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Archive for 28 noviembre 2013

Domingo I de Adviento. Ciclo A

1 Adviento A

Textos:
Isaías 2, 1-5
Salmo 121
Romanos 13, 11-14
Mateo 24, 37-44

1advALa invitación del evangelio del primer domingo de adviento es a estar en vela. Hay que recordar que en el tiempo de Jesús la noche se dividía en tres vigilias y el centinela o guardia que estaba de guardia, vigilaba, es decir, permanecía despierto, atento ante cualquier eventual peligro.

El texto evangélico nos dice con insistencia: «Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor» invitándonos con ello a estar atentos para que cuando venga el Hijo del Hombre no nos encuentre dormidos.

Lo contrario a velar es dormir. El sueño es benéfico, permite reponerse del desgaste de la jornada y descansar, pero no es algo voluntario, es una necesidad vital, instintiva. Velar supone entonces sobreponerse a la fuerza del instinto para estar atento, con los cinco sentidos y poder responder ante cualquier eventualidad o peligro.

El Señor vendrá, así lo confesamos al decir en el credo que creemos que “… de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.  No sabemos cuando será, pero confiamos en su promesa: sabemos que el Señor vendrá porque un día vino en la carne, así lo dijo y con su muerte y resurrección hizo creíbles todas sus palabras.

La venida del Señor no debe atemorizarnos, Él viene como reconciliador, como dador de paz; viene para enseñarnos los caminos de Dios, para darnos a conocer su voluntad de salvación en el amor y en la justicia. Por eso en cada Eucaristía lo aclamamos diciendo ¡Ven Señor Jesús! indicando con ello que Él es nuestra esperanza.

Quien no sabe esperar se desespera y la desesperación hace perder el sentido de la vida; cuando esto sucede se vive como en automático, como ‘nadando de muertito’, arrastrado por las circunstancias, movido por los instintos, sin la luz de la inteligencia, sin la calidez de los afectos y sin la fortaleza de la voluntad. Quien vive instintivamente vive sólo para sí, manipula a los demás, los utiliza y los desecha; vive encerrado en si mismo, incapaz de descubrir en el otro a un hermano, de reconocer su dignidad, de respetarle, de servirle, de amarle y de perdonarle.

Por eso este domingo comenzamos a prepararnos a la Navidad fijando la mirada en el horizonte, recordando la promesa del Señor y renovando nuestra confianza en su cumplimento. La Palabra de Dios, si bien utiliza el lenguaje apocalíptico que hoy nos resulta un tanto extraño, lejos de querer provocar temor en nuestro interior nos invita a vivir en la esperanza y a sostenernos en ella mediante la oración, la escucha de la Palabra y la práctica de la caridad, para ser capaces de reconocer al Señor a su regreso y para que cuando Él venga nos encuentre vigilantes y nos haga partícipes de su Reino.

¿Cómo ilumina la Palabra de este Domingo nuestra vida? Es urgente despertar de la modorra espiritual. No podemos vivir inmersos en la preocupación egoísta de buscar sólo la satisfacción de nuestros deseos y necesidades.

El Señor vendrá de nuevo para llevar a plenitud todo cuanto existe, también a nosotros y debemos caminar en esa dirección, comprometiéndonos, en lo que nos toca, para que cada una de las dimensiones de nuestra existencia alcancen la plenitud: cuidando la salud de nuestro cuerpo, cultivando nuestra espiritualidad, aguzando nuestra inteligencia en la búsqueda de la verdad, estableciendo relaciones humanas saludables, fortaleciendo nuestra capacidad de amar, purificando nuestros afectos y encauzando toda nuestra energía vital en el cuidado de la vida, la propia y la de los demás, conformando comunidades fraternas y relaciones sociales justas.

No vivamos distraídos, preocupados sólo de lo más básico e inmediato; ni nos escondamos en el pretexto de que de nada sirve llevar una vida buena si al final todos vamos a donde mismo; hoy escuchamos que «de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada» y esto significa que quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y quienes no, ellos mismos se habrán excluido de la vida plena. ¡Ven Señor Jesús!

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