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Archive for 4 mayo 2014

III Domingo de Pascua  – ciclo A

Hechos 2, 14.22-33

Salmo 15

1 Pedro 1, 17-21

Lucas 24, 13-35

3PascAHoy contemplamos un tercer relato de aparición de Jesús resucitado. Es el último que contemplaremos en los domingos del tiempo de pascua. Corresponde al evangelista san Lucas. Es un relato hermoso, útil para la revisión de nuestra vida cristiana probada muchas veces por la tentación del desencanto o de la frustración.

El evangelista señala que cuanto relata ocurrió el mismo día de la resurrección y refiere cómo dos discípulos, alejándose de Jerusalén y de los otros discípulos que allí se encontraban, se dirigían a Emaús comentando, en el camino, los trágicos hechos de la pasión y muerte de Jesús, de los que habían sido testigos.

Sin que lo reconocieran, Jesús se les acercó y mostró interés en su conversación que estaba marcada por un tono de tristeza. Sorprendidos porque este forastero no supiera lo que había sucedido en Jerusalén le contaron «Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo.» y cómo «los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron» Refiriéndole además que algunas mujeres de su grupo habían encontrado el sepulcro vacío, que un ángel les había dicho que Jesús estaba vivo, que algunos compañeros habían constatado lo dicho por las mujeres «pero a él no lo vieron».

Esta primera parte del relato recoge y proyecta algunos temas presentes en el evangelio de san Lucas en el que distintos personajes expresan una gran esperanza en la misión de Jesús en relación a la transformación de la situación política y social del pueblo de Israel. El ángel Gabriel le dice 5 veces a María que Jesús será rey de Israel. María alaba a Dios porque destrona a los poderosos y exalta a los humildes. Los ángeles anuncian a los pastores el nacimiento de un Salvador. Zacarías alaba a Dios porque ha suscitado en el casa de David a aquél que liberará a Israel de la opresión de sus enemigos y Ana habla de Jesús a los que esperan la liberación de Jerusalén.

Este mismo tema, presente en los primeros capítulos del evangelio, Lucas lo recoge al final. Los discípulos de Emaús refieren al ‘forastero’ que caminaba junto a ellos lo que esperaban de Jesús: «… esperábamos que él sería el libertador de Israel» dejando ver la esperanza que habían puesto en él confiando que por ser «poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo» sería capaz de obrar la anhelada transformación política y religiosa de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió Jesús fue su propia condena y muerte y el desencanto, la indecisión y miedo de sus discípulos.

En esta circunstancia Jesús se hace encontradizo y les explica las Escrituras, enseñándoles a interpretarlas para que entiendieran que era necesario que el Mesías tenía que padecer. A partir de la vida y con la luz de la Palabra Jesús catequiza a los discípulos de Emaús transformando sus vidas por completo, dándoles un nuevo significado, una nueva esperanza; haciendo arder sus corazones, devolviéndoles el entusiasmo, reavivando en ellos el sentido de la hospitalidad. Sentándose con ellos a la mesa, con gesto habitual pero significativo como es el partir del pan, se deja reconocer y en ese mismo momento desaparece, dejando transformados sus corazones y sus vidas.3PascA fano

Este relato pretende confirmar a los discípulos en la fe de la resurrección de Jesús a cuya certeza se llega por dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas de los cristianos: la Palabra y la Eucaristía. A la fecha la celebración de la Misa tiene dos grandes partes: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. Al venir así a nuestro encuentro, en la circunstancias ordinarias de la vida, el Señor abre nuestras mentes y nuestros corazones.

Es importante destacar en el desenlace del pasaje que consideramos que los discípulos «reconocieron» a Jesús. indicando con ello que ya lo conocían, no era el primer encuentro. El gesto del partir el pan revivió en ellos muchos partires y compartires en la intimidad de la comunidad y el significado que Él dio a ese gesto y el mandato de hacer lo mismo en memoria suya.

En el momento de la desolación, la Palabra hace arder el corazón y la Eucaristía ayuda a interpretar la propia vida a la luz del misterio pascual de Jesucristo haciendo entender que hay que morir para vivir, que incluso en la noche más oscura puede brillar la luz y que la experiencia de fe no se puede vivir en la soledad y el aislamiento sino en la comunidad. El encuentro con Jesús resucitado redimensiona también el sentido de la vocación cristiana que es vocación a vivir en Dios y desde esta vida transformar la historia, no con la enjundia del propio esfuerzo que desemboca en el cansancio y muchas veces en la frustración, sino con la docilidad a la fuerza del Espíritu que puede renovar la Creación entera.

Un detalle importante que conviene destacar es el lugar de la catequesis en la vida cristiana. El recurso a la catequesis es común a los tres relatos de aparición de Jesús resucitado que propios de Lucas. El argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria, es un mensaje difícil de entender, sobre el que hay que insistir.

En el texto que contemplamos Jesús abre la mente de los discípulos para que comprendan cuanto han dicho Moisés, los profetas y los salmos. La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección. Y es desde el misterio pascual que nosotros hemos de leer la Escritura para re-significar a la luz de la voluntad del Padre las vicisitudes de nuestra propia historia para re-conocer la presencia del Resucitado en nuestra vida, pasar del desencanto o del cansancio de la vida cristiana al entusiasmo apostólico en comunión con quienes comparten la misma experiencia de fe.

 

 

 

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