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Archive for 27 abril 2014

II Domingo de Pascua

Hechos 2, 42-47

Salmo 117

1 Pedro 1, 3-9

Juan 20, 19-31

2PascA 2Este Domingo, con el que concluye la octava de Pascua, el evangelio presenta a nuestra contemplación el relato de las apariciones de Jesús resucitado, el Domingo, el mismo día de la resurrección y ocho días después.

Es un relato singular que no se detiene en los detalles que se resaltan en los evangelios sinópticos pero si en otros que nos permiten apropiarnos la experiencia de la resurrección, porque de acuerdo a este evangelio son «Dichosos los que crean sin haber visto» y el evangelista con esta expresión parece referirse a quienes a reciben el evangelio a través del testimonio apostólico «para que… crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre

El relato que hoy contemplamos destaca el miedo de los discípulos provocado por cuanto vivieron en los trágicos momentos de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, experiencia humana en si misma devastadora.

Lo que viven los discípulos en esta jornada evangélica que se relata acontece «estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban … por miedo a los judíos» y no era para menos, sentenciado y condenado injustamente Jesús fue crucificado, acusado de blasfemo por los judíos y de rebelde contra Roma. Era comprensible que quienes lo seguían, reconocibles por su condición de galileos, corrieran el mismo riesgo.

Pero hay además en el interior de los discípulos, de cada uno, otros sentimientos que les roban la paz. Su dolor se agrava porque saben que el Maestro fue traicionado por uno del grupo, que fue negado por Pedro y, al final de cuentas, abandonado por todos. Vivir con remordimientos es, de alguna manera, vivir con miedo a los propios fantasmas que agravan el sufrimiento manteniendo vivas las heridas del alma, haciendo más pesada la carga de las propias culpas, llevando la existencia a la desembocadura del sin sentido de la vida y la desesperación.

En esa circunstancia Jesús se presenta en medio de ellos y les saluda diciéndoles: «La paz esté con ustedes» expresión que en esta escena se repite tres veces y que llama la atención pues no es un saludo frecuente en labios de Jesús, ni en Juan, ni en los otros evangelistas.

En el texto que contemplamos este saludo evoca las palabras de Jesús en la Última Cena: «La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo. No se turben ni se acobarden» (cf. Jn 14,27). En la situación de miedo en que se encuentran los discípulos, miedo que paraliza y mueve a la desconfianza, el Señor les comunica la paz, la armonía con el Creador, con las creaturas y con la creación, que Él tuvo durante toda su vida, incluidos los días de la pasión.

Es común en los relatos de aparición de Jesús resucitado la demostración de la realidad física del acontecimiento de la resurrección para dejar claro que no se trata de una idea, ni de una fantasmagoría, ni de la proyección de un deseo, sino una realidad. Así como en los relatos de los otros evangelios las mujeres le abrazan los pies, los discípulos de Emaús caminan y platican con Él y en otra escenas Jesús come delante de ellos, en el pasaje que contemplamos les muestra las llagas de las manos y del costado e invita a Tomás a tocarlas como prueba física de su resurrección.

El saludo de la paz, la serenidad de Jesús y la prueba de las llagas, nos enseña que el amor misericordioso de Dios, manifestado en la resurrección de Jesús está por encima de cualquier resentimiento, odio o deseo de venganza. Los discípulos no deben tener miedo, ni de sus culpas, ni de las amenazas externas, pues enviados por Jesús de la misma manera en Él es enviado por el Padre, cuentan con Dios que a ´Él lo resucitó de entre los muertos.2PascA

A diferencia de otros relatos, como en san Lucas, en los que la aparición del resucitado provoca susto y confusión, en la escena que contemplamos se habla de alegría. Hay aquí en eco de las palabras de Jesús en el mismo evangelio de san Juan en donde dice: «Ustedes ahora están tristes, pero volveré y se llenarán de alegría y nadie se las quitará» (cf. Jn 16,22). La transformación es clara. La experiencia de la resurrección hace que los discípulos pasen del miedo a la alegría y este será uno de los signos de la proclamación del triunfo de Dios sobre el poder de la muerte, precisamente porque el discípulo enviado lo ha experimentado en primera persona y al igual de los discípulos de la primera hora se llena de alegría al ver, sentir t experimentar que el Señor vive.

La paz y la alegría que comunica el Señor resucitado a sus discípulos tienen como finalidad la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El anuncio de la Buena Nueva no consiste sólo en la continuación de una tarea, se trata más bien del eslabón de una cadena que tiene su origen en Dios Padre. Nuestra misión es la de Jesús, sólo en Él podemos entender el alcance, el modo, los medios y lo esencial de la misión que Dios nos confía.

Mientras que en el evangelista san Lucas el don del Espíritu Santo está reservado para el día de Pentecostés, Mateo y Marcos no dicen nada al respecto, Juan, en cambio, se refiere a este don en este momento haciéndolo aparecer como el don pascual por excelencia.

En el momento de la muerte del Señor en la Cruz, san Juan nos dice: «…e inclinando la cabeza, entregó el espíritu» y ahora resucitado, en la escena que contemplamos, después de saludarles y confiarles la misión «sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”» y esté don se vincula con el poder de perdonar los pecados: «los pecados que les perdonen les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar». Esto, más que a la confesión sacramental, parece referirse a la admisión al bautismo que supone preparación y disposición en quien lo solicita y que es el sacramento por excelencia para el perdón de los pecados.

La escena que contemplamos confronta a quienes encerrados en el racionalismo son incapaces de acceder a la verdad por otras vías de conocimiento y la fe es una de ellas.

«Dichosos los que creen sin haber visto» es una bienaventuranza de la que nosotros somos destinatarios a la que accedemos cuando dóciles a la acción del Espíritu colaboramos con la gracia de Dios para ponernos por encima de nuestro miedos y resentimientos, tomamos conciencia de que somos enviados por Dios, es decir, llamados a salir de nosotros mismos para llevar a otros , con alegría, la verdad del amor misericordioso del Padre que no abandonó a su Hijo al poder de la muerte, sino que al tercer día lo resucitó.

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Morir para vivir

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Ezequiel 37, 12-14

Salmo 129

Romanos 8, 8-11

Juan 11, 1-45

 

5CuaAEl domingo V de cuaresma, en la antesala de la semana de Pasión y de la Semana Santa, contemplamos el relato de la Resurrección de Lázaro que encontramos en el evangelio de San Juan.

En la consideración de este texto evangélico sigo a Raymond E. Brown en su libro “Cristo en los Evangelios del año litúrgico; considero que sus comentarios nos ayudan a centrar nuestra reflexión. Es conveniente notar algunas diferencias respecto a los textos que consideramos los últimos dos domingos y que nos ayudan a entender mejor la centralidad de este texto en el conjunto del evangelio.

Uno de los detalles que se pueden observar es la relación de Jesús con los protagonistas. La Samaritana permaneció cerca de Jesús durante gran parte del drama, junto al pozo de Jacob, mantuvo con Él un largo diálogo. En contraste, el ciego de nacimiento no dice nada a Jesús al principio, no entra en contacto con él la mayor parte del episodio y dialoga muy brevemente con él sólo al final. Lázaro, el protagonista del relato de este domingo, no dice ni siquiera una palabra a Jesús ya aparece únicamente en los últimos versículos del relato.

Tomando en cuenta estas diferencias, los estudiosos señalan que en cada relato se trata de una etapa diferente de la fe. La Samaritana ilustra la etapa inicial de una fe que va madurando en la relación con el Señor; el ciego de nacimiento ilustra la fe que se hace profunda después de la prueba y la resurrección de Lázaro ejemplifica la fe que se hace profunda porque afronta la muerte.

El relato de la resurrección de Lázaro nos lleva a una comprensión más profunda de la muerte, identificándonos con Marta y María que tuvieron que intensificar su comprensión de la muerte de su hermano.

No podemos pasar por alto el clima de afecto de envuelve esta escena. Jesús es amigo de Lázaro, de Marta y de María y los ama profundamente. Los discípulos por su parte están preocupados por al ambiente hostil que se ha creado en torno a Jesús y están inciertos sobre la reacción del Maestro al recibir la noticia de la gravedad de Lázaro; se maravillan a causa de su aparente indiferencia y no entienden las palabras del Maestro cuando les dice que Lázaro duerme.

No pasemos por alto la lección, Jesús no desaprovecha la oportunidad para dejar una profunda enseñanza, la vida y la muerte nos enseñan a reflexionar sobre las realidades terrenas y celestes. Así como la ceguera del ciego de nacimiento fue ocasión para que se manifestara la misericordia de Dios, la muerte de Lázaro será ocasión para que se manifieste el poder de Dios sobre la muerte. «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella»

María es una mujer creyente, modelo de discípulo. Ella cree ya que Jesús es el Mesías el Hijo de Dios y que su hermano participará de la resurrección del último día, pero le falta todavía madurar su fe, no acepta la muerte de su hermano y duda cuando Jesús ordena que se abra el sepulcro de Lázaro.

Jesús devuelve la vida a Lázaro, pero deja claro que él no ha venido a eso. A quien se le devuelve la vida no necesariamente está en mejores condiciones de vida y de fe que quienes no han muerto todavía. La vida que Jesús viene a dar no puede ser destruida por la muerte, por eso, quien cree en él no morirá para siempre. La fe verdadera incluye creer en Jesús como fuente de vida eterna, pero ésta no puede darse sino sólo después de su resurrección. Por ello encontramos símbolos no explicados, como por ejemplo que Lázaro salga de la tumba, con sudario y vendas. Al final del evangelio, cuando el relato de la resurrección de Jesús presenta el signo de las vendas y el sudario, doblados en el sepulcro indicando que había resucitado para la vida eterna, entendemos que las vendas y el sudario de Lázaro indican que aunque ha sido devuelto a la vida terrena, tiene que morir de nuevo.5CuaA fano

La resurrección de Lázaro es un signo. La vida de Lázaro después de haber salido del sepulcro es un símbolo de la vida eterna que pertenece a Dios y que para nosotros es posible por Cristo, con Él y en Él.

Para cualquier creyente, en la etapa inicial de la vida de la fe o con una fe profunda, encontrarse cara a cara con la muerte constituye un desafío excepcional, se trata de la muerte de un ser querido o de la propia muerte, es el momento en que comprendemos que todo depende de Dios. La muerte si vive en primera persona y de nada sirven los bienes. Si no hay Dios, no hay nada. San Pablo ha enseñado que la muerte es el enemigo que será vencido en último lugar (1 Cor 15,26) y es lo que nos dice Juan al colocar el relato de la resurrección de Lázaro al final del ministerio público de Jesús.

Todos los discípulos hemos de afrontar un último momento en el que nuestra fe será puesta a prueba, y este será al encontrarnos ante la experiencia de la muerte, cuando necesitemos escuchar y aceptar el esperanzador mensaje proclamado por Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida, quien crea en mi, aunque haya muerto vivirá»

Estamos llegando al final de la cuaresma. La comenzamos poniéndonos frente a nuestra propia muerte. Cuando recibimos la ceniza se nos dijo: recuerda que eres polvo y al polvo has de volver. Ahora se nos invita a levantar la mirada, a ver el horizonte y a entender que en Cristo la muerte no tiene la última palabra, que Él ha vencido a la muerte y quienes creemos a Él, a quienes estamos unidos a Él nos hace participar de la vida eterna.

Dejemos que la luz del evangelio ilumine nuestras vidas. Veámonos como Lázaro, Marta y María, los amigos de Jesús; hagámosle saber nuestras necesidades, dejemos que nos recuerde que cuanto vivimos, si lo vivimos en la fe es ocasión para que se manifieste la gloria y la misericordia de Dios. Aprendamos con Jesús a llorar. No tengamos miedo de las lágrimas. Sólo los egoístas y los que no saben o no quieren amar no lloran porque piensan únicamente en sí mismos y son insensibles al sufrimiento ajeno. Lloremos con quienes lloran no sólo porque han perdido un ser querido, sino porque sufren la soledad, la enfermedad, la pobreza, la exclusión, la injusticia, la violencia, la discriminación etc. y hagamos oración, dejemos que en ella se nos conmuevan las entrañas, como a Jesús, con la certeza de que el Padre nos ha escuchado y se hará presente en las necesidades de las personas por las que intercedemos.

Dejemos a Jesús acercarse a nuestro propio sepulcro, en el que estamos sepultados por nuestros propios pecados y que ya apesta; dejemos que otros nos ayudan a quitar la loza y escuchemos la Palabra del Señor que nos dice ¡Sal de ahí!, para que volviendo a la vida nueva, a una vida centrada en el amor, podamos ser testigos de la Resurrección del Señor que con su muerte ha ganado para nosotros la vida eterna. Que los frutos de conversión de esta cuaresma nos hagan entender que hay que morir para vivir, que hay que morir con Cristo para resucitar con Él.

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