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Archive for 28 diciembre 2013

Domingo en la Octava de Navidad  – La Sagrada Familia

Eclesiástico (Sirácide) 3, 3-7.14-17

Salmo 127

Colosenses 3, 12-21

Mateo 2, 13-15.19-23

Sagrada Familia ALa intención del evangelista con los relatos de la infancia, conjunto en el que se ubica el texto evangélico que hoy contemplamos, no es la de ofrecernos una biografía de Jesús, sino dejar clara su identidad a los destinatarios del evangelio: Jesús es el Mesías, en Él se cumple la promesa de Dios que haría surgir de la casa de David un salvador. En Jesús se sintetiza la historia del pueblo de Israel y Él dará origen a nuevo pueblo.

El referente más importante de la intervención salvífica de Dios para los judíos es la epopeya del Éxodo y para presentar claramente la identidad mesiánica de Jesús, el evangelista retrotrae el rechazo que vivió Jesús por parte de las autoridades judías al relato de su infancia y presenta ésta en las coordenadas del relato del Éxodo.

José, el esposo de María, recibe una revelación en sueños y va a Egipto para salvar al Niño. Se revive así la gran epopeya de José, el intérprete de sueños del Antiguo Testamento, que vendido a unos desconocidos por sus envidiosos hermanos termina en Egipto y de ese modo, paradójicamente, pudo salvar a su familia -la casa de Jacob- de la crisis hambruna que se abatía sobre la región.

La historia de José, el del Antiguo Testamento, tiene como desenlace el relato de Moisés, que siendo niño, escapó de la orden del Faraón que había mandado matar a los niños varones de los hebreos y siendo adulto encabeza la gesta de liberación de la esclavitud. Del mismo modo, con la ayuda de José, el niño Jesús escapa de Herodes que había ordenado matar a lo niños varones y es llevado de nuevo a Palestina cuando ya habían muerto los que atentaban contra su vida; José instala a la familia en Nazaret y el evangelista advierte una vez más que ello ocurrió para que se cumpliera la Escritura, dejando ver nuevamente su intención de que sus destinatarios, muchos de origen judío, acepten sin dificultad la identidad mesiánica de Jesús. De la misma manera que Moisés, Jesús salvará de la esclavitud, no de un tirano, sino del pecado y no sólo a los israelitas, sino a todas las naciones. Jesús es presentado como un nuevo Moisés y así aparecerá en otras escenas del mismo evangelio.

Tomando en cuenta estas notas para la comprensión del texto que nos ocupa queda claro que el centro de la escena es Jesús. El evangelista es muy honesto con los destinatarios de su anuncio al presentarlo rechazado desde su infancia por Herodes, así como fue rechazado en su vida adulta por los sabios y los poderosos. Sin embargo, en esta historia de rechazo Dios es quien protege, preserva y sostiene a Jesús para que con fidelidad cumpla su misión.

Junto a Jesús encontramos a José quien en sueños conoce la voluntad de Dios y no vacila en cumplirla, con la misma fidelidad y prestancia como lo hizo cuando se le pidió no dudar en recibir a María como su esposa.

José, que no había aparecido en la precedente escena de los magos de oriente -que contemplaremos el día de la epifanía- es presentado con el encargo de tomar al niño y a su madre para cuidarlos.

El varón justo, padre legal de Jesús, correspondió de forma generosa y total al proyecto de Dios, aceptando pasar por situaciones realmente difíciles con tal de salvaguardar al niño para que el plan de Dios tuviera cumplimiento. José es instrumento dócil en manos de Dios, vela por el niño indefenso que será el salvador de todas las naciones y cuida con la misma delicadeza de María, quien en la escena de este domingo permanece en segundo plano.

Luz para nuestra vidaSagrada Familia A - 2

El domingo en la octava de Navidad la Iglesia lo dedica a la Sagrada Familia de Nazaret, lo que nos permite adentrarnos en la contemplación del misterio de la Encarnación. Curiosamente, los textos evangélicos correspondientes a cada ciclo litúrgico y que se proclaman en este Domingo presentan a la Sagrada Familia poniéndola bajo el signo de la Cruz. Jesús enfrentará el sufrimiento y la muerte por fidelidad a su misión de hacer cercano el amor de Dios y el mismo Dios, que lo sostiene, lo fortalece y en la resurrección lo rescata del poder de la muerte, es quien en su infancia, cuando es un niño indefenso lo salvaguarda del peligro gracias a la generosidad y fidelidad de José y de María.

Encontramos aquí una luz muy importante para nuestra vida. Dios nos llama a la vida y a cada uno nos encomienda una misión. La tarea de los papás es formar el corazón de sus hijos para que sean capaces de descubrir la misión que Dios les confía y forjar su voluntad para que, cuando llegue el momento, asuman con fidelidad esa misión. Mientras los hijos son indefensos toca a los padres salvaguardar en ellos la inocencia, la capacidad de ver y descubrir el bien en las personas para ser capaces también de descubrir a Dios en sus vidas y conocer su voluntad.

Al igual que sucedió con el niño Jesús, hoy hay muchas fuerzas poderosas que buscan neutralizar la acción de Dios en el mundo arrancando la inocencia del corazón de los niños. Muchas de estas fuerzas actúan en el seno de sus propias familias y se desatan cuando papá y mamá actuando egoístamente, buscan de manera egoísta su propio bien, imponer su voluntad, defender su comodidad, sin reparar en el daño que hacen a sus hijos.

Así ocurre, por ejemplo, cuando por egoísmo y soberbia la pareja es incapaz de dialogar, tomar acuerdos, superar diferencias y para ganar la batalla que entre ellos han establecido envenenan el corazón de los niños hablándoles mal de su padre o de su madre, hiriendo con ello su autoestima, acentuando su inseguridad, despertando resentimientos en su corazón y sofocando en ellos la confianza.

Cuando un infante pierde la inocencia se vuelve desconfiado, mira con recelo, es muy susceptible, se aísla, pierde la espontaneidad, se hace calculador y todo esto, si no sana, repercute en su capacidad de establecer relaciones humanas saludables y fecundas, quedando así aislado y por tanto, indefenso y vulnerable.

Contemplemos a José y a María, desinstalándose de su comodidad, dejando de pensar en ellos mismos y asumiendo la inseguridad y el miedo, enfrentando el ambiente hostil, sobrellevando las penurias de los migrantes y la marginación de quien vive como extranjeros en patria ajena, todo, para salvaguardar al Niño para que en Él se cumpliese la voluntad de Dios.

Que la luz de esta página evangélica ilumine a todas las parejas que viven dificultades en su relación conyugal, haga arder sus corazones, disponga su voluntad, para que sean capaces de romper el espiral de la orfandad y viendo la inocencia de sus hijos como Dios la ve sean capaces de sacar fuerza de sus flaquezas y se dispongan a ser instrumentos de Dios para que sus hijos lleguen a cumplir en todo la misión que Él les confía.

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IV Domingo de Adviento – Ciclo A

Isaías 7, 10-14

Salmo 23

Romanos 1, 1-7

Mateo 1, 18-24

4advAEste Domingo IV de Adviento, el último del camino espiritual de preparación para la Navidad, nos permite contemplar el relato del Nacimiento de Jesús según san Mateo que si bien tiene elementos comunes al relato de Lucas, contrasta con éste que tiene como protagonista a María, al presentar a José como protagonista de la escena.

Aprovechemos esta excelente oportunidad para contemplar el lugar que tiene José, el esposo de la Virgen María, en el conjunto del evangelio cuya finalidad es comunicar la Buena Nueva de Jesús, Mesías, Hijo de David y formar la mente y el corazón  de sus discípulos.

Recordemos que los relatos de la infancia  de Jesús no se escribieron con una intención biográfica sino con una intención religiosa. No es su interés la precisión  histórica y geográfica de los acontecimientos, sino dejar en claro la identidad de Jesús como Hijo de Dios y su pertenencia al linaje de David.  Los destinatarios inmediatos del evangelio eran de origen judío y para ellos era importante entender que en Jesús se realizaba el cumplimento de la promesa mesiánica contenida en las Escrituras.

El relato que contemplamos este domingo hay que leerlo detenidamente, dejándonos impactar por su fuerza dramática, iluminar por su contenido teológico y maravillar por el ingenio con el que dispone el corazón de sus oyentes. Hay que leer el texto evangélico en continuidad con la genealogía, recordando cómo ésta al referirse a José interrumpe abruptamente el ritmo generativo de la dinastía de David para decir sin más que «Jacob engendró a José, esposo de María de la que nació Jesús, llamado el Mesías»

El relato aclara cómo es que Jesús, que nació de María pero no fue engendrado por José, pertenece al linaje de David. Contemplemos la escena:

«Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados

María y José, están desposados, su compromiso matrimonial se había formalizado delante de testigos, oficialmente José es el esposo de María, pero todavía ella vive con sus padres.  En la cultura de esa época, el matrimonio, aceptado por los padres, se concertaba de ordinario después de la pubertad; pero la joven seguía viviendo en su casa durante un tiempo después de los desposorios hasta que el marido podía mantenerla en su propia casa o en casa de sus padres. Mientras tanto los esposos no tenían intimidad conyugal. En esta circunstancia resulta que María está embarazada ¿qué va a hacer José?

José desconoce la paternidad del niño, él no es el padre y solo puede pensar que es de otro, por ello piensa en repudiar a María. Para él, de acuerdo con la Ley de Dios, el matrimonio es santo y cualquier conducta que atente contra esa santidad es reprobable; es el caso de la pérdida de la virginidad, que podía considerarse adulterio.

Sin embargo José no tenía certeza sobre la culpabilidad o inocencia de María. Una mujer puede quedar embarazada contra su voluntad, si este fuera el caso, la inocencia de María habría que demostrarla mediante un juicio. José renunció a defender su honor a costa de María, exponiéndola a la vergüenza publica. Por ello decidió repudiarla en secreto, es decir, renunciando a una investigación oficial sobre su conducta. No obstante, el repudio de la novia la deshonraba para toda la vida.

Que José no repudie a María era fundamental en el plan de Dios, no por la reputación de María, sino por la identidad de Jesús. Para el cumplimento de la promesa, el niño tiene que ser hijo de José y en él, pertenecer al linaje de David. ¿Cómo puede ser esto si José no lo engendró?

Para el judaísmo, como indica la genealogía, el linaje real del Mesías se transmitía por la línea paterna. Hasta hace poco, para efectos jurídicos, la paternidad era de imposible demostración. La ley judía asumió este hecho y dada la dificultad para que un varón reconozca como suyo a un hijo que no lo es, consideraba suficiente la declaración de paternidad del varón para darle credibilidad y esta tuviera efectos jurídicos. Esta declaración estaba implícita en la imposición del nombre. José «hizo lo que le había mandado el ángel del Señor», puso al niño el nombre de Jesús y al hacerlo se convirtió en su padre legal, incorporándolo así a la dinastía davídica.

Asentada la identidad de Jesús como descendiente de David, el evangelista quiere, dejar también asentado que Jesús es Hijo de Dios  y Mesías. Para ello, por un lado alude a la obra del Espíritu Santo y al cumplimiento de la profecía de Isaías y por otro, al significado del nombre que José impondrá al niño.

El ángel dijo a José que no dudara en recibir a María porque «… ella ha concebido por obra del Espíritu Santo», por tanto el origen de Jesús está en Dios; además insiste que así se cumple la profecía de Isaías que decía « la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir  Dios-con-nosotros y de esto dará testimonio más tarde san Mateo al presentar –al final del Evangelio- a Jesús ascendiendo al cielo con la promesa: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (28,20)

El nombre. Jesús significa «salvación del Señor» y el ángel dice a José: «lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» indicando con ello que la misión de Jesús es religiosa y que trasciende cualquier proyecto político.

Luz para nuestra vida4advA - 2

El evangelista Mateo destaca la figura de José en este relato de infancia de Jesús y a los judíos que escuchan el evangelio les presenta el testimonio de un varón justo, preocupado por la recta observancia de la Ley pero al mismo tiempo con un corazón misericordioso que lo hace optar por impedir la vergüenza pública de María. José elige la interpretación benigna de la ley que permitía renunciar al ofendido a un castigo severo para el culpable.

Es posible cumplir la ley y aceptar a Jesús. El mensaje es claro para los judíos que dudaban en aceptar la buena nueva pensando que ésta les exigía renunciar al cumplimento de la ley. También es clara la crítica a los legalistas de todos los tiempos, que conocen la ley, la observan, pero no entienden qué es lo que Dios quiere con ella, aplicando su letra pero olvidando su espíritu.

Hoy podemos impedir que la Buena Nueva de Jesucristo llegue a todos entrampándonos en procedimientos institucionales y olvidando que el criterio último de la ley de la Iglesia es la «salus animarum». También podemos perdernos en actitudes legalistas, escondiendo en el cumplimento obsesivo de costumbres, prácticas y normas, los propios miedos o resentimientos que impiden dar «una segunda oportunidad» a quienes se han equivocado o no viven de acuerdo a nuestras expectativas. El testimonio de José nos ilumina.

Aprendemos de José que siempre hay que escuchar el punto de vista de Dios. En todo discernimiento serio que se haga para tomar decisiones importantes en la vida, siempre hay que escuchar el punto de vista de Dios y hay que tener el valor de cambiar decisiones, cuando Dios nos manifiesta que su querer es diferente al nuestro. Recordémoslo cuando digamos: «hágase tu voluntad» La obediencia de José nos enseña que la Palabra de Dios es realizable y que podemos obrar en sintonía con el corazón de Dios.

Jesús es enviado por Dios para ir al fondo de la realidad humana y formar desde ella un pueblo que vive y realiza su proyecto histórico según el querer de Dios. Jesús viene a salvarnos del pecado. La comunidad que Jesús forma, simiente de su Iglesia, es una comunidad de pecadores que tienen la conciencia de ser redimidos por la misericordia de Dios. No lo olvidemos. Ahora somos nosotros. Si nos olvidamos que somos pecadores redimidos el nombre de Jesús, que es anuncio continuo de la fidelidad de Dios, perderá su significado.

Finalmente, con José aprendemos que ser “papá” es mucho más que engendrar un hijo. La paternidad humana es tan necesaria, que ni el mismo hijo de Dios fue eximido de ella. Esta lección es una Buena Noticia muy grande para nuestro mundo. Hoy se dice que vivimos en una sociedad sin Padre y que muchos de los problemas humanos que vive nuestra sociedad se deben a la crisis de paternidad en la que ha vivido la humanidad buena parte del último siglo. La paternidad es un regalo de Dios y hoy todos los papás pueden encontrar en José el mejor modelo.

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III Domingo de Adviento. Ciclo A.

Isaías 35, 1-6.10

Salmo 145

Santiago 5, 7-10

Mateo 11, 2-11

ImageEl domingo pasado, el evangelio nos hizo ver, con imágenes como la del hacha a punto de derribar el árbol y la del labrador que separa el trigo de la paja, que las expectativas de Juan el Bautista sobre el Mesías eran las de un juez terrible que vendría como salvador.

Este Domingo nos encontramos nuevamente con Juan, ahora está encarcelado, había oído hablar de los milagros realizados por Jesús entre gente sufriente, abatida por el dolor. No era lo que él esperaba; surge la duda en su interior y le manda preguntar: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La respuesta de Jesús a los emisarios de Juan fue: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio»

Jesús no responde directamente a Juan, él debe responderse a partir de lo que está aconteciendo; debe leer las obras de Jesús a la luz de la Palabra de Dios; ésta se verifica en el actuar de Jesús. Isaías había anunciado el advenimiento del Mesías con signos como la curación de los ciegos, los sordos, los mudos y los cojos y eso es algo que los emisarios de Juan pueden constatar y sobre lo que pueden dar testimonio.

Jesús no desautoriza a Juan, cuando sus emisarios se retiraron, exalta su personalidad y hace manifiesta su importancia en la historia de la salvación. Se trata de un profeta creíble ante todo por su testimonio, por su comportamiento enérgico y por su vida sin pretensiones; su sencillez hablaba de su fidelidad a Dios de quien era portavoz.

Para Jesús Juan es más que un profeta. Los profetas que existieron antes que él pertenecen al tiempo de la promesa, en cambio, Juan pertenece al tiempo del cumplimiento, ningún otro profeta tuvo este privilegio. Un discípulo de Jesús, se entiende a si mismo y entiende mejor a su Maestro si es capaz de entender quién es Juan en la historia de la salvación. A la luz de la grandeza de Juan, de quien Jesús dijo: «Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista.», se puede captar con mayor profundidad la trascendencia y el significado del tiempo y de la obra de Jesús.

ImageSi de Juan recibimos el anuncio, en Jesús tenemos la realización; si Juan es el mensajero, con Jesús tenemos el establecimiento del señorío de Dios. Por eso Jesús también dice de Juan: «el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él». Esta grandeza y pequeñez del Bautista, expresada por Jesús, no se refiere al valor moral de su persona, sino al tiempo del cumplimiento de la promesa de la cual participa. No podemos quedarnos en la admiración de Juan, hay que actuar como él, de manera decidida, para pertenecer al Reino.

Las obras de Jesús demuestran que la promesa de Dios se cumple. El Reino de Dios se deja conocer como misericordia y como salvación. La forma como el Señor realizó su vocación mesiánica contrastó con la idea mesiánica de Juan. En el actuar de Jesús no encontramos ni el juicio terrible, ni el castigo de los malvados, sino el amor por todos, sin excepción, con particular predilección por los más necesitados. Muchos no comprendieron esta ternura de Jesús y le criticaron, a quienes lo hicieron no los amenazó, ni los castigo. El método de Jesús para evangelizar es la misericordia ante el dolor humano. No impone nada. Cada persona decidirá por si misma su destino según acepte o rechace ese amor.

El anuncio del evangelio nos pide atrevernos a cambiar paradigmas. Fue lo que hizo Jesús. Se presentó ante el mundo de manera distinta a como era esperado el Mesías. No llegó como Juan lo esperaba, sino como Dios quería. También nosotros debemos tener la valentía para cambiar ciertos paradigmas en nuestro imaginario religioso, en el modo como trasmitimos la fe y en nuestro compromiso con el Reino. Es importante purificar nuestra conciencia religiosa de las imágenes terribles de Jesús Juez para que nos sea posible experimentar la cercanía de su amor misericordioso en nuestros sufrimientos y en nuestras necesidades. A la hora de comunicar la fe, de transmitirla, no podemos recurrir a imágenes de Dios, ni de Jesús, que inspiren miedo o temor y mucho menos hacerlo para amenazar o asustar a los pequeños para que se ‘porten bien’.

El Papa Francisco nos convoca a asumir la responsabilidad que tenemos los cristianos de comunicar a todos la alegría del evangelio y es curioso que para ello nos pide que revisemos nuestras actitudes, que vigilemos que estas sean coherentes con el mensaje que queremos transmitir; también nos pide que no tengamos miedo de la bondad ni de la ternura, es decir, que seamos capaces de comunicar la fe haciendo y el bien y dando testimonio con gestos humanos, de cercanía, de comprensión, de empatía, que manifiesten el inmenso amor que Dios tiene por nosotros. En pocas palabras, el Papa nos pide que llevemos a los demás la alegría del Evangelio pero que lo hagamos al estilo de Jesús. Este podría ser nuestro propósito para esta Navidad y para el próximo año nuevo.

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II Domingo de Adviento. Ciclo A

Isaías 11, 1-10

Salmo 71

Romanos 15, 4-9

Mateo 3, 1-12

2adv - 2El evangelio de este Domingo nos prepara a la venida del Señor con una invitación, clara, fuerte y precisa a la conversión. Nuestro pedagogo es Juan el Bautista, profeta del desierto, mensajero de la conversión.

Saquemos el mayor provecho la contemplación del evangelio deteniéndonos un poco en el escenario, en el mensajero y en el mensaje.

El escenario: El desierto

«En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea». El desierto es el lugar de un silencio envolvente, propicio para la escucha. En sintonía con el profeta Oseas (cf. 2,16) se le puede considerar el lugar, geográfico y simbólico, al que se regresa para enamorarse de nuevo con Dios.

En tiempos de Jesús, la gente pensaba que la salvación llegaría del desierto, pero no sabía cómo. Mateo da la clave describiendo a Juan con las palabras de Isaías: «Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.». El mensaje es de esperanza. Dios está cerca, como lo estuvo en las epopeyas del éxodo y de la vuelta del exilio, para construir un mundo nuevo con quienes estén dispuestos.

El personaje: Un profeta llamado Juan

Juan es presentado como un personaje del desierto. Lleva una vida austera. Su manera de vestir : «usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero» recuerda a Elías (cf. 1 Re 1,8) cuya indumentaria se convirtió en el ‘uniforme’ de los profetas (cf.  Zac 13,4). Vivía de lo estrictamente necesario, «se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre»; había puesto su corazón en Dios y se había dedicado de tiempo completo a su causa, abandonándose a su Providencia.

El pueblo busca a Juan; su predicación alcanza un amplio radio. La gente que lo escucha está cansada, sabe que algo anda mal, que la forma como funcionan las cosas no ofrece la vida que quisieran, ni corresponde a lo que está llamados a ser como pueblo de la Alianza; se cometen muchas injusticias y son muchos los que participan de ellas. La voz de Juan les devuelve la esperanza, les recuerda su vocación y quieren recomenzar, recorrer un nuevo camino para vivir según la justicia de Dios, por eso le siguen.

La gente se hacía bautizar y confesaba sus pecados. Esta actitud –un gesto público- denota su sinceridad y la rectitud de su intención. No buscaban sólo la pureza legal, simbolizada ritualmente, sino la pureza moral. Este bautismo que era un parte-aguas en su vida, funcionaría sólo si daban frutos de conversión.

El mensaje: Conviértanse, el Reino está cerca

2advAEl mensaje de Juan pretendía despertar las conciencias, abrir los ojos para que todos vean la obra que Dios está haciendo y ésta sea recibida adecuadamente por los hombres y mujeres de corazón bien dispuesto. El imperativo es «¡Conviértanse!». Se trata de tomar distancia de todo lo que impide experimentar la cercanía de Dios, su amor y su misericordia. La motivación es clara: «el Reino de los cielos está cerca». La conversión es para caminar en dirección al Reino. El Señor viene, cumple su promesa de salvación y ésta tiene exigencias para quienes quieren acogerla.

El tema final de la predicación de Juan es la venida de Jesús. Esto lo deja claro en la advertencia que hace a los fariseos y a los saduceos que querían recibir el bautismo pero se mostraban renuentes a un verdadero cambio; se sentían privilegiados por ser descendientes de Abraham. Sin embargo, la conversión que Juan predica no tiene excepciones, no admite aplazamiento, ni fingimiento; implica un juicio y éste es inminente. A los que quieren el bautismo pero no quieren cambiar Juan les llama «raza de víboras» los considera hipócritas, falsos, son gente que hace daño –envenenan- y este daño es irreparable.

La única manera de recibir a Dios que viene es la conversión sincera y esta debe constatarse: «hagan ver con obras su arrepentimiento» No se trata sólo de superar conductas pecaminosas, sino reconocer radicalmente a Dios orientando a Él la vida para que ésta exprese lo ‘nuevo’, lo que Él quiere que hagamos. La conversión no consiste en cambiar ‘algunas’ cosas que incomodan, consiste en un movimiento interno para poner la propia existencia en sintonía con Dios.

Juan como profeta no sólo remueve las conciencias con sus denuncias sino que también anuncia lo nuevo que está a punto de venir. Lo hace confrontando el bautismo con agua que él administra con el bautismo con Fuego y Espíritu Santo que administrará el Señor. Juan es sólo el precursor.

El Bautista presenta de manera severa la intervención de Dios. Su predicación se propone pedagógicamente en el Adviento, invitándonos a disponernos interiormente, porque el Señor está cerca y lo recibirán sólo quienes sean dóciles a Él y no quienes busquen únicamente su propia satisfacción o quieran llevar adelante sólo sus proyectos.

La conversión no se reduce ritos religiosos. Hay muchas personas que asisten a Misa y nada acontece en ellos, les da lo mismo, siguen igual. La conversión implica una transformación profunda de la persona, pasar de la rebeldía con Dios, abierta o disimulada, a una obediencia sincera a Él en todas las cosas.

Esta conversión se nos hace difícil en la medida que estamos apegados a nuestra voluntad, a nuestro amor propio y y con habilidad escondemos estas actitudes bajo apariencias de bondad.  No tengamos miedo. Jesús no se manifestó como juez terrible sino como hermano mayor, hijo común de un Padre misericordioso. La conversión a la que se nos invita en este Adviento nos pide disponernos interiormente para participar en la novedad definitiva: la tremenda cercanía de Dios, que nos ama con misericordia infinita.

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