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Archive for 30 noviembre 2012

calendario liturgico -fanoCon el adviento inicia un nuevo año litúrgico. Este año corresponde al ciclo C y por tanto será san Lucas quien nos acompañará en las celebraciones dominicales.

El adviento es tiempo de preparación para la Navidad y también tiempo de preparación para la última venida del Señor. Este Domingo los textos bíblicos nos hacen poner nuestra mirada más en la segunda venida que en la primera.

El texto del evangelio nos pone frente al evento culminante de la historia. No se trata de una descripción del fin del mundo. La intención del evangelista no es aterrorizar, sino alimentar la esperanza de los discípulos que en medio de las dificultades nunca deben olvidar que el Señor vendrá de nuevo y que está promesa se cumplirá pues las palabras del Señor no dejarán de cumplirse.

El evangelista anuncia el cumplimiento de la promesa y habla de los signos que precederán a la segunda venida. Estos signos, conocidos como escatológicos, se presentan con el  lenguaje que los profetas utilizaron cuando anunciaron los grandes juicios de Dios sobre Israel y la humanidad asociando al universo entero a estos acontecimientos. En el lenguaje profético el ser humano al ser juzgado por Dios debía presentarse ante Él acompañado de toda la creación.

Los trastornos cósmicos que menciona el evangelio enseñan que cuando Dios deja de sostener el mundo la creación entera se ve amenazada y corre el peligro de derrumbarse. Cuando el mundo se desestabiliza sufre la humanidad y se angustia pues comienza a ver incierto su futuro.

El abrirse de los cielos da paso a la aparición del Hijo del Hombre, que viene a juzgar al mundo. Es el cumplimiento de la promesa, un anuncio de esperanza, pues quien juzga es Aquél que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre. Por ello la invitación «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación». Cuando el Señor vuelva, llegará la redención final de la opresión y de la aflicción del pueblo de Dios. Será la hora de la justicia que esperan con alegría quien han sufrido en la historia.

Esperar pues la venida del Señor es motivo de esperanza y no de miedo, pues la historia de nuestro mundo, en el que las fuerzas del mal campean y en el que en ocasiones es difícil percibir cómo obra la justicia de Dios, se completará con la venida de Jesucristo, el Señor que llevará a culmen su obra de justicia y hará que reine la fraternidad.fano adviento

Pero la esperanza cristiana no puede vivirse sólo como expectación, supone actitudes concretas que los discípulos deben asumir ante la venida de Jesús. SI el Señor viene, debemos ponernos en movimiento, salir a su encuentro, no podemos esperarlo con los brazos cruzados y si no sabemos cuando vendrá entonces, para evitar sorpresas, es necesario estar preparados. Para ello nos instruye el evangelio.

En primer lugar «estar atentos». Es un llamado al discernimiento de los acontecimientos de la vida. Hay que estar listos para reconocer los signos y por tanto pendientes de la modorra espiritual que puede entorpecer el discernimiento. Lucas la describe como «corazón embotado». El corazón puede embotarse por el libertinaje, al que se llega por la pérdida de valores y la falta de criterios de comportamiento; además; también por la fuga de la realidad, Lucas alude al abuso del alcohol, nosotros podríamos añadir todo tipo de adicciones  y, finalmente, por las preocupaciones del mundo que podríamos identificar con el estrés al que nos sometemos por el exceso de trabajo y nuestras obsesiones consumistas.

Cuando el corazón se embota perdemos la tensión espiritual, el corazón se distrae y no puede reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro. La advertencia es clara. Si queremos reconocer al Señor cuando vuelva debemos estar familiarizados con Él, y para ello es necesario dedicar tiempo a las «cosas espirituales» y no vivir obsesionados con las cosas terrenas.

Después del llamado a «estar atentos» Lucas nos exhorta a la vigilancia y para ello indica el camino de la oración. La «oración constante» es sinónimo de «vigilancia del corazón»: nos hace mantener fija la mirada en lo que es esencial; nos hace llevar a la presencia de Dios nuestras vivencias y nos ayuda a valorarlas confrontándolas con su voluntad; y anticipa la comunión de amor que da sentido a lo que hacemos y endereza nuestros pasos en la dirección de la plenitud.

01advC - fsnoLa oración constante fortalece y ayuda mantenerse en la vocación de amar; quien ora aprende a ubicarse en los conflictos, manteniendo su identidad y su vocación de comunión y por ello puede salir  ileso de ellos; ser constante en la oración ayuda también a permanecer disponibles en el servicio y aguardar sin miedo el último día.

El fin de los tiempos no se prepara pues haciendo cábalas sobre cuándo y cómo será el fin del mundo. Al creyente eso no le interesa, porque ya sabe que al final nos espera el juicio y la justicia de Dios sobre la historia y esto le llena de esperanza.

El discípulo de Jesús espera confiado el regreso de su Señor y lo hace encontrándose con Él en los signos en los que Él ha perpetuado su presencia –Palabra, Eucaristía y Pobres-, orando con constancia, llevando una vida recta y permaneciendo siempre disponible en el servicio para que en el mundo reinen la fraternidad y la justicia.

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Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Con la celebración de la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo llegamos al término del año litúrgico. Contemplamos el dialogo de Jesús con Pilato en el Pretorio de Jerusalén. Dos reyes están contrapuestos. Pilato representa al emperador romano y detenta en Judea el poder más grande, en efecto, él es el único capaz de aplicar la pena de muerte. Frente a Pilato está Jesús, atado como si fuera un malhechor, pero presentándose a sí mismo como un Rey, de un tipo distinto al que representa Pilato.

La confrontación de Pilato y Jesús en el relato de la Pasión tiene gran extensión. Hoy nos detenemos sólo en uno de los interrogatorios, que se desarrolla a partir de tres preguntas:  «¿Eres tú el Rey de los judíos?»(18,33), «¿Qué has hecho?» (18,35), «¿Luego, tú eres Rey?» (18,37) que provocarán un triple pronunciamiento de Jesús.

La pregunta inicial pone en primer plano el tema principal: el reinado de Jesús, que fue el objeto principal de las acusaciones contra Él. De esta pregunta se siguen las otras que lo llevan a asumir la responsabilidad de su misión y a explicar el tipo de su realeza.

Primera pregunta: «¿Eres tú el Rey de los judíos?»

Esta pregunta Jesús la responde con otra pregunta: «¿eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros», de esta manera, al responder confronta a Pilato sobre su actitud. Un juez que se precie de ser justo no puede juzgar por oídas sino a partir de la certeza moral de que algo es cierto. De ahí que la respuesta de Jesús confronte a Pilato acerca de si lo que dice procede de su propio conocimiento o simplemente está repitiendo lo que otros dicen. Aparece ya de fondo el tema de la verdad.

Con su respuesta Jesús interpela a su acusador. Pilato tiene la obligación de verificar las acusaciones. Lo primero que hace Jesús es con sencillez poner en cuestión la autoridad del Juez.

Segunda pregunta: «¿Qué has hecho?»

Pilato se defiende haciendo ver que no tiene responsabilidad sobre las valoraciones de los demás. Está claro que él no es judío y con ello pretende eludir la responsabilidad de asumir como verdadero lo que otros han dicho como acusación.

Dando un paso adelante en su interrogatorio Pilato pregunta lo que debía haber hecho desde el principio, concediendo al acusado la posibilidad de hacer su propia declaración y así evitar ser considero un juez injusto que juzga sumariamente.

«¿Qué has hecho?» Jesús no enumera las actividades de su ministerio, sino que hace una presentación global de su obra, repitiendo en tres ocasiones «Mi Reino no es de este mundo» Con ello Jesús trata de dejar en claro que no es enemigo del César, que su reino no tiene que ver con territorio, ni con leyes, ni con impuestos, ni con nada que signifique sometimiento, poder o uso de la fuerza. Prueba de ello es que no ha opuesto resistencia para ser capturado y nadie ha combatido para evitarlo.

Tercera pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?»

Jesús ha descrito que tipo de Rey no es y lógicamente se sigue la cuestión sobre cuál es el tipo de su realeza. A ello Jesús responde afirmando con contundencia: «Soy Rey» y enseguida explica la naturaleza de su Reino: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» e invita a acoger su reinado: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»

Jesús ha nacido para ser testigo de la verdad y en esto consiste su obra como Rey. Sólo puede dar testimonio quien tiene conocimiento, experiencia directa de lo que declara. La verdad que Jesús declara no es cualquier verdad, es la verdad sobre Dios y lo puede hacer porque lo conoce, está en relación con Él, le pertenece, vive en íntima comunión con Él.

El Rey de un Pueblo, al igual que un Pastor, tiene como tarea hacer posible la vida de su pueblo, preocupándose para que sus condiciones de vida sean lo mejor posible. La obra de Jesús, Rey y Pastor, que da testimonio de la verdad, es abrir a todas las personas el camino de la plenitud de vida, más allá de toda posibilidad humana. Jesús ejerce su reinado desde la Cruz y desde allí nos atrae a la verdad de Dios de la que es testigo desde toda la eternidad y nos sumerge en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo.

Con el testimonio de la verdad, Jesús, Rey crucificado, hace verdaderas las palabras «Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10)»

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XXXIII Domingo Tiempo Ordinario B

Estamos llegando al término del año litúrgico que concluye con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo que celebraremos el próximo domingo.  En este ciclo litúrgico que termina, el evangelista san Marcos ha sido nuestro pedagogo, nos ha llevado de la mano en nuestro camino de seguimiento de Jesús. Nos ha enseñado a «estar» con el Señor y a permanecer con Él y en Él. Es en esta perspectiva de fidelidad que debemos leer el texto evangélico que se proclama este día y que es una invitación a vivir en la esperanza.

Mensaje escatológico con lenguaje apocalíptico

El pasaje que leemos este domingo se ubica en el capítulo 13 del evangelio de Marcos, conocido como discurso escatológico. El lenguaje es propio de la literatura apocalíptica que surge el s. III a. C. y se caracteriza por una talante y un estilo de interpretar la historia del pueblo de Dios y de la humanidad.

Con el género apocalíptico se anuncia el futuro preparado por Dios.  Se trata de un futuro glorioso que seguirá a los sufrimientos de los hombres durante el peregrinar en la historia. Esta literatura es consoladora en medio de las persecuciones y sufrimientos, abre un camino de esperanza segura porque la historia la dirige Dios.

Por eso la Iglesia proclama estos testimonios cuando llega al final el año litúrgico. Sabemos que el año litúrgico actualiza y realiza el misterio global de salvación. Es necesario dirigir la mirada al futuro, movidos por la esperanza, mientras vivimos la experiencia del presente con fortaleza, la constancia, la longanimidad y la paciencia. Es importante realizar el camino que conduce al final glorioso. En medio de nuestro mundo los creyentes tienen la misión de ser testigos de esperanza mientras comparten con sus hermanos los hombres sus sufrimientos y sus proyectos. La interpretación de la apocalíptica conlleva las dos versiones: esperanza para el futuro y testimonio consolador para el presente.

El pasaje que nos ocupa

En el discurso escatológico de Marcos, Jesús responde a la inquietud de los discípulos acerca del fin de los tiempos. Comienza refiriéndose a lo que le sucederá al mundo al final de los tiempos, a sus discípulos y a la conclusión de la historia. Hoy nos detenemos particularmente en el mensaje acerca del culmen de la historia y en el comportamiento que se espera de los discípulos antes estos hechos.

De cara al fin de la historia Jesús plantea qué es lo relativo en ella y que es lo permanente, lo que no pasará. El fin de la historia del mundo se relaciona con la remoción de todo lo que ha estado fijo y con la venida del Hijo del hombre.

En los días de la tribulación reinará la oscuridad y los astros celestes que son símbolo de la estabilidad del universo desaparecerán del universo. Con ello se indica que las realidades que caracterizan la historia en el presente no tienen consistencia eterna.

La última palabra sobre la historia humana y sobre todos los acontecimientos  la dará Dios en el advenimiento de su Hijo en la Gloria. El triunfo de Dios en la historia es  la certeza que sostiene y orienta los pasos del creyente por el camino de la vida.

«Entonces verán al Hijo del hombre…» Este es el fin de la historia humana: la manifestación del Señorío de Jesús, que venció el mal y culmina su victoria sometiendo de manera definitiva todo lo que se opone a la vida. Esta certeza alienta nuestra esperanza, pues nos hace ver el final no como una catástrofe, sino como el triunfo de la vida.

«Entonces… reunirá a sus elegidos» La manifestación de Jesús en su Gloria es también la manifestación de su total y absoluta fidelidad con sus discípulos, que sufren la contradicciones del mal y la injusticia en el mundo por definirse como testigos del Evangelio.

Tres enseñanzas:

Descubrir los signos de la bondad de Dios en la historia. Las dificultades de este mundo, el sufrimiento, los embates del mal, la destrucción del hombre por el hombre, la pobreza, los atropellos a la dignidad humana ponen ante el discípulo la tentación del aislamiento o la desesperación. Jesús ilumina esta situación con la imagen de la higuera que con los brotes que renacen en ella después del invierno anuncia la llegada de la primavera. De igual manera los discípulos deben estar seguros de la intervención de Dios y alimentar su esperanza a partir de los pequeños signos e bondad y de compromiso sincero con la vida.

Confiar en la Palabra de Dios. En medio de las vicisitudes de la historia los discípulos son llamados a confiar firmemente en la Palabra del Señor. Las palabras de los poderosos son relativas, no tienen consistencia. El mundo si pasará, la Palabra de Dios no pasará, Él tiene la última palabra y esta se manifiesta en la venida del Hijo del hombre y esta promesa es la que sostiene en última instancia la vida del discípulo.

Poner nuestro futuro en las manos de Dios. El discípulo está llamado no hacer elucubraciones sobre el fin del mundo, a desentenderse de lo que es inútil y que desemboca en pura fantasía. El día y la hora, sólo Dios lo saben. No hay que perder el tiempo en lo que no podemos saber, sino comprometer nuestras energías en lo que si sabemos para orientar la historia a la finalidad para la cual fue creada.

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Domingo XXXII Tiempo ordinario

Estamos llegando al final del año litúrgico y comienza la conclusión del evangelio de Marcos que nos acompañó domingo a domingo durante este ciclo litúrgico.

En este evangelio la formación de los discípulos concluye con el llamado «discurso escatológico» que tiene la intención de llamar a quienes siguen al Señor a vivir en permanente vigilia, descubriendo los signos del resucitado en la historia.

La constante en esta sección es el llamado a la vigilancia. El preámbulo una instrucción a los discípulos a quienes coloca frente a tres personajes para que se evalúen y se pregunten en qué medida han alcanzado la estatura del discípulo del Reino, es decir, del discípulo que está en verdadera sintonía con el Hijo.

Los tres personajes son: los escribas –expertos en la Ley de Dios-, los ricos generosos y una viuda pobre. Tienen en común que se consagran a la causa de Dios. Los primeros con la enseñanza de la ley, los segundos con sus limosnas generosas para el sostenimiento del Templo y la viuda –sin el prestigio de los anteriores- que se da a si misma dando como ofrenda lo que tiene para vivir.

Los escribas

Sobre los primeros personajes, los escribas, hay una advertencia: ¡Cuídense! Con ella se invita al discípulo a mirar el comportamiento de los maestros de la ley, a reflexionar sobre él y distinguir el tipo de comportamiento que no corresponde a los valores del Reino, trabajando para evitarlo o, si es el caso, purificarlo.

El comportamiento de los escribas es descrito por el evangelista con cuatro actitudes: 1) la exhibición del ropaje considerado signo de nobleza; 2) la búsqueda de la honra debida a los maestros llamando la atención en los espacios públicos; 3) la búsqueda de los puestos de honor y 4) la apropiación del dinero de las viudas so pretexto de asistencia religiosa.

Con las tres primeras actitudes descritas, los escribas hacen valer “los derechos” que le corresponden a un Maestro de la Ley. Sin embargo, Jesús, al destacarlas, deja ver la motivaciones internas de quienes, estando al servicio de Dios, explotan su posición para propio provecho.

La cuarta actitud de los escribas describe un abuso inaceptable. Las viudas dependían de ellos para que les redactaran documentos, defendieran sus derechos de herencia frente a los hermanos o acreedores del difunto esposo o incluso frente a los hijos que reclamaran anticipadamente la herencia; los escribas, aprovechándose de la situación, terminaban por quedarse con parte de la herencia que tenían la oblación de defender. Este exceso los hace acreedores de «una sentencia más rigurosa».

Los ricos generosos

En el Templo de Jerusalén, en el llamado «atrio de las mujeres« se localizaba el «arca del Templo» con sus trece recipientes de bronce para recibir dinero para diferentes propósitos.

Jesús, cuidadoso observador, «miraba cómo echaba la gente» sus limosnas en las alcancías. Para el Maestro no pasa desapercibido que «muchos ricos echaban mucho»  el evangelista lo destaca como haciendo notar que el gesto de unos se diluía el gesto de los otros, en contraste, lo que no diluye es el gesto de una viuda pobre, que llama la atención al depositar su pobre donativo sin tanto estruendo.

La generosidad de los ricos un signo elocuente de su religiosidad al consagrar a Dios parte de sus riquezas, sin embargo, Jesús destaca que «dan de lo que les sobra», es decir, que dan sin ver alterada su vida y su riqueza.

La viuda pobre

El tercero de los personajes es la viuda pobre. Jesús pone a los discípulos frente al testimonio de esta mujer que sólo «echó dos moneditas» en la alcancía del Templo. Un donativo insignificante, contrastante con lo mucho que daban los muchos ricos que llevaban su ofrenda al Templo. Para Jesús este gesto reviste un gran valor; el Señor ve lo que no es notable a simple vista: la proporción de la ofrenda en relación a lo que cada uno tiene, en otras palabras la mayor o menor capacidad de dar.

En relación a la viuda Jesús puntualiza que dio: «todo lo que necesitaba», «todo cuanto poseía», «todo lo que tenía para vivir». En otras palabras, se dio a si misma.

Mientras la viuda dio «lo que necesitaba» los ricos daban «lo que les sobraba». La capacidad de dar no se mide por la cantidad que se entrega, sino por lo que no se entrega. Por eso la viuda dio más que ninguno, porque «dio todo lo que tenía para vivir», sin reservarse nada par así.

Con su gesto la viuda hace un verdadero acto de culto entregando su propia vida como ofrenda. Con ello expresa su confianza en Dios, entregándole todo, para hacer depender su vida, de manera radical, absoluta e íntegra de Él, de la misma manera como lo hizo Jesús, «el Hijo» durante toda su vida y particularmente en la Cruz.

La enseñanza para el discípulo es clara. Seguir a Jesús implica hacer a un lado las apariencias actuando de manera ostentosa para ser vistos presumiendo una visible religiosidad. El Señor ve la intención del corazón que se manifiesta en los gestos y en las actitudes de la vida ordinaria. Dios no nos pide que le demos lo que nos sobra, el único culto que le es agradable es el que hacemos de nosotros mismos, al entregarle todo lo que tenemos para vivir, es decir, nuestra propia vida.

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Domingo XXXI  Tiempo Ordinario. Ciclo B

El evangelio de este Domingo nos presenta el mandamiento del amor como el principal de todos, el que sintetiza la ley y los profetas.

El pasaje que consideramos forma parte de las enseñanzas que se recogen en la sección 11,27-12,44 del evangelio según san Marcos en la que se nos da razón del ministerio de en Jerusalén después de la entrada triunfal y la expulsión de los vendedores del templo.

En este conjunto encontramos las controversias de Jesús con los dirigentes del judaísmo. En esta corta etapa del ministerio se plantearon a Jesús cuestiones sustanciales, de carácter doctrinal y práctico: sobre su identidad su autoridad, sobre la resurrección y el futuro del hombre, sobre su actitud frente al tributo al César y sobre el mandamiento más importante de la ley de Dios.

En el pasaje precedente al que contemplamos Jesús responde a los saduceos, que le piden definirse sobre la resurrección. A la pregunta fundamental subyacente acerca de ¿quién es Dios? Jesús responde «[Dios] no es un Dios de muertos, sino de vivos» y nos hace entender también cuál es la naturaleza de su relación con la humanidad; fidelidad a su obra creadora en el servicio de la vida.

El problema que ahora se presenta es distinto. Se podría plantear en los siguiente términos: ¿cómo pueden los hombres y las mujeres entrar en una justa relación con Dios? ¿Qué es lo que Dios quiere que hagamos? La pregunta la propone un escriba, un hombre instruido en el conocimiento de la ley de Dios que de manera simple y directa, sin hostilidad ni ironía se acerca a Jesús con una actitud que manifiesta un sincero deseo de aprender de él.

«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (12,28). Con esta pregunta es como si el escriba dijera ¿qué es lo más importante para Dios? Recordemos que los judíos vivían agobiados por la preceptiva en la que se había descodificado el Decálogo. Los innumerables preceptos llegaron a convertirse en una pesada carga y no extraña que los estudiosos de la ley, como el escriba del evangelio, se preguntaran sobre qué era lo esencial para asegurar la fidelidad a la Alianza.

La respuesta de Jesús

Jesús recita el texto del Deuteronomio 6,4-5 que dice «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» y que hoy recordamos en la primera lectura de la Misa.

En este texto que comienza con la célebre admonición «Escucha Israel…», que es un vigoroso llamado a la obediencia, se consigna que la primera y más importante tarea de un israelita es la de amar a Dios, sin división, porque es un Dios único y hacerlo con todas las fuerzas de las que disponga.

Jesús toma esta cita para señalar cuál es el camino que debemos seguir para que nuestra vida vaya en la dirección correcta y alcance su plena realización. Lo más importante en relación a Dios es amarlo: con todo el corazón, lo que equivale a decir, amarlo por voluntad, por decisión propia; con toda el alma, es decir dedicando a ello toda la fuerza vital y, con toda la mente, es decir, con toda la inteligencia. Nuestro amor a Dios implica totalmente la decisión de nuestra voluntad, el compromiso de nuestra vida y el servicio de nuestra inteligencia.

Enseguida, Jesús menciona lo que, más que un complemento, sería la segunda parte constitutiva de este mandamiento primordial: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» imperativo que se encuentra también en el libro del Deuteronomio pero que Jesús asocia al mandamiento esencial, haciendo de los dos uno solo y declarando «No existe otro mandamiento mayor»

La respuesta del escriba

Lo que Jesús acaba de decir el escriba lo repite casi en los mismos términos, agregando que el cumplimiento de este amor «vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Con ello indica su carácter prioritario, su lugar como fundamento sobre el cual se deben ordenar jerárquicamente los mandamientos relacionados con el culto.

El escriba entendió perfectamente el alcance de la respuesta de Jesús y sus implicaciones para una práctica religiosa centrada en el culto. No es que Jesús negara, con la centralidad que le da al amor, la importancia del culto religioso; por el contrario, lo redimensiona y lo llena de significado. La ofrenda que agrada a Dios es el amor y este se concreta en el tiempo y lugar que cada persona le da en su vida, en su corazón, escuchando su Palabra y poniéndola en práctica.

El amor al prójimo también es ofrenda, pues es entrega, para hacer el bien dando vida a las demás personas en las que Dios mismo ha dejado su imagen. De igual forma el amor a uno mismo, es ofrenda, pues implica: el reconocimiento de Dios en el núcleo fundamental de la propia existencia;  la cooperación de nuestra voluntad para que sea Él quien perfeccione en nosotros su imagen y, la coherencia que exige ordenar nuestra vida siendo fieles a nuestra vocación más profunda que es la de ser hijos de Dios, llamados a ser santos como Dios es santo.

El escriba entendió y asumió con sus palabras un compromiso coherente que lo puso en sintonía con Jesús, quien, por su parte, con su declaración final «“No estás lejos del Reino de Dios» lo coloca en la categoría de los discípulos.

Conclusión

La enseñanza del evangelio de este Domingo vincula el amor a Dios y al prójimo en un solo mandamiento. No se puede vivir uno sin el otro. Así lo encontramos, con otras palabras, en san Juan: … quién no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido del Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 20-21).

Jesús nos enseña el camino. Con su vida sintetiza el cumplimiento de este mandamiento que da prioridad al amor sobre cualquier otro precepto religioso. Él es el Hijo amado, vive con su Padre Dios una relación intensa, indescriptible y hace visible ese amor amándonos, entregándose, particularmente a los pobres y a los sufrientes y entregándonos su vida. Hemos conocido lo que es el amor, precisamente «en que dio su vida por nosotros» (cf. 1 Jn 3,16)

Jesús siempre unió el amor a Dios y el amor al prójimo, enseñándonos con su vida y su Palabra que no se puede vivir uno sin el otro. Juan, el discípulo amado, supo expresar esta síntesis del amor aprendida  en la escuela del Maestro pues quién no ama a sus hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido del Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 20-21).

Identificándonos con Jesús e imitando su ejemplo es como podemos nosotros cumplir el mandamiento del amor. Este nos exige salir de la pasividad, de la indiferencia, de la comodidad, de la superficialidad, de la desconfianza, para que todo nuestro ser tienda de manera activa, fuerte y decidida a Dios.

La enseñanza de este Domingo es oportuna en una sociedad narcisista que lleva a las personas a encerrarse en su propio ego. ¿cómo entender el amor a nosotros mismos del que habla el evangelio? Ciertamente no se trata de un sentimiento de autocomplacencia, ni de emociones egoístas. Se trata de la aceptación de nosotros mismos, con todo lo que somos, con lo que tenemos, con lo que constituye nuestra personalidad, con sus límites y posibilidades. Aceptarnos a nosotros mismos, con toda humildad, es decir, con toda verdad, es aceptar el amor de Dios que nos ha creado, que conforma nuestra persona y que está presente en el centro de nuestra existencia.

Por lo que ve al prójimo, el amor nos exige aceptarlo en su verdad, en lo que lo hace distinto, en su singularidad, y respetarlo como “otro”, distinto de nosotros mismos, con su libertad, voluntad e inteligencia propias, como creatura amada de Dios. En este sentido el amor al prójimo, en la dinámica de este mandamiento principal de la ley de Dios, nunca será y mucho menos se expresará en la dinámica dominación-sumisión. Por el contrario, se expresará en la firme y decidida voluntad de hacerle el bien, ayudándole a realizarse en fidelidad a su condición humana y de hijo de Dios.

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