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Posts Tagged ‘Eucaristía’

XVIII Domingo Ordinario – Ciclo A

 Isaías 55, 1-3

Salmo 144

Romanos 8, 35.37-39

Mateo 14, 13-21

 

18OrdAEste Domingo contemplamos el relato de la multiplicación de los panes. Es un signo que caló hondo en la conciencia de los primeros discípulos y de las primeras comunidades. El relato lo encontramos en los cuatro evangelios y en dos de ellos lo encontramos dos veces. Hoy puede calar hondo en nuestra conciencia, pues un llamado profético a salir del encierro narcisista y egoísta en el que vivimos.

En el hecho prodigioso de una multitud saciada con sólo cinco panes y dos peces, los discípulos y las primeras comunidades descubren el sentido de la entrega de Jesús, de su muerte en la Cruz y de su resurrección, misterio pascual que se actualiza cada vez que los cristianos se reúnen para celebrar la eucaristía.

Leamos atentamente el texto. Destaco algunos gestos o palabras en las que podemos detenernos en la consideración que hacemos de este relato para nuestro provecho espiritual.

Fijémonos cómo Jesús antepone las necesidades de los demás a su propia necesidad de estar sólo para orar y asimilar la muerte de Juan el Bautista. La gente lo seguía y al desembarcar con la intención de encontrar un poco de solaz Jesús vio una multitud que lo buscaba. Jesús se compadece y cura a los enfermos. Su mirada no es egoísta. Ve las necesidades ajenas, las siente como propias y hace lo que puede para aliviarlas.

La compasión no es un sentimiento de lástima por una desgracia ajena. El sentido profundo de la compasión evangélica es la conmoción de las entrañas, es dejarse afectar por el sufrimiento del otro, sentir su necesidad como propia y salir de si mismo para ser presencia oportuna, consuelo, alimento, palabra, respuesta de Dios.

Jesús y los discípulos vieron que atardecía y que la multitud tenía hambre, pero se plantearon el problema de distinta manera. Los discípulos pensaron en su precariedad, en la insuficiencia de sus recursos y propusieron al maestro la solución más pragmática: despedirlos para que cada quien viera por sus propias necesidades.

Jesús veía las cosas de otras manera y los sorprende diciéndoles «denles ustedes de comer». Azorados, le hacen saber lo poco que tienen -«No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados»- como indicando que apenas tienen para ellos. Nuevamente el Señor les enseña a anteponer las necesidades propias a las necesidades de los demás.

Puestos en común los cinco panes y los dos pescados, Jesús los toma y los bendice. Con este gesto, a simple vista irrelevante, el Señor manifiesta que los bienes –incluso los que se tienen para satisfacer las propias necesidades básicas- son un regalo de Dios, que hay que aceptar, agradecer y compartir.18OrdA 2

Este gesto de: tomar, dar gracias, partir y repartir, que se realiza ritualmente en cada Eucaristía, no sólo nos recuerda lo que Jesús hizo y dijo, sino que nos incorpora, a cuantos participamos en la cena del Señor, en la dinámica de la vida eucarística que sintetiza la vida de los discípulos de Jesús.

Vivir una espiritualidad eucarística nos mueve, despierta en nuestro interior una fina sensibilidad a las necesidades de los demás y la capacidad de verlas y de descubrirlas cuando no están a simple vista; además, nos hace compasivos, capaces de conmovernos hasta las entrañas y de sentir las necesidades de los demás como propias y nos hace capaces de salir de nosotros y de compartirnos para ser presencia y ayuda eficaz en medio de las necesidades ajenas.

No es capaz de compartirse quien piensa que lo que tiene lo tiene porque lo merece o porque con su esfuerzo lo ha conquistado. Quien así piensa olvida que nada tenemos que no hayamos recibido y siente que no tiene la necesidad de agradecer. Tampoco reconoce que Dios nos bendice con sus dones para que los compartamos y que esto vale no solo para los bienes materiales, sino también para los bienes espirituales y materiales, para los bienes tangibles e intangibles, para el tiempo y el conocimiento etc.

Cuando muchos comparten lo poco que tienen se hace un mucho que para todos alcanza y hasta sobra. El milagro de Jesús no se realizó en el canasto de los panes y los pescados sino en los corazones de quienes algo tenían para sí y fueron capaces de reconocer en ello un don, de agradecerlo y de compartirlo.

El pan que se parte y se reparte es un signo de la vida entregada de Jesús. Él, como la viuda del evangelio nos dio lo único que tenía para vivir: su propia vida, reconocida como don y presentada como ofrenda y que se transforma para nostros en alimento de vida eterna. El Señor quiere que en memoria suya, hagamos de nuestra vida un pan, que se parte y se reparte para la vida del mundo.

Compadecerse, agradecer y compartir son tres signos de nuestra una vida animada por una espiritualidad eucarística. Las tres actitudes están presentes en el relato que contemplamos y son básicas para responder al imperativo ¡denles Ustedes de comer! con el que Jesús nos interpela cuando vemos el hambre de los demás, que puede ser corporal, espiritual, emocional, intelectual etc.

El problema del hambre en el mundo no se resolverá sin nosotros. Es necesaria la solidaridad. Para superar la actual crisis de hambruna en el mundo hay que originar una reacción en cadena. Que cada quien comience viendo las necesidades de los más cercanos; reconozca los dones que ha recibido, de gracias por ellos, salga de si mismo y se comparta, como el pan que se parte y se reparte; que quien ha recibido el beneficio de la compasión evangélica a su vez haga lo mismo con los más cercanos y así sucesivamente.

Hagámoslo en memoria suya, respondamos así, como nos enseña hoy el evangelio, al imperativo ¡Denles ustedes de comer!

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