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Domingo en la Octava de Navidad  – La Sagrada Familia

Eclesiástico (Sirácide) 3, 3-7.14-17

Salmo 127

Colosenses 3, 12-21

Mateo 2, 13-15.19-23

Sagrada Familia ALa intención del evangelista con los relatos de la infancia, conjunto en el que se ubica el texto evangélico que hoy contemplamos, no es la de ofrecernos una biografía de Jesús, sino dejar clara su identidad a los destinatarios del evangelio: Jesús es el Mesías, en Él se cumple la promesa de Dios que haría surgir de la casa de David un salvador. En Jesús se sintetiza la historia del pueblo de Israel y Él dará origen a nuevo pueblo.

El referente más importante de la intervención salvífica de Dios para los judíos es la epopeya del Éxodo y para presentar claramente la identidad mesiánica de Jesús, el evangelista retrotrae el rechazo que vivió Jesús por parte de las autoridades judías al relato de su infancia y presenta ésta en las coordenadas del relato del Éxodo.

José, el esposo de María, recibe una revelación en sueños y va a Egipto para salvar al Niño. Se revive así la gran epopeya de José, el intérprete de sueños del Antiguo Testamento, que vendido a unos desconocidos por sus envidiosos hermanos termina en Egipto y de ese modo, paradójicamente, pudo salvar a su familia -la casa de Jacob- de la crisis hambruna que se abatía sobre la región.

La historia de José, el del Antiguo Testamento, tiene como desenlace el relato de Moisés, que siendo niño, escapó de la orden del Faraón que había mandado matar a los niños varones de los hebreos y siendo adulto encabeza la gesta de liberación de la esclavitud. Del mismo modo, con la ayuda de José, el niño Jesús escapa de Herodes que había ordenado matar a lo niños varones y es llevado de nuevo a Palestina cuando ya habían muerto los que atentaban contra su vida; José instala a la familia en Nazaret y el evangelista advierte una vez más que ello ocurrió para que se cumpliera la Escritura, dejando ver nuevamente su intención de que sus destinatarios, muchos de origen judío, acepten sin dificultad la identidad mesiánica de Jesús. De la misma manera que Moisés, Jesús salvará de la esclavitud, no de un tirano, sino del pecado y no sólo a los israelitas, sino a todas las naciones. Jesús es presentado como un nuevo Moisés y así aparecerá en otras escenas del mismo evangelio.

Tomando en cuenta estas notas para la comprensión del texto que nos ocupa queda claro que el centro de la escena es Jesús. El evangelista es muy honesto con los destinatarios de su anuncio al presentarlo rechazado desde su infancia por Herodes, así como fue rechazado en su vida adulta por los sabios y los poderosos. Sin embargo, en esta historia de rechazo Dios es quien protege, preserva y sostiene a Jesús para que con fidelidad cumpla su misión.

Junto a Jesús encontramos a José quien en sueños conoce la voluntad de Dios y no vacila en cumplirla, con la misma fidelidad y prestancia como lo hizo cuando se le pidió no dudar en recibir a María como su esposa.

José, que no había aparecido en la precedente escena de los magos de oriente -que contemplaremos el día de la epifanía- es presentado con el encargo de tomar al niño y a su madre para cuidarlos.

El varón justo, padre legal de Jesús, correspondió de forma generosa y total al proyecto de Dios, aceptando pasar por situaciones realmente difíciles con tal de salvaguardar al niño para que el plan de Dios tuviera cumplimiento. José es instrumento dócil en manos de Dios, vela por el niño indefenso que será el salvador de todas las naciones y cuida con la misma delicadeza de María, quien en la escena de este domingo permanece en segundo plano.

Luz para nuestra vidaSagrada Familia A - 2

El domingo en la octava de Navidad la Iglesia lo dedica a la Sagrada Familia de Nazaret, lo que nos permite adentrarnos en la contemplación del misterio de la Encarnación. Curiosamente, los textos evangélicos correspondientes a cada ciclo litúrgico y que se proclaman en este Domingo presentan a la Sagrada Familia poniéndola bajo el signo de la Cruz. Jesús enfrentará el sufrimiento y la muerte por fidelidad a su misión de hacer cercano el amor de Dios y el mismo Dios, que lo sostiene, lo fortalece y en la resurrección lo rescata del poder de la muerte, es quien en su infancia, cuando es un niño indefenso lo salvaguarda del peligro gracias a la generosidad y fidelidad de José y de María.

Encontramos aquí una luz muy importante para nuestra vida. Dios nos llama a la vida y a cada uno nos encomienda una misión. La tarea de los papás es formar el corazón de sus hijos para que sean capaces de descubrir la misión que Dios les confía y forjar su voluntad para que, cuando llegue el momento, asuman con fidelidad esa misión. Mientras los hijos son indefensos toca a los padres salvaguardar en ellos la inocencia, la capacidad de ver y descubrir el bien en las personas para ser capaces también de descubrir a Dios en sus vidas y conocer su voluntad.

Al igual que sucedió con el niño Jesús, hoy hay muchas fuerzas poderosas que buscan neutralizar la acción de Dios en el mundo arrancando la inocencia del corazón de los niños. Muchas de estas fuerzas actúan en el seno de sus propias familias y se desatan cuando papá y mamá actuando egoístamente, buscan de manera egoísta su propio bien, imponer su voluntad, defender su comodidad, sin reparar en el daño que hacen a sus hijos.

Así ocurre, por ejemplo, cuando por egoísmo y soberbia la pareja es incapaz de dialogar, tomar acuerdos, superar diferencias y para ganar la batalla que entre ellos han establecido envenenan el corazón de los niños hablándoles mal de su padre o de su madre, hiriendo con ello su autoestima, acentuando su inseguridad, despertando resentimientos en su corazón y sofocando en ellos la confianza.

Cuando un infante pierde la inocencia se vuelve desconfiado, mira con recelo, es muy susceptible, se aísla, pierde la espontaneidad, se hace calculador y todo esto, si no sana, repercute en su capacidad de establecer relaciones humanas saludables y fecundas, quedando así aislado y por tanto, indefenso y vulnerable.

Contemplemos a José y a María, desinstalándose de su comodidad, dejando de pensar en ellos mismos y asumiendo la inseguridad y el miedo, enfrentando el ambiente hostil, sobrellevando las penurias de los migrantes y la marginación de quien vive como extranjeros en patria ajena, todo, para salvaguardar al Niño para que en Él se cumpliese la voluntad de Dios.

Que la luz de esta página evangélica ilumine a todas las parejas que viven dificultades en su relación conyugal, haga arder sus corazones, disponga su voluntad, para que sean capaces de romper el espiral de la orfandad y viendo la inocencia de sus hijos como Dios la ve sean capaces de sacar fuerza de sus flaquezas y se dispongan a ser instrumentos de Dios para que sus hijos lleguen a cumplir en todo la misión que Él les confía.

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La Sagrada Familia

SF Jesús en el temploEl Domingo en la Octava de Navidad celebramos a la Sagrada Familia. La intensidad de la celebración navideña sigue, ahora contemplamos otro aspecto del misterio de la Encarnación: El Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana en todo, menos en el pecado, y nació en el seno de una familia.

La escena evangélica para la contemplación de la Familia de Nazaret este año es la que en la devoción popular enunciamos como “el niño Jesús perdido en el Templo de Jerusalén” y de la que quizá hemos hecho muchas consideraciones tomando en cuenta el dolor de María y de José ante su hijo extraviado o la sabiduría con la que el adolescente Jesús dialogaba con los sabios y entendidos en las cosas de Dios, como si ya desde niño lo supiera todo..

Los judíos piadosos, y José y María lo eran, cumplían con las prescripciones de la Ley y esta les pedía estar en el templo de Jerusalén tres veces al año: para las fiestas de la Pascua, de las Semanas y de las tiendas.

Algunos han querido ver en la presencia de Jesús, a los 12 años, en el templo de Jerusalén su participación en el rito judío del Bar-Mitzvá, que marcaba el paso de la infancia a la vida adulta, haciendo del joven judío un sujeto de derechos y deberes dentro de la sociedad.

El Papa Benedicto, en su reciente libro sobre la infancia de Jesús ve en este hecho una muestra fehaciente de la religiosidad de la familia de Jesús. Al respecto dice: «Para los niños, la obligación entraba en vigor a partir de los trece años cumplidos. Pero también se aplicaba al mismo tiempo la prescripción de que debían ir acostumbrándose paso a paso a los mandamientos. Para esto podría servir la peregrinación a los doce años…” (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, pág. 126)

Detengámonos en algunos elementos del relato lucano.

El camino.

La familia de Nazaret es peregrina. Su destino es Jerusalén, el templo, el lugar donde Dios habita. La prescripción judía de ir al templo implica una manera de entender la vida: ser un pueblo en camino; y tener una meta en la vida: Dios. En el encuentro con Dios en su Templo el pueblo de Israel renueva su identidad y su unidad. «La Sagrada Familia se inserta en esta gran comunidad en el camino hacia el templo y hacia Dios» (Ibíd. p. 127)

¿Fueron descuidados José y María? ¿Se desentendieron de Jesús? ¿Cómo es posible que se hayan puesto en camino sin darse en cuenta que su hijo no iba con ellos? Preguntas como esta se podrían hacer si se desconocen las costumbres judías de la época. Por el contrario, en el hecho encontramos una indicación que nos deja conocer que «en la Sagrada Familia la libertad  la obediencia estaban muy bien armonizadas una con otra. Se dejaba decidir libremente al niño de doce años el que fuera con los de sus edad y sus amigos y estuviera en su compañía durante el camino. Por la noche, sin embargo, le esperaban sus padres» (Ibídem).

El hecho que Jesús se haya quedado en Jerusalén es otro asunto; tiene que ver con la misión del Hijo.

Jesús en el Templo

Jesús «se quedó en Jerusalén», como quien permanece en un lugar porque tiene allí una cita y toma así la primera decisión de su vida. Lucas lo describe «sentado en medio de los maestros», les escuchaba y les preguntaba, sorprendiéndoles por su inteligencia y por sus respuestas.

La respuesta de Jesús a sus padres, que con razonable preocupación le piden una explicación a su conducta, es reveladora. El hijo tiene que estar en la casa de su padre. «¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre.» Jesús es consciente de quién es su Padre. En este sentido, corrige a María que le dice «tu padre y yo». Jesús es consciente de su deber, «debo ocuparme», indicando que conoce cuál es la voluntad de Dios, su Padre, a la que debe someterse.SF María

Contemplamos pues a un jovencito de doce años, no sólo consciente de su identidad, sino con una conciencia bien formada, capaz de distinguir el querer de Dios y una voluntad desarrollada para querer cumplir en todo lo que Dios quiere.

Mucho se podría discutir desde la psicología evolutiva. Lo cierto es que a los doce años se llega a la madurez de una etapa de la vida en la que se ha desarrollado la capacidad para ejercer la libertad, se ha formado de la conciencia y se ha fortalecido la voluntad. Es un serio desafío para los padres de familia y para los responsables de la formación de los adolescentes acompañarles para que en esta etapa de la vida lleguen por si mismos a tener: claridad en su identidad, una experiencia gozosa de Dios y la oportunidad de tomar decisiones libres y responsables.

Los padres de Jesús.

No podemos pasar por alto la angustia de José y de María. Lucas nos la hace sentir al decirnos que al encontrarlo en el templo, María le preguntó «¿por qué nos has hecho esto, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia»; como en contraste, el evangelista narra la sorprendente respuesta de un jovencito autónomo, consciente de lo que hace: «y, ¿por qué me buscaban?» El comportamiento de Jesús tiene una razón de ser. José y María tienen que descubrirlo. En su comportamiento el busca hacer el querer de Dios. Es sorprendente. Para Jesús está todo claro y para sus padres no.

Y aquí la gran lección de María que «meditaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón»No es sólo paciencia, es contemplación. María encontraba lo que Dios le decía en cada palabra y en cada acontecimiento de la vida de Jesús. Tarea no fácil, pero que seguramente nos ayuda a comprender cómo es que pudo estar junto a su Hijo «de pie junto a la Cruz»

María se nos presenta como maestra de espiritualidad. Nos enseña a vivir un camino de crecimiento espiritual confrontando los acontecimiento de nuestra vida con la Palabra, aguardando pacientemente en los momentos de ignorancia o confusión y confiando en la promesa de Dios, permitiéndole conducir nuestra historia de acuerdo a su pedagogía amorosa.

El epílogo de Lucas es muy interesante. Nos dice que Jesús «volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad» y concluye señalando que «...iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres». La autoridad de los padres no es un obstáculo para la autonomía. José y María la ejercieron de manera que Jesús pudo llegar a este momento con total conciencia de si mismo y de su relación con su Padre Dios, por eso regresa con ellos y continúa creciendo en el conocimiento de Dios y de su voluntad.

SF Jesus AdolescenteJesús crecía en sabiduría. Saberlo nos ayuda a no tener un pretexto para tomar distancia de su historia y ver la nuestra como algo totalmente distinto, como cuando argumentamos diciendo: “es que Él era Dios….” Nuevamente nos ayuda el Papa Benedicto XVI: Jesús «En cuanto hombre, no vive en una abstracta omnisciencia –saberlo todo-, sino que está arraigado en una historia concreta, en un lugar y en un tiempo, en las diferentes fases de la vida humana y de eso recibe la forma concreta de su saber. Así se muestra aquí de manera muy clara que él ha pensado y aprendido de un modo humano» (Ibíd. pág. 132)

Tenemos este domingo la oportunidad de que la luz de la Palabra ilumine la vida de nuestras familias y orientarlas para que a semejanza de la familia de Nazaret sean espacios en los que cada persona pueda crecer, en su libertad, en su conciencia, en su voluntad, pero sobre todo, en su relación con Dios y en el conocimiento de su voluntad.

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