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Archive for 26 octubre 2012

XXX Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo B

 Este Domingo concluimos la instrucción de Jesús a sus discípulos por el camino que lo lleva de Galilea a Jerusalén. San Marcos, después de mostrarnos la ceguera de los discípulos que no aciertan a ubicarse como verdaderos discípulos del Señor, enfatiza que es posible responder al llamado del Señor, ser sus discípulos y seguirlo con radicalidad.

Los discípulos ven pero no quieren ver, oyen pero no quieren oír; son advertidos de no contaminarse con la levadura de los fariseos y llamados a dar el paso de la fe (cf. Mc 8, 15-21) Han sido testigos de los milagros de Jesús pero no aciertan a descubrir en Él al Mesías de Dios.

La pedagogía del camino es útil para ilustrar el itinerario de la fe. Al inicio del recorrido nos encontramos con el relato de la curación del ciego de Betsaida (cf. Mc 8,22-26); en el que se destaca que la capacidad de ver, símbolo de la fe, se logra gradualmente con la ayuda de Jesús. Las instrucciones de Jesús a sus discípulos se cierran con la curación del ciego de Jericó, llamado Bartimeo, en la última etapa de la subida a Jerusalén.  De forma ingeniosa el camino de la fe se ilustra en la historia de este hombre ciego y pobre que se convierte en modelo de discípulo.

El pasaje del ciego Bartimeo sigue a la instrucción sobre el servicio en la que Jesús mismo se presentó como quien ha venido a servir (cf. 10,45). En esta escena encontramos, como por contraste, la resistencia al servicio de quienes  increpaban al ciego para que se callara; de esta manera se representa la actitud de los discípulos que se niegan a servir y que prefieren no ver la necesidad de este invidente que se les ha vuelto incómodo.

Esto sucede en el camino hacia Jerusalén. Jesús, sus discípulos y una gran muchedumbre, van a la ciudad santa para celebrar la pascua hebrea. En el trayecto, al pasar por Jericó, aparece en escena un ciego que pide limosna y que se encuentra, como es comprensible, justo en el camino por el que deben pasar los peregrinos.

Parece ser que Bartimeo –así se llamaba el hombre ciego- ha oído hablar de Jesús, por eso, «al enterarse que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» y no obstante que le regañaban y lo querían hacer desistir «gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Llama la atención que el hombre ciego invoca a Jesús llamándolo por su nombre y con un título mesiánico. Más adelante se dirigirá a Él llamándolo además «Rabbunni» que significa «Maestro». De esta manera nos hace entender de además de su esperanza en aquél a quien reconoce como Mesías, tiene también en Él una gran confianza, comunión y aprecio.

El encuentro inicia con una pregunta de Jesús «¿Qué quieres que te haga?» Esta pregunta nos recuerda la que, en otro momento, el Señor hizo a sus discípulos Santiago y Juan: «¿Qué quiere que haga por ustedes?» Mientras estos hermanos, amigos cercanos de Jesús, quieren el privilegio de tener los puestos de honor, Bartimeo hace la petición más comprensible que nos podemos imaginar: «Rabbuní, ¡que vea!»

Esta petición del hombre ciego se vuelve el prototipo de petición apropiada para un discípulo en su itinerario creyente.  La fe nos pide dejar actuar a Jesús,  acoger con total apertura la salvación que nos ofrece y recorrer, a pesar de nuestras resistencias, el camino que Él, nos señala como Maestro y Mesías.

Bartimeo recibe de la Palabra de Jesús el don de la vista, ahora ve con mayor claridad, el Maestro lo envía a casa, declara su salvación y exalta su fe, sin embargo, él se decide a seguirlo por el camino; así, este hombre curado de su ceguera se convierte en un modelo de discípulo. Su historia ilustra el itinerario de la fe: recibir el anuncio de la Buena Nueva, acogerla con corazón dispuesto y responder implicando toda la vida.

Contemplamos en la curación de Bartimeo una historia exitosa de discipulado que contrasta con las historias fracasadas que contemplamos los domingos anteriores. Recordemos como ejemplo la historia del hombre rico (cf. Mc 10,17-22) que se presenta seguro de haber cumplido con la ley y deseoso de perfección, en contraste, en Bartimeo, nos encontramos con un hombre pobre, ciego, que se reconoce pecador y que lo único que pide es misericordia. Mientras el hombre rico fue incapaz de seguir a Jesús porque tenía muchos bienes, este hombre ciego al saberse llamado por Jesús, arrojó su manto, su mayor pertenencia y lo dejó todo para ir a su encuentro.

Es claro, como se ha dicho, que el evangelista introduce en medio de dos relatos de curación de ciegos una serie de enseñanzas que tienen que ver con el itinerario de fe de los discípulos del Señor. Hemos visto a los discípulos como ciegos, pues se imaginan a Jesús a su modo (cf. Mc 8, 31-34), contradicen el significado de su misión y rechazan la pedagogía de la Cruz; discuten quién de ellos es el mayor y a pesar del reiterado anuncio de la pasión ellos están preocupados por ocupar los lugares de mayor prestigio y poder (cf. Mc. 10,32-45).

En el camino a Jerusalén, Jesús ilumina poco a poco esa oscuridad en la que se encuentran sus discípulos, acompañándoles así en su itinerario de fe. Les dice con claridad que para ser sus discípulos es necesaria la negación de si mismo, tomar la cruz y seguirlo (cf. Mc 8,34); que el servicio es la única manera de ser importante (cf. Mc 9,35, 10, 41-45) que no es compatible el discipulado con el escándalo a los pequeños y vulnerables (cf Mc 9,42-50) y que la vida eterna se alcanza entregando no sólo los propios bienes, sino la propia vida. (cf. Mc 10,17-31)

¿Por qué la historia de Bartimeo fue exitosa? Porque no parte de la arrogancia ni de la pretensión sino del reconocimiento de los propios límites, particularmente del pecado; porque es Jesús quien llama; porque la respuesta al llamado lleva implícita la confianza y la disponibilidad para renunciar a las propias seguridades; porque Bartimeo se apropia la salvación que Jesús le ofrece y a la posibilidad de hacer su propio camino responde con la decisión de caminar con el Señor.

Hay que destacar que es el Señor quien toma la iniciativa; Él se hace presente en situaciones inesperadas, particularmente en las de mayor precariedad o cuando parece que la oscuridad es total y nos hace experimentar la misericordia de Dios que escucha nuestro clamor y viene en nuestro auxilio dándonos la oportunidad de identificarnos con Él y de seguirlo en su camino de obediencia que pasa por la Cruz y lleva a la vida plena.

La contemplación de esta escena de curación del ciego Bartimeo es propicia al iniciar el año de la fe, pues nos describe el proceso interior de iluminación que nos lleva de las tinieblas a la luz, camino que es necesario recorrer para pertenecer al Reino de Dios que para ser acogido exige la conversión y la fe. El itinerario de la fe es esencial en la vida del discípulo. Sólo la adhesión total, la comunión con el Maestro hace posible seguirlo e implicar en ello todas las dimensiones de la existencia.

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Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Domingo Mundial de las Misiones

Este Domingo la Iglesia celebra el Domingo mundial de las Misiones. Es costumbre en México, interrumpir la lectura continua del evangelio para proponer un texto con el envío misionero de Jesús a sus discípulos.

Por razones pedagógicas, para no interrumpir la reflexión de los textos del evangelio de Marcos con la instrucción a sus discípulos, las notas que ofrezco son para profundizar la reflexión del evangelio correspondiente al XXIX Domingo del tiempo ordinario.

El  texto se ubica en el horizonte de las instrucciones de Jesús a sus discípulos, se centra en el tema del camino del Hijo de hombre que culminará su obra el la Cruz y en la Resurrección y en los discípulos han de realizar el mismo camino que el Maestro. La lección central es el servicio a los demás incluso con el sacrificio de la propia vida.

Jesús les propone a los que quieren ser grandes que se hagan servidores de todos, que se coloquen en último lugar, que se hagan esclavos y Él mismo les da el ejemplo, entregando su vida para redimir a la humanidad.

Después del tercer anuncio de la pasión, el evangelista San Marcos presenta el tema del poder y los criterios de acción de sus discípulos al respecto, siempre en la perspectiva de la Cruz, condición del discipulado: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8,34)

Los protagonistas ahora son los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo.  Se acercan a Jesús con una petición muy concreta: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Esta petición hace reaccionar a Jesús e inquieta a los demás discípulos.

Una vez más Jesús habla de la Cruz y la atención de los discípulos está en otra parte, en sus propios intereses. Jesús les advierte con claridad que para un discípulo el único camino posible para tener autoridad es identificándose con Él en el camino de la Cruz, es decir, entregando la propia vida. Las relaciones de quien ha decidido entregar su vida a los demás no pueden establecerse en el dinamismo del sometimiento ni del autoritarismo, por el contrario, su dinamismo es el servicio.

Santiago y Juan quieren los primeros lugares. Jesús no rechaza sus aspiraciones. En lo que parece no estar de acuerdo es en el cómo alcanzarlas, no es por concesión o por influencias, sino a través del testimonio y del servicio.

Nada se dice de para qué querían estos discípulos los primeros lugares, pero si recordamos que antes han discutido quién de ellos era el más importante y cómo quedó al descubierto su manera de entender al Mesías como a alguien poderoso. Podemos suponer que el para qué de su intención tiene que ver con el deseo de tener el poder de  someter a los demás a su voluntad. El apodo que tenían, «hijos del trueno» no era gratuito.

Jesús no está de acuerdo con el individualismo vanidoso y egocéntrico que quien quiere sobreponerse a los demás, en esta actitud está la fuente de la mayor parte de conflictos de la convivencia humana; de hecho, los compañeros de Santiago y Juan se indignaron ante su pretensión.

Como respuesta Jesús ofrece el testimonio de su vida que se convertirá en el último criterio del actuar de cualquier discípulo. La autoridad de Jesús no está en la capacidad de imponerse o de obligar a los demás a cumplir una ley sino en la entrega de su vida.

Jesús lleva al discípulo a volver su mirada a la pasión, momento culmen de su ministerio y de su revelación. La comunión con Jesús es plena si incluye el camino de la Cruz y de esta experiencia se derivan los principios de que terminan el comportamiento discipular. Jesús transformó la Cruz de ser un símbolo de la violencia a la que era capaz de llegar el poder religioso y político a ser un signo de su entrega como servicio a la vida.

El camino del prestigio y de la grandeza está en hacerse servidor y esclavo. Sólo puede ser primero quien se ocupa de los últimos. El verdadero discípulo de Jesús es quien no hace de si mismo el centro de la vida sino quien hace de las necesidades de los demás el centro de sus preocupaciones. Para el servicio cristiano no hay fronteras; debe atenderse a todos, a los lejanos, sin descuidar a los cercanos.

Es cierto que la vida cristiana pide renuncias; estas no tienen ningún sentido si no son para hacer de la propia vida un don de si mismo en el servicio. Caminar en esta dirección implica ir en sentido contrario a los intereses de las sociedades en las que el ejercicio del poder excluye, margina, mata o niega a las personas.

A la luz de este texto pensemos en la Jornada del DOMUND. Orar por las misiones. Sostener las misiones y sobre todo cultivar en cada discípulo la vocación misionera, exige de parte nuestra renunciar a protagonismos estériles, a entrar en el juego del poder y a hacernos expertos en el servicio, sólo de esta manera será creíble el evangelio que anunciamos.

 

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Domingo XXVIII TO

Este Domingo contemplamos a Jesús caminando a Jerusalén, por el camino instruye a sus discípulos. Los evangelistas aprovechan la imagen del Camino a Jerusalén para simbolizar el camino de seguimiento de Jesús.

El relato del encuentro de Jesús con el hombre rico se relaciona con la enseñanza de Jesús sobre el peligro de las riquezas y la recompensa que pueden esperar los hombres y las mujeres que se han decidido a seguirlo.

El hombre rico está preocupado por cómo alcanzar la vida eterna. Jesús habla de las dificultades para entrar al Reino y ofrece la vida eterna como recompensa a quienes hayan dejado todo por el Reino.

Sólo Dios es bueno

El hombre rico se presenta a Jesús reconociendo bondad en él, con su pregunta: «¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» parece estar convencido que alcanzar la promesa de Dios es fruto del esfuerzo individual.

Jesús responde poniendo las cosas en su lugar respondiendo «sólo Dios es bueno». Esta afirmación de Jesús es como la clave para interpretar todo este relato. Porque sólo Dios es bueno, merece la pena darlo todo, renunciar a todo, por encontrar este tesoro, que llena, satisface y nos colma de felicidad.

La bondad humana no es fruto de un esfuerzo personal sino el reflejo en nosotros de la bondad divina de la que Dios nos ha hecho participar al crearnos a su imagen y semejanza. Dios nos ha hecho buenos y a nosotros corresponde cultivar esa bondad y la forma de hacerlo es haciendo el bien.

Jesús remite al hombre rico inquieto por la vida eterna al cumplimiento de la ley: «Ya sabes los mandamientos…». El nivel más básico de hacer el bien, planteado en forma negativa, es no hacer el mal, no dañar a nadie y el camino más certero para hacerlo es el cumplimiento de los mandamientos: «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.» El hombre rico los ha cumplido desde pequeño, en él hay una bondad concentrada en si mismo, en su deseo de cumplir la ley; se ha limitado a no hacer mal pero no está satisfecho, algo le falta y lo sabe.

Somos imagen de Dios y Dios en su bondad no se limita a no hacernos mal, su relación con nosotros es dinámica, sale de si mismo, se nos deja conocer, se nos entrega y nos hace el mayor bien entregándonos a su propio Hijo. Realizar nuestra vocación nos pide salir de nosotros mismos y hacer el bien haciendo de nuestra vida y de nuestros bienes un don para la vida del mundo.

Vende todo lo que tienes… y sígueme

Jesús descubre conoce la buena intención y la bondad que hay en este hombre rico. «…se le quedó mirando con cariño y le dijo: –Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo–, y luego sígueme.» De esta manera le indicó el paso que tenía que dar. Abrirse a los demás, a sus necesidades, hacerles el bien con lo suyo y sobre todo alcanzar la libertad del corazón frente a los bienes. A las palabras de Jesús, aquél hombre «…frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.»

Para la mentalidad de la época, compartida por los discípulos, las riquezas son un signo de la bendición de Dios, un premio al buen comportamiento de quien las poseía. El encuentro con Jesús le suponía a aquel hombre un cambio de mentalidad. Dejar de ver en las riquezas la señal de que con su esfuerzo estaba consiguiendo la bendición de Dios; ver en ellas no algo merecido sino un don para ser compartido y con él hacer el bien a los demás.

Aquel hombre no estuvo dispuesto a dar el paso y se alejo entristecido. Jesús al verlo retirarse advierte a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!» Los bienes en si mismos no son malos, pero son medios, no son fines. Cuando el corazón se apega a ellos son un obstáculo para la fraternidad,, hacen que el corazón se endurezca y despiertan un dinamismo idolátrico que concentra la vida de quien los posee en protegerlos y acrecentarlos.

La enseñanza de Jesús fue también un choque para la mentalidad de los discípulos, que espantados exclamaron: «entonces, ¿quién puede salvarse?» Es muy cómodo pensar que la salvación se puede alcanzar con el esfuerzo individual. Condicionarla a la capacidad de amar a los hermanos, de hacerles el bien hasta el extremo de compartirles los propios bienes y entregarles la propia vida les parece absurdo, casi imposible.

Todo aquel que haya dejado… por mí y por el Evangelio

Sin embargo, la plenitud de vida que ofrece Jesús tiene un precio: renunciar a los bienes que endurecen el corazón y lo hacen insensible al prójimo, particularmente  al dolor del pobre. El Evangelio nos enseña a compartir, no a acaparar. Jesús pide a sus discípulos tres renuncias fundamentales: los bienes, la familia y a uno mismo. Esto que parece imposible para la voluntad humana que busca su seguridad precisamente en los bienes, es posible para Dios.

La generosidad de Dios es mas grande que la nuestra. No hay que olvidarlo. Por ello Jesús advierte: «… quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura vida eterna

Al escuchar el evangelio de este Domingo con ligereza podríamos pensar que se refiere a otros, a los que tienen bienes y no a nosotros mismos que siempre encontramos pretexto para decir que algo nos falta, que no lo tenemos todo. Grave equivocación. El evangelio es para todos.

Todos tenemos algo que compartir y apegos de los cuales debemos liberarnos para alcanzar la libertad del corazón para tenerlo disponible a la fraternidad. Nuestra mayor riqueza somos nosotros mismos, tenemos nuestra inteligencia, tiempo, paciencia, compasión, cariño y habilidades, con los cuáles podemos hacer el bien a los demás, hacernos imitadores de la bondad de nuestro Padre Dios y liberarnos del dinamismo de nuestro ego que nos hace encerrarnos en nosotros mismos, olvidarnos de los demás y frustrar nuestra vocación.

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XXVII Domingo Tiempo Ordinario B

Este Domingo el evangelio nos ofrece importantes enseñanzas para la vida familiar. Nos habla de la fidelidad en el matrimonio y de la acogida de los niños. Jesús muestra a quienes tienen la vocación matrimonial cómo vivir el discipulado en el ámbito familiar, particularmente en la relación de pareja.

Lo que se enseña en el texto que nos ocupa hay que entenderlo junto con las otras enseñanzas de Jesús en las instrucciones a sus discípulos. La fidelidad en el amor debe vivirse junto a otros valores evangélicas como: la negación de uno mismo, la fe en la persona y en la palabra de Jesús y la disponibilidad para el servicio.

Jesús camina con sus discípulos hacia la región de Judea en dirección a Jerusalén. Durante este recorrido Jesús enseña a la multitud. Al llegar a casa, explicará a los discípulos, con mayor profundidad el sentido de sus enseñanzas. En medio del recorrido un grupo de fariseos interviene con la intención de poner en aprietos a Jesús planteándole una pregunta con la intención de que según sea su respuesta pierda popularidad o se declare en contra del rey.

La pregunta que hacen los fariseos es la siguiente: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?» Es probable que en el ambiente de las primeras comunidades cristianas esta costumbre judía fuera debatida y el evangelista recuerda la enseñanza de Jesús que es una aplicación de su mensaje centrado en el amor fiel de Dios que sus hijos e hijas debemos imitar viviendo la fidelidad en el amor en nuestras relaciones humanas comenzando por las que vivimos en el seno de nuestra familia.

No hay nada que aniquile el amor como el abuso de poder y la violencia.  La pregunta que se hace a Jesús cuestiona hasta dónde llega el poder del hombre en la relación conyugal. La respuesta de Jesús remite a ubicar la respuesta en el horizonte de la voluntad de Dios; para ello es necesario recordar primero lo prescrito por Moisés y después lo que Dios Creador quiso en el principio.

La ley judía contenida en el Deuteronomio (cf. 24,1) da una solución jurídica a los casos en los que  el hombre descubre en la mujer algo que no es de su agrado y  prescribe que se redacte un acta de repudio. Los fariseos interpretan esto como permiso de divorcio; sin embargo, en sentido estricto el acta de repudio es un testimonio de que la mujer ya no está casada, es libre, no está sometida al marido que la ha repudiado y quedando así protegida de acusaciones que la puedan llevar a la pena de muerte por adulterio.

Jesús interpreta la razón de la norma de Moisés. La prescripción del Deuteronomio trata de regular un caso conflictivo en la vida de una pareja que ha llegado a ser insoluble por la «dureza de corazón», es decir, por la cerrazón, la terquedad, el capricho, la incapacidad para escuchar y para ceder.

La «dureza de corazón» es la resistencia del corazón humano frente a la Palabra de Dios, es no querer convertirse. Ante esta cerrazón lo menos que puede hacerse es salvaguardar la dignidad de la persona más débil, en este caso, la mujer. Proteger a la mujer mediante el acta repudio extendida por la «dureza de corazón» no resuelve el problema, hay que ir más a fondo y Jesús lo hace buscando el sentido de lo que dice la Palabra de Dios en la acción creadora del Padre.

Jesús interpreta el querer del Padre Creador sobre la vida de la pareja poniendo en el centro de la atención el relato de la creación. Cita dos pasajes del Génesis. El hombre y la mujer fueron creados para complementarse: «Él los hizo varón y hembra» (Gn 1,27) y para la unidad: «…dejará el hombre a su padre ya su madre y los dos se harán una sola carne» (Gn 2,24). De esté ordenamiento que proviene del Creador Jesús saca la conclusión: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

Romper la unidad de la pareja es ir en contra de la naturaleza creada. El hombre no puede hacerlo pues se perdería la sintonía con su Creador. La intención originaria de Dios es de unión y fidelidad entre el hombre y la mujer. El principio que hay que tener presente para regular la convivencia de la vida de pareja es el ordenamiento del Creador. El que nos hizo distintos y al mismo tiempo complementarios es quien une a quienes deciden compartir libremente un proyecto de vida conyugal.

La respuesta de Jesús lo pone en contra de su auditorio y de la tradición judía que concedía al varón el derecho de repudio a la vez que negaba este derecho a la mujer. Negar ese derecho a lo varón era hacerles perder un privilegio. Jesús no se deja intimidar por los que lo ponen a prueba porque sabe que en el designio de Dios el hombre y la mujer están en el mismo plano de igualdad.

La enseñanza se hace más específica cuando llegan a casa. Los discípulos quieren mayor claridad y le vuelven a preguntar sobre lo mismo. La respuesta de Jesús es contundente: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»

 El Señor, retomando el tema, se refiere a la posibilidad de que la mujer repudie al marido, poniéndolos a los dos en el mismo plano, sin que importe quien lo haga el repudio para comenzar otra unión es calificado como adulterio, es decir, como una acción contraria al querer de Dios tal como está revelado en el Decálogo (Cf. Ex 20,14)

Para el discípulo esta enseñanza pide poner atención a las resistencias del propio corazón que acaban por destruir la relaciones más hermosas y no descuidar lo que quiere Dios de nosotros al hacernos para la comunión. El Señor defiende la dignidad el matrimonio entendido como una unión de amor; el amor auténtico implica la fidelidad, por ello Jesús exige a los discípulos llamados a realizar su vida en el matrimonio a ser fieles en el amor.

Somos testigos de cómo en nuestro días muchos matrimonios se rompen y en lo civil jurídicamente se disuelven a través del divorcio. Como los fariseos del evangelio hoy podríamos pretender legitimar una práctica social, sin embargo, como Jesús estamos llamados a llevar a la vida de nuestras familia la luz de la Palabra de Dios.

Lo que hace posible la vida conyugal es el amor recíproco y generoso. Si los que se casan, cada uno piensa en su recíproco interés, en su propio placer y en sus propias satisfacciones, entonces no hay verdadero amor, es una unión de dos egoísmos que es imposible resistir. El que se casa debe tener claro que el matrimonio es la unión de dos amores y no de la unión de dos egoísmos.

Junto a esta denuncia de la «dureza del corazón» de quienes buscan justificación a su egoísmo por la vía del divorcio, con un gesto simple, el Señor nos enseña que la fidelidad del amor de Dios alcanza a todos. Por ello nos invita a acoger con ternura los niños que en su tiempo eran fácilmente despreciados por los adultos.

En nuestros días los niños son los que más sufren el drama del divorcio de sus padres, son los que quedan relegados y se les considera irrelevantes en la vida familia y social. A la par, el hombre y  la mujer quedan con grandes heridas cuando son incapaces de perdonarse y de ceder en sus pretensiones para salvaguardar la unión conyugal; en los contextos en los que priva el machismo el drama del divorcio deja en condición de especial vulnerabilidad a la mujer.

Acoger el evangelio de hoy supone estar atentos en cada familia a la formación del corazón y qué mejor escuela que la de Jesús.

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