una espiritualidad vacía y una piedad doble, por un lado cumplidora y por otro caprichosa, que busca salirse siempre con la suya.

Si el sarmiento no da frutos, lo cortan, se seca y lo queman. Su existencia está condicionada al fruto. Lo mismo el discípulo, su destino personal depende de su capacidad de dar vida y ésta, de su permanente y vital vinculación con Jesús. No es que Dios sea cruel y decida por nosotros; cada persona se daña a si misma cuando orienta equivocadamente su vida y la encierra en su ego olvidándose que lo mejor de si mismo: su tiempo, sus virtudes, cualidades, carismas, capacidades, tiene sentido cuando es don para los demás.  Jesús no nos llama a tener una amistad individualista con Él, a una piedad privada; la espiritualidad debe llevar al discípulo a comprometerse con el mundo. De nuestro compromiso con la vida de los demás depende nuestro destino.

Cuando una persona vive en comunión con Jesús los frutos se ven y ponen en evidencia un discipulado intenso. Los frutos son el criterio verificador de una verdadera vida espiritual, no son abstractos, se trata de la vivencia de lo que Jesús dice en sus enseñanzas, Él permanece en nosotros cuando obedecemos su Palabra, nosotros permanecemos en Él cuando cumplimos sus mandamientos, es decir, cuando amamos y perdonamos; cuando nos abandonamos en Dios y entregamos incondicionalmente  nuestra vida comprometiéndonos en el servicio y en la misión.

En una vida comprometida de esta manera la oración se vuelve eficaz; se alcanzan los logros que nuestros esfuerzos esperan realizar. Esto, porque nuestra vida está en sintonía con el querer de Dios. La eficacia de la oración está condicionada al plan de Dios, un plan que conoce quien está en comunión de vida con Jesús. Orar no consiste en pretender arrancar de Dios lo que yo quiero que haga, sino pedirle con confianza el cumplimiento de su promesa, el cumplimiento de su voluntad.

Junto a la oración un testimonio atractivo.

Por el estilo de vida de los discípulos, por el gozo, el amor y la paz que irradian –que son los dones pascuales de Jesús- , por su compromiso concreto a favor de la vida en el mundo, los discípulos atraen a mucha gente hacia esta novedosa experiencia de Dios. Y esta fecundidad misionera hace que el Padre sea glorificado, reconocido y acogido como Dios de la vida.

Esto supone para el discípulo dejar que Dios sea en él, permitirle manifestarse y ello sólo es posible si con humildad y verdad se reconocen las situaciones personales, los hábitos, tendencias, obsesiones, traumas, fracasos, necesidades etc., que consumen el impulso vital y se decide a podarlos, se les trabaja para que permitan que la vida de Dios  y el esfuerzo personal se concentre en los aspectos de la vida más prometedores y fecundos.

Es necesario tener el coraje de tomar decisiones dejando de lado los intereses secundarios para concentrarse en los prioritarios. Y esto vale para todos los ámbitos de la vida, particularmente cuando se trata de hábitos, modos de ser y de pensar que nos hacen daño o le hacen daño a otros. Es así como se moldea en nuestra vida de discípulos la vida de Jesús y nos vamos transformando en Él. Lo que Dios quiere es nuestra felicidad, nuestra integridad, nuestra santidad. No quiere que nos quedemos frustrados por la esterilidad sino que nuestro proyecto de vida sea exitoso, que se refleje en nuestro rostro la belleza de la vida, la belleza del discípulo, la belleza de Dios.

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