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Archive for 22 junio 2014

XII Domingo del Tiempo Ordinario  – Ciclo A

Jeremías 20, 10-13

Salmo 68

Romanos 5, 12-15

Mateo 10, 26-33

 

12ordAEste año, 2014, en los lugares donde la Solemnidad de Corpus Christi se celebró el pasado jueves 19 de junio, el Domingo 22 se celebra el Domingo XII del Tiempo Ordinario.

Retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo, con un texto que se encuentra en el contexto del discurso misionero en el que Jesús dice a sus apóstoles lo que deben hacer, les advierte sobre las dificultades que les aguardan y les instruye para que permanezcan fieles y puedan superar las situaciones desfavorables.

El seguidor de Jesús, si es fiel a su identidad de hijo de Dios y vive con coherencia los valores del Reino, tarde o temprano vivirá en carne propia, el rechazo, la calumnia, la amenaza o incluso la muerte. Al igual que el Maestro, el discípulo vivirá el drama de ser una víctima inocente, porque quien permanece fiel a Dios que es Amor y ordena su vida en el amor que exige opción por la verdad, la justicia y la paz, encontrará adversarios en quienes quieren vivir haciéndole rebajas al Evangelio y enemigos en quienes ven a Dios como un estorbo y ordenan su vida centrándose en su ego, y se mueven por el odio, la mentira, la injusticia y la violencia.

La situación existencial que de esto se sigue para el discípulo es la real tentación de paralizarse por el miedo, anularse a sí mismo por la cobardía y renegar de la propia fe por la apostasía. En este horizonte nos damos cuenta que la enseñanza de Jesús no es ingenua y que con claridad advierte a quienes quieren hacer opción por el Reino que vivirán dificultades, pero también les hace ver que si permanecen fieles Dios les fortalecerá en la debilidad para que puedan conjurar el efecto destructivo de la adversidad.

Como trasfondo al texto evangélico tenemos el testimonio de Jeremías que, en los momentos difíciles que vivimos por causa del Evangelio, podemos leer como modelo de nuestra historia, como lo fue de la historia de Jesús.

Este profeta es testigo de la esperanza en Dios en medio del derrumbamiento de Jerusalén. Hoy que parecen derrumbarse en torno a nosotros muchos de nuestros referentes, incluso religiosos, son necesarios los testigos de la esperanza de Dios y del triunfo de la Vida, que den testimonio de su fe superando el miedo que provoca vivir en un mundo que se derrumba, en el que faltan certezas y en el que la lógica de la vida diaria parece ser la lógica de la sobrevivencia con lo que ésta tiene de instintiva y salvaje.

Pongámonos en los zapatos de Jeremías que dice: «“Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror’. Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: ‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él’.» ¿Qué sentiría el profeta al saber que incluso sus amigos esperaban su fracaso?

Jeremías fue un hombre lúcido, de una intensa vida interior que le permitió reflexionar sobre el sentido de su vida. Basta leer sus confesiones para descubrir los rasgos principales de su lucha personal, de su experiencia de profeta perseguido, de su lucha de fe y de su vacilación y miedo ante los hombres. Su sufrimiento está causado por la deslealtad de la gente e su pueblo, a las que amaba con intensidad y lo único que lo sostiene en el sufrimiento es la confianza en Dios a quien concibe como un «guerrero poderoso» presente siempre a su lado.12OrdA-2

En el evangelio Jesús advierte reiteradamente a sus discípulos: «No teman a los hombres… No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.» Contraponiendo este miedo, a un temor distinto, al temor de Dios: «Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo» La pedagogía de Jesús tiene intuiciones muy profundas. ¿Qué es lo que puede relativizar el miedo en una situación de dificultad?, sólo un miedo mayor. De allí que Jesús nos llame a vencer el miedo a los hombres, que son capaces de matar el cuerpo, con el temor de Dios. El temor de Dios no es lo mismo que tenerle miedo a Dios. El temor de Dios es la conciencia de que Él es grande, santo y poderoso, que lo único que espera de nosotros es nuestra fidelidad y nuestra confianza.

Cuando una persona se siente amenazada en su prestigio, seguridad física o en su vida, surge la tentación de la cobardía, el deseo de huir, de evitar la persecución y cuando la causa de esto es la fidelidad a la conciencia, la vivencia de los valores del Reino, el testimonio de las virtudes evangélicas, la tentación es la apostasía, renegar de la propia fe, comportamiento de terribles consecuencias para el creyente porque la negación de Dios mata el alma al romper la relación filial con Dios, rechazar a Jesucristo e anular la acción del Espíritu Santo.

Jesús invita a sus discípulos que viven dificultades por causa del evangelio a superar el miedo confirmándose en la confianza en Dios: «¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre… Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.» Somos importantes a los ojos de Dios, Él cuida de nosotros. Esta certeza nos fortalece y nos llena de alegría.

A diferencia de Jeremías, que esperaba la venganza de Dios a favor suyo, los cristianos, a ejemplo de Cristo, no podemos desear el mal a quienes nos mortifican, nos traicionan, nos calumnian o maquinan en contra nuestra. El testimonio ordinario de los valores del Reino –martirio cotidiano- y la entrega de la vida para sellar con la sangre el testimonio de la fe –martirio definitivo- nunca se realiza para hacer el daño a otras personas.

El martirio cristiano es un testimonio de fe, esperanza y caridad. De fe, porque el testigo de Jesucristo se niega a apostatar y proclama su fe en Dios; de esperanza, porque el mártir se entrega cada día y se entrega definitivamente porque confía en que Dios lo asistirá en la prueba y lo recompensará con la felicidad eterna. De caridad, porque el martirio, cotidiano y definitivo, es la entrega de la propia vida por el bien de otros, de la Iglesia, e incluso de los perseguidores.

Este Domingo la Palabra Santa nos instruye pues para que seamos capaces de ponernos por encima del miedo para superar la tentación de renegar de la fe y para que tengamos la sabiduría, el valor y el entusiasmo necesario para dar testimonio de ella, permaneciendo siempre fieles al amor de Dios.

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