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Archive for 27 julio 2014

XVII Domingo Ordinario – Ciclo A

 

1 Reyes 3, 5-13

Salmo 118

Romanos 8, 28-30

Mateo 13, 44-52

 

17OrdAEste domingo concluimos el discurso en parábolas contenido en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo. Como se ha dicho anteriormente, Jesús utilizó el recurso pedagógico de las parábolas para desentrañar el misterio del Reino, para hacer entender a sus oyentes cómo acontece Dios en la vida de las personas. Así lo escuchamos en las parábolas del sembrador, de la levadura, del grano de mostaza y del trigo y la cizaña.

Este domingo, con las parábolas del tesoro escondido, de la perla preciosa y de la red que recoge toda clase de peces, Jesús nos enseña qué hacer cuando el Reino acontece en nuestra vida y cómo saber que está aconteciendo. Las parábolas de del tesoro escondido y de la perla preciosa resaltan la alegría de quien les encuentra y su disposición para venderlo todo y reunir los recursos necesarios con tal de poder apropiarse el tesoro o la perla.

Así sucede cuando una persona encuentra lo que considera verdaderamente valioso, se llena de alegría y hace todo tipo de sacrificios con tal de hacer de su propiedad aquel bien valioso.

Los matices de estas dos parábolas nos permiten pensar que el Reino acontece de diferente manera en la vida de las personas. El hombre del que habla la primera parábola no es un experto, encuentra el tesoro fortuitamente y la ciencia de la vida le hace saber que está ante algo verdaderamente valioso, que lo llena de alegría y lo mueve a hacer hasta lo imposible para apropiárselo.

En cambio el hombre de la segunda parábola es un experto, es mercader de perlas, conocedor de su oficio sabe distinguir las perlas y valorarlas, su conocimiento le permite al encontrar la perla valiosa reconocerla, apreciarla y vender sus bienes para apropiársela. Al primero el tesoro le sale al encuentro, el segundo, su oficio y conocimiento le hacen buscar las perlas valiosas y reconocerlas al encontrarlas.

El Reino que acontece como semilla buena que germina en tierra fértil, que crece en medio de la cizaña, que se manifiesta en gestos y signos tan pequeños como un grano de mostaza pero con la posibilidad de desplegar un gran potencial o de dar dinamismo a la historia como la levadura que fermenta la masa, es la realidad de una vida centrada en Dios.

Quien experimenta a Dios en su vida y la ve transformada, colmada, plena no puede menos que llenarse de alegría y querer apropiarse para siempre de lo que ha dado un nuevo sentido a su existencia. Aquí lo importante es la decisión. Ser capaz de elegir lo más valioso y de deshacerse incluso de lo más costoso. No hay ningún bien de consumo, que tenga precio, que pueda dar sentido y plenitud a la existencia, como lo puede hacer la fraternidad, la amistad, el respeto, la justicia, la paz, la libertad, el amor, el perdón, la misericordia etc.

El Reino de Dios acontece para todos. Quizá no todos sean capaces de reconocer su valor o porque tienen endurecido el corazón o embotada la mente y sin embargo, no quedan excluidos. Este mensaje, implícito en la parábola de la red que recoge toda clase de peces también nos da mucha esperanza. El Reino de Dios es incluyente, en él todos caben basta que quieran apropiárselo; pero el Reino a nadie se impone y quien no incorpora sus valores a su estilo de vida por si mismo se descalifica y excluye de pertenecer a esta realidad dinámica del acontecer de Dios en la historia.17OrdA 2

Quien pertenece al Reino, se parece «padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas», es decir, es capaz de abrirse a nuevos horizontes y de escribir nuevas historias sin olvidarse de lo fundamental. El Reino de Dios es dinámico no envejece, y nos permite reinterpretar una vez y otra los distintos acontecimientos de la historia y ubicarnos en ella con una actitud coherente de discípulos, abiertos a los nuevos signos de los tiempos que permiten descubrir la presencia de Dios, sin olvidar la sabiduría eterna que Dios mismo nos revela en su Palabra para que seamos capaces de discernir, de distinguir el bien del mal y de decidirnos por lo que es bueno, noble, justo y verdadero.

El Reino es un don de Dios que implica de parte de quien lo encuentra un compromiso. El hombre de la parábola que encontró fortuitamente el tesoro decidió apropiárselo, lo que implicó para él poner en curso una serie de acciones para lograrlo. El evangelio lo dice con sencillez: «va y vende cuanto tiene y compra».

Lo mismo el comerciante de perlas finas y lo mismo nosotros. El Reino de Dios acontece para nosotros pero no sin nosotros, así como la semilla para germinar y dar fruto requiere tierra buena, el Reino requiere de nuestra voluntad, de nuestra decisión y compromiso para desplegar en nosotros y a nuestro alrededor toda su potencialidad.

El Reino no es un acontecimiento puntual en nuestra historia. Esta aconteciendo constantemente por lo que de manera permanente podemos encontrarlo con toda la novedad que trae a nuestra vida, con su exigencia permanente de conversión y con su capacidad de re-significar nuestra historia. Todos los días nos podemos ver como el hombre del evangelio o como el comerciante de perlas finas.

Quienes ven las cosas de Dios como algo fuera de moda, como algo que pertenece al pasado y nada tiene que decir al presente y mucho menos al futuro, se equivoca rotundamente. No ha entendido que el Reino acontece constantemente y que la síntesis de lo ‘viejo’ y de lo ‘nuevo’ no permite que la historia se vuelva rancia por decisiones inmediatistas, miopes y de corto alcance. He aquí la sabiduría que se requiere por parte del discípulo y que es también don de Dios: la capacidad de discernir donde acontece el Reino y de permanecer en él.

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XVI Domingo Ordinario – Ciclo A

Sabiduría 12,13.16-19

Salmo 85

Romanos 8,26-27

Mateo 13,24-43

 

 

16OrdA - 2Este domingo nos encontramos con tres parábolas de la colección que el evangelista san Mateo nos conserva en el capítulo 13 de su evangelio. Estas, junto con la del sembrador que contemplamos el domingo pasado, nos educan en el discernimiento, que es el arte espiritual para buscar, descubrir y apropiarse la voluntad de Dios.

Las tres parábolas que hoy consideramos tienen la misma finalidad. Quieren corregir las expectativas de los contemporáneos de Jesús que pensaban que el advenimiento del Reino se haría con un despliegue de poder, con uso de la fuerza y que procedería eliminando todas las cosas y todas las personas que le fueran contrarias.

Jesús nos enseña que Él no viene a instaurar el Reino con violencia ni con un despliegue de poder; nos deja ver que el viene a inaugurar un tiempo nuevo, el de la cercanía de Dios, que se vive en lo ordinario, en la vida cotidiana, pasando muchas veces inadvertido. El Reino de Dios tiene un dinamismo y un poder que le son propios, que es transformante y -como levadura en la masa- cambia la historia desde dentro. Por ello, se requiere aguda sensibilidad para descubrir donde está aconteciendo; quienes no la tienen teniendo teniendo oídos no oirán

El anuncio del Reino requería respuestas a preguntas que los contemporáneos de Jesús se hacían para aceptar la novedad de la cercanía de Dios en la historia. Una de estas preguntas, y que es de capital importancia todavía para nosotros, es la que nos hacemos al constatar la existencia del mal en el mundo y que a cualquiera hace dudar de la no sólo de la Providencia sino de la existencia misma de Dios.

La respuesta a esta pregunta es la parábola del trigo y la cizaña que escuchamos hoy. Un hombre sembró buena semilla en su campo, y su enemigo, aprovechándose de que dormía, sembró cizaña en el mismo campo. Lo primero que se destaca es la sorpresa de los trabajadores del campo que constatan la existencia de la mala hierba en un campo cultivado con buena semilla. Enseguida se señala el responsable: un enemigo, y ante el ímpetu de los trabajadores que proponen limpiar el campo de la mala hierba, sorprendentemente, el dueño del campo les pide esperar hasta que sea posible distinguir por su fruto las plantas buenas de las malas.

El mensaje es inmediato. El bien y el mal están mezclados en el mundo, no sólo fuera de nosotros, sino en nuestro mismo interior. También dentro de nosotros y en nuestro alrededor el enemigo ha sembrado semilla mala que pone en riesgo la semilla buena sembrada por Dios en el campo de nuestra vida y de la historia.

Ante la constatación del mal la reacción primera es culparse y querer eliminarlo de manera inmediata y hasta violenta. El Señor nos invita a reconocer que se trata de la obra del enemigo y nos enseña a esperar: «… no sea que, al recoger la cizaña, arranquen a la vez el trigo. Dejan que ambos crezcan juntos hasta la siega». Con ello quiere evitar el riesgo de que al querer suprimir el mal destryamos lo bueno; de al querer castigar a los malvados, perjudiquemos a los buenos.

Dios es paciente. Nos ha hecho libres y respeta nuestra libertad. Para nosotros es lo más normal. Pero, ¿qué pensamos cuando vemos que el mal se propaga en el mundo o junto a nosotros? Quisiéramos una intervención inmediata, de lo alto, del mismo Dios o de quien tuviere poder para poner en su lugar a los malos y neutralizar las consecuencias del daño que hacen.

Pero Dios no actúa así y para nosotros no es fácil aceptar este modo de proceder. Actúa como padre y su amor misericordioso, al que yerra le da oportunidad de convertirse hasta el último momento de su vida. Si en el momento del error se le hubiese destruido la oportunidad de conversión nunca hubiera llegado.16OrdA

Por otra parte, hay experiencias que en un primer momento pueden ser juzgadas como malas, negativas, erróneas y pasada la confusión se descubren como antesala de grandes beneficios, algo así como los dolores de parto que cualquier mujer quisiera evitar pero que anuncian el advenimiento de una vida nueva y se olvidan cuando la creatura descansa en los brazos de su madre.

Se impone pues el discernimiento, que requiere tiempo y paciencia. El juicio inmediato tiene una gran probabilidad de error y si bien, no hay que permanecer pasivos ante el mal, sabemos que no lo vamos a eliminar confrontándolo con sus mismas armas: violencia, mentira, engaño, sino más bien, lo vamos a neutralizar con los valores del Reino: amor misericordioso, perdón, paz, justicia y libertad. Para ello es necesario permanecer vigilantes, perseverar en el bien y resistir al mal.

El terreno donde se planta la semilla buena y la cizaña no es sólo ser exterior a nosotros. El terreno somos nosotros, nuestro corazón, sentimientos, pensamientos y emociones, en donde Dios sembró -dejando intacta nuestra libertad- semilla buena que pacientemente hay que cultivar en espera de los mejores frutos. Pero el enemigo no descansa y aprovecha cualquier descuido para sembrar la semilla mala con la intención de que al germinar, como una plaga, destruya lo mejor de nosotros mismos.

Es necesario discernir como acontece el Reino en nuestro interior, como se manifiesta la cercanía de Dios en nosotros mismos y también descubrir y hacer conscientes las insidias del enemigo. Las parábolas de este Domingo son estupendas para este discernimiento.

Es importante reconocer que en nosotros hay semilla buena sin pretender ingenuamente que en nosotros todo es bueno y vigilar activamente para que las intrigas del enemigo no se sobrepongan a nuestros buenos deseos y propósitos contaminando nuestros juicios y torciendo nuestras intenciones. ¡Qué útil el examen de conciencia! Esta práctica espiritual, que se recomienda diaria, más que recuento de pecados es un ejercicio para descubrir el paso de Dios en nuestra vida cada día y reconocer nuestra respuesta de adhesión y docilidad o de rechazo- indiferencia, a las mociones de su Espíritu.

El crecimiento del Reino de Dios dentro de nosotros y en el mundo en que vivimos ubica nuestra existencia en el acontecimiento del misterio de Dios en la historia que se realiza con lógica propia: no es prepotente ni avasalladora, se manifiesta en la sencillez y la simplicidad, despliega con humildad su potencialidad, y resiste pacientemente los embates del mal confiando en la fuerza de la verdad sobre la mentira, del amor sobre el odio, del perdón sobre el deseo de venganza. ¡Venga a nosotros tu Reino!

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XV Domingo Ordinario – Ciclo A

 

Isaías 55, 10-11

Salmo 64

romanos 8, 18-23

Mateo 13, 1-23

 

15OrdAEste domingo comenzamos la lectura del capítulo 13 del evangelio según san Mateo que contiene una colección de parábolas con las que el Señor explica el misterio del Reino y que seguramente fueron dichas en contextos diversos pero el evangelista las colecciona y nos las entrega juntas.

La parábola que consideramos este Domingo es la conocida parábola del sembrador. Su lectura está preparada por un texto de Isaías referido a la acción vital del agua de la lluvia, que no vuelve al cielo hasta haber empapado y fecundado la tierra. La Palabra de Dios tiene una fuerza vital similar a la del agua: «así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión»

Jesús compara la fuerza vital de la Palabra con la que tiene una semilla. Al igual que una semilla que en si misma encierra una gran potencialidad que de nada sirve si no tiene el sustrato adecuado, la Palabra de Dios desplegará su fuerza vital en la medida que sea acogida, aceptada y se la permita germinar en el corazón de quien la escucha.

Llama la atención la distinción entre la semilla que por distintas circunstancias no germina y la que cayendo en buena tierra da fruto abundante. Implícita encontramos la sugerencia a poner nuestra mirada en la semilla que da fruto y olvidarnos de la que no da fruto. Como si el evangelista quisiera destacar la actitud de Jesús, el sembrador, que no se desanimó por las personas –escribas, fariseos, ancianos del pueblo y autoridades que no lo acogieron a Él, que es la Palabra eterna del Padre y sin embargo continuó sembrando la semilla del Reino en el corazón dispuesto de los ciegos, cojos, lisiados, leprosos, publicanos y pecadores.

Jesús describe en la parábola cuatro situaciones diferentes que ilustran la acogida o rechazo de la palabra de Dios. La primera, al referirse a la semilla que queda junto al camino, se refiere a la superficialidad. Cuando la Palabra cae en un corazón endurecido no puede penetrar en él, imposible que produzca fruto.

La segunda y la tercera describen dos casos opuestos entre si, oscilantes entre la dificultad y la facilidad. Se refiere a la Palabra que es acogida con alegría por que no tiene consecuencias profundas para la propia vida. Es semilla que germina pero no alcanza a enraizar e identifica a los cristianos que cuando llega la tribulación no so capaces de resistir, se escandalizan y reniegan de su fe.15OrdA - 1

El otro caso es el de la excesiva facilidad. Cuando todo es fácil , sin tribulaciones pero si con muchos placeres, la Palabra queda asfixiada. No puede producir fruto pues quien la recibe no quiere renunciar a lo agradable, placentero, que se juzga interesante pero carece de valor.

Por último tenemos el caso de la semilla sembrada en tierra buena. La Palabra se escucha con atención, se reflexiona y se medita para comprender y vivir sus exigencias. Es cuando la Palabra da fruto y produce el ciento, sesenta o treinta por uno.

La pregunta que se impone es ¿cómo acogemos la Palabra de Dios?

Fijémonos en el contexto, preguntándonos en qué medida las adversidades nos hacen plantearnos si vale la pena o no el anuncio del evangelio. Muchas veces lo expresamos diciendo ¿qué necesidad tengo yo de soportar esto o de sobrellevar estas dificultades?

¿Conviene o no invertir tiempo, dinero y esfuerzo en el anuncio del Evangelio?. Es la pregunta sobre la eficacia y la eficiencia en la siembra de la semilla del Reino. La eficacia tiene que ver con la capacidad de lograr los fines u objetivos que se han plantado. La eficiencia se refiere a la consecución de objetivos intermedios, no definitivos, con resultados proporcionales a los recursos disponibles.

Jesús apostó por la eficacia más que por la eficiencia. La eficiencia se fija en la relación entre asignación de recursos y resultados conseguidos. Si Jesús hubiera apostado por la eficiencia no hubiera tolerado el desperdicio de los recursos –ministerio infatigable- y los pobres resultados sintetizados en quienes no acogieron el anuncio del Reino. Una mentalidad eficientista lo hubiera desanimado ante las críticas, el rechazo, las calumnias y las amenazas de muerte hasta hacerlo desistir del anuncio del Reino.

Jesús apostó por la eficacia que tiene en cuenta la consecución de los objetivos, sin detenerse en los medios o recursos invertidos para alcanzarlos. Por ello apuesta por la entrega de la vida, día con día, y de manera definitiva en la Cruz, porque sabía que en cada testigo de la Resurrección tendría un testigo del Reino. La credibilidad del Reino requería hacer evidente el triunfo de Dios sobre el poder de la muerte. Por ello, a pesar de la semilla perdida, Jesús, el Sembrador, sigue sembrando, con la confianza puesta en la semilla que germina y da fruto abundante.15OrdA-2

Hoy vivimos en medio de una cultura eficientista. Nos interesa que lo que hacemos reditúe, que lo que invertimos nos de buenos dividendos. Por eso como dice el dicho ‘no damos brinco sin huarache’ y si a algo no le vemos provecho inmediato mejor no nos comprometemos. Nos hemos hecho calculadores. Los proyectos a largo plazo nos desaniman, por ello nos interesa poco ser eficaces, conseguir los grandes objetivos, los grandes ideales y preferimos ser eficientes para tener la satisfacción inmediata. El inmediatismo nos hace pensar que la vida funciona en automático y nos olvidamos de los procesos, de la tenacidad y la perseverancia del sembrador que incluso en los escenarios mas difíciles no pierde la esperanza y vuelve a sembrar.

Dejemos que el sembrador siembre la semilla en nuestro corazón. Nos puede ayudar la práctica de la Lectio Divina, que nos ayuda a abrirnos a la Palabra de Dios. Si leemos con atención la Escritura y después la meditamos, contemplando el pan de Dios contenido en ella, la Palabra echará raíces en nosotros, arraigará en nuestro ser y producirá fruto: una vida generosa, hermosa, entregada, alegre y en paz.

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Zacarías 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8, 9.11-13
Mateo 11, 25-30

XIVTOAEste Domingo el evangelio según san Mateo nos deja conocer la intimidad de Jesús: la forma como hace oración, su profunda relación con su Padre Dios y lo que quiere y ofrece a sus amigos. Aprovechemos la oportunidad que nos da la liturgia dominical para adentrarnos en su corazón de Jesús; pidámosle nos enseña a tener sus mismos sentimientos y que nuestro corazón sea semejante al suyo.

La oración de Jesús es de alabanza, de agradecimiento. Lo que más impresiona es que la hace después de una experiencia de fracaso, circunstancia en que a muy pocos se les ocurriría dar gracias. La predicación de Jesús no ha sido acogida ni por los sabios ni por los entendidos, de quienes se esperaría, por ser conocedores de la Escritura, mayor interés por su enseñanza que descubre y profundiza el misterio del Reino de Dios. El caso es que ni los escribas y fariseos, ni los sumos sacerdotes y autoridades del pueblo judío, quisieron escuchar la predicación de Jesús.

El Señor no se desanima, en lo que todos ven un fracaso, el encuentra el designio de Dios, por ello exclama: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!». Queda claro que la revelación de Dios no es compatible con el orgullo humano con frecuencia provocado por la pretensión de saberlo todo o querer conquistarlo todo con el propio esfuerzo.

La inteligencia es un don de Dios, sin embargo cuando se la endiosa, provoca orgullo y este ciega e impide a quien se considera inteligente buscar la verdad, encontrarla, servirla y adherirse a ella.

Jesús no vacila en reconocer que el designo de Dios, es un designo de amor, de misericordia en favor de la gente pobre y sencilla, muchas veces despreciada, que que todo lo espera de Dios sin doblez de intención. Es muy difícil que un corazón endurecido sea capaz de descubrir a Dios donde Él se manifiesta.

Agradecer es una expresión de humildad. Con la gratitud se reconoce que no todo lo podemos o sabemos, que hemos recibido de otros lo que por nosotros mismos no podríamos haber hecho; que hay quienes nos han hecho el bien por puro amor, de manera desinteresada, sin pretensión alguna. La oración de agradecimiento de Jesús nos deja conocer su humildad al descubrir en medio del fracaso el designio de Dios y declarar que la relación que tiene con Él es de intimidad, -conocimiento-, que la autoridad que tiene la ha recibido de Él, pues «El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Después de dirigirse al Padre, Jesús se dirige a quien lo escucha. Hoy somos nosotros. Su mensaje esta particularmente dirigido a quienes tienen necesidad, porque están cansados o afligidos, dejándonos conocer la misericordia de su corazón: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré». Los contemporáneos de Jesús, sedientos de Dios, se sentían agobiados por la pesada carga de la ley, que con más de 600 preceptos, cuya observancia era vigilada y exigida por los escribas y los fariseos. El cumplimiento de la ley era la mediación para relacionarse con Dios y se exageraba de tal manera que el primado de la ley hacia olvidarse de Dios, o tener para con Él sentimientos de miedo o resentimiento.yugo suave

Por ello el Señor propone otro yugo: «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» Se trata de yugo del amor que redimensiona todas las cosas y que hace llevadera la carga más pesada, porque cuando las cosas se hacen por amor no pesan.

Revisemos nuestra vida. ¿Nuestra oración es de alabanza y gratitud? No olvidemos que una persona que no es agradecida difícilmente puede celebrar con toda verdad la Eucaristía, que en si misma es Acción de Gracias. Este Domingo podemos dedicar un rato a pensar en todo lo bueno que Dios nos ha dado, incluso en medio de los aparentes fracasos de nuestra vida, de los momentos difíciles o cargados de tensión y agradezcamos a Dios, alabando y bendiciendo su nombre.

Revisemos nuestro corazón ¿se parece al de Jesús?. ¿Somos mansos y humildes? La mansedumbre es lo opuesto a la violencia, al ejercicio desmedido de la fuerza que es propio de los prepotentes. La humildad es el reconocimiento de lo que somos, con toda verdad, sin añadir ni quitar. En primer lugar somos creaturas, no somos dioses. En segundo lugar no somos omnipotentes, somos seres limitados. En tercer lugar no lo sabemos todo, nuestro saber es limitado. La humildad es el antídoto del orgullo y de la dureza del corazón, por ello dispone el corazón para Dios.

Aprendamos de Jesús. Vayamos a Él, seguramente muchas de nuestras tristezas, depresiones y angustias se redimensionarán. ¿qué esperamos?

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