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Archive for 29 septiembre 2012

XXVI Domingo Tiempo Ordinario

Este domingo centramos nuestra atención en la instrucción de Jesús a sus discípulos en Cafarnaúm, después del segundo anuncio de la pasión.

Los discípulos ya no están en camino, están en casa, el lugar en el que se profundiza la enseñanza. En el camino Jesús confrontó a los discípulos que discutían sobre quién era el mayor y les explicó que la grandeza se alcanza a través del servicio. Ahora en casa, les advierte sobre cómo comportarse con quienes no son de la comunidad, les previene sobre la gravedad del escándalo y les exhorta a ser coherentes.

No olvidemos el contexto. El marco de esta instrucción es el principio establecido con anterioridad y en el que nos detuvimos el domingo pasado: «Si alguno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos».

La imagen del servidor es muy importante. Para entenderla nos ayuda pensar en quienes tiene a su cargo el servicio de las mesas: no comen con todos y están al pendiente de que todas tengan lo que necesitan. El servidor -que no es un esclavo- sirve con gusto, siempre está atento al bien de los demás, percibe lo que les hace falta y con diligencia se ocupa de conseguirlo. Lo suyo es ayudar sin límites, su única preocupación es el bien de los demás.

A la luz de esta enseñanza fundamental que define a los discípulos como servidores Jesús resuelve tres situaciones difíciles que le son presentadas.

1. La intolerancia con los que no pertenecen a la comunidad.

Juan, discípulo muy cercano al Señor le expone: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros»

La encomienda que Jesús dio a sus discípulos al enviarlos fue precisamente expulsar demonios (Mc 3,15) Al principio cumplieron con el encargo (Mc 6,30); después de resistirse frente al anuncio de la Cruz se vieron impotentes para hacerlo (Mc 9,18.28). Encontrar a alguien que en nombre de Jesús si puede expulsar demonios los ha enfadado y con el pretexto de que no formaba parte del grupo de discípulos han tratado de impedírselo.

Jesús no está de acuerdo con lo que han hecho los discípulos y los desautoriza. Les da un criterio. No hay que impedir a otros hacer el bien en su nombre. Quien hace el bien en nombre de Jesús no habla mal de Él, no lo agrede a Él ni a sus discípulos. Es positivo que una persona haga el bien aún en lo más mínimo como es dar un vaso de agua a los discípulos porque son de Cristo. (cf. Mc 9,41).

Es cierto que los discípulos están en estrecha relación con Dios, pero también lo es que Dios no sólo los bendice a ellos sino a todos los que hacen el bien. Si Dios así lo hace, los discípulos no tienen porque hacer lo contrario. En el horizonte el principio fundamental «ser servidor de todos»

Puesto el criterio para resolver el problema de la intolerancia frente a quienes no son discípulos, el problema que sigue es el de los escándalos entre los discípulos. El primero que se afronta es el de los escándalos con «los pequeños que creen» en Jesús.

2. El escándalo entre los miembros de la comunidad

Es admirable cómo cuida Jesús a los discípulos «pequeños«, a los sencillos y vulnerables, a los que tienen la fe más débil e insegura. Por ello con toda claridad muestra la gravedad de escandalizarlos, de hacerlos tropezar, de apartarlos de la fe.

El escándalo se refiere a que una persona se aleje de Jesús por una palabra mal dicha o un comportamiento inadecuado por parte de un discípulo. La gravedad de la situación se describe presentando el castigo que merece quien incurre en ella «mas le valdría que le pongan al cuello una piedra de molino y lo echen al mar». En las profundidades del mar es imposible que una persona afecte a alguien con su mal comportamiento. El escándalo pone en riesgo la salvación de quien se aleja de Jesús y la de quien provoca o causa ese distanciamiento.

El evangelio no nos dice cuáles son los comportamientos escandalosos. Por el contexto del relato podría decirse que se trata a) de las luchas de poder que llevan a una persona, en el afán de buscar partidarios, a conductas poco edificantes con las que los más pequeños son escandalizados y b) los propios pecados en los que un discípulo puede involucrar a otros haciéndolos cómplices de sus debilidades y caídas.

El verdadero servicio del discípulo es conducir a los demás a una relación más estrecha con Jesús.

3. El propio comportamiento

¿Qué hacer cuándo es el propio comportamiento el que aleja del Señor? Jesús expone tres ejemplos elocuentes relacionados con tres órganos del cuerpo humano: manos, pies y ojo; órganos que no son únicos en el cuerpo sino existen en pareja y que tienen una función muy importante para la persona entera.

El problema se presenta cuando estos órganos pretenden alejarlo a uno de Jesús y de su enseñanza mediante comportamientos negativos: aferrarse a los bienes terrenos (cf. Mc 8,34-35), alejarse de los valores del Reino (Mc 8,38) y deslumbrarse por los puestos (cf. Mc 9,34). Estas actitudes, propias de la naturaleza humana, pueden terminar dominando el comportamiento del discípulo  apartándolo del camino de Jesús y poniendo además en  peligro su misión de fortalecer,  acompañar e iluminar a los más débiles y vulnerables.

La decisión que se debe tomar es radical. El bien y el mal no pueden convivir. No se puede aceptar a Jesús y al mismo tiempo negarlo. El mayor valor para un discípulo es Jesús, es a Él a quien debe buscar aún a costa de grandes sacrificios. Lo que justifica el sacrificio es el hecho de que hay un bien mayor. Un discípulo debe velar por su comportamiento teniendo en cuenta la influencia que este puede tener en el prójimo.

Lo que se juega es no alcanzar la meta: «entrar en la vida» frustrando la existencia. El discipulado es un camino hacia la vida, es entrada en el Reino y esto es lo que le da sentido definitivo al seguimiento de Jesús.  Así, la enseñanza  básica sobre el servicio a todos es al mismo tiempo una llamada de atención al servicio a uno mismo de velar por la propia vocación para cumplir con fidelidad la misión que se nos ha confiado.

Católicos ¿tolerantes o intolerantes?

En la medida en que las comunidades cristianas son plurales la discusión sobre la tolerancia y la intolerancia se aviva de manera recurrente. En muchos ambientes a los católicos se nos acusa de intolerantes porque pareciera que, con nostalgia del pasado, nos oponemos sin más a las novedades en las ideas, costumbres y estilos de vida. El peligro es que nos tomemos en serio esta etiqueta y que seamos excluyentes, cerrados, y lo más grave, que pretendamos impedir a otros hacer el bien. El verdadero significado de catolicidad es universalidad, apertura, hospitalidad y acogida y la actitud consecuente es la disponibilidad para el encuentro y para la comunión

EL evangelio de hoy nos ubica en qué es lo que no podemos ser tolerantes, recordándonos que el alcance del Evangelio es universal porque Dios quiere que los bienes de la salvación lleguen a todos. Esto no quiere decir que de lo mismo formar parte de la comunidad católica o no; quiere decir más bien que quien forma parte de la comunidad católica debe ser capaz de distinguir quién hace el bien y quién hace el mal, teniendo consigna no impedir a nadie hacer el bien. Aquí se ubica la importancia de una conciencia rectamente formada que no confunda lo malo con lo bueno y viceversa.

Por otra parte el evangelio ubica los límites de la tolerancia y más que fijarlos en nuestro comportamiento con quienes no son de nuestra comunidad los ubica dentro de la comunidad y en la conducta de cada creyente. No es tolerable dañar a quienes creen con una fe sencilla apartándolos de Jesús por la incoherencia del propio testimonio. Tampoco es tolerable ser permisivos con el propio comportamiento justificando las conductas que nos alejan del Señor.

Con quienes hacen el bien el Señor nos dice que podemos encontrar un punto de encuentro o de colaboración por lo que no debemos considerarlos como enemigos. Lo que no se puede tolerar es el escándalo ni la incoherencia de la propia vida, se pone en riesgo la salvación de los que creen, la propia salvación y la misión que el Señor nos confía de ser luz que ilumina, sal que preserva, levadura que fermenta.

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Domingo XXV Tiempo Ordinario

Este Domingo el evangelio nos presenta el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. A cada anuncio corresponde una instrucción sobre las exigencias para quienes en verdad quieren seguirlo. Al segundo anunció le corresponde la instrucción sobre quién es importante en la comunidad. El discípulo que se identifica con el Señor debe aprender a valorar a los demás como el Maestro le ha enseñado.

 El contexto del pasaje que leemos este Domingo es el comportamiento incoherente de los discípulos y la consiguiente dificultad para comprender la enseñanza de Jesús. Por un lado los discípulos incapaces para luchar contra el mal (Mc 9,18) porque les falta una relación más estrecha con el Señor y se incomodan al ver que otros, que no caminan con ellos, expulsan demonios en el nombre de Jesús (Mc 9,38-39). Son incapaces de luchar contra el mal y les molesta que otros lo hagan, a pesar de ello, están preocupados por discutir quien es el mayor, el más importante.

Tampoco comprenden la forma como Jesús realizará su misión incluida su muerte y su resurrección. Ellos se imaginaban a Jesús a su manera. No les gustaba la determinación del Maestro por entregar su vida. Lo que Jesús les anunciaba no coincidía con lo que ellos imaginaban o pensaban, estaban en sintonías distintas.

Jesús hijo del Hombre.

Jesús anuncia su pasión diciendo que el «Hijo del Hombre» debe ser entregado. Es el título que más gusta a Jesús y tiene profundas resonancias en el Antiguo Testamento. Encontramos este título en el  libro de Ezequiel, indicando la condición humana del profeta. En el libro de Daniel. Aparece el mismo título en una visión apocalíptica (Dn 7,1-28) en la que Daniel describe los imperios de los babilonios, medas, persas y griegos, bajo la apariencia de animales monstruosos, inhumanos, que persiguen y matan. En la visión del profeta, después de los reinos inhumanos aparece el Reino de Dios que tiene la apariencia no de un animal sino de una figura humana, de un Hijo de hombre. El Reino de Dios se presenta como un reino humano que humaniza y promueve la vida.

En la profecía de Daniel, la figura del Hijo del Hombre, representa no a un individuo, sino al «pueblo de los santos del altísimo». El pueblo de Dios no puede dejarse engañar, ni manipular por la ideología dominante de los imperios inhumanos que se imponen con la lógica del poder y del sometimiento, con la sinrazón del terror y la violencia que degradan u deshumanizan.

Jesús presentándose como «Hijo de Hombre» asume como suya esta misión que es la misión de todo el pueblo de Dios y es la misión a la que nos asocia invitándonos a despojarnos de cualquier pretensión de poderío. No hay gesto más humano que la capacidad de entregar la vida y ponerse al servicio de la vida.

El anuncio de Jesús es claro: se trata de su pasión y de su resurrección pero los discípulos tenían otras perspectivas; las palabras de Jesús no entran en sus mentes. Para ellos el Mesías tenía que ser glorioso y triunfante, no humillado ni ejecutado. Por por este contraste entre el anuncio del Señor y sus expectativas, no reciben el mensaje, se llenan de miedo y prefieren discutir sobre quién, de entre ellos, es el más importante. La incoherencia es clara: siguen a un maestro que no sólo no busca puestos de honor, sino que quiere servir hasta la entrega de la propia vida y ellos aspiran a la grandeza.

La historia se repite. Entre las más grandes incoherencias de los discípulos se encuentra la ambición y la lucha por el poder, de la grandeza y el honor. La instrucción del Señor ante esta tentación es muy clara: «Si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos», en la lógica del evangelio la grandeza consiste en servir. En nuestra lógica las cosas funcionan de otra manera cuando asumimos que ser servido es sinónimo de grandeza y honor. En la perspectiva evangélica las cosas son distintas: el que no sirve no es grande, no puede ser el primero.

Jesús nos pide que apreciemos no los honores sino el servicio. Esto supone una revolución en nuestra concepción de las personas y de la sociedad. Para mayor claridad un gesto simbólico. Jesús toma a un niño, lo pone en medio, lo abraza e indica «Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a mi y quien me recibe a mi, recibe al que me envió» De este modo nos hace comprender que el servicio consiste en acoger a las personas y, sobre todo, a los humildes, a los pequeños, a quienes no tienen relevancia en la sociedad. Acoger a Dios no significa encaminarse a las excelencias y los honores sino encaminarse a los humildes.

 Jesús formador

Jesús  aprovecha el camino para formar a sus discípulos. En tiempo de Jesús la relación del discípulo con el maestro se definía por el seguimiento. Los discípulos siguen al maestro y viven con él, todo el tiempo. En esta convivencia con Jesús los discípulos reciben su formación, que lejos de ser la transmisión de verdades era la comunicación de la experiencia de Dios y de la vida.

La formación lleva a las personas a tener una visión distinta, una actitud diversa, una nueva conciencia de sí mismo y de la misión; produce una conversión, un cambio de mentalidad y pone a Jesús como eje, centro, modelo y referencia para la comunidad.

Jesús es una persona significativa que dejará una huella profunda en ellos. Es ejemplar en el modo en que da forma humana a la experiencia que Él mismo tenía de Dios, esta se refleja en su modo de ser y de convivir, de relacionarse con las personas, de guiar al pueblo y de escuchar a los que venían a su encuentro para hablar con Él. En su humanidad, vivida en plenitud, en su entrega en el don de si mismo Jesús se deja conocer:

  • como una persona de paz, que inspira paz y reconciliación.
  • como una persona libre y que libera, que despierta la libertad y la liberación.
  • como una persona de oración, al que vemos orar en todos los momentos importantes de su vida y que despierta en los otros las ganas de rezar.
  • como una persona afectuosa, que provoca respuestas llenas de amor.
  • como una persona acogedora, que está siempre presente en la vida de los discípulos y que los acoge a la vuelta de la misión.
  • como una persona realista y observadora, que despierta la atención de los discípulos.
  • como una persona atenta, preocupada por los discípulos, que cuida hasta de su descanso.
  • como una persona que olvida la propia fatiga y el propio descanso cuando ve que la gente lo busca.
  • como una persona amiga, que comparte todo.
  • como una persona comprensiva, que acepta a los discípulos como son, hasta en su huida, la negación, la traición, sin romper con ellos;.
  • como una persona comprometida, que defiende a sus amigos cuando son criticados por los adversarios.
  • como una persona sabia, que conoce la fragilidad del ser humano.

Si queremos seguir a Jesús tenemos que identificarnos con Él. No lo lograremos con nuestro propio esfuerzo, sino permitiéndole como Maestro que nos de forma, a pesar de nuestras incoherencias y miedos, asociándonos a su entrega en el servicio, particularmente a los más débiles y vulnerables y poniendo de nuestra parte para dar forma humana a nuestra experiencia de Dios para que en nuestros gestos más sencillos se deje sentir su presencia humanizadora y dignificante.

 

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Domingo XXIV Tiempo ordinario

Este Domingo contemplamos un episodio evangélico muy importante. Nos encontramos en el capítulo 8, a la mitad del evangelio de San Marcos. En la pedagogía de este evangelio que va formando a quienes quieren ser discípulos de Jesús la pregunta de Jesús se dirige a los discípulos de la primera hora y a los de todos los tiempos. No se puede ser discípulo sin tener una conciencia clara sobre quién es Jesús, cuál es su misión y cómo se realiza esta misión.

Ha transcurrido ya la primera parte de su ministerio. Ahora Jesús se dirige a la región de Cesarea fe Filipo, al noreste de Palestina. Esta indicación geográfica es relevante. Cesarea no era un lugar neutral, era símbolo de paganismo, de culto al emperador y del poder romano, era por tanto era un ambiente propicio para el  sincretismo religioso con la consiguiente indefinición de los creyentes y para la indefinición política ante la fuerte presencia romana.

La pregunta de Jesús a sus discípulos ¿quién dice la gente que soy yo? de alguna manera nos da a entender el ambiente que su había suscitado en torno a Jesús. Su ministerio ha tenido éxito, ha hablado con una sencillez y elocuencia insuperable, ha manifestado una bondad extraordinaria y un poder impresionante. Su persona suscita interrogantes acerca de la identidad de este personaje tan bueno como poderoso. Por eso los discípulos no tienen dificultad en responder. Hay incertidumbre, todos lo consideran un hombre que viene de Dios pero no logran identificarlo.

La segunda pregunta, es más directa. «Y ustedes, ¿quién dicen que so yo? La respuesta pide definición, no puede quedar en ambigüedades. Las palabras de Pedro revelan su fascinación por la personalidad de Jesús, lo que ha visto y oído conviviendo con él no le permite dudar que se encuentra delante del Mesías, y esa es su respuesta.

Jesús reacciona ordenando que no lo digan a nadie. Conoce a su discípulos y la mentalidad de su pueblo. Identificarlo como Mesías es acertado, pero no lo es atribuirle las expectativas mesiánicas que esperaban el cumplimiento de la promesa en un enviado de Dios, guerrero y poderoso, que derrotando al Imperio devolviera a Israel la gloria de los tiempos de David.

La pedagogía de Jesús es impresionante. A la respuesta de Pedro  corresponde el primer anunció de la pasión, con el que en lugar de identificarse con el ideal mesiánico que el pueblo alimentaba a partir de algunos textos de la Escritura se identifica con el Siervo de Yahvé del profeta Isaías.

En contrapunto la reacción de Pedro. Al apóstol le chocan las palabras de Jesús, no las resiste por lo que «se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo». No aceptaba una suerte humillante para Jesús. Piensa también en Mesías triunfante no en un hombre rechazado, humillado, acusado, maltratado; definitivamente esta no es su perspectiva. No puede imaginarse a Dios actuando sin la fuerza y la violencia con la que los grandes imperios han sometido a las naciones de la tierra; no puede imaginarse a un Dios que perdona en lugar de vengar y que reconcilia en lugar de castigar.

A la reacción de Pedro corresponde una encendida respuesta de Jesús. «¡Apártate Satanás! Porque no juzgas según Dios, sino según los hombres» Es una reacción decidida y severa. Pedro ha desubicado su posición.  De ser discípulo pretende pasar a ser guía y Jesús lo remite a su puesto de discípulo; lo llama «Satanás» y con ello le advierte que quien quiera apartarlo del camino de Dios dejándose determinar por los impulsos y deseos humanos se pone contra Dios mismo y se pone del lado del tentador, cuya tarea es separar al hombre de la voluntad de Dios para que se guíe por otros influjos.

Después de este diálogo intenso una enseñanza para todos los que quieran llegar a ser discípulos del Señor. Primero la Cruz. Quien quiera ser discípulo debe identificarse con el Señor, renunciar a la violencia, al dominio de la fuerza y del poder como camino de realización personal y de presencia de Dios en la historia. Son palabras claras que acaban con las ilusione sy las pretensiones de los que quieren ser discípulos para satisfacer sus propias aspiraciones humanas de triunfo, de éxito y dominio. En lugar de esto, hay que tomar la cruz y seguirle, el camino es la entrega de la propia vida, por amor.

En segundo lugar una regla general. «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el evangelio, la salvara.» Con ello queda claro al discípulo que su vocación es una vocación al amor; su felicidad no se encuentra en el prestigio de quien se pone por encima de los demás, aplastándolos, ni en el imperio del egoísmo. Quien acepte perder su propia vida por Jesús y por el Evangelio, la salvará, porque al introducirse en el camino del amor acepta, por amor al Señor, una suerte difícil, un combate duro como lo es perder su propia vida.

Tengamos en cuenta siempre esta enseñanza de Jesús. Nuestra tendencia espontánea nos inclina a buscar nuestra realización en  la satisfacción de los instintos básicos que cuando se salen de control buscan su satisfacción con el imperio de la fuerza e incluso de la violencia. El camino de Dios es distinto, es el que recorrió Jesús, es un camino paradójico en el que cuando perdemos ganamos, es decir, cuando entregamos nuestra vida renunciando a nuestro intereses inmediatos para buscar el Reino de Dios nuestra vida florece y se multiplica y alcanza la plenitud. Definamos frente a Jesús, confesémoslo como Mesías, así como el se nos deja conocer y que su Cruz sea la Cruz nuestra de cada día.

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Domingo XXIII Tiempo Ordinario

El domingo pasado aprendimos que la vida auténticamente religiosa se centra en la comunión con Dios y que esta es posible para quienes dan prioridad a la Palabra y permitan que ésta haga eco en su corazón. Vivir en comunión con Dios no es algo exclusivo de unos cuantos, es un llamado universal al que podemos responder sólo cuando lo escuchamos.

La liturgia nos presenta hoy en el evangelio el episodio de la curación de un sordo que a su sordera añadía la dificultad para hablar. Se trata de un episodio con profundo significado para la vida cristiana. La liturgia bautismal recoge dos gestos que contemplamos en la escena evangélica de este Domingo.

Jesús va de camino, y le presentan «un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él». Se trata de una persona que sufre mucho pues es incapaz de comunicarse, está excluida de la vida social, no puede siquiera presentar su sufrimiento al Señor; otros lo hacen por él invocando de la compasión del Señor el gesto religioso de la imposición de su mano.

Llama la atención que Jesús no hace lo que le piden. En su actitud destaca su discreción y la personalización del encuentro. Jesús lleva al sordo aparte, lejos de la muchedumbre. No intenta producir impacto en la gente, no busca popularidad, sino hacer el bien a las personas. Además, con esta actitud Jesús personaliza el encuentro con el sordo lo toca y se identifica con su sufrimiento, se comunica con Él sin necesidad de palabras, le dedica tiempo a él solo, lo aparta del bullicio, y en el silencio, tocándolo, brota una profunda comunión entre los dos.

Hay una lección para la multitud. Buscan a Jesús porque esperan un milagro. Buscan a Dios de manera funcional e interesada, pero no dejan que Dios les hable del infinito amor que tiene por cada persona. El sordo, separado de la multitud, es llevado a abrirse a un nuevo conocimiento de Dios a través del interés y la delicadeza personal que Jesús muestra por él.

Tocándolo, Jesús entra en la vida de aquel hombre encerrado en su propio mundo, para sacarlo de allí, no de una manera superficial, capacitándolo para salir de si mismo entrar en comunión con Dios y con las personas. Jesús vuelve su mirada al cielo y gime. La comunicación de Jesús con el sordo no es física sino una comunicación profunda de corazón en la que Jesús capta lo hondo del corazón de este enfermo y le da voz en su propia oración.

Lo primero que sana es la capacidad de escucha, después la capacidad de hablar. La secuencia parece sugerirnos un diagnóstico: la dificultad para hablar de aquel hombre viene de su sordera, no puede hablar bien porque no puede escuchar. El simbolismo de esta secuencia es muy profundo. La comunicación requiere de la escucha, no puede ser auto-referencial, debe tener en cuenta al otro, al que se ha escuchado.

Aquí encontramos luz a nuestras dificultades religiosas y de convivencia humana. A Dios le hablamos, le decimos hasta la saciedad cuáles son nuestras necesidades, pero no lo escuchamos, por eso nuestra comunión con Él no llega a ser plena, pues no le dejamos entrar en nuestra vida con su Palabra; nuestra oración es auto-referencial cuando se centra sólo en nuestras necesidades y no escuchamos la Palabra de Dios dejando que haga eco en nuestro corazón. No es lo mismo en nuestra oración hablar a Dios a partir de lo que Él nos ha dicho que permanecer en un interminable hablarle de nuestros problemas como si nos los conociera.

Algo similar pasa en la convivencia humana. Tenemos la necesidad de ser escuchados, de que nos hagan caso, de que los demás guarden silencio cuando hablamos pero estamos poco dispuestos a escuchar a dejar que los demás nos comuniquen sus pensamientos para tomar en cuenta su manera de ver la vida en nuestras palabras. Nuestras conversaciones son diálogos de sordos porque sólo hablamos pero no nos escuchamos.

Para vivir en comunión con Dios y con el prójimo lo primero que tiene que sanar es nuestra capacidad de escucha de la Palabra y de escucha de las personas que nos rodean.

Después de los gestos simbólicos: tocar, gemir, mirar al cielo, viene el imperativo Effatá que significa ¡Abrete! y enseguida el milagro: se abrieron los oídos, se soltó la lengua y el que era sordo obtuvo la capacidad de expresarse correctamente.

La capacidad de comunicación se generaliza y los testigos del milagros se hacen voces del mismo a pesar de la advertencia de Jesús. La gente quedó maravillada «y decían: ‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”» El mayor bien que hace Jesús es desbloquearnos, llegar a lo más profundo de nuestro auto encerramiento para hacernos salir de nosotros mismos, nos capacita para una verdadera comunicación con Dios y con el prójimo curando nuestra sordera y nuestra mudez.

La Iglesia ha conservado en el rito bautismal los gestos de Jesús que contemplamos en este relato para explicar los efectos del bautismo. Quien se incorpora a la vida en Cristo es curado de la sordera, recibe la capacidad de oír la Palabra de Dios, de captarla, de saborearla y así, entrar en comunicación con Dios; además, el bautizado es curado de la mudez, recibe la capacidad de hablar con Dios y de hablar de Dios, la capacidad de orar y de dar testimonio de la propia fe. Los bautizados por la capacidad de comunicarnos –oír y hablar- somos capaces de vivir en comunión con Dios y con el prójimo.

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