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Archive for 31 enero 2015

Domingo IV del Tiempo Ordinario – Ciclo B

AnuncioDespués de haber contemplado a Jesús recorriendo Galilea, llevando el anuncio de la cercanía amorosa de Dios y el llamado de los primeros discípulos, hoy nos encontramos con una interesante escena que nos permite darnos cuenta de cómo reaccionaba la gente ante el anuncio del Reino de Dios. Podríamos decir que en esta escena se condensa el evangelio. Pues la admiración de unos y el rechazo de otros será hará el contrapunto del ministerio de Jesús.

Jesús entra en la Sinagoga de Cafarnaúm uno de los pueblos más importantes de Galilea, que era un punto estratégico de comunicación con Damasco. El evangelista no se entretiene en decirnos que fue lo que Jesús enseñó, nos dice cuál fue la reacción de su auditorio: «Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas»

Los escribas eran gente preparada, no hablaban por hablar. Se formaban en el conocimiento de la Ley y de los Profetas durante muchos años. Pero su enseñanza decía poco a la gente, ya que no aportaban nada nuevo, repetían lo que habían aprendido y parecían no capaces de tener ideas propias. Jesús en cambio asombra por que hablaba con autoridad. Hablaba de Dios, no para darle gusto a la gente, sino del Dios a quien Él experimentaba como Padre amoroso, que invadía con su Espíritu su corazón para llevar a todos la alegría del Evangelio. Marcos no nos dice qué era en concreto lo que provocaba la admiración de quienes lo escuchaban. Es probable que no lo haga, para despertar la curiosidad del lector que inicia la lectura del evangelio y animarlo a seguir leyendo con interés.

Después de describir la aprobación y admiración de muchos, el evangelista nos narra el rechazo o desacuerdo de uno que escucha y reacciona protestando. Se trata de un endemoniado que reconoce a Jesús, lo llama Santo de Dios y le reclama con disgusto «¿Has venido a acabar con nosotros?». Parece claro que Jesús ha venido a imponerse sobre el poder de Satanás. Quien está leyendo el evangelio, no puede olvidar que pocos versículos antes, el evangelista presentó a Jesús salir victorioso de las tentaciones del demonio en el desierto.

Hay mucha gente de nuestro tiempo que prefiere no hablar de diablo, que duda de su existencia o que prefiere referirse a su acción perniciosa con otras palabras. Para nuestro evangelista, el anuncio del Reino, supone la batalla entre el bien y el mal. Los espíritus inmundos son descritos con dos rasgos importantes: a) se les atribuye los casos de enfermedad más complicados y que no tienen respuesta o solución conforme a la medicina de la época; b) expresan la oposición radical al plan de Dios, lo reconocen, y protestan por la actividad de Jesús.

Jesús tiene el poder de expulsar demonios y los discípulos reciben de Él este mismo poder, con la advertencia de que algunos son difíciles de enfrentar y que para vencerlos se requiere de ayuno y oración. No es difícil notar que para Marcos los enemigos más peligrosos de Jesús no son los demonios, sino los hombres que se cierran al anuncio del Reino y que son quienes terminarán crucificándolo.echa-demonios

Expulsado el demonio, liberado el endemoniado, la atención en la escena se concentra en los presentes en la sinagoga, quienes, si inicialmente no cabían en su admiración por la autoridad con la que Jesús hablaba, ahora están estupefactos al ver que además tiene poder sobre los espíritus inmundos. «¿Qué es esto ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea»

Hemos contemplado dos reacciones contrastantes ante Jesús, su palabras y hechos, una de admiración, otra rechazo. Estas actitudes las encontraremos en todo el evangelio. El lector del evangelio o quien lo escucha en este momento se encuentra ya en un dilema ¿cuál será su reacción ante Jesús? ¿de que lado se pondrá?. No se vale anticipar la respuesta. Hay que hacer el camino. Hay un momento en el que quienes inicialmente lo siguieron con entusiasmo, más tarde  «todos lo abandonaron».

Hagamos el camino del evangelio. Quedémonos en la admiración inicial, que es como la puerta de entrada para la gran aventura del discipulado, que precisamente inicia con la pregunta ¿Quién es éste? ¿Por qué sus palabras tocan mi corazón? ¿por qué habla con autoridad?. Todo el evangelio de Marcos está estructurado para que quien hace el camino vaya respondiendo a esta pregunta, hasta identificarse con el centurión romano que contemplando a Jesús colgado de la Cruz dirá «verdaderamente éste es el Hijo de Dios»

Aprendamos de Jesús cómo se proclama la Buena Nueva. También nosotros hemos de hacerlo. El beato Pablo VI lo sintetizó con maestría en las siguientes palabras de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi que conviene traer al corazón:

testimonio«La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización.» (No. 21)

Cualquier gesto de nuestro testimonio cristiano tiene el potencial de suscitar en otros la admiración por Jesús, y esta admiración es la puerta abierta para vivir la gran aventura del Evangelio.

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Bautismo del Señor – Ciclo B

bautismoEste Domingo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor y con ella concluimos el tiempo de Navidad.

Esta celebración nos hace pensar en nuestro propio bautismo. Jesús quiso recibir el bautismo que Juan predicaba y administraba. Era un bautismo de penitencia al que acudían quienes estaban dispuestos a un cambio de vida mediante la purificación de sus pecados. Jesús no necesitaba este bautismo, Su disposición a recibirlo pone de manifiesto su solidaridad con una humanidad al mismo tiempo pecadora y anhelante de la manifestación de Dios.

El evangelio de Marcos señala lo provisorio del bautismo de Juan. En efecto, el Bautista sabe que el rito que celebra es imperfecto y así lo señala diciendo: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo […] Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo.»

En la escena contemplamos la manifestación trinitaria de Dios. El Espíritu descendió sobre Jesús en forma de paloma. Es el mismo Espíritu que descendió sobre María y que ya Jesús, desde el vientre de su Madre, comunicó a Isabel que cuando fue saludada por María “quedó llena del Espíritu Santo”.

Bautizar significa sumergir. Jesús nos bautiza con su Espíritu, nos sumerge en Él para que vivamos siempre inspirados, fortalecidos, ungidos por la fuerza divina que nos transforma para que en el mundo podamos ser de verdad imagen viva de Dios.

En la escena se oye también la voz del Padre que desde el cielo dice «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Esta voz nos descubre que la vocación personal de Jesús, aquello a lo que está llamado es: ser Hijo amado.

Por ello en todo su ministerio lo vemos buscar momentos para hacer oración y estar a solas con su Padre. Por eso, cuando los discípulos le piden que los enseñe a orar, lo hace haciéndoles decir «Padre nuestro»; por eso cuando ve el entusiasmo de los pobres por su predicación y el desprecio de los sabios y poderosos exclama «Gracias Padre porque así te ha parecido bien»; por eso cuando asciende al cielo dice a sus discípulos: «voy a mi Padre que es su Padre, a mi Dios que es su Dios»

El bautismo de Jesús describe pues su identidad y también su misión. Él es el Ungido del Espíritu, es el Cristo, el Mesías esperado. Los cristianos primeros lo entendían muy bien al escuchar este texto del evangelio, pues sabían que el Mesías de Dios, el Cristo, era el Ungido de Dios, el lleno de su Espíritu. La misión de Jesús es llevar a todos el amor misericordioso de Dios. El mismo amor que lo ha envuelto, que lo llama predilecto de Dios es el contenido del Evangelio que comienza a proclamar: Dios está cerca, no como juez justiciero y vengador, sino como padre amoroso que quiere para sus hijos lo mejor.bautismo-de-Jesus

Pensemos en nuestro propio bautismo. Muchas veces creemos que es el rito de imposición de nombre. Hoy nos queda más claro que no es así, muchas personas, infantes o adultas, cuando se bautizan ya tienen un nombre. El bautismo nos incorpora a Cristo, como injertándonos en Él, nos comunica su Espíritu y nos transforma en hijos de Dios en su Hijo Jesucristo.

Por eso, por nuestro bautismo, formamos parte de la familia de Dios, nos incorporamos al cuerpo de su Hijo que es la Iglesia y recibimos de Él «gracia sobre gracia», porque el Señor nos descubre que el Padre amoroso que le ha dicho «Tú eres mi Hijo amado» nos dice también esas palabras, y nos manifiesta su amor de una y mil maneras. Nos hace saber además, que nuestra misión en la vida, lo que le da sentido a nuestra existencia es el amor, hacer el bien a los demás, dejar algo de nosotros mismos en ellos, como semilla que germina, florece y da fruto y nos hace trascender hasta la eternidad.

En virtud de nuestra fe somos llamados a vivir esta doble dimensión del bautismo que nos vincula en relación de intimidad filial con Dios nuestro Padre y en relación de amorosa y solidaria fraternidad con todos sus hijos, que lo reconocen como Padre y que por ello son nuestros hermanos.

Apreciemos nuestro bautismo. No seamos omisos en crecer en nuestra conciencia bautismal. Muchos fuimos bautizados en la inconsciencia de los primeros meses de vida, pero la pedagogía de la Iglesia nos ofrece días como este para ver nuestra propia vocación cristiana en el espejo de Jesús y además nos ofrece el tiempo de cuaresma -que este año inicia el 18 de febrero- que nos prepara para renovar en la Pascua las promesas bautismales. Que el Bautismo no sea sólo rito, que sea vida.

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