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Archive for 31 agosto 2012

XXII Domingo Ordinario

El evangelio de este Domingo nos lanza a la gran empresa de la conquista de nosotros mismos, a ponernos por encima del dinamismo de nuestro ego, de la fuerza de sus deseos y la resistencia de sus apegos. Para conseguirlo el Señor nos enseña la prioridad de la Palabra y la centralidad del corazón.

Dando primacía a la Palabra de Dios en nuestra vida y purificando nuestro corazón de todo egoísmo es como podremos ser hombres nuevos.

La discusión sobre lo puro y lo impuro

El comportamiento de los discípulos de Jesús llama la atención. A los ojos de los escribas y fariseos los seguidores de Jesús se ubican fuera de la ley porque infringen las normas de pureza ritual en el ámbito de la mesa.

Los escribas y fariseos, como intérpretes oficiales de la ley y salvaguardas de la fidelidad a la Alianza, exigen el cumplimento de los numerosos preceptos en los que habían descodificado Ley de Moisés, volviéndola una carga pesada para la práctica religiosa judía y haciendo depender la religiosidad auténtica de la interpretación que ellos habían hecho de la Ley.

Los discípulos de Jesús no eran anárquicos. Asimilaban las enseñanzas de Jesús acerca de la auténtica religiosidad y simplemente no observaban algunas normas creadas por el judaísmo rabínico como la prescripción ritual de lavarse las manos antes de comer. No se trataba de una cuestión de higiene, sino una prescripción espiritual para poder invocar el nombre de Dios al pronunciar la bendición sobre los alimentos; se trata por tanto de un gesto de pureza externa que expresa la pureza del corazón necesaria para entrar en comunión con Dios.

Jesús responde a los escribas y fariseos justificando el comportamiento de sus discípulos. El punto central de su respuesta es la relación con Dios acentuando la prioridad de la Palabra y la centralidad del corazón.

En el centro: la Palabra de Dios

A partir de una cita de Isaías, Jesús denuncia la hipocresía de los acusadores quienes «dejando el precepto de Dios, se aferran a la tradición de los hombres». El Señor pone al centro el mandamiento de Dios, todo lo que se opone o limita su cumplimiento es palabra de hombre. Lo que determina si una persona está lejos o cerca de Dios y su autenticidad de la religiosidad es el cumplimiento de los mandamientos divinos.

Jesús ejemplifica con lo que sucede con el 4º mandamiento que dice «honra a tu padre y a tu madre» haciendo ver cómo lo que dice el mandamiento, la enseñanza de Moisés y en definitiva la Palabra de Dios es reemplazada por la tradición de los escribas y fariseos que, so pretexto de religiosidad, justifican comportamientos injustos que privan a los padres del honor que les es debido, del respeto, del reconocimiento y de la solicitud cuando requieren de cuidados.

La respuesta de Jesús a los fariseos nos pide examinar cuidadosamente las normas que determinan nuestro comportamiento. Nuestro actuar debe estar orientado por le mandamiento de Dios y éste nunca pude ser reemplazado por prácticas o costumbre devotas.

Es común que los grupos humanos vayan configurando prescripciones humanas, producto del egoísmo, de la conveniencia o de los intereses y que en ocasiones se convierten en los referentes principales para orientar la conducta. Jesús pide a sus discípulos tener como único punto de referencia válido el mandamiento de Dios para estar en justa relación con Él y es en ello en lo que consiste la verdadera pureza, de manera que para enterar en comunión con Dios es necesario purificar la raíz, es decir, el corazón.

Pureza de corazón

Si en la primera parte del evangelio de hoy Jesús establece la primacía de la Palabra de Dios, en la segunda parte nos hace entender que el cumplimiento exterior de la ley no es suficiente, que es el corazón del hombre el que en definitiva debe orientarse por la voluntad de Dios. La sintonía con Dios debe nacer del interior, no puede limitarse a gestos exteriores. Sólo se ama desde el corazón, por ello, el verdadero culto, la auténtica comunión con Dios, nace del corazón y no del cumplimiento externo de las normas.

Las acciones malvadas  -las que apartan de Dios-, provienen del corazón malvado; por ello, la primera preocupación de una persona debe ser la de tener un corazón puro desde donde es posible transformar el mundo entero.

En el simbolismo bíblico el «corazón» representa el centro, el lugar en el que una persona toma conciencia de sú misma, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre el sentido de la realidad y asume comportamientos responsables ante la vida y ante el misterio de Dios.

La salvación que ofrece Jesús pasa por el corazón de cada persona, convirtiéndolo con la fuerza del Espíritu en un corazón movido por el amor de Dios para amar a los demás con un corazón semejante al suyo. El auténtico culto, el que nos permite estar y vivir en comunión con Dios pide de nosotros un corazón puro, que se vuelve así en fuente de la vida moral. Un corazón puro no es sólo el que está preparado para la comunión con Dios sino el que está en plena sintonía con su querer, con sus sentimientos y con su proyecto para el mundo.

Jesús cita el decálogo haciendo ver qué sucede cuando creemos ser hombres nuevos y en realidad no lo somos. Presentando una lista selectiva de doce pecados que abarcan distintos campos del comportamiento humano se perfila el hombre viejo y al mismo tiempo se señalan los aspectos de la vida en los que debe brillar la autenticidad del hombre nuevo de corazón puro.

Las maldades que se enumeran corresponden a prohibiciones que se encuentran en las disposiciones del decálogo; se trata de actitudes que hay que evitar porque nos separan de Dios, nos impiden entrar y permanecer en comunión con Él. La raíz del pecado es una decisión no una casualidad. Los actos humanos provienen de un proceso interno de reflexión del que derivan las decisiones. Toda decisión tiene una motivación; cuando la motivación es mala, es decir, está basada en criterios que buscan sólo la ventaja personal con perjuicio de otro, lo que se sigue es una mala acción. Antes de ser acción el pecado se ha “incubado” en el corazón por lo que implica una responsabilidad personal.

En este sentido la fornicación es pecado, porque se actúa movido por un deseo sexual incontrolado que busca la propia satisfacción, haciendo de la pareja un objeto, negando su valor y sacrificando relaciones estables más profundas basadas en el amor. Lo mismo pasa con el robo que es un autoengaño que pone todo, sin respetar el derecho del otro, al servicio de los propios intereses, al grado de llegar a privar a una persona de su propia vida.

Cuando una persona se mueve por sus deseos se pierde de vista la persona del «otro» todas sus acciones están en función de si mismo, encerrándose en su ego y haciéndose incapaz de la comunión con el «Otro» que es Dios. En este sentido el egocéntrico es una persona dañada en la estructura de su personalidad, que encuentra placer en dañar a los demás, que goza al verles sometidos, humillados, vejados, divididos, que se alegra cuando el prójimo cae en desgracia y que tienen como principal motivación engañar, destruir y complicar la vida a los demás.

Quien se mueve por el dinamismo del maligno actúa con doblez, hace un mal uso de su inteligencia con el fin de lograr su deseos ocultos; actúa con desenfreno, se siente con derecho a todo, su criterio de acción es su capricho personal y pasa por encima de los demás, públicamente, sin temor a escandalizar, perdiendo el respeto por sí mismo y por los demás, volviéndose un sin-vergüenza.

A la base de todo está la envidia, es decir, ver con rabia el éxito y la felicidad de los demás por no sentirse suficientemente amado o por sentir valer poco al grado de llegar a ver a los cercanos como una amenaza y considerar que es injusto que tengan lo que tienen como si fuera un derecho que al envidioso le fue negado.

Finalmente el «corazón impuro» llega a la injuria, a considerar no tener nada que agradecerle a Dios; a la insolencia que hace pensar que no se tiene necesidad de Dios, que es posible hacer y deshacer por cuenta propia y a la insensatez que más que referirse a la falta de inteligencia se refiere a no tener disponibilidad para reconocer la grandeza y el poder de Dios, es la pérdida del sentido de las cosas que lleva a acciones desatinadas, sin ningún criterio de valoración moral y por tanto completamente fuera del proyecto de Dios.

A partir de la crítica de los escribas y fariseos que califican de impuras las actitudes de los discípulos Jesús hace un comentario a los Diez Mandamientos enseñando que la Ley se vive desde un nuevo principio espiritual que es el amor, que exige un corazón puro, libre del ímpetu egoísta de los propios deseos para poder estar lleno del sentido de Dios, para reconocer con gratitud nuestra dependencia de Él y la posibilidad que nos da de hacer el bien a nuestros hermanos.

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XVIII Domingo Tiempo Ordinario

Este domingo continuamos la lectura del capítulo 6 del Evangelio según san Juan. Nos ocupamos ahora de 11 versículos. Inicia el discurso del Pan de Vida con el que Jesús, hace comprensible el significado de la multiplicación de los panes.

Recordemos. Jesús percibe que la multitud no tiene pan. No fue indiferente a esta necesidad. Alimentó a la muchedumbre hasta la saciedad. Sin embargo la gente no logró comprender el significado del signo y pensando sólo en su conveniencia se lanza sobre Jesús con la pretensión de proclamarlo rey. Jesús huye y queda sólo.

La multiplicación de los panes da origen a malos entendidos. Comienza ahora el proceso de clarificación. Jesús comienza a educar a la gente para que pase de la búsqueda del pan que sacia el hambre al pan que da vida eterna. Este es el punto central de la primera parte de la catequesis que leemos este domingo.

El texto que leemos desarrolla una catequesis, la forma es el diálogo, preguntas y respuestas entre Jesús y la gente que lo busca. Jesús lleva a sus interlocutores paso a paso, ascendiendo en la comprensión, profundizando en la experiencia espiritual.

La búsqueda.

Después de la multiplicación de los panes la gente se quedó aquella noche, allí mismo, a orilla del mar de Tiberíades. Al darse cuenta de que Jesús no estaba con ellos comienzan a buscarlo. La multitud corre hacia los botes, cruza el lago hacia Cafarnaúm y encuentra a Jesús junto a la orilla del mar. La gente tiene curiosidad  sobre cómo llegó Jesús a la orilla, Jesús revira cuestionándoles por qué se han desplazado hasta Cafarnaúm buscándolo. Sobre este punto se desarrolla la conversación.

Jesús, que conoce lo que hay en el corazón del hombre conoce las verdaderas motivaciones de la multitud. Lo buscan para que les repita el milagro de la multiplicación e los panes, no lo buscan por Él mismo, porque hayan descubierto que detrás del signo se manifiesta el Mesías enviado por Dios.

La motivación del discípulo para buscar a Jesús debe ser la fe, la plena comunión con Él y no el interés por los milagros que nos puede hacer o los problemas cotidianos que nos pueda solucionar. Jesús deja claro que Él no es un repartidor de panes. ¿Qué es entonces lo que Él vino a hacer al mundo? ¿Para qué fue enviado? Continúa la catequesis.

Orientar la búsqueda.

Jesús habla de esforzarse por conseguir lo que en última instancia es un don. La gente no entiende a la primera. Jesús procede despacio, poco a poco. Es necesario un camino de madurez de la mente, del corazón y de las acciones.

Cuando Jesús dice «no trabajen por el alimento que perece sino por el que permanece…» en manera alguna quiere decir “despreocúpense por las cosas terrenas.” Lo que quiere decir es “no se limiten a trabajar por sobrevivir”. El alimento es importante, pero no es la única razón de la existencia. Por ello, hay que trabajar por el alimento que permanece hasta la vida eterna.

Hoy, como entonces, para muchas personas lo más importante en la vida es sobrevivir. La vida se desgasta por conseguir lo inmediato y se pierde de vista la trascendencia de la vida, el por qué se hacen las cosas. No es lo mismo trabajar para vivir que vivir para trabajar. Más allá de lo inmediato de la vida, que ciertamente es importante, hay necesidades profundas que se tienen que satisfacer.

La gente busca a Jesús para que repita el milagro de la multiplicación del pan por la imagen que se han hecho de Él; pensaban en un Mesías Rey, con poder para destruir a los romanos y devolver la gloria al pueblo de Israel, capaz de instaurar un reino en el que los satisfactores básicos estuvieran al alcance de todos sin el menor esfuerzo, un rey capaz de mantenerlos y que con tal de mantener a la multitud contenta nunca pondría correctivos a las actitudes egoístas de la gente.

Por ello Jesús habla del pan que les dará el Hijo del Hombre, a quien el Padre ha marcado con su sello. Jesús tiene autoridad y ésta es autentica, le viene porque Dios lo ha ungido con su Espíritu, por ello Él es el único que puede satisfacer el hambre de eternidad de que hay en el corazón de todas las personas.

¿Qué hacer para que nuestra vida se realice de acuerdo al proyecto de Dios?

Ante el imperativo «no trabajen por el alimento que perece…» la gente parece preguntarse ¿cuáles son las obras buenas que tenemos que hacer para ganarnos el favor de Dios? Al responder Jesús corrige a sus interlocutores presentando una perspectiva más profunda: «La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado». Con ello da a entender que lo que Dios espera del hombre es la fe.

Lo que Jesús propone es que construyamos con Dios una nueva relación, menos interesada, que supere la relación de «hago para que me de»; una relación más cercana y profunda, determinada por su Palabra, avivada por la oración, recreada en la comunidad, manifiesta en el estilo de vida y que sea la fuente que de consistencia a nuestras acciones.

La nueva relación con Dios desemboca en un estilo de vida, en una manera de ser de la que se desprenden todas las obras buenas de amor y de servicio, porque lo que hacemos lleva la huella de lo que somos.

La auto-presentación de Jesús cómo aquél a quien Dios ha marcado con su sello lleva a sus interlocutores a condicionar aceptarlo hasta no tener la certeza de la veracidad de sus palabras, para ello necesitan pruebas, como la que dio Moisés en el desierto al dar maná al pueblo hambriento. Veladamente se le presenta a Jesús la tentación que lo acompañó hasta la cruz: si eres el Mesías ¡demuéstralo!

Jesús es interpelado sobre lo que Él «hace». A pesar del signo de la multiplicación de los panes la gente no está satisfecha; piden un signo todavía mayor, al mismo nivel de los grandes signos de la historia de la salvación, como el maná, alimento natural ordinario con el que se alimentaron en el desierto, que fue recibido como una acción de Dios a favor de su pueblo y como un signo identificador del Mesías, que en sintonía con Dios atiende las necesidades vitales del pueblo.  Lo que la gente pide es una provocación para Jesús pues al mismo tiempo que relativizan el signo de la abundancia de pan del que fueron testigos, piden un signo, como el de Moisés, que alimentó a los israelitas del desierto durante cuarenta años.

Jesús responde corrigiendo y ampliando la perspectiva. No fue Moisés quien les dio el pan el desierto sino Dios, a quien Jesús reconoce como Padre. En el desierto el maná fue una bendición que permitió sobrevivir, quitó el hambre temporalmente. El pan que Jesús ofrece es un pan que va más allá de la sobrevivencia, es «pan del cielo» y quita definitivamente el hambre, da plenitud a la vida y sentido a la existencia, por eso es «pan verdadero» y no sólo lo es para el pueblo de Israel, como en el caso de Moisés, sino para toda la humanidad.

En su diálogo Jesús hace nacer el anhelo de ese pan. La reacción de la gente no se hace esperar «Señor, danos siempre de ese pan». Se dirigen a Jesús con un título que reconoce la divinidad, y reconocen también que lo que Jesús ofrece no se consigue con el propio esfuerzo sino que es un «don» que requiere apertura, receptividad; se reconoce la necesidad de ese pan no para un día o dos, sino para siempre. Ya no se trata del pan multiplicado sino de «ese pan».

Yo soy el pan que da la Vida

Llegados a este punto Jesús se auto-revela. «Yo soy el pan que da la vida» El Señor partiendo de una necesidad vital explica la importancia, el valor que Él tiene para nosotros. La expresión «Yo soy» nos remite a la revelación divina. Con la definición que da de si mismo, Jesús dice que Dios está presente en Él, en función de la humanidad y que se interesa por nosotros, por nuestra vida.

Jesús es la nueva y definitiva forma de la presencia poderosa y activa de Dios, no sólo para guiar o proteger, sino para que establezcamos con Él y en Él una profunda comunión de vida.

Jesús es el «pan que da la vida» indicando con ello que así como el alimento es vital para sobrevivir Él es necesario para nosotros. Hay que buscar a Jesús con la misma motivación que buscamos la comida todos los días. La vida verdadera es la nueva relación con Dios, que nos lleva a una nueva auto-comprensión de nosotros mismos definida por el amor. Esta comunión de amor es la verdadera vida, la existencia plena.

Para dar a entender la plenitud que se alcanza en la relación con Jesús el evangelio utiliza dos imágenes cotidianas y fuertes para expresar lo que sucede en el encuentro vivo con Él. En Jesús la vida encuentra una nueva satisfacción porque es la respuesta a lo que está en el fondo de todas las búsquedas. El hambre y sed de trascendencia que hay en toda persona se colman cuando conocemos a Jesús  y por medio de él, a Dios.

En Jesús la vida deja de ser un mero «sobrevivir» y alcanza su plenitud colocándose por encima del poder destructor de la muerte. Cada instante de nuestra existencia es verdaderamente vida si está lleno de Dios.

El don de Dios supone de nuestra parte el creer. Hay que venir a Jesús, acudir a ÉL, acercarse, hacerlo amigo, estrechar las relaciones con Él. Venir a Él es aceptar su invitación. La dinámica de la fe es similar a la búsqueda de alimento. Hay que acercarse a Jesús, como alguien accesible, como amigo que nos acoge en la calidez de su morada. Entonces nuestra vida se fundamenta y se fortalece en la misma vida de Él.

Con la expresión «yo soy el pan de vida» Jesús afirma que entre él y nosotros ha una relación profunda, del mismo tipo que la que se da entre el pan y nosotros. En Él, con todo lo que le pertenece, se nos da aquello que nos da el pan y no para una vida limitada y moral, sino la vida eterna, la que ningún pan puede dar y a la que no llega ninguna promesa humana.

Por parte nuestra se requiere la acción de nuestra voluntad, comer del pan, es decir, entrar en relación con él, entregarle l propia confianza, apoyarse en él, identificándose con su propuesta. La fe no es certeza intelectual, ni la repetición de fórmulas teológicas. La fe es relación y nexo de persona a persona. Creo en Jesús cuando me uno totalmente a Él y me dejo determinar completamente por Él.

La vida eterna que Jesús nos ofrece es vida de calidad, distinta y superior. Vida que es totalmente y sólo vida. Vida que no tiende constantemente a su fin, es vida que no pasa, ilimitada, indestructible, llena de significado, de alegría y armonía. No valoramos a Jesús cuando lo buscamos sólo movidos por nuestros intereses inmediatos y esperamos sólo pan y salud. Él tiene mucho más que darnos, por eso nos dice «Yo soy el pan que da la vida»

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