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XII Domingo del Tiempo Ordinario  – Ciclo A

Jeremías 20, 10-13

Salmo 68

Romanos 5, 12-15

Mateo 10, 26-33

 

12ordAEste año, 2014, en los lugares donde la Solemnidad de Corpus Christi se celebró el pasado jueves 19 de junio, el Domingo 22 se celebra el Domingo XII del Tiempo Ordinario.

Retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo, con un texto que se encuentra en el contexto del discurso misionero en el que Jesús dice a sus apóstoles lo que deben hacer, les advierte sobre las dificultades que les aguardan y les instruye para que permanezcan fieles y puedan superar las situaciones desfavorables.

El seguidor de Jesús, si es fiel a su identidad de hijo de Dios y vive con coherencia los valores del Reino, tarde o temprano vivirá en carne propia, el rechazo, la calumnia, la amenaza o incluso la muerte. Al igual que el Maestro, el discípulo vivirá el drama de ser una víctima inocente, porque quien permanece fiel a Dios que es Amor y ordena su vida en el amor que exige opción por la verdad, la justicia y la paz, encontrará adversarios en quienes quieren vivir haciéndole rebajas al Evangelio y enemigos en quienes ven a Dios como un estorbo y ordenan su vida centrándose en su ego, y se mueven por el odio, la mentira, la injusticia y la violencia.

La situación existencial que de esto se sigue para el discípulo es la real tentación de paralizarse por el miedo, anularse a sí mismo por la cobardía y renegar de la propia fe por la apostasía. En este horizonte nos damos cuenta que la enseñanza de Jesús no es ingenua y que con claridad advierte a quienes quieren hacer opción por el Reino que vivirán dificultades, pero también les hace ver que si permanecen fieles Dios les fortalecerá en la debilidad para que puedan conjurar el efecto destructivo de la adversidad.

Como trasfondo al texto evangélico tenemos el testimonio de Jeremías que, en los momentos difíciles que vivimos por causa del Evangelio, podemos leer como modelo de nuestra historia, como lo fue de la historia de Jesús.

Este profeta es testigo de la esperanza en Dios en medio del derrumbamiento de Jerusalén. Hoy que parecen derrumbarse en torno a nosotros muchos de nuestros referentes, incluso religiosos, son necesarios los testigos de la esperanza de Dios y del triunfo de la Vida, que den testimonio de su fe superando el miedo que provoca vivir en un mundo que se derrumba, en el que faltan certezas y en el que la lógica de la vida diaria parece ser la lógica de la sobrevivencia con lo que ésta tiene de instintiva y salvaje.

Pongámonos en los zapatos de Jeremías que dice: «“Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror’. Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: ‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él’.» ¿Qué sentiría el profeta al saber que incluso sus amigos esperaban su fracaso?

Jeremías fue un hombre lúcido, de una intensa vida interior que le permitió reflexionar sobre el sentido de su vida. Basta leer sus confesiones para descubrir los rasgos principales de su lucha personal, de su experiencia de profeta perseguido, de su lucha de fe y de su vacilación y miedo ante los hombres. Su sufrimiento está causado por la deslealtad de la gente e su pueblo, a las que amaba con intensidad y lo único que lo sostiene en el sufrimiento es la confianza en Dios a quien concibe como un «guerrero poderoso» presente siempre a su lado.12OrdA-2

En el evangelio Jesús advierte reiteradamente a sus discípulos: «No teman a los hombres… No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.» Contraponiendo este miedo, a un temor distinto, al temor de Dios: «Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo» La pedagogía de Jesús tiene intuiciones muy profundas. ¿Qué es lo que puede relativizar el miedo en una situación de dificultad?, sólo un miedo mayor. De allí que Jesús nos llame a vencer el miedo a los hombres, que son capaces de matar el cuerpo, con el temor de Dios. El temor de Dios no es lo mismo que tenerle miedo a Dios. El temor de Dios es la conciencia de que Él es grande, santo y poderoso, que lo único que espera de nosotros es nuestra fidelidad y nuestra confianza.

Cuando una persona se siente amenazada en su prestigio, seguridad física o en su vida, surge la tentación de la cobardía, el deseo de huir, de evitar la persecución y cuando la causa de esto es la fidelidad a la conciencia, la vivencia de los valores del Reino, el testimonio de las virtudes evangélicas, la tentación es la apostasía, renegar de la propia fe, comportamiento de terribles consecuencias para el creyente porque la negación de Dios mata el alma al romper la relación filial con Dios, rechazar a Jesucristo e anular la acción del Espíritu Santo.

Jesús invita a sus discípulos que viven dificultades por causa del evangelio a superar el miedo confirmándose en la confianza en Dios: «¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre… Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.» Somos importantes a los ojos de Dios, Él cuida de nosotros. Esta certeza nos fortalece y nos llena de alegría.

A diferencia de Jeremías, que esperaba la venganza de Dios a favor suyo, los cristianos, a ejemplo de Cristo, no podemos desear el mal a quienes nos mortifican, nos traicionan, nos calumnian o maquinan en contra nuestra. El testimonio ordinario de los valores del Reino –martirio cotidiano- y la entrega de la vida para sellar con la sangre el testimonio de la fe –martirio definitivo- nunca se realiza para hacer el daño a otras personas.

El martirio cristiano es un testimonio de fe, esperanza y caridad. De fe, porque el testigo de Jesucristo se niega a apostatar y proclama su fe en Dios; de esperanza, porque el mártir se entrega cada día y se entrega definitivamente porque confía en que Dios lo asistirá en la prueba y lo recompensará con la felicidad eterna. De caridad, porque el martirio, cotidiano y definitivo, es la entrega de la propia vida por el bien de otros, de la Iglesia, e incluso de los perseguidores.

Este Domingo la Palabra Santa nos instruye pues para que seamos capaces de ponernos por encima del miedo para superar la tentación de renegar de la fe y para que tengamos la sabiduría, el valor y el entusiasmo necesario para dar testimonio de ella, permaneciendo siempre fieles al amor de Dios.

III Domingo de Pascua  – ciclo A

Hechos 2, 14.22-33

Salmo 15

1 Pedro 1, 17-21

Lucas 24, 13-35

3PascAHoy contemplamos un tercer relato de aparición de Jesús resucitado. Es el último que contemplaremos en los domingos del tiempo de pascua. Corresponde al evangelista san Lucas. Es un relato hermoso, útil para la revisión de nuestra vida cristiana probada muchas veces por la tentación del desencanto o de la frustración.

El evangelista señala que cuanto relata ocurrió el mismo día de la resurrección y refiere cómo dos discípulos, alejándose de Jerusalén y de los otros discípulos que allí se encontraban, se dirigían a Emaús comentando, en el camino, los trágicos hechos de la pasión y muerte de Jesús, de los que habían sido testigos.

Sin que lo reconocieran, Jesús se les acercó y mostró interés en su conversación que estaba marcada por un tono de tristeza. Sorprendidos porque este forastero no supiera lo que había sucedido en Jerusalén le contaron «Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo.» y cómo «los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron» Refiriéndole además que algunas mujeres de su grupo habían encontrado el sepulcro vacío, que un ángel les había dicho que Jesús estaba vivo, que algunos compañeros habían constatado lo dicho por las mujeres «pero a él no lo vieron».

Esta primera parte del relato recoge y proyecta algunos temas presentes en el evangelio de san Lucas en el que distintos personajes expresan una gran esperanza en la misión de Jesús en relación a la transformación de la situación política y social del pueblo de Israel. El ángel Gabriel le dice 5 veces a María que Jesús será rey de Israel. María alaba a Dios porque destrona a los poderosos y exalta a los humildes. Los ángeles anuncian a los pastores el nacimiento de un Salvador. Zacarías alaba a Dios porque ha suscitado en el casa de David a aquél que liberará a Israel de la opresión de sus enemigos y Ana habla de Jesús a los que esperan la liberación de Jerusalén.

Este mismo tema, presente en los primeros capítulos del evangelio, Lucas lo recoge al final. Los discípulos de Emaús refieren al ‘forastero’ que caminaba junto a ellos lo que esperaban de Jesús: «… esperábamos que él sería el libertador de Israel» dejando ver la esperanza que habían puesto en él confiando que por ser «poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo» sería capaz de obrar la anhelada transformación política y religiosa de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió Jesús fue su propia condena y muerte y el desencanto, la indecisión y miedo de sus discípulos.

En esta circunstancia Jesús se hace encontradizo y les explica las Escrituras, enseñándoles a interpretarlas para que entiendieran que era necesario que el Mesías tenía que padecer. A partir de la vida y con la luz de la Palabra Jesús catequiza a los discípulos de Emaús transformando sus vidas por completo, dándoles un nuevo significado, una nueva esperanza; haciendo arder sus corazones, devolviéndoles el entusiasmo, reavivando en ellos el sentido de la hospitalidad. Sentándose con ellos a la mesa, con gesto habitual pero significativo como es el partir del pan, se deja reconocer y en ese mismo momento desaparece, dejando transformados sus corazones y sus vidas.3PascA fano

Este relato pretende confirmar a los discípulos en la fe de la resurrección de Jesús a cuya certeza se llega por dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas de los cristianos: la Palabra y la Eucaristía. A la fecha la celebración de la Misa tiene dos grandes partes: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. Al venir así a nuestro encuentro, en la circunstancias ordinarias de la vida, el Señor abre nuestras mentes y nuestros corazones.

Es importante destacar en el desenlace del pasaje que consideramos que los discípulos «reconocieron» a Jesús. indicando con ello que ya lo conocían, no era el primer encuentro. El gesto del partir el pan revivió en ellos muchos partires y compartires en la intimidad de la comunidad y el significado que Él dio a ese gesto y el mandato de hacer lo mismo en memoria suya.

En el momento de la desolación, la Palabra hace arder el corazón y la Eucaristía ayuda a interpretar la propia vida a la luz del misterio pascual de Jesucristo haciendo entender que hay que morir para vivir, que incluso en la noche más oscura puede brillar la luz y que la experiencia de fe no se puede vivir en la soledad y el aislamiento sino en la comunidad. El encuentro con Jesús resucitado redimensiona también el sentido de la vocación cristiana que es vocación a vivir en Dios y desde esta vida transformar la historia, no con la enjundia del propio esfuerzo que desemboca en el cansancio y muchas veces en la frustración, sino con la docilidad a la fuerza del Espíritu que puede renovar la Creación entera.

Un detalle importante que conviene destacar es el lugar de la catequesis en la vida cristiana. El recurso a la catequesis es común a los tres relatos de aparición de Jesús resucitado que propios de Lucas. El argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria, es un mensaje difícil de entender, sobre el que hay que insistir.

En el texto que contemplamos Jesús abre la mente de los discípulos para que comprendan cuanto han dicho Moisés, los profetas y los salmos. La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección. Y es desde el misterio pascual que nosotros hemos de leer la Escritura para re-significar a la luz de la voluntad del Padre las vicisitudes de nuestra propia historia para re-conocer la presencia del Resucitado en nuestra vida, pasar del desencanto o del cansancio de la vida cristiana al entusiasmo apostólico en comunión con quienes comparten la misma experiencia de fe.

 

 

 

II Domingo de Pascua

Hechos 2, 42-47

Salmo 117

1 Pedro 1, 3-9

Juan 20, 19-31

2PascA 2Este Domingo, con el que concluye la octava de Pascua, el evangelio presenta a nuestra contemplación el relato de las apariciones de Jesús resucitado, el Domingo, el mismo día de la resurrección y ocho días después.

Es un relato singular que no se detiene en los detalles que se resaltan en los evangelios sinópticos pero si en otros que nos permiten apropiarnos la experiencia de la resurrección, porque de acuerdo a este evangelio son «Dichosos los que crean sin haber visto» y el evangelista con esta expresión parece referirse a quienes a reciben el evangelio a través del testimonio apostólico «para que… crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre

El relato que hoy contemplamos destaca el miedo de los discípulos provocado por cuanto vivieron en los trágicos momentos de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, experiencia humana en si misma devastadora.

Lo que viven los discípulos en esta jornada evangélica que se relata acontece «estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban … por miedo a los judíos» y no era para menos, sentenciado y condenado injustamente Jesús fue crucificado, acusado de blasfemo por los judíos y de rebelde contra Roma. Era comprensible que quienes lo seguían, reconocibles por su condición de galileos, corrieran el mismo riesgo.

Pero hay además en el interior de los discípulos, de cada uno, otros sentimientos que les roban la paz. Su dolor se agrava porque saben que el Maestro fue traicionado por uno del grupo, que fue negado por Pedro y, al final de cuentas, abandonado por todos. Vivir con remordimientos es, de alguna manera, vivir con miedo a los propios fantasmas que agravan el sufrimiento manteniendo vivas las heridas del alma, haciendo más pesada la carga de las propias culpas, llevando la existencia a la desembocadura del sin sentido de la vida y la desesperación.

En esa circunstancia Jesús se presenta en medio de ellos y les saluda diciéndoles: «La paz esté con ustedes» expresión que en esta escena se repite tres veces y que llama la atención pues no es un saludo frecuente en labios de Jesús, ni en Juan, ni en los otros evangelistas.

En el texto que contemplamos este saludo evoca las palabras de Jesús en la Última Cena: «La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo. No se turben ni se acobarden» (cf. Jn 14,27). En la situación de miedo en que se encuentran los discípulos, miedo que paraliza y mueve a la desconfianza, el Señor les comunica la paz, la armonía con el Creador, con las creaturas y con la creación, que Él tuvo durante toda su vida, incluidos los días de la pasión.

Es común en los relatos de aparición de Jesús resucitado la demostración de la realidad física del acontecimiento de la resurrección para dejar claro que no se trata de una idea, ni de una fantasmagoría, ni de la proyección de un deseo, sino una realidad. Así como en los relatos de los otros evangelios las mujeres le abrazan los pies, los discípulos de Emaús caminan y platican con Él y en otra escenas Jesús come delante de ellos, en el pasaje que contemplamos les muestra las llagas de las manos y del costado e invita a Tomás a tocarlas como prueba física de su resurrección.

El saludo de la paz, la serenidad de Jesús y la prueba de las llagas, nos enseña que el amor misericordioso de Dios, manifestado en la resurrección de Jesús está por encima de cualquier resentimiento, odio o deseo de venganza. Los discípulos no deben tener miedo, ni de sus culpas, ni de las amenazas externas, pues enviados por Jesús de la misma manera en Él es enviado por el Padre, cuentan con Dios que a ´Él lo resucitó de entre los muertos.2PascA

A diferencia de otros relatos, como en san Lucas, en los que la aparición del resucitado provoca susto y confusión, en la escena que contemplamos se habla de alegría. Hay aquí en eco de las palabras de Jesús en el mismo evangelio de san Juan en donde dice: «Ustedes ahora están tristes, pero volveré y se llenarán de alegría y nadie se las quitará» (cf. Jn 16,22). La transformación es clara. La experiencia de la resurrección hace que los discípulos pasen del miedo a la alegría y este será uno de los signos de la proclamación del triunfo de Dios sobre el poder de la muerte, precisamente porque el discípulo enviado lo ha experimentado en primera persona y al igual de los discípulos de la primera hora se llena de alegría al ver, sentir t experimentar que el Señor vive.

La paz y la alegría que comunica el Señor resucitado a sus discípulos tienen como finalidad la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El anuncio de la Buena Nueva no consiste sólo en la continuación de una tarea, se trata más bien del eslabón de una cadena que tiene su origen en Dios Padre. Nuestra misión es la de Jesús, sólo en Él podemos entender el alcance, el modo, los medios y lo esencial de la misión que Dios nos confía.

Mientras que en el evangelista san Lucas el don del Espíritu Santo está reservado para el día de Pentecostés, Mateo y Marcos no dicen nada al respecto, Juan, en cambio, se refiere a este don en este momento haciéndolo aparecer como el don pascual por excelencia.

En el momento de la muerte del Señor en la Cruz, san Juan nos dice: «…e inclinando la cabeza, entregó el espíritu» y ahora resucitado, en la escena que contemplamos, después de saludarles y confiarles la misión «sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”» y esté don se vincula con el poder de perdonar los pecados: «los pecados que les perdonen les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar». Esto, más que a la confesión sacramental, parece referirse a la admisión al bautismo que supone preparación y disposición en quien lo solicita y que es el sacramento por excelencia para el perdón de los pecados.

La escena que contemplamos confronta a quienes encerrados en el racionalismo son incapaces de acceder a la verdad por otras vías de conocimiento y la fe es una de ellas.

«Dichosos los que creen sin haber visto» es una bienaventuranza de la que nosotros somos destinatarios a la que accedemos cuando dóciles a la acción del Espíritu colaboramos con la gracia de Dios para ponernos por encima de nuestro miedos y resentimientos, tomamos conciencia de que somos enviados por Dios, es decir, llamados a salir de nosotros mismos para llevar a otros , con alegría, la verdad del amor misericordioso del Padre que no abandonó a su Hijo al poder de la muerte, sino que al tercer día lo resucitó.

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Ezequiel 37, 12-14

Salmo 129

Romanos 8, 8-11

Juan 11, 1-45

 

5CuaAEl domingo V de cuaresma, en la antesala de la semana de Pasión y de la Semana Santa, contemplamos el relato de la Resurrección de Lázaro que encontramos en el evangelio de San Juan.

En la consideración de este texto evangélico sigo a Raymond E. Brown en su libro “Cristo en los Evangelios del año litúrgico; considero que sus comentarios nos ayudan a centrar nuestra reflexión. Es conveniente notar algunas diferencias respecto a los textos que consideramos los últimos dos domingos y que nos ayudan a entender mejor la centralidad de este texto en el conjunto del evangelio.

Uno de los detalles que se pueden observar es la relación de Jesús con los protagonistas. La Samaritana permaneció cerca de Jesús durante gran parte del drama, junto al pozo de Jacob, mantuvo con Él un largo diálogo. En contraste, el ciego de nacimiento no dice nada a Jesús al principio, no entra en contacto con él la mayor parte del episodio y dialoga muy brevemente con él sólo al final. Lázaro, el protagonista del relato de este domingo, no dice ni siquiera una palabra a Jesús ya aparece únicamente en los últimos versículos del relato.

Tomando en cuenta estas diferencias, los estudiosos señalan que en cada relato se trata de una etapa diferente de la fe. La Samaritana ilustra la etapa inicial de una fe que va madurando en la relación con el Señor; el ciego de nacimiento ilustra la fe que se hace profunda después de la prueba y la resurrección de Lázaro ejemplifica la fe que se hace profunda porque afronta la muerte.

El relato de la resurrección de Lázaro nos lleva a una comprensión más profunda de la muerte, identificándonos con Marta y María que tuvieron que intensificar su comprensión de la muerte de su hermano.

No podemos pasar por alto el clima de afecto de envuelve esta escena. Jesús es amigo de Lázaro, de Marta y de María y los ama profundamente. Los discípulos por su parte están preocupados por al ambiente hostil que se ha creado en torno a Jesús y están inciertos sobre la reacción del Maestro al recibir la noticia de la gravedad de Lázaro; se maravillan a causa de su aparente indiferencia y no entienden las palabras del Maestro cuando les dice que Lázaro duerme.

No pasemos por alto la lección, Jesús no desaprovecha la oportunidad para dejar una profunda enseñanza, la vida y la muerte nos enseñan a reflexionar sobre las realidades terrenas y celestes. Así como la ceguera del ciego de nacimiento fue ocasión para que se manifestara la misericordia de Dios, la muerte de Lázaro será ocasión para que se manifieste el poder de Dios sobre la muerte. «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella»

María es una mujer creyente, modelo de discípulo. Ella cree ya que Jesús es el Mesías el Hijo de Dios y que su hermano participará de la resurrección del último día, pero le falta todavía madurar su fe, no acepta la muerte de su hermano y duda cuando Jesús ordena que se abra el sepulcro de Lázaro.

Jesús devuelve la vida a Lázaro, pero deja claro que él no ha venido a eso. A quien se le devuelve la vida no necesariamente está en mejores condiciones de vida y de fe que quienes no han muerto todavía. La vida que Jesús viene a dar no puede ser destruida por la muerte, por eso, quien cree en él no morirá para siempre. La fe verdadera incluye creer en Jesús como fuente de vida eterna, pero ésta no puede darse sino sólo después de su resurrección. Por ello encontramos símbolos no explicados, como por ejemplo que Lázaro salga de la tumba, con sudario y vendas. Al final del evangelio, cuando el relato de la resurrección de Jesús presenta el signo de las vendas y el sudario, doblados en el sepulcro indicando que había resucitado para la vida eterna, entendemos que las vendas y el sudario de Lázaro indican que aunque ha sido devuelto a la vida terrena, tiene que morir de nuevo.5CuaA fano

La resurrección de Lázaro es un signo. La vida de Lázaro después de haber salido del sepulcro es un símbolo de la vida eterna que pertenece a Dios y que para nosotros es posible por Cristo, con Él y en Él.

Para cualquier creyente, en la etapa inicial de la vida de la fe o con una fe profunda, encontrarse cara a cara con la muerte constituye un desafío excepcional, se trata de la muerte de un ser querido o de la propia muerte, es el momento en que comprendemos que todo depende de Dios. La muerte si vive en primera persona y de nada sirven los bienes. Si no hay Dios, no hay nada. San Pablo ha enseñado que la muerte es el enemigo que será vencido en último lugar (1 Cor 15,26) y es lo que nos dice Juan al colocar el relato de la resurrección de Lázaro al final del ministerio público de Jesús.

Todos los discípulos hemos de afrontar un último momento en el que nuestra fe será puesta a prueba, y este será al encontrarnos ante la experiencia de la muerte, cuando necesitemos escuchar y aceptar el esperanzador mensaje proclamado por Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida, quien crea en mi, aunque haya muerto vivirá»

Estamos llegando al final de la cuaresma. La comenzamos poniéndonos frente a nuestra propia muerte. Cuando recibimos la ceniza se nos dijo: recuerda que eres polvo y al polvo has de volver. Ahora se nos invita a levantar la mirada, a ver el horizonte y a entender que en Cristo la muerte no tiene la última palabra, que Él ha vencido a la muerte y quienes creemos a Él, a quienes estamos unidos a Él nos hace participar de la vida eterna.

Dejemos que la luz del evangelio ilumine nuestras vidas. Veámonos como Lázaro, Marta y María, los amigos de Jesús; hagámosle saber nuestras necesidades, dejemos que nos recuerde que cuanto vivimos, si lo vivimos en la fe es ocasión para que se manifieste la gloria y la misericordia de Dios. Aprendamos con Jesús a llorar. No tengamos miedo de las lágrimas. Sólo los egoístas y los que no saben o no quieren amar no lloran porque piensan únicamente en sí mismos y son insensibles al sufrimiento ajeno. Lloremos con quienes lloran no sólo porque han perdido un ser querido, sino porque sufren la soledad, la enfermedad, la pobreza, la exclusión, la injusticia, la violencia, la discriminación etc. y hagamos oración, dejemos que en ella se nos conmuevan las entrañas, como a Jesús, con la certeza de que el Padre nos ha escuchado y se hará presente en las necesidades de las personas por las que intercedemos.

Dejemos a Jesús acercarse a nuestro propio sepulcro, en el que estamos sepultados por nuestros propios pecados y que ya apesta; dejemos que otros nos ayudan a quitar la loza y escuchemos la Palabra del Señor que nos dice ¡Sal de ahí!, para que volviendo a la vida nueva, a una vida centrada en el amor, podamos ser testigos de la Resurrección del Señor que con su muerte ha ganado para nosotros la vida eterna. Que los frutos de conversión de esta cuaresma nos hagan entender que hay que morir para vivir, que hay que morir con Cristo para resucitar con Él.

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A

 

I Samuel 16, 1.6-7.10-13

Salmo 22

Efesios 5, 8-14

Juan 9, 1-41

 

4CuaAEste domingo contemplamos, en el evangelio según san Juan, el relato de la curación del ciego de nacimiento, estructurado en torno al símbolo de la luz y que en la pedagogía litúrgica se coloca junto al símbolo del agua que consideramos la semana pasada en el relato del encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob.

La cuaresma es el tiempo de preparación inmediata para el bautismo de los catecúmenos, es decir, de quienes se han convertido al cristianismo y quieren vivir su fe en el seno de la comunidad cristiana.  Los ya bautizados, vivimos la cuaresma como tiempo de renovación de la vocación bautismal, tiempo propicio para volver a la raíz, a nuestra condición de ‘estar injertados’ en Cristo, para podar las ramas secas que nos impiden dar en Él los frutos de amor que Dios espera de nosotros.

El relato del ciego de nacimiento es un texto muy elaborado, redactado a base de diálogos que se distribuyen en 7 escenas y en los que se encontramos 15 preguntas en labios de los protagonistas. Al respecto se puede leer con provecho el comentario del P. Sicre.

Nosotros nos detendremos a considerar el proceso de iluminación del ciego de nacimiento y la ceguera de quienes teniendo ojos no quieren ver.

La ceguera de los discípulos.

El relato comienza con la pregunta de los discípulos respecto a un ciego de nacimiento que encontraron en el camino. «Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?». Esta pregunta revela la ceguera religiosa de los amigos de Jesús. El profeta Ezequiel, seis siglos antes de Cristo, ya había enseñado que cada quien es responsable de sus propias culpas y que Dios no castiga en los hijos las culpas de los padres (cf. Ez 18,20) La respuesta de Jesús es contundente: «Ni él pecó, ni tampoco sus padres» y al mismo tiempo ilumina la ceguera de los discípulos haciéndoles ver lo que no alcanzaban a ver: «Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios

En la actualidad, muchos discípulos podrían identificarse con la ceguera religiosa de los discípulos, pues a pesar de escuchar una y otra vez que Dios no castiga, siguen considerando las enfermedades como castigos queridos por Dios para la expiación de los pecados. Para Jesús la enfermedad no está vinculada necesariamente a un pecado precedente. Las enfermedades constituyen una ocasión para que Dios manifieste su bondad; las pruebas y los sufrimientos constituyen una ocasión para que Dios manifieste su amor misericordioso. Si no experimentamos esta bondad de Dios que nos asiste, fortalece y consuela en las pruebas pequeñas, todo nuestro bagaje de conocimientos religiosos será insuficiente para descubrirlo presente en medio del dolor y sufrimiento propio y ajeno.

La iluminación del ciego de nacimiento.

Iluminada la ceguera religiosa de los discípulos con la auto-presentación de Jesús que dice de si mismo «yo soy la luz del mundo», el evangelista narra la curación del ciego de nacimiento que había suscitado la pregunta de los discípulos y la enseñanza de Jesús. Junto a la Palabra, los hechos que verifican la Palabra.

La curación se describe de manera muy sencilla. Jesús prepara con saliva lodo una cataplasma que aplica en los ojos el enfermo y le indica lavarse en la piscina de Siloé, que significa Enviado. «El fue, se lavó y volvió con vista» suscitando la admiración de los vecinos y de quienes lo habían visto antes pedir limosna quienes incluso dudaban que se tratara de la misma persona.

Estas personas y los fariseos, someten al que era ciego a un interrogatorio que le irá haciendo tomar conciencia que lo que le había sucedido era obra de Dios. Magistralmente el evangelista describe el proceso de la fe de este hombre, quien progresivamente va tomando conciencia de la identidad de quien lo había curado a quien inicialmente se refiere como «El hombre que se llama Jesús».

Ante la descalificación de los fariseos que afirman «ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado», el ciego curado da un paso y con valentía se deslinda del juicio de sus inquisidores que le preguntaban «¿qué piensas del que te abrió los ojos?», Respondiéndoles con firmeza: «Que es un profeta». Esta respuesta hizo dudar a los fariseos sobre la identidad de este hombre y para confirmarse en ella recurren al testimonio de los padres.

No contentos, someten al que era ciego a un tercer interrogatorio estableciendo como premisa la imposibilidad de que Jesús hubiese realizado un milagro que sólo sería posible realizar a Dios y no a un pecador como ellos lo consideraban. El hombre curado se deslinda de la trampa argumentativa de los fariseos recurriendo a su propia experiencia: «Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo» y con creciente valor interroga cuestiona la intención que tienen los fariseos ante su excesiva preocupación e incredulidad por lo que ha ocurrido: «¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?» descubriendo al mismo tiempo su secreta intención, pues a estas alturas está convencido que cuanto ha sucedido tiene que ver con Dios y concluyendo, a partir de los argumentos de los fariseos, afirma: «Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder»

El encuentro con Jesús lo ha curado no sólo de la ceguera física, sino también de la espiritual, lo ha iluminado interiormente haciéndolo capaz de iluminar a otros con su testimonio. El último paso de este progresivo camino de fe lo da este hombre delante de Jesús quien se le revela como el Hijo del Hombre, ante lo que dijo «Creo, Señor. Y postrándose, lo adoró». El proceso de iluminación se completa con la profesión de fe.4CuaA Fano

Pensemos en nuestro propio proceso de fe. Todos hemos escuchado que la fe es un don que recibimos con el bautismo y es cierto. Pero no podemos olvidar que es como una semilla que debemos plantar y cultivar. La fe no funciona en automático. Es un don de Dios con un dinamismo que se despliega en nuestro interior y que descrito a la luz del evangelio de este domingo es una «iluminación» interior, que al mismo tiempo que nos permite ver el mundo, la vida, las personas, las cosas y a nosotros mismos, con los ojos de Dios, nos ilumina desde dentro para que con nuestro testimonio sostengamos y acompañemos el proceso de fe de otros. Entendamos el simbolismo profundo de la luz en la celebración bautismal representando en el Cirio Pascual del que se enciende la vela del neo-bautizado. No es un adorno. Es un símbolo que nos vincula a Cristo «Luz del mundo», que enciende en nuestro interior una luz que hemos de conservar encendida hasta que el venga a nuestro encuentro y que debemos compartir con los demás.

La ceguera por miedo.

Uno de los pasajes del drama que contemplamos es el diálogo de los fariseos con los padres del hombre curado por Jesús. Los interrogan sobre la identidad de su hijo y sobre la verdad de su ceguera. No pueden creer la profunda transformación que ha ocurrido en este hombre a partir del encuentro con el Señor. Al interrogatorio de los fariseos los padres del hombre que era ciego responden «sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego», pero se deslindan del asunto respondiendo a la pregunta sobre cómo recupero la vista diciendo «cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo.» El evangelista acota diciendo que esta respuesta de los padres del que había sido ciego obedeció al miedo, pues los judíos «ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías». Tras las bambalinas podemos imaginar al ciego curado narrando con gozo a sus padres cuanto le había ocurrido y podemos imaginar la alegría de estos al ver sanado a su hijo lo que sin duda era también para ellos un alivio y bendición. Seguramente recibieron el testimonio pero el miedo le impidió dar el paso de la fe y hacerse discípulos de Jesús pues temían ser expulsados de la sinagoga y condenados a vivir marginados.

Es algo que también pasa en nuestros días. Lo vemos en quienes podemos llamar «cristianos vergonzantes», que saben, porque son testigos, de las obras que Dios realiza a favor nuestro por Jesucristo su Hijo, nuestro Señor, pero son incapaces de dar testimonio por miedo a ser considerados irracionales, fanáticos, a perder prestigio o incluso, a ser marginados de esos ambientes “ciegos” donde sólo el tuerto es rey.

La ceguera de los que no quieren ver.

Es la más dramática y es la que queda evidenciada principalmente en el relato. Es la ceguera de los fariseos incapaces de recibir el testimonio de fe de quien con su vida narra cuanto Dios ha hecho en él y cerrados en un racionalismo obtuso prefieren buscar la manera de desprestigiar a Jesús antes de reconocer en él a un hombre enviado por Dios.

En distintos lugares del evangelio encontramos la advertencia de Jesús para quienes tienen ojos y no quiere ver, tienen oídos y no quieren oír, pues esta ceguera es invencible y no puede recibir la iluminación de la fe.

Podríamos pensar que esta ceguera no es la nuestra, pero nos equivocamos. Basta que volvamos a la primera lectura de este domingo, para que caigamos en la cuenta que nuestra tendencia a juzgar por apariencias nos impide ver a las personas y a las cosas como Dios las ve. El Señor dijo a Samuel: «El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones».

En un mundo como en el que vivimos en el que la publicidad construye y destruye ídolos en breve tiempo, es importante no perder de vista que la mirada de fe nos permite ver más allá de lo que aparece y escrutar el sentido profundo de cuanto sucede a nuestro alrededor.

Estamos llamados, de acuerdo a la exhortación de san Pablo a vivir «como hijos de la luz» cuyos frutos son la bondad, la santidad y la verdad. Una consecuencia práctica de todo esto la señala el mismo San Pablo que nos pide deslindarnos de las obras de quienes prefieren vivir en las tinieblas y reprobarlas, pues «todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz.» Esto nos pide tener la valentía de los discípulos que por encima del miedo a ser marginados, dan testimonio, y se sostienen en él, de que Jesucristo, enviado de Dios, es Luz que ilumina nuestro corazones.

 

III Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Éxodo 17, 3-7

Salmo 94

Romanos 5, 1-2.5-8

Juan 4, 5-42

3CuaADespués de haber contemplado al Señor, tentado y glorificado, y haber visto nuestra propia vida a contraluz en las escenas de las tentaciones y de la transfiguración, nos encontramos ahora en el corazón del itinerario cuaresmal que nos lleva a la Pascua y a la renovación de nuestra vocación bautismal.

 El ciclo A de la Liturgia, que es en el que nos encontramos, en los domingos tercero, cuarto y quinto, centran nuestra atención en los símbolos bautismales, el agua, la luz y la vida, para que recuperemos su fuerza simbólica que condensa el dinamismo de la vida nueva que Dios da quienes se reconocen y aceptan vivir, en Cristo, como hijos suyos.

El bautismo no es un acontecimiento de nuestro pasado, es una realidad existencial; estamos llamados a vivir como bautizados, es decir, a vivir en la vida nueva, la vida plena que Dios quiere para sus hijos y de la que el primer testigo es Jesucristo, el hijo de Dios, el Salvador del mundo.

Este Domingo la escena evangélica describe el encuentro de Jesús con una mujer samaritana en el pozo de Jacob. Es una escena dramática por la enemistad que existe entre los samaritanos y judíos. La tensión del relato lleva de un aparente rechazo a la aceptación de Jesús y de un diálogo superficial sobre las necesidades básicas de la vida a la necesidad fundamental de Dios.

El modo como inicia Jesús el diálogo es aleccionador. Se presenta necesitado. Cansado de su caminar por el desierto y sediento. En esa situación pide de beber a la mujer samaritana que salió del pueblo para buscar agua en el pozo de Jacob.  Este gesto pedagógico no puede pasar desapercibido.

Cuando estamos convencidos de algo y queremos convencer a otro no podemos partir de nuestros presupuestos ni mucho menos imponerlos. Es menester situarse en el mismo nivel existencial de la otra persona. El orgullo y la superioridad no ayudan en un diálogo saludable. En cambio situarse en el plano de una necesidad compartida, necesitado de la ayuda de los demás, propicia un diálogo que puede ir, in crescendo, revelando la verdad.

Jesús sediento pide de beber y se ubica a en el plano de las necesidades de la mujer samaritana. Parte de su necesidad de agua y del deseo de satisfacer de manera definitiva su sed para romper la rutina que le hace ir y venir al pozo en busca del agua. Jesús le ofrece el agua que no sólo sacia la sed de manera definitiva sino que transforma la vida en un manantial de agua viva, capaz de saciar la sed más profunda.

La mujer se entusiasma con esa agua que quita la sed de manera definitiva que Jesús le ofrece y le pide: « «Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla».3CuaA - 2

Como respuesta, Jesús se ubica en otro ámbito existencial de la vida de la samaritana: la vida conyugal que implica un amor fiel, estable y fecundo. «El le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”» tocando así otro nivel de insatisfacción al descubrir que ha vivido con 5 maridos y el actual, el sexto, no es su marido.

La percepción que la mujer tiene de Jesús se va transformando, inicialmente era sólo un judío, después reconoce su dignidad y le llama «señor», ahora que ha dejado al descubierto su incapacidad de amar y su consiguiente insatisfacción le llama profeta y, como distrayendo la atención, ubica el diálogo en otra necesidad más fundamental, la de Dios, insatisfecha también ante la confusión sobre el lugar legítimo para ejercer el culto verdadero.

Detengámonos nuevamente en el estilo de Jesús. No se enreda en una discusión teológica, ni reivindica la pretensión judía de que el Templo de Jerusalén sea el único lugar para ofrecer el sacrificio agradable a Dios. «Se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad»

Con el problema del culto de adoración a Dios la samaritana descubre otra necesidad fundamental humana suya, insatisfecha: la necesidad de trascendencia, la sed de Dios, que sólo Dios puede colmar y que lo hace no en la circunstancia de un lugar o un momento, sino en el interior de cada persona que es transformado en manantial de su amor divino.

Al diálogo con la samaritana sigue otro diálogo, ahora con los discípulos, que habían ido al pueblo a buscar algo para comer y que se encuentran con un Jesús satisfecho que les dice. « “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”.  La vida de un discípulo de Jesús no puede concentrarse sólo en la búsqueda de los satisfactores a las necesidades inmediatas y básicas. La vida se iría en ello. El discípulo aprende del maestro a alimentarse del cumplimiento de la voluntad de Dios que es que llevar su amor a quien más lo necesita. El discípulo se alimenta entonces de la obediencia filial, como Jesús que dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.» y la obra del Señor es sembrar lo que otros cosecharán y cosechar lo que otros sembraron, con la conciencia de que el resultado no depende del propio esfuerzo sino de Dios.

El relato concluye con el diálogo de la samaritana con los samaritanos. A la llegada de los discípulos «la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”» La gente salió del pueblo, se puso en camino hacia donde estaba Jesús, rogándole que se quedara con ellos. El Señor se detuvo en Samaria dos días y se estableció allí una comunidad de discípulos del Señor que «creyeron en él al oír su palabra.» Por experiencia propia, a partir del anuncio de la Samaritana, los samaritanos de aquel poblado llegaron a la fe: «Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.»

Tres diálogos. Tres procesos distintos. En el centro un solo dinamismo: el itinerario de la fe que lleva a entender la vida de una manera distinta a partir del encuentro con Jesús.

Este itinerario interpela todas las dimensiones de la existencia y en él Jesús va dejando conocer su identidad para que poco a poco vayamos profundizando la fe, en un proceso que va de la superación del prejuicio hasta la total aceptación; de la satisfacción de la necesidad más elemental y básica a la satisfacción de la necesidad más profunda que es la necesidad de Dios;  del paso de una experiencia de fe mediatizada por el testimonio de otros a la experiencia personal de fe a partir de la experiencia propia del encuentro con Jesucristo y de la pasividad de quien todo lo espera a la actitud dinámica de quien todo lo entrega.

Esta riqueza se condensa en el símbolo del agua, que en el bautismo nos sumerge en el misterio de Dios para que viviendo cada día en su presencia demos a Dios un sentido a la vida de cada día.

II Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Génesis 12, 1-4

Salmo 32

2ª Timoteo 1, 8-10

Mateo 17, 1-9

 

2CuaAEste Domingo segundo de cuaresma, como en contrapunto con el evangelio de las tentaciones que consideramos el domingo pasado, contemplamos la escena de la transfiguración del Señor. Si la primera semana de cuaresma nos concentramos en la humanidad probada de Jesús, a la luz de este texto, esta semana nos concentramos en su humanidad glorificada. Descubriremos a la luz de este pasaje que nuestra vocación es manifestar a Dios.

Enseguida, se propone lo que el P. José Luis Sicre SJ, estudioso de la Sagrada Escritura escribe para una mejor comprensión del pasaje evangélico de este Domingo.

“En el evangelio […] también queda claro el tema: Jesús, que renuncia a asegurarse la vida, obtiene la victoria simbolizada en la transfiguración. Así lo anuncia a los discípulos: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar a este Hombre como rey». Esta manifestación gloriosa de Jesús tendrá lugar seis días más tarde.

El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña (v.1), la visión (vv.2-8), el descenso de la montaña (9-13). Desde un punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

  •  La teofanía del Sinaí

Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

  •  La subida a la montaña

Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. La exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla sólo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos. Se dice que subieron «a una montaña alta y apartada». La tradición cristiana, que no se contenta con estas indicaciones generales, la ha identificado con el monte Tabor, que tiene poco de alto (575 m) y nada de aparta­do. Lo evangelistas quieren indicar otra cosa: usan el frecuente simbolismo de la montaña como morada o lugar de revelación de Dios. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí (u Horeb). También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén. Una montaña «alta y apartada» aleja horizontalmente de los hombres y acerca verticalmente a Dios. En ese contexto va a tener lugar la mani­festación gloriosa de Jesús, sólo a tres de los discípulos.

  •  La visión

En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.

  1. La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). Mateo omite esta comparación final y añade un dato nuevo: «su rostro brillaba como el sol». La luz simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.
  2. «De pronto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.
  3. En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son simple conse­cuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Cuando el primer anuncio de la pasión, Pedro rechazó el sufrimiento y la muerte como forma de salvar. Ahora, en la misma línea, considera preferible quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que seguir a Jesús con la cruz.
  4. Como en el Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella.
  5. Sus primeras palabras reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: “¡Escuchadlo!” La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, que han provocado tanto escán­dalo en Pedro, y con la dura alternativa entre vida y muerte que ha planteado a sus discípulos. Ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. “¡Escuchadlo!”
  •  El descenso de la montañatransfiguracion-fano

Dos hechos cuenta Mt en este momento: La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite y la pregunta de los discípulos sobre la vuelta de Elías.

Lo primero coincide con la prohibición de decir que él es el Mesías (Mt 16,20). No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.

….

Resumen

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) al aparecérseles Moisés y Elías se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.”

 

En nuestro camino cuaresmal propicio para renovar nuestra vocación bautismal la escena de la transfiguración nos ayuda entender con una imagen el sentido de haber sido incorporado a Cristo por el bautismo. Los bautizados tenemos que manifestar a Dios con nuestra vida, símbolo de ello es la vestidura blanca  y la vela encendida del bautismo que identifica a quienes creen en Jesucristo que es Luz de Luz. Esto será sólo posible asumiendo todas las consecuencias del seguimiento, también la cruz.

Como los discípulos del evangelio, también a nosotros nos asusta el fracaso, no da miedo el sufrimiento y la muerte; como a ellos, Jesús nos enseña que incluso estas experiencias humanas tienen sentido cuando nos confiamos plenamente en Dios que no nos abandona y esto lo hacemos aceptando al Señor en nuestra vida, acogiendo su Reino, viviendo el mandamiento del amor hasta el extremo de entregar la vida por los amados de Dios.