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Archive for 30 marzo 2014

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A

 

I Samuel 16, 1.6-7.10-13

Salmo 22

Efesios 5, 8-14

Juan 9, 1-41

 

4CuaAEste domingo contemplamos, en el evangelio según san Juan, el relato de la curación del ciego de nacimiento, estructurado en torno al símbolo de la luz y que en la pedagogía litúrgica se coloca junto al símbolo del agua que consideramos la semana pasada en el relato del encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob.

La cuaresma es el tiempo de preparación inmediata para el bautismo de los catecúmenos, es decir, de quienes se han convertido al cristianismo y quieren vivir su fe en el seno de la comunidad cristiana.  Los ya bautizados, vivimos la cuaresma como tiempo de renovación de la vocación bautismal, tiempo propicio para volver a la raíz, a nuestra condición de ‘estar injertados’ en Cristo, para podar las ramas secas que nos impiden dar en Él los frutos de amor que Dios espera de nosotros.

El relato del ciego de nacimiento es un texto muy elaborado, redactado a base de diálogos que se distribuyen en 7 escenas y en los que se encontramos 15 preguntas en labios de los protagonistas. Al respecto se puede leer con provecho el comentario del P. Sicre.

Nosotros nos detendremos a considerar el proceso de iluminación del ciego de nacimiento y la ceguera de quienes teniendo ojos no quieren ver.

La ceguera de los discípulos.

El relato comienza con la pregunta de los discípulos respecto a un ciego de nacimiento que encontraron en el camino. «Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?». Esta pregunta revela la ceguera religiosa de los amigos de Jesús. El profeta Ezequiel, seis siglos antes de Cristo, ya había enseñado que cada quien es responsable de sus propias culpas y que Dios no castiga en los hijos las culpas de los padres (cf. Ez 18,20) La respuesta de Jesús es contundente: «Ni él pecó, ni tampoco sus padres» y al mismo tiempo ilumina la ceguera de los discípulos haciéndoles ver lo que no alcanzaban a ver: «Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios

En la actualidad, muchos discípulos podrían identificarse con la ceguera religiosa de los discípulos, pues a pesar de escuchar una y otra vez que Dios no castiga, siguen considerando las enfermedades como castigos queridos por Dios para la expiación de los pecados. Para Jesús la enfermedad no está vinculada necesariamente a un pecado precedente. Las enfermedades constituyen una ocasión para que Dios manifieste su bondad; las pruebas y los sufrimientos constituyen una ocasión para que Dios manifieste su amor misericordioso. Si no experimentamos esta bondad de Dios que nos asiste, fortalece y consuela en las pruebas pequeñas, todo nuestro bagaje de conocimientos religiosos será insuficiente para descubrirlo presente en medio del dolor y sufrimiento propio y ajeno.

La iluminación del ciego de nacimiento.

Iluminada la ceguera religiosa de los discípulos con la auto-presentación de Jesús que dice de si mismo «yo soy la luz del mundo», el evangelista narra la curación del ciego de nacimiento que había suscitado la pregunta de los discípulos y la enseñanza de Jesús. Junto a la Palabra, los hechos que verifican la Palabra.

La curación se describe de manera muy sencilla. Jesús prepara con saliva lodo una cataplasma que aplica en los ojos el enfermo y le indica lavarse en la piscina de Siloé, que significa Enviado. «El fue, se lavó y volvió con vista» suscitando la admiración de los vecinos y de quienes lo habían visto antes pedir limosna quienes incluso dudaban que se tratara de la misma persona.

Estas personas y los fariseos, someten al que era ciego a un interrogatorio que le irá haciendo tomar conciencia que lo que le había sucedido era obra de Dios. Magistralmente el evangelista describe el proceso de la fe de este hombre, quien progresivamente va tomando conciencia de la identidad de quien lo había curado a quien inicialmente se refiere como «El hombre que se llama Jesús».

Ante la descalificación de los fariseos que afirman «ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado», el ciego curado da un paso y con valentía se deslinda del juicio de sus inquisidores que le preguntaban «¿qué piensas del que te abrió los ojos?», Respondiéndoles con firmeza: «Que es un profeta». Esta respuesta hizo dudar a los fariseos sobre la identidad de este hombre y para confirmarse en ella recurren al testimonio de los padres.

No contentos, someten al que era ciego a un tercer interrogatorio estableciendo como premisa la imposibilidad de que Jesús hubiese realizado un milagro que sólo sería posible realizar a Dios y no a un pecador como ellos lo consideraban. El hombre curado se deslinda de la trampa argumentativa de los fariseos recurriendo a su propia experiencia: «Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo» y con creciente valor interroga cuestiona la intención que tienen los fariseos ante su excesiva preocupación e incredulidad por lo que ha ocurrido: «¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?» descubriendo al mismo tiempo su secreta intención, pues a estas alturas está convencido que cuanto ha sucedido tiene que ver con Dios y concluyendo, a partir de los argumentos de los fariseos, afirma: «Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder»

El encuentro con Jesús lo ha curado no sólo de la ceguera física, sino también de la espiritual, lo ha iluminado interiormente haciéndolo capaz de iluminar a otros con su testimonio. El último paso de este progresivo camino de fe lo da este hombre delante de Jesús quien se le revela como el Hijo del Hombre, ante lo que dijo «Creo, Señor. Y postrándose, lo adoró». El proceso de iluminación se completa con la profesión de fe.4CuaA Fano

Pensemos en nuestro propio proceso de fe. Todos hemos escuchado que la fe es un don que recibimos con el bautismo y es cierto. Pero no podemos olvidar que es como una semilla que debemos plantar y cultivar. La fe no funciona en automático. Es un don de Dios con un dinamismo que se despliega en nuestro interior y que descrito a la luz del evangelio de este domingo es una «iluminación» interior, que al mismo tiempo que nos permite ver el mundo, la vida, las personas, las cosas y a nosotros mismos, con los ojos de Dios, nos ilumina desde dentro para que con nuestro testimonio sostengamos y acompañemos el proceso de fe de otros. Entendamos el simbolismo profundo de la luz en la celebración bautismal representando en el Cirio Pascual del que se enciende la vela del neo-bautizado. No es un adorno. Es un símbolo que nos vincula a Cristo «Luz del mundo», que enciende en nuestro interior una luz que hemos de conservar encendida hasta que el venga a nuestro encuentro y que debemos compartir con los demás.

La ceguera por miedo.

Uno de los pasajes del drama que contemplamos es el diálogo de los fariseos con los padres del hombre curado por Jesús. Los interrogan sobre la identidad de su hijo y sobre la verdad de su ceguera. No pueden creer la profunda transformación que ha ocurrido en este hombre a partir del encuentro con el Señor. Al interrogatorio de los fariseos los padres del hombre que era ciego responden «sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego», pero se deslindan del asunto respondiendo a la pregunta sobre cómo recupero la vista diciendo «cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo.» El evangelista acota diciendo que esta respuesta de los padres del que había sido ciego obedeció al miedo, pues los judíos «ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías». Tras las bambalinas podemos imaginar al ciego curado narrando con gozo a sus padres cuanto le había ocurrido y podemos imaginar la alegría de estos al ver sanado a su hijo lo que sin duda era también para ellos un alivio y bendición. Seguramente recibieron el testimonio pero el miedo le impidió dar el paso de la fe y hacerse discípulos de Jesús pues temían ser expulsados de la sinagoga y condenados a vivir marginados.

Es algo que también pasa en nuestros días. Lo vemos en quienes podemos llamar «cristianos vergonzantes», que saben, porque son testigos, de las obras que Dios realiza a favor nuestro por Jesucristo su Hijo, nuestro Señor, pero son incapaces de dar testimonio por miedo a ser considerados irracionales, fanáticos, a perder prestigio o incluso, a ser marginados de esos ambientes “ciegos” donde sólo el tuerto es rey.

La ceguera de los que no quieren ver.

Es la más dramática y es la que queda evidenciada principalmente en el relato. Es la ceguera de los fariseos incapaces de recibir el testimonio de fe de quien con su vida narra cuanto Dios ha hecho en él y cerrados en un racionalismo obtuso prefieren buscar la manera de desprestigiar a Jesús antes de reconocer en él a un hombre enviado por Dios.

En distintos lugares del evangelio encontramos la advertencia de Jesús para quienes tienen ojos y no quiere ver, tienen oídos y no quieren oír, pues esta ceguera es invencible y no puede recibir la iluminación de la fe.

Podríamos pensar que esta ceguera no es la nuestra, pero nos equivocamos. Basta que volvamos a la primera lectura de este domingo, para que caigamos en la cuenta que nuestra tendencia a juzgar por apariencias nos impide ver a las personas y a las cosas como Dios las ve. El Señor dijo a Samuel: «El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones».

En un mundo como en el que vivimos en el que la publicidad construye y destruye ídolos en breve tiempo, es importante no perder de vista que la mirada de fe nos permite ver más allá de lo que aparece y escrutar el sentido profundo de cuanto sucede a nuestro alrededor.

Estamos llamados, de acuerdo a la exhortación de san Pablo a vivir «como hijos de la luz» cuyos frutos son la bondad, la santidad y la verdad. Una consecuencia práctica de todo esto la señala el mismo San Pablo que nos pide deslindarnos de las obras de quienes prefieren vivir en las tinieblas y reprobarlas, pues «todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz.» Esto nos pide tener la valentía de los discípulos que por encima del miedo a ser marginados, dan testimonio, y se sostienen en él, de que Jesucristo, enviado de Dios, es Luz que ilumina nuestro corazones.

 

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III Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Éxodo 17, 3-7

Salmo 94

Romanos 5, 1-2.5-8

Juan 4, 5-42

3CuaADespués de haber contemplado al Señor, tentado y glorificado, y haber visto nuestra propia vida a contraluz en las escenas de las tentaciones y de la transfiguración, nos encontramos ahora en el corazón del itinerario cuaresmal que nos lleva a la Pascua y a la renovación de nuestra vocación bautismal.

 El ciclo A de la Liturgia, que es en el que nos encontramos, en los domingos tercero, cuarto y quinto, centran nuestra atención en los símbolos bautismales, el agua, la luz y la vida, para que recuperemos su fuerza simbólica que condensa el dinamismo de la vida nueva que Dios da quienes se reconocen y aceptan vivir, en Cristo, como hijos suyos.

El bautismo no es un acontecimiento de nuestro pasado, es una realidad existencial; estamos llamados a vivir como bautizados, es decir, a vivir en la vida nueva, la vida plena que Dios quiere para sus hijos y de la que el primer testigo es Jesucristo, el hijo de Dios, el Salvador del mundo.

Este Domingo la escena evangélica describe el encuentro de Jesús con una mujer samaritana en el pozo de Jacob. Es una escena dramática por la enemistad que existe entre los samaritanos y judíos. La tensión del relato lleva de un aparente rechazo a la aceptación de Jesús y de un diálogo superficial sobre las necesidades básicas de la vida a la necesidad fundamental de Dios.

El modo como inicia Jesús el diálogo es aleccionador. Se presenta necesitado. Cansado de su caminar por el desierto y sediento. En esa situación pide de beber a la mujer samaritana que salió del pueblo para buscar agua en el pozo de Jacob.  Este gesto pedagógico no puede pasar desapercibido.

Cuando estamos convencidos de algo y queremos convencer a otro no podemos partir de nuestros presupuestos ni mucho menos imponerlos. Es menester situarse en el mismo nivel existencial de la otra persona. El orgullo y la superioridad no ayudan en un diálogo saludable. En cambio situarse en el plano de una necesidad compartida, necesitado de la ayuda de los demás, propicia un diálogo que puede ir, in crescendo, revelando la verdad.

Jesús sediento pide de beber y se ubica a en el plano de las necesidades de la mujer samaritana. Parte de su necesidad de agua y del deseo de satisfacer de manera definitiva su sed para romper la rutina que le hace ir y venir al pozo en busca del agua. Jesús le ofrece el agua que no sólo sacia la sed de manera definitiva sino que transforma la vida en un manantial de agua viva, capaz de saciar la sed más profunda.

La mujer se entusiasma con esa agua que quita la sed de manera definitiva que Jesús le ofrece y le pide: « «Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla».3CuaA - 2

Como respuesta, Jesús se ubica en otro ámbito existencial de la vida de la samaritana: la vida conyugal que implica un amor fiel, estable y fecundo. «El le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”» tocando así otro nivel de insatisfacción al descubrir que ha vivido con 5 maridos y el actual, el sexto, no es su marido.

La percepción que la mujer tiene de Jesús se va transformando, inicialmente era sólo un judío, después reconoce su dignidad y le llama «señor», ahora que ha dejado al descubierto su incapacidad de amar y su consiguiente insatisfacción le llama profeta y, como distrayendo la atención, ubica el diálogo en otra necesidad más fundamental, la de Dios, insatisfecha también ante la confusión sobre el lugar legítimo para ejercer el culto verdadero.

Detengámonos nuevamente en el estilo de Jesús. No se enreda en una discusión teológica, ni reivindica la pretensión judía de que el Templo de Jerusalén sea el único lugar para ofrecer el sacrificio agradable a Dios. «Se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad»

Con el problema del culto de adoración a Dios la samaritana descubre otra necesidad fundamental humana suya, insatisfecha: la necesidad de trascendencia, la sed de Dios, que sólo Dios puede colmar y que lo hace no en la circunstancia de un lugar o un momento, sino en el interior de cada persona que es transformado en manantial de su amor divino.

Al diálogo con la samaritana sigue otro diálogo, ahora con los discípulos, que habían ido al pueblo a buscar algo para comer y que se encuentran con un Jesús satisfecho que les dice. « “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”.  La vida de un discípulo de Jesús no puede concentrarse sólo en la búsqueda de los satisfactores a las necesidades inmediatas y básicas. La vida se iría en ello. El discípulo aprende del maestro a alimentarse del cumplimiento de la voluntad de Dios que es que llevar su amor a quien más lo necesita. El discípulo se alimenta entonces de la obediencia filial, como Jesús que dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.» y la obra del Señor es sembrar lo que otros cosecharán y cosechar lo que otros sembraron, con la conciencia de que el resultado no depende del propio esfuerzo sino de Dios.

El relato concluye con el diálogo de la samaritana con los samaritanos. A la llegada de los discípulos «la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”» La gente salió del pueblo, se puso en camino hacia donde estaba Jesús, rogándole que se quedara con ellos. El Señor se detuvo en Samaria dos días y se estableció allí una comunidad de discípulos del Señor que «creyeron en él al oír su palabra.» Por experiencia propia, a partir del anuncio de la Samaritana, los samaritanos de aquel poblado llegaron a la fe: «Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.»

Tres diálogos. Tres procesos distintos. En el centro un solo dinamismo: el itinerario de la fe que lleva a entender la vida de una manera distinta a partir del encuentro con Jesús.

Este itinerario interpela todas las dimensiones de la existencia y en él Jesús va dejando conocer su identidad para que poco a poco vayamos profundizando la fe, en un proceso que va de la superación del prejuicio hasta la total aceptación; de la satisfacción de la necesidad más elemental y básica a la satisfacción de la necesidad más profunda que es la necesidad de Dios;  del paso de una experiencia de fe mediatizada por el testimonio de otros a la experiencia personal de fe a partir de la experiencia propia del encuentro con Jesucristo y de la pasividad de quien todo lo espera a la actitud dinámica de quien todo lo entrega.

Esta riqueza se condensa en el símbolo del agua, que en el bautismo nos sumerge en el misterio de Dios para que viviendo cada día en su presencia demos a Dios un sentido a la vida de cada día.

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II Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Génesis 12, 1-4

Salmo 32

2ª Timoteo 1, 8-10

Mateo 17, 1-9

 

2CuaAEste Domingo segundo de cuaresma, como en contrapunto con el evangelio de las tentaciones que consideramos el domingo pasado, contemplamos la escena de la transfiguración del Señor. Si la primera semana de cuaresma nos concentramos en la humanidad probada de Jesús, a la luz de este texto, esta semana nos concentramos en su humanidad glorificada. Descubriremos a la luz de este pasaje que nuestra vocación es manifestar a Dios.

Enseguida, se propone lo que el P. José Luis Sicre SJ, estudioso de la Sagrada Escritura escribe para una mejor comprensión del pasaje evangélico de este Domingo.

“En el evangelio […] también queda claro el tema: Jesús, que renuncia a asegurarse la vida, obtiene la victoria simbolizada en la transfiguración. Así lo anuncia a los discípulos: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar a este Hombre como rey». Esta manifestación gloriosa de Jesús tendrá lugar seis días más tarde.

El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña (v.1), la visión (vv.2-8), el descenso de la montaña (9-13). Desde un punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

  •  La teofanía del Sinaí

Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

  •  La subida a la montaña

Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. La exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla sólo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos. Se dice que subieron «a una montaña alta y apartada». La tradición cristiana, que no se contenta con estas indicaciones generales, la ha identificado con el monte Tabor, que tiene poco de alto (575 m) y nada de aparta­do. Lo evangelistas quieren indicar otra cosa: usan el frecuente simbolismo de la montaña como morada o lugar de revelación de Dios. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí (u Horeb). También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén. Una montaña «alta y apartada» aleja horizontalmente de los hombres y acerca verticalmente a Dios. En ese contexto va a tener lugar la mani­festación gloriosa de Jesús, sólo a tres de los discípulos.

  •  La visión

En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.

  1. La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). Mateo omite esta comparación final y añade un dato nuevo: «su rostro brillaba como el sol». La luz simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.
  2. «De pronto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.
  3. En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son simple conse­cuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Cuando el primer anuncio de la pasión, Pedro rechazó el sufrimiento y la muerte como forma de salvar. Ahora, en la misma línea, considera preferible quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que seguir a Jesús con la cruz.
  4. Como en el Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella.
  5. Sus primeras palabras reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: “¡Escuchadlo!” La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, que han provocado tanto escán­dalo en Pedro, y con la dura alternativa entre vida y muerte que ha planteado a sus discípulos. Ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. “¡Escuchadlo!”
  •  El descenso de la montañatransfiguracion-fano

Dos hechos cuenta Mt en este momento: La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite y la pregunta de los discípulos sobre la vuelta de Elías.

Lo primero coincide con la prohibición de decir que él es el Mesías (Mt 16,20). No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.

….

Resumen

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) al aparecérseles Moisés y Elías se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.”

 

En nuestro camino cuaresmal propicio para renovar nuestra vocación bautismal la escena de la transfiguración nos ayuda entender con una imagen el sentido de haber sido incorporado a Cristo por el bautismo. Los bautizados tenemos que manifestar a Dios con nuestra vida, símbolo de ello es la vestidura blanca  y la vela encendida del bautismo que identifica a quienes creen en Jesucristo que es Luz de Luz. Esto será sólo posible asumiendo todas las consecuencias del seguimiento, también la cruz.

Como los discípulos del evangelio, también a nosotros nos asusta el fracaso, no da miedo el sufrimiento y la muerte; como a ellos, Jesús nos enseña que incluso estas experiencias humanas tienen sentido cuando nos confiamos plenamente en Dios que no nos abandona y esto lo hacemos aceptando al Señor en nuestra vida, acogiendo su Reino, viviendo el mandamiento del amor hasta el extremo de entregar la vida por los amados de Dios.

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I Domingo Cuaresma – Ciclo A

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

Salmo 50

Romanos 5, 12-19

Mateo 4, 1-11

1CuaAEl itinerario cuaresmal nos prepara a la celebración de la Pascua, de la que nosotros participamos por nuestro bautismo. La pedagogía de la Iglesia dedica este tiempo a la renovación de la vocación bautismal que de manera ritual se hace en la vigilia pascual diciendo ¡NO! a satanás y ¡SÍ! a Dios.

Este primer domingo de cuaresma contemplamos nuestra vocación de hijos de Dios a la luz de las tentaciones de Jesús en el desierto, para reconocer en nuestra vida el sutil engaño del enemigo que quiere desfigurar en nosotros la imagen de Dios, apartarnos de su voluntad a través de un proceso ‘des-estructurador’ de nuestra condición de ‘hijos de Dios’ cuya dinámica va de la autosuficiencia al endiosamiento pasando por la idolatría.  Recordemos la tentación original, la de Adán y Eva, que seducidos por la serpiente que les dijo «seréis como dioses» traspasaron el umbral de sus límites ante la posibilidad que les presentó el enemigo de conocer, definir y determinar el bien y el mal.

No olvidemos que el evangelista Mateo tiene delante de si una comunidad en la que se encuentran discípulos procedentes del judaísmo. Esto nos ayuda a entender la composición de lugar de la escena de las tentaciones que tiene resonancias del Éxodo, presentando a Jesús en paralelo con Moisés. La escena se sitúa en el desierto, escenario del éxodo, 40 días y cuarenta noches, que recuerdan los 40 años de Israel en el desierto y la tentación, ante la que sucumbió, de desconfiar de Dios, cayendo en la idolatría.

Nos ayuda no perder de vista otro detalle. La escena de las tentaciones se coloca en el evangelio después de la del bautismo. Hay un contraste de escenarios. El bautismo se realiza en medio de un río y entre una multitud, se infiere el verdor y la frescura del lugar, la algarabía y el rumor de las voces de quienes allí se encuentran. En ese contexto Jesús tiene plena conciencia de ser el «Hijo amado» de Dios. La siguiente escena, la que hoy contemplamos, se ubica en el desierto, lugar de soledad y de silencio, de peligro y tentación, de miedo e inseguridad, pero que también es lugar en el que Dios se manifiesta providente, amoroso y protector.

Saquemos de aquí una primera idea provechosa para nuestra experiencia cuaresmal. Entendámosla como una experiencia de desierto a la que nos conduce el Espíritu para renovarnos en el amor primero; para renovarnos en el amor de Dios que en Jesucristo, por medio del bautismo, nos ha hecho hijos amados suyos. Es una oportunidad de renovar nuestra identidad más profunda que muchas veces se ve confundida por los oropeles de este mundo, por el frenesí de la vida diaria, por el anonimato en el que escondemos nuestra existencia o por las ansias locas de dominio de los demás y de la historia para engrandecer nuestra pequeñez.

Vayamos ahora a las tentaciones:

La primera tentación: «Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Después del ayuno el Señor sintió hambre y en esa circunstancia el tentador se le presentó retándolo para que demostrara su condición de Hijo de Dios a través de un milagro: convertir las piedras en pan.

Esta tentación, se presenta en medio de la fragilidad de una necesidad básica no satisfecha y representa la tentación que en esta circunstancia cualquier hombre y mujer puede experimentar de llegar a ser autosuficiente, de poner al propio servicio las cualidades que Dios ha dado, de concentrar la vida y los esfuerzos de cada día en la satisfacción de las necesidades materiales excluyendo a los demás de la propia vida.

Jesús responde con la fuerza de la Palabra: «No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios». La negativa de Jesús expresa que no es beneficio propio que él realiza su misión sino en función de la realización de la voluntad de Dios, expresada esta en la Santa Escritura.

Aprendemos del Señor que no podemos encontrar en la satisfacción de las necesidades básicas la justificación de la autosuficiencia. Esto encierra a la persona en si misma, le hace olvidar que lo que se le ha dado es para compartirlo, que necesita de los demás y hay en nosotros una realidad trascendente a la que nos remite cada experiencia, como es el caso del ayuno, que nos hacer recordar que además del pan de cada día hemos de alimentarnos también con la Palabra de Dios que nos ayuda a trascendernos a nosotros mismos al obedecer la voluntad divina.

 La segunda tentación. «Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». El tentador quiere engañar a Jesús, aduciendo nuevamente su condición de Hijo, ahora para que manipule a Dios en favor suyo. Le propone un espectáculo, tirase del pináculo del templo, para que Dios, fiel a su Palabra, lo salve de manera espectacular.

El enemigo es astuto, pretende interpretar la Escritura que dice en el Salmo 91: «en sus manos [los ángeles} te llevarán», manipulando el texto para conseguir su propósito. La tentación ya no se ubica en una necesidad básica, sino en el conocimiento; pretende engañar proponiendo una lectura errónea de la Escritura. En la diferencia que hay entre lo que dice el texto, la letra y su sentido, es decir, cómo hay que interpretarla, está el núcleo de esta tentación.1CuaA 2

Es verdad que Dios es bondadoso y asegura su protección, pero esto no quiere decir que haya que tomar al pie de la letra sus palabras y poner a prueba la bondad y providencia divina mediante actos suicidas o temerarios. La respuesta de Jesús es muy inteligente. No discute con el tentador, no dialoga con la tentación, hacerlo supondría enredarse en un juego interminable de palabras, argumentos y justificaciones. La respuesta se basa en la Palabra, es simple: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Jesús responde nuevamente con la fuerza de la Palabra. Dios no es un títere, en el fondo de esta tentación está la pretensión de estar por encima de Dios. A Dios se le obedece, no se le ponen pruebas.

La tercera tentación. «Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”».  Si en la anterior tentación, el diablo quiso poner en duda el señorío de Dios pretendiendo ponerlo a prueba ahora propone su reemplazo y él mismo se ofrece para ocupar su lugar.

Detrás de la tentación está la idolatría, que tiene como centro el la ambición de poder y el afán de tener que llevan a la persona al endiosamiento de si misma. La respuesta de Jesús es definitiva «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás» Nuevamente con la fuerza de la Palabra, Jesús manifiesta ante el tentador que Él ha optado por Dios, que en Él esta puesta su confianza y que sólo a Él se debe el culto de adoración.

Encontramos en la respuesta de Jesús un criterio importante para la revisión de vida. ¿A qué le rendimos culto? ¿a qué dedicamos nuestro tiempo, energía, vida y pensamiento? ¿a una realidad creada? Si confiamos más en el saber, en el poder, y en el tener que en Dios, si pretendemos que el mundo gire alrededor nuestro, es probable que hayamos olvidado que el culto de adoración sólo es para Dios y que confundidos por el enemigo hayamos caído en sus redes. Es precisamente lo que quiere el enemigo malo, confundirnos, hacernos perder nuestro centro, la conciencia de nuestra identidad más profunda y de nuestra vocación humana y cristiana, buscando que nos rebelemos a nuestra condición de criaturas, que renunciemos a obedecer a Dios, que lo consideremos irrelevante y que sólo hagamos caso a nuestros instintos, a nuestras ambiciones y deseos.

La enseñanza de este Domingo es clara. Ubicarnos existencialmente en ella es capital para recorrer con provecho el camino cuaresmal. La presencia del enemigo malo es una realidad en nuestra vida. Pretende hacer irrelevante en nosotros nuestra conciencia bautismal, que nos olvidemos que somos hijos de Dios o que no le demos importancia; que desconozcamos a Dios o que nos sea indiferente. Achatado el horizonte de la trascendencia, diluida cualquier referencia de tipo  moral o ética en nuestra conducta, negada la fraternidad y contaminada la inocencia que nos permite descubrir la bondad de Dios en la creación y en las personas, el enemigo pretende cantar victoria pues impide así el advenimiento del Reino. Aprovechemos la oportunidad no sólo de renovar, sino de profundizar en nuestra vocación bautismal, enfrentando en primer lugar la verdad de nuestra fragilidad, reconociendo la verdad de las tentaciones del maligno en nuestra propia existencia y renovando nuestra confianza en Dios que con la fuerza de su Palabra, nos hace salir victoriosos de ellas.

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VIII Domingo Ordinario- Ciclo A

 

Oseas 2, 16.17.21-22

Salmo 102

II Corintios 3, 1-6

Mateo 6,24-34

 

8OrdA - 2El texto evangélico de este domingo, el último de la primera parte del tiempo ordinario antes del inicio de la Cuaresma, forma parte del Sermón de la Montaña que hemos contemplado los domingos precedentes.

En este discurso el evangelista Mateo agrupa los dichos y hechos de Jesús destacando la originalidad del estilo de vida de sus discípulos en contraste con el de los fariseos. El evangelista piensa en quienes forman parte de la comunidad cristiana y que provienen del judaísmo y con fina pedagogía presenta la vida cristiana como un modo de vivir en plenitud la ley de Moisés. Su intención es inclusiva y esto es para nosotros un criterio importante para interpretar la enseñanza del Maestro: no podemos utilizar la Palabra del Señor para excluir a alguien de los bienes de su Reino.

El pasaje de este Domingo contiene una enseñanza muy concreta que se podría sintetizar en la confianza en Dios como actitud básica para integrar la fe y la vida.

Confiamos en Dios cuando a la hora de tomar decisiones, de dar rumbo a nuestra vida,  de relacionarnos con las personas y con las cosas, lo hacemos inspirados en los valores del Reino, acatando sus imperativos éticos, renunciando a lo que puede parecer atractivo y beneficioso pero que oculta trampas para el propio ego y para una relación confiada con Dios y saludable con los demás. Siempre de fondo nos encontramos con el testimonio de Jesús que es escuela para sus discípulos. Contemplar en todo el evangelio la confianza radical de Jesús en Dios enseña al discípulo a ser dócil y obediente a la voluntad del Padre y a abandonarse en Él en el momento de la prueba.

Quien confía en Dios no vive obsesionado por las cosas que necesita para vivir, ni se construye ídolos que acaben esclavizándolo. De esta manera el evangelio enseña una vez más que el discípulo de Jesús debe mantener el señorío sobre su vida para orientarla de acuerdo a la voluntad de Dios y poder vivir conforme a los valores de su Reino. El discípulo debe sobreponerse al impulso instintivo de la subsistencia que lleva a cualquier persona buscar, a veces de manera desordenada, la comida, el vestido, y la seguridad personal, despertando la ambición por el dinero y la sed de poder.

Confiar en Dios no significa deslindarse de la propia responsabilidad de cuidar, mantener y conservar la vida que es un don suyo y de cuidar la vida de quienes nos han sido confiados. Más bien significa no pretender suplir a Dios con el propio esfuerzo o con ídolos -como el dinero- que esclaviza y exige que se le dedique la vida y se viva sólo para él.

El evangelio de este domingo inicia con una sentencia inequívoca: «nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro… en resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero». Jesús no anda con rodeos. De manera directa descubre el corazón de quienes pretenden servir a Dios pero viven obsesionados en acumular bienes, advirtiendo el peligro de la idolatría del dinero, a la que se expone quien concentra su vida en tener riqueza.

La ambición de la riqueza va de la mano con la desconfianza en Dios y en los demás. Quien vive para acumular bienes, busca acrecentarlos, los cuida, los defiende y para hacerlo asume como actitud básica en sus relaciones con los demás la desconfianza, que le impide amar; además, excluye también a Dios de la vida, pues al ver en la riqueza, el fruto del propio esfuerzo, la base de la propia seguridad, Dios sale sobrando, no se le necesita para vivir, se vuelve innecesario.

8OrdAPara iluminar este impulso natural de subsistencia presente en todo ser humano, descrito en el evangelio como la preocupación por el comer y el vestir, el Señor nos invita a contemplar la naturaleza: «miren las aves del cielo… miren como crecen los lirios del campo» y a descubrir la sabiduría de Dios en la creación «la aves no siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros, y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta…. los lirios del campo, no trabajan ni hilan… y ni Salomón en el esplendor de su gloria se vestía como uno de ellos» Si esto sucede con las demás creaturas, ¿no hará más el Padre celestial por cualquiera de sus hijos?

Quien se inquieta pensando qué comerá, qué beberá o con qué se vestirá  se asemeja a los que no conocen a Dios, que se desviven por estas cosas, siendo que «el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas.

El Señor invita a sus discípulos a confiar en Dios y les da un consejo fundamental que debe transformarse en una actitud básica en la vida: «busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura»: Lo que debe preocupar realmente al discípulo es vivir de acuerdo a los criterios del Reino, que se han expresado en las Bienaventuranzas, vivir con lo necesario y preocuparse de que los demás tengan lo necesario para vivir; que los pobres sean evangelizados, que los que lloran sean consolados, que donde haya violencia se construya la paz.

La justicia del Reino comienza por la observancia de los mandamientos, interpretados en su plenitud, como Jesús mismos nos ha enseñado. Los mandamientos de la ley de Dios constituyen un código básico para vivir dando a Dios y al prójimo un lugar en nuestra vida y para recorrer el camino que nos lleva a vivir la plenitud del amor desde su punto de partida que es el respeto al Creador, a la creación y a sus creaturas.

Quien vive con excesivas obsesiones y preocupaciones no saborea la vida. Jesús nos enseña a vivir con sabiduría «no se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas», este consejo, que no es una puerta abierta para que descuidemos las propias responsabilidades lo entienden muy bien quienes confían en Dios, quienes no, seguirán inmersos en sus angustias y preocupaciones y en ello se les irá la vida.

Vivamos la vida buena del evangelio. Revisemos cada día si nuestras palabras, pensamientos y acciones se inspiran en la confianza en Dios que da horizonte y dinamismo a responsabilidades de cada día o se concentran en nosotros mismos, en nuestras capacidades y en las posibilidades de nuestro esfuerzo.

Colofón.

El Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium ha denunciado con firmeza la idolatría del dinero que es una realidad en nuestros días. Recordemos sus palabras (Nos. 55 y 56):

«Una de las causas de esta situación [la exclusión de los pobres de los bienes de la sociedad] se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.»

 

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