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Bautismo del Señor – Ciclo B

bautismoEste Domingo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor y con ella concluimos el tiempo de Navidad.

Esta celebración nos hace pensar en nuestro propio bautismo. Jesús quiso recibir el bautismo que Juan predicaba y administraba. Era un bautismo de penitencia al que acudían quienes estaban dispuestos a un cambio de vida mediante la purificación de sus pecados. Jesús no necesitaba este bautismo, Su disposición a recibirlo pone de manifiesto su solidaridad con una humanidad al mismo tiempo pecadora y anhelante de la manifestación de Dios.

El evangelio de Marcos señala lo provisorio del bautismo de Juan. En efecto, el Bautista sabe que el rito que celebra es imperfecto y así lo señala diciendo: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo […] Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo.»

En la escena contemplamos la manifestación trinitaria de Dios. El Espíritu descendió sobre Jesús en forma de paloma. Es el mismo Espíritu que descendió sobre María y que ya Jesús, desde el vientre de su Madre, comunicó a Isabel que cuando fue saludada por María “quedó llena del Espíritu Santo”.

Bautizar significa sumergir. Jesús nos bautiza con su Espíritu, nos sumerge en Él para que vivamos siempre inspirados, fortalecidos, ungidos por la fuerza divina que nos transforma para que en el mundo podamos ser de verdad imagen viva de Dios.

En la escena se oye también la voz del Padre que desde el cielo dice «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Esta voz nos descubre que la vocación personal de Jesús, aquello a lo que está llamado es: ser Hijo amado.

Por ello en todo su ministerio lo vemos buscar momentos para hacer oración y estar a solas con su Padre. Por eso, cuando los discípulos le piden que los enseñe a orar, lo hace haciéndoles decir «Padre nuestro»; por eso cuando ve el entusiasmo de los pobres por su predicación y el desprecio de los sabios y poderosos exclama «Gracias Padre porque así te ha parecido bien»; por eso cuando asciende al cielo dice a sus discípulos: «voy a mi Padre que es su Padre, a mi Dios que es su Dios»

El bautismo de Jesús describe pues su identidad y también su misión. Él es el Ungido del Espíritu, es el Cristo, el Mesías esperado. Los cristianos primeros lo entendían muy bien al escuchar este texto del evangelio, pues sabían que el Mesías de Dios, el Cristo, era el Ungido de Dios, el lleno de su Espíritu. La misión de Jesús es llevar a todos el amor misericordioso de Dios. El mismo amor que lo ha envuelto, que lo llama predilecto de Dios es el contenido del Evangelio que comienza a proclamar: Dios está cerca, no como juez justiciero y vengador, sino como padre amoroso que quiere para sus hijos lo mejor.bautismo-de-Jesus

Pensemos en nuestro propio bautismo. Muchas veces creemos que es el rito de imposición de nombre. Hoy nos queda más claro que no es así, muchas personas, infantes o adultas, cuando se bautizan ya tienen un nombre. El bautismo nos incorpora a Cristo, como injertándonos en Él, nos comunica su Espíritu y nos transforma en hijos de Dios en su Hijo Jesucristo.

Por eso, por nuestro bautismo, formamos parte de la familia de Dios, nos incorporamos al cuerpo de su Hijo que es la Iglesia y recibimos de Él «gracia sobre gracia», porque el Señor nos descubre que el Padre amoroso que le ha dicho «Tú eres mi Hijo amado» nos dice también esas palabras, y nos manifiesta su amor de una y mil maneras. Nos hace saber además, que nuestra misión en la vida, lo que le da sentido a nuestra existencia es el amor, hacer el bien a los demás, dejar algo de nosotros mismos en ellos, como semilla que germina, florece y da fruto y nos hace trascender hasta la eternidad.

En virtud de nuestra fe somos llamados a vivir esta doble dimensión del bautismo que nos vincula en relación de intimidad filial con Dios nuestro Padre y en relación de amorosa y solidaria fraternidad con todos sus hijos, que lo reconocen como Padre y que por ello son nuestros hermanos.

Apreciemos nuestro bautismo. No seamos omisos en crecer en nuestra conciencia bautismal. Muchos fuimos bautizados en la inconsciencia de los primeros meses de vida, pero la pedagogía de la Iglesia nos ofrece días como este para ver nuestra propia vocación cristiana en el espejo de Jesús y además nos ofrece el tiempo de cuaresma -que este año inicia el 18 de febrero- que nos prepara para renovar en la Pascua las promesas bautismales. Que el Bautismo no sea sólo rito, que sea vida.

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El Bautismo del Señor

BAU bautismo de Jesús fanoCelebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Concluye el ciclo de Navidad e inicia la primera etapa del tiempo ordinario.

La luz de la Palabra

Este año contemplamos la escena del Bautismo del Señor en la narración de San Lucas.

Jesús se revela en las orillas del Jordán. Aparece como adulto, en público, junto a Juan el Bautista a quien acudían muchas personas para que les administrara el bautismo. El evangelista señala que «el pueblo estaba en expectación». De esa manera describe el movimiento que se generó en torno a Juan, quien con su predicación y su estilo de vida despertó la esperanza en un pueblo cansado, agobiado y, de alguna manera, desilusionado.

La gente deja sus casas y compromisos habituales para llegar hasta Juan y al recibir el bautismo de conversión que él administraba hacen patente su deseo de un mundo nuevo, un mundo diferente y su disposición de cambiar de vida, para favorecer así el advenimiento del Reino, el cumplimiento de la promesa de Dios. No se puede esperar un mundo nuevo cuando se vive en el egoísmo o en el pecado. Es legítimo anhelar un mundo diferente, querer que las cosas sean distintas, este anhelo, si es auténtico, debe ir acompañado de un correspondiente compromiso en primera persona.

La gente pensaba que Juan era el Mesías. Sin embargo el Bautista no se aprovechó de la circunstancia, no generó en torno a él un movimiento político, ni se endiosó a sí mismo. Con humildad se presentó como precursor diciéndoles «es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

Jesús también va a al Jordán, y se pone en fila, junto con la muchedumbre, para ser bautizado. Contemplamos aquí una vez más la ‘lógica’ de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre, nació en el seno de una familia, formó parte de un pueblo y compartió con éste sus esperanzas. «El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla con los pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus hombros el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro lugar, en el lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.» (Benedicto XVI)BAU Bautismo del Señor fano 2

A esta humillación, expresión de la total obediencia de Jesús a su Padre Dios, corresponde la exaltación del Hijo por parte de Dios. Jesús estaba recogido en oración y «mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco

Jesús oraba. El movimiento en torno a Juan es un movimiento religioso no político. Jesús se sumó a esta expectativa y con su oración hace explícita su total esperanza y confianza en la fidelidad de Dios. Al descender el Espíritu Santo y escucharse la voz del cielo «el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva» (Benedicto XVI).

La Palabra ilumina nuestra vida

Pensemos un poco en nuestro propio bautismo.

El evangelio hace patente, mientras Jesús oraba, la identidad de Jesús. Él es el Hijo amado. El itinerario de los discípulos y discípulas de Jesús pasa por esta experiencia. Ser amado por Dios forma parte de la identidad cristiana. Tomar conciencia de ello hasta llegar a la certeza indubitable de que Dios nos ama es el horizonte del itinerario espiritual del discípulo.

Por el don de la gracia bautismal, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros y habita en nuestros corazones para que vivamos inmersos en el amor de Dios. El punto de partida de esta experiencia es ver y recibir la vida como un don; reconocer el amor de Dios en las personas que nos han hecho el bien y en la belleza de la creación.

Tener viva la conciencia de ser bautizados nos descubre como hijos de la luz, «el Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe.» (Benedicto XVI). El itinerario de la fe nos pide recorrer el camino de la vida con la luz de Cristo que nos ilumina de manera permanente en su Palabra, en la Eucaristía y en los pobres y necesitados.

BAU bautizado fanoEl discípulo del Señor está llamado a ser luz para los demás. En el rito del bautismo se recomienda a los padres y padrinos del bautizado que le acompañen para que la luz bautismal no se apague. Hay en ello una indicación muy valiosa, cuya puesta en práctica es urgente rescatar en un mundo individualista: el buen ejemplo.

Aprendemos más de los ejemplos que de las palabras. Es válido para todos, no sólo para los niños. La vida virtuosa se aprende por imitación, por ello es importante tener en cuenta cada día que la gratuidad de los pequeños detalles de amabilidad, respeto, paciencia, servicialidad, cumplimiento responsable de las obligaciones, etc., es luz que ilumina la vida de quienes viven junto a nosotros que les permite descubrirse a si mismos amados por Dios.

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